/Leé

“trato de escribir ‘mi lucha’ engordado”

bob chow

Escuché nombrar por primera vez a Bob Chow hace casi un año, en un seminario en un aula de Puán.

 

No fue exactamente escuchar “nombrar a Bob Chow”. Cuando Juan Terranova (a cargo del seminario) dijo el nombre capté un sonido aproximado, y pensé en algún escritor extranjero de quien seguramente no tenía idea.

 

Pero no podía ser, porque el seminario era sobre literatura argentina del siglo XXI.

 

Había un PDF disponible de una obra del autor.

 

El seminario se desarrollaba bajo una hipótesis temeraria: en Puán, los únicos que leíamos novelas o cuentos de argentinos publicados en 2015, o en 2014, éramos los que íbamos una vez por semana a ese curso.

 

Más preciso era que en todas las “clases” (no sé si llegaban a eso, aunque la conversación siempre era interesante) entraban a hablar los chicos de las agrupaciones de izquierda.

 

Primero el profesor les preguntaba de qué partido eran. Enseguida les decía sí, sí, hablen, hablen, “pero yo soy de las camisas negras”, o un chiste de la familia que los visitantes no entendían, o les daba igual.

 

Todo empezaba a interrumpirse cuando uno de los asistentes al seminario les reprochaba por qué si eran de izquierda habían apoyado tal cosa, y no tal otra. Finalmente el intercambio se iba perdiendo en un fade out al revés: se consumía a medida que subía el volumen de la voz de los que discutían.

 

La semana siguiente fui por trabajo a una fiesta de polvos holi en Córdoba (Leo García cantó Rasguña las piedras) y desde el hotel tomé un taxi para aprovechar y comprar unos libros de Luciano Lamberti y de Federico Falco publicados por Nudista.

 

Por razones más menos identificables de hippismo, la librería (que está en una galería donde además hay un bar de Milo Lockett o sobre Milo Lockett) no estaba abierta a la hora que informaba el cartel. Di una vuelta y al rato sí habían llegado.

 

La chica era un encanto y sacó una caja con un montón de libros de Nudista. Supongo que eran para poner más tarde en los estantes. Una maravilla. Para no desperdiciar la oportunidad, compré tres: El asesino de chanchos, de Lamberti; Cielos de Córdoba (sueño adolescente con peronismo de Falco), y, Un momento de debilidad, del “famoso” Bob Chow.

 

En esos meses, con dos colegas, hacíamos un programa de radio sobre libros y quisimos armar algo sobre lo que caracterizamos como “literatura independiente de Córdoba”. Las editoriales y los escritores de ahí.

 

Lamberti y Falco (que viven en Buenos Aires) pidieron disculpas. Ese día no podían venir. Más adelante cómo no. Combinemos.

 

Bob Chow, que ni es cordobés, dijo: “voy”.

 

El día de la nota casi fuimos víctimas de un hecho de abducción alienígena.

 

Esto no es una ocurrencia.

 

Por qué:

 

Antes de entrar a la radio, en un bar a la vuelta, conversábamos con Bob sobre su nombre. Opción uno: que fuera un simple seudónimo; dos: un seudónimo para producir un misterio especial.

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—Más raro es mi nombre —ahí dijo.

 

El nombre verdadero de Bob Chow es Aivars Holms; Holms, como el peso pesado Larry, pero sin la E. Y Bob Chow igual que un yanqui/chino que aparece en la web (si le creemos al adoptante del nombre, él se lo puso sin conocer al personaje, aunque después le llamó la atención cuando se enteró de la coincidencia).

 

Entonces no tenía nada que ver con lo que se le había ocurrido a un individuo (del programa de radio) llamado @elformadorviral: que era llamarse “como un marca de comida de perro”.

 

La noche del programa de radio salíamos del bar justo cuando al auto de Bob Chow, mal estacionado sobre la avenida San Juan, se lo estaba llevando la grúa.

 

La maniobra fue abortada.

 

Dos minutos más en el bar, una pregunta más del estilo de “¿Cómo se siente llamarse como una marca de comida de perro?”, y una abducción sin testigos se hubiese producido.

 

Habría resultado más económica que un acarreo, pero igual de coherente: el propietario del vehículo asegura ser “antena” del mundo extraterrestre.

 

Volveremos sobre esto.

 

Ahora otro día, ventoso, un bar de Lavalle y Carlos Pellegrini. Bob Chow amplía: Aivars es un nombre letón (“como acá decir Rodrigo”); y Holms un apellido “sueco letonizado”.

