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sobre gustos acá hay algo escrito

caruso lombardi

Fotografía: Télam

Ricardo Caruso Lombardi dialoga hasta con el perro que le ladra. Saluda al pasar a todo el que le ofrece una palabra. Hace un rato terminó de hacer las compras en el supermercado de la zona, en esa frontera tan indescifrable entre Villa Urquiza, el literario Parque Chas de los laberintos amigos de Borges y Villa Ortuzar. “Le tengo que llevar lo de la semana a mi vieja”, dice con una naturalidad que parece impropia del presunto piloto de tormenta de los equipos con promedio escaso. Después de hacer las compras camina por la Avenida de los Incas en nombre de un almuerzo apurado. En poco más de una hora empieza lo más importante de su día de exposiciones y múltiples actividades: la práctica de Huracán.

 

Sí. Ese mismo Caruso que es hincha de Estudiantes, que no reniega de su condición de entrenador austero —quizá amarrete—, que prefiere a los matungos que rechazan todo que a los chiquititos que hacen lío por abajo, charla sobre lo que viene y sobre lo que le está sucediendo. Hoy, ahora, es el técnico de Huracán. Sí, del Huracán de Menotti y de Cappa. El del tiki tiki. El de esa suerte de estilo que, en las últimas décadas, identificó al club de Parque de los Patricios.

 

Lo confieso sin vueltas: soy de Huracán desde los días de la cuna, socio desde entonces. Conozco la Bonavena más en detalle que el perfecto plano secuencia que ofreció para el Oscar El secreto de sus ojos. Adoro la Miravé. Caminé los pasillos de la Alcorta mucho más que los de mi primer laburo en Tribunales o los del diario que me emplea. Soy como muchos o como casi todos ellos que en cada cita de Huracán se presentan. Los hinchas. No recuerdo haberlo insultado a Caruso. Pero me abracé con muchos que cerca mío lo hicieron. Ese gordito que ahora nos dirige era una molestia. Era todo lo que no queríamos ser. Representaba la trampita, el fútbol defensivo, la idea de que Bilardo había ganado con todos sus bidones llenos de rohypnol.

 

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El siguiente diálogo sucedió en la redacción de Clarín con mi amigo Oscar Barnade, co-autor de Mitos y creencias del fútbol argentino:

 

—¿Y ahora qué vas a hacer con el estilo? Te dirige Caruso…

 

—El único estilo que reconozco en los hinchas es el del amor por la camiseta. Lo demás, cuestión de gustos. Encima gustos que oscilan según el diario del lunes.

 

Y le expliqué luego, otro día: “Yo soy y fui cappista porque él defendió como pocos al Globo de Newbery. Se hizo Quemero dirigiéndonos, llorando el despojo de Liniers. Su juego encantó, pero su huella es más profunda”.

 

—O sea que si ganan con Caruso, ¿sos carusista?, me preguntan otros, en esa misma geografía de laburo…

 

—Yo creo en un modo de jugar. Me gusta más Pep que Mou. Prefiero a Menotti que a Bilardo… Pero cada gol del equipo de Caruso lo voy a gritar hasta la disfonía de toda la semana siguiente. ¿O no festejaron los paladares negros de Independiente la Supercopa con el Zurdo López? ¿O no festejarían los simpatizantes de los alfileres una Libertadores al amparo de Cayetano Rodríguez?

 

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El fútbol argentino vive preso de una falsa antinomia. Se puede reducir a nombres: Bilardo o Menotti. Se puede recortar a sustantivos: los resultadistas o los líricos. Se puede ofrecer la cuestión hasta desde una dicotomía ridícula: ganar o jugar bien.

 

La historia es implacable en el territorio universal y en el nuestro. Hay ejemplos que desmienten a todos los dogmáticos. De uno y de otro lado. Van los casos: Hungría —el mejor de los años cincuenta— perdió en la gran cita de Berna, en 1954, contra una Alemania reconstruida de sus propios harapos; Brasil dio cátedra en México 1970 ante la Italia del catenaccio; Enzo Bearzot —defensivo hasta en los entrenamientos— sacó campeón a los azzurri, en España 1982. contra todos los pronósticos que contaban al Brasil de Zico como candidato inevitable.

 

En nuestro ámbito suceden idénticas contradicciones. La Argentina ganó su primer título absoluto en 1978 —contexto hostil y lamentable al margen— con la bravura del inmenso Mario Kempes. Repitió en 1986, bajo cielo mexicano con las bellezas de Diego. Al primero, lo conducía Menotti. Al segundo, lo administraba Bilardo. Ni antes ni después, ni con una idea ni con la otra se consiguió idéntica gloria.

 

***

 

Marcelo Bielsa, el mejor entrenador para la FIFA en 2001, participó de un fracaso estrepitoso al año siguiente de su condecoración. La más inexplicable de las derrotas de la Selección sucedió en Oriente. Afuera en primera ronda. Como el papelón de Suecia de 1958, pero en colores y ampliado.

 

Con entusiasmo y con realismo, escribió el canciller Rafael, hermano de Marcelo, en la antesala de la Copa del Mundo Japón-Corea 2002: “Marcelo está llamado a saldar una rancia antinomia detrás de la cual se alinean los hinchas, los entrenadores, los periodistas y hasta la Bolsa: pelota al pie versus centro a la olla, Huracán