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la princesa inca

poetas internados, poesía libre

Fotografía Darío Cavacini, integrante del colectivo fotográfico VeinticuatroTres

Cristina Martin ingresó por primera vez a un hospital psiquiátrico cuando tenía veinte años sintiendo que estaba en la ciudad sagrada de Machu Pichu reencarnando a la heredera natural del imperio incaico. Mientras participaba de las ofrendas al sol, los juegos florales y los sacrificios humanos, por su mente danzaban bellos y pacificadores parajes de ensueño que hacían interactuar a sus sentidos y le permitían oler los sonidos, escuchar los colores y concebir a las palabras como una extensión de su propio cuerpo.

 

En homenaje a aquella ancestral vivencia ha adoptado el seudónimo “Princesa Inca” como un modo de reclamar su derecho al delirio, afirmando que éste no está hecho sólo de sufrimiento sino que en él también se esconden grandes verdades que el etnocentrismo occidental ha silenciado con psicofármacos y encierros, anulando la posibilidad de darles un sentido singular.

 

Detrás de su apariencia etérea, inconstante, a punto de resquebrajarse todo el tiempo, se encuentra una poeta habitada por una sensibilidad pizarniana que le ha perdido el miedo a sus propias palabras y no tiene reparos en expresar sus pensamientos más íntimos para cuestionar aquello por lo cual la han psiquiatrizado. Según su concepción chamánica del mundo, esas experiencias extrasensoriales son la puerta de acceso a otros niveles de comprensión del universo que difuminan los límites exactos que separan lo real de lo irreal, lo aceptado y lo medicable.

 

“Los doctores dijeron que aquello había sido un falso recuerdo, parte de mi trastorno esquizoafectivo, mezcla de bipolaridad y esquizofrenia. ¿Alguien realmente está en condiciones de negarme que se trate de un recuerdo de otra vida? Nadie puede. Discrepo también de mi diagnóstico: ¿por qué meterme a mí junto a otro montón de personas bajo una determinada etiqueta? Carece de rigor, debería haber una etiqueta para cada persona”.

 

Sus tres internaciones le han dejado más preguntas sin responder que respuestas a preguntas que nunca se había hecho. Aún después de haber transcurrido varios años desde su última estadía en el hospicio, todavía no logra comprender porqué la primera reacción de los psiquiatras sea aplacar sus arrebatos místicos a base de contención física pero nunca emocional: “Un psiquiátrico es una casa de torturas, te tratan peor que a un escombro. Cada vez que ingreso, siempre hay un momento en que necesito pasearme desnuda por los pasillos. ¿Y sabés cuál es la reacción de los médicos? Reducirme, atarme, inmovilizarme, sedarme y aislarme. Nos quieren tranquilos y babeantes. Para ellos, todo es mero mecanicismo bioquímico, desdeñan las emociones”.

 

A través de sus versos pudo abandonar el silencio y convertir sus propios infiernos en una obra de arte desgarradora que le permitió sanar a través de la enfermedad, del esperpento, desde y para la muerte misma: “La poesía ha de dejarnos tiritando, llorando en una esquina, cuestionándonos el valor de la vida, de nuestra sangre, de nuestras entrañas. La poesía debe contener belleza a través del horror; de él debe partir y hasta él ha de volver”.

 

La capacidad innata que tienen los poetas de fortalecerse a través de las palabras, con las venas ardiendo y las lágrimas rodando, la ayudaron a superar los dolores más demoledores que ha sentido y hablar con todo detalle y sin pudores del sexo, la muerte, la risa, el sufrimiento y su propia locura. Tanto cree en la poesía como reveladora de imprescindibles verdades que ha llegado a considerarla un acto de curación frente al sufrimiento humano: “El poeta puede decir ‘la luna me mira’ o ‘la noche me habla’ sin que por ello le encierren. La poesía es vecina de la locura, pero como es sólo poesía, no te medican por ello. Alivia mucho ver fuera de ti lo que antes estuvo dentro”.