 

Bob Chow surgió en la época de los blogs. El nombre involucra un chiste alrededor de las expectativas: se llama 0 comments (está vigente). La dirección empieza con “noleer” (además).

 

“En la caída libre de De la Rúa me surgió la posibilidad de tener un blog y eso me vino muy bien para escribir. Tenía que buscar un nombre y no quería que se mezclara con el mío porque pensaba escribir sobre drogas, minas en pelotas, extraterrestres. Y yo en mi trabajo tenía clientes corporativos.”

 

Al principio, también para él, fue un sonido. “Pero me empecé a hacer un poquito conocido y por vanidad me busqué. Chow pueden ser miles de chinos. Y Bob es el nombre más boludo que te puedas imaginar. El más famoso integró el equipo de tiro de EE.UU. y diseñó una pistola que tiene un puntería insuperable.”

 

A veces recibe mails de Estados Unidos.

 

“¡Bob!”.

 

Se confunden:

 

“¿La clase de karate se suspendió?”.

 

 

—El día que casi desaparece el auto me dijiste que tuviste un contacto rápido con Internet.
—Sí, fue en el centro Pompidou, en París. La ponían como obra de arte. No había Internet en Argentina. Me dio electricidad, una calentura como cuando entrás al primer porno shop europeo.

 

—¡Oh! ¿Cómo era eso?
—Hacías una búsqueda. La primera palabra que puse fue “Aleph”. Después en Argentina, cuando llegó Internet yo no tenía mucha guita, pero mi hermano, que es sicótico, fue unos de los primeros que compró un módem (ahí imita el ruido de la fritura). Venía por ahí la mano. Eran esas máquinas con pantallas naranjas, como un telégrafo, pero más fascinante que ahora. Ahora que está todo y tan fácil, no me vas a decir que estás con la misma calentura.

 

—No sé, Bob, a veces sí.
—Yo noto diferencia. A mí todavía me gusta encontrarme físicamente con las personas. No es en absoluto lo mismo, aunque puede aburrirnos de la misma manera.

 

 

En el futuro rotaremos nombres. Necesitaremos un dispositivo especial que nos recuerde cómo nos estamos llamando. En el futuro viajaremos al pasado a buscar problemas. En el futuro, cuando esté de moda tener varios cuerpos y disponer de varias conciencias. Seis conciencias deciden mejor que una. Y cada ciudadano tendrá su propio planeta. La Máquina de Rezar, Marciana, 2016.

 

 

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En la línea de la robopoética de Cristian Bok (el papel relativo del autor frente a los poemas que se escribirán solos), Susan Blackmore, una señora con el pelo de algunos colores, viene hace años describiendo un futuro en que las máquinas ya nos habrán desplazado por completo.

 

Una fase de la evolución que llama el. Del gen y el meme, a los temes: información seleccionada, guardada y puesta circular por máquinas, con mayor o total autonomía.

 

Quiere decir que el hombre, de (precario) controlador se transforma en la instancia de paso entre un replicante y otro.

 

También está el futurólogo Paul Saffo, quien advierte que el porcentaje del tráfico para el acceso humano es ínfimo y está en caída en comparación con el que se produce entre máquinas.

 

Bob cree en estas cosas.

 

“¿Qué se podrá esperar de las supermáquinas extraterráqueas cuando bajen las escotillas?”, lo pone a decir a Ron Tudor, historietista protagónico de La máquina de rezar, una de sus dos novelas de este año, publicada por editorial Marciana.

 

—¿Y eso?
—Los telescopios han avanzado exponencialmente. Nuestra capacidad de percepción de ondas electromagnéticas se ha ampliado mucho. Debería haber vida inteligente en otros planetas ¡Lo increíble sería que no suceda! Pero no tenemos pruebas. Ahora ¿Por qué, para mí, comprobarlo es fundamental para pensar en nuestra supervivencia?

 

—¿Por qué?
—Porque los extraterrestres que puedan contactarnos probablemente sean máquinas. Nosotros mismos estamos en una curva. Así como hace 50 mil años el hombre se separó culturalmente de los monos y de otros animales inteligentes, nosotros ya estamos viviendo el momento en que las máquinas se están desprendiendo de la especie humana. Pronto no vamos a entender nada de lo que hagan. ¡Hay tipos que dicen que las máquinas se van disparar solas! Vos, yo, podemos tener un coeficiente intelectual de 90, 100, de 120. Pero ¿Qué es el coeficiente de inteligencia 1.500? En unos segundos resuelve cosas que a nosotros nos pueden tomar miles de años. Por eso el contacto extraterrestre es la única manera de que podamos ser inmortales.

 

No tenemos mucha confianza, pero me rasca la patilla, que incluye algunas canas.

 

—¿Qué significa ‘blanco’?

 

—La muerte programada. ¡Nosotros nos estamos muriendo! Los humanos tenemos capacidad de negación. No se puede estar pensando todo el tiempo en la muerte. Solo llegan hasta acá los tipos que no se angustiaron lo suficiente. ¿Cuál es el mecanismo de defensa per se? La religión. ‘Metete en este jardín de infantes con bombas y en 10 minutos estás con 80 vírgenes’. La única posibilidad real de que nosotros dos no desaparezcamos es la irrupción de la superinteligencia en la Tierra. La muerte no es inevitable. La muerte programada se puede desprogramar. Solo que hasta ahora no le encontramos la vuelta.

 

—¿Ser inmortal no generaría un montón de problemas?
—Sería un cambio de paradigma. Uno muy lindo. Tendríamos miles de años para ver cómo no embolarnos y solucionarlos. Prefiero eso a terminar en la Chacarita.

 

Aivars Holms vive de una agencia on line de traducciones, un negocio que descubrió cuando arrancaba Internet y que —dice— en su momento le hizo ganar guita. El multiartista empezó tarde. “Tuve un guitarra eléctrica a los 27 años, cuando los rockeros ya se supone que están muertos. En esa época volví de Alemania. Algunos piensan que yo podía viajar mucho porque tuve mucha guita. Tuve guita. Pero mi viejo bajó de Rusia con un racimo de bananas. Era pobre, pero después, por su facha y porque hablaba cinco idiomas se armó una vida. Vino a Argentina en 1950. Me puedo llegar a confundir. Cuando tenía 14 años los nazis habían ocupado Letonia. Los rusos antes habían arrasado Letonia. Los letones espontáneamente se alistaron en las SS para vengarse de los rusos, que la habían ocupado antes. Pero nunca tuvieron mucha onda con los alemanes, nada que ver con ellos, porque no son disciplinados, no les importa la perfección, son románticos y bastante ingenuos. Fueron dominados por varios países, hasta por Suecia. Si te domina Suecia, no sos un país guerrero, sos un boludo. Iban a volver los rusos y mi viejo se fue con otros letones por Polonia para ir hasta Berlín. Lo único que tenían era un tractor, o un auto de tres ruedas, ahí no está muy claro. La imagen es de unos chicos de 17 años, o 19 años, cinco pibes rajando, una chica, ponele, con todo el ejército ruso detrás. Una cosa espantosa. Un autito de tres ruedas y todo el ejército ruso que cubre el horizonte. Llegaron a decir que mi viejo era jerarca nazi ¡Era un letón perdido en el mundo! Huyó también de Alemania, dio vuelta por el planeta, estuvo en Tahití mucho tiempo. Ahí se generan sus escritos, como el cuaderno de las 300 mujeres”.

 

—¿Qué era?
—Anotaba el nombre de cada mina con que la que se acostaba. No habrá sido como James Hunt, que decía que había estado con 5.000 mujeres ¿Cómo hacés para coger con 5.000 minas? Pero mi papá había estado con 300. Cuando mi vieja vio el cuaderno, lo hizo pedacitos. Mi viejo era un beatnik, lo soplaba el viento. Llegó a gerente de ventas de Air France. Mi mamá es de herencia comechingona. Tiene la cara ancha, bien india.

 

 

Una encantadora perla. Blanca o negra, una encantadora perla es apenas la reacción de un molusco a un elemento extraño. Una lágrima de nácar. Una lagaña de diamante. Ahora bien, estas peradolas que llevaba el compañero de asiento de Sabbath en el vuelo 834 de LAN eran perlas de sudor. El momento de debilidad, Nudista, 2014.

 

Bob Chow el autor de libros es reciente. El momento de debilidad, su primera novela, es de 2014. Chow, que es del ’63, ya había pasado los 50. De pronto tuvo una obra: este año acaba de publicar Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, y también salieron La Máquina de rezar y El Águila ha llegado, un libro que lleva el nombre del tema 1 del disco que trae pegado en la contratapa.