 

La escritura es para ella un acto de libertad absoluta donde todo está permitido, un lugar donde no puede ser amordazada ni medicada hasta perder el sentido de estar sintiendo y al que no tienen acceso los verdugos de guardapolvo blanco que la tratan. La fuerza vital que encontró en sus versos fue lo que la motivó a publicar La mujer precipicio (2010), Crujido (2013) y La hija del aullido (2015), sus diarios íntimos disfrazados de poemarios que muestran su acusada hipersensibilidad frente a todo lo que la rodea.

 

Sus poemas son oráculos que reflejan como un espejo esquivo, su apertura hacia otros universos. En ellos hay locura, hay dolores imprescindibles, hay amores huidizos, hay desamor, hay muñecas ensangrentadas, hay sexo, hay entrañas esparcidas en forma de palabras; hay todo un mundo de metáforas y alusiones a sus propios infiernos, porque como ella misma asegura: “No son palabras los que escribo, sino gritos desesperados”.

 

Con la convicción que sin cierto poder de expansión la vida se reduciría a un montón de nada y que esa nada se transformaría luego en una sensación de vacío existencial demasiado insoportable de tolerar, ha logrado soltar su pluma para emanciparse del miedo a los ojos de los otros y a sus propios ojos sin perder nunca la exquisita lucidez literaria que le pertenece. Su inagotable búsqueda de belleza la impulsó a escribir Dormidos en el nunca, (2015) su primer libro de relatos con ilustraciones del catalán Francesc de Diego. Los protagonistas excluyentes son una serie de personajes, en sintonía con Los siete locos de Roberto Arlt, que oscilan entre la presencia onírica de los delirios, lo tangible de sus vidas veladas por la marginalidad y el desamparo que sufren por la polifonía de voces que los habitan.

 

Por esa necesidad de decodificar sus deseos y miedos más urgentes también se ha acercado a la asociación sociocultural Radio Nikosia, de la cual forma parte desde hace más de doce años. Maravillada con la posibilidad de compartir su voz con las personas que normalmente no la tienen o se la han silenciado, ha encontrado allí un espacio que la ha alojado y le ha permitido dar una visión naturalizadora de la locura, de su padecimiento y sus goces, de sus inocencias y sus perversiones, considerándola como una parte esencial de la experiencia humana: “La radio increpa a la locura, la cuestiona, se refugia en ella, la expulsa, la redefine, la ubica en el lugar de lo normal, la abraza, convive con ella y sus vaivenes. Somos personas que buscan comunicar y comunicarse como una estrategia en pos de deconstruir las bases del propio sufrimiento”.

 

Siempre dispuesta a atravesar la noche con cada palabra y segura de que anestesiar el dolor equivale a anestesiar parte de la vida misma, está convencida que su misión en este mundo es escribir para aquellos que atraviesan a diario el túnel de la incomprensión agarrados de paredes negras, con las pupilas dilatadas de tanta química que miran aturdidas y absortas pero que aun así tienen la luz más hermosa. En sus esfuerzos por combatir los muros invisibles, ideológicos y sociales que la separan del resto de la generalidad estandarizada, se puede descifrar una postura de rebelión permanente que muestra reminiscencias de los infiernos que ha atravesado y a los que ya no tiene intenciones de volver.

 

EL NO-LUGAR
(Cristina Martin)

 

Estoy allí.
Este allí no tiene nombre,
no giro por delante de nada.
Estoy allí,
en el No-lugar,
en un pozo,
sin pies ni subidas,
sin alteraciones del sueño.
Estoy allí,
en el No-lugar,
la locura.

 

Más artículos del trabajo documental #PoetasInternadosPoesíaLibre, que retrata a 15 poetas españoles y argentinos con paso por hospitales psiquiátricos de ambos países.

 

rastros@lanan.com.ar

 

Nº de Edición: 1788