 

No es “traer” un disco, como los de rock nacional de la revista Noticias en los ’90. La trama de la novela es la consumación de ese disco, llamado El verdadero camino hacia el aeropuerto. En rigor, es el mismo que el músico Chow grabó entre 2013 y 2014, un pop electrónico que por momentos se pone deforme y, por otros, pegadizo y bailable. La doble historia del libro se completa con el relato adentro de la novela que va escribiendo Solange Segula. ¿Quién es esta chica? Una fan que a través de sus “intercepciones” logra establecer una conexión creativa con Gustavo Ceramic Guerber, astro del rock que está en un coma irreversible. El disco tiene muchas tapas y la que se exhibe frente a Ceramic es la de un pangolín malayo: “Los ojos negros de este animalito con aspecto de haber sido arrojado desde un OVNI, esperan algún día mirar los ojos abiertos de Gustavo Ceramic Guerber”.

 

—¿Cómo provocación generó algún efecto?
—¡Ojalá! Pero no.

 

 

 

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Si faltaban novedades, Chow ganó este año el premio de La Bestia Equilátera, elegido por un jurado integrado por Luis Chitarroni, Lucía Puenzo y Oliverio Coelho.  A través de ese galardón, publicó Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, su tercer libro en 2016. “Ese libro es otra cosa: como quería ganar el concurso, volaron los extraterrestres y las drogas. Busqué algo masivo, para que una editorial pudiera meter guita en eso. El protagonista es un informático que se acaba de separar, vive en un monobloc, odia su laburo y le gusta la espeleología, meterse en cuevas, algo que es más riesgoso que subir a montañas, por las cosas que te pueden pasar: volverte loco, o perderte y nos salir jamás. Su empresa lo manda a Bolivia y se encuentra con una geóloga alemana que está ahí porque tiene que ir a la selva a buscar ciertas plantas. La mina es hermosa y le quiere hacer conocer un pozo artificial que nadie sabe para qué está hecho. Quizá un laberinto, un entretenimiento horrible. Si salís, te divertiste ¿Y si no? ¿Qué hace el tipo?

 

—Se mete.
—Y la mina le dice: estás loco. Es peligroso. Yo sé de esto. Pero él baja.

 

En una polémica sobre la “Literatura del reviente argentino” alguien citó un comentario de Leonardo Oyola sobre Merca, la intensa novela de Loyds: “Es como escuchar de principio a fin el Achtung Baby de U2. Es rememorar aquella metamorfosis inesperada de la banda irlandesa en el que quizás sea su mejor disco.”

 

Propuesta de soundtrack argentino para Bob Chow:

 

 

Hernán Vanoli habla de tu “realismo extraterrestre” y a la vez te asocia con Carlos Busqued y hasta ensaya hipótesis alrededor de César Aira

 

—¿Qué influencias reconocés?
—Uno está influenciado por todo lo que lee. Con Carlos tenemos mucha afinidad, el mismo approach con temas como las drogas y muchas ideas las hemos trabajado juntos. Aira a mí no me gusta; no me parece peor que otros, pero no puedo leerlo prácticamente. Borges sigue siendo el que vale la pena volver a leer. No sé si es tan bueno como antes. No está viviendo en este momento, no tuvo acceso a Internet, los problemas que plantea quizá ya no son relevantes. Igual es un maestro del lenguaje y lo que hizo es mejor que lo que hacemos todos ahora. Me gustan otros autores fragmentariamente. Me gustan muchas cosas de Arlt, aunque las novelas son aburridísimas.

 

—¿Y de ahora?
—Yo todavía no he podido leer a Zizek. ¡A veces solo tengo tiempo para escribir los sábados! Me gusta la ciencia y la filosofía, pero en el vínculo con la literatura. Para mí, para formarse, nada mejor que leer un buen filósofo. Tengo mucha simpatía con el gremio. Me gusta decir que el número uno es Terranova. Con mi amigo Guerber casi nos retamos a duelo por un libro de él. Me gusta porque es un tipo que se la juega. Y lee mucho. Pero casi no he podido leerlo. No quiero ser banana: me gustan muchos escritores, me caen bien. Acá en el bolso tengo El Loro que podía adivinar el futuro, de Lamberti. Lo conocés personalmente a Lamberti y te empieza a caer bien su obra.

 

—¿Por qué no llegaste antes la literatura?
—La verdad es que llegué tarde a todo.

 

—¿Y qué buscás con los libros?
—En la literatura se busca amor. Sí, algo así.

 

—¿La Máquina de rezar es la continuación de Un momento de debilidad?
Es el mismo fantasma con distinta sábana. Son los mismos actores intercambiados, en otros lugares, como en un sueño. Los mismos asuntos representados de una manera distinta. Un tipo que pierde a una mina en circunstancias extremas. En las dos hay directores de cine. La máquina…, a través de un contacto creo que de Terranova con un diputado, iban a venderse, no sé, en los puestos de diarios. Esas ediciones con libros de astrología, o esotéricos. Me sedujo eso. Pero Denis Fernández, el editor de Marciana, me preguntó si tenía algo y lo hice ahí. Volví sobre terreno conocido. Las minas que te enloquecen y te llevan al culo del mundo; drogas, extraterrestres, esos tres temas que necesito. Pensaba en la biblioteca del Congreso, a la noche, cuando se llenaba de coreanos que iban a estudiar. Gente que iba a dormir a lugares más bien calentitos. Y después los que estaban como yo, leyendo el diccionario María Moliner, tipos que morfan libros como polillas. Ese clima de gente tirada en el suelo. Eso pasa en las librerías de cómics en París. El protagonista es un historietista cuyo origen no está muy claro. Tiene varios pasaportes. Stéphane Charbonnier, el caricaturista de Charlie Hebdo, le presta una casita piola cerca del centro, y de donde los masacraron después. Cuando entra a la casa empieza a revisar todo, los enchufes, porque es un poco paranoico. En un desván encuentra una cosa que parece una máquina. Algo viejo con un enchufe agregado después. Charbonnier le dice que es la máquina de rezar. La encienden. Es importante quién la enciende. Hay un zumbido de rezo. Un murmullo entre humano y robótico. La idea es que el rezo es algo que consume mucho tiempo y es repetitivo ¿Qué clase de Dios es ese al que hay que aplacar con repeticiones?

 

—¿Qué pensás?
—Que si en el peor de los casos existiera un dios, querrá ser aplacado con novedades. Había cosas que yo ya sabía ( me acerca la cara y baja la voz). Cuando yo empecé a escribir esto no existía Isis. Francia no estaba en guerra. Charbonnier estaba vivo.

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¡Ningún chiste!, dice Chow sobre sus experiencias ufológicas.“¡El chiste se ríe de nosotros! Yo fui antena de la Misión Rama, un grupo filoperuano. Yo estaba interesado por esos temas esotéricos y conocí un grupo que se preparaba para un contacto. El líder de la secta se llama Sixto Paz, que dice haber viajado a Júpiter. Fui a Perú cuando tenía 17 años, con unos amigos. Había tenido experiencias de iniciación, como la recepción de un nombre cósmico: Mixarin. En Perú íbamos a tener una experiencia extrema. Muy estimulante. No lo terminaba de creer. Mientras tanto, salíamos con minas de ahí del grupo. Pero los avistajes fueron acá en Buenos Aires.”

 

—¿Adónde?
—Estábamos en la avenida Rivadavia, en Liniers. Recibimos una comunicación: “Marcos Paz, 23 horas”. Era la época de la dictadura, no podías moverte en un grupo de personas ¿Qué ibas a explicar que estabas haciendo? Fuimos en una caravana de autos. Por Ciudadela, un tipo descontrolado gritaba con voz de ultratumba que teníamos que ir a San Telmo ¡Un avistaje en San Telmo! Eran las 10 de la noche, un quilombo inexplicable. Un pibe que se llama Galaxio señalaba para arriba. Levantamos la cabeza y pasó una flecha con doce lentejas gigantes, que marcaba que teníamos que volver a Marcos Paz. No puedo decir que eran extraterrestres, pero vi eso. En Marcos Paz no pasó nada. Había una vaca: algunos decían: “¡Mutilación de vacas!”. Hicimos una cumbre porque alguna gente estaba impaciente. Me acuerdo de uno de los tipos más místicos, que parecía un androide. Trabajaba en Segba y había levitado hasta el techo en una reunión de Segba.

 

—¿Cómo serán los próximos libros de Bob Chow?
—Qué se yo. Salieron demasiados todos juntos. Se dio. Ahora estoy tratando de escribir Mein Kampf engordado. Como El Aleph engordado pero con un libro de mierda. Hay que ver hasta adonde llego.

 

lee@lanan.com
 

Nº de Edición: 1658

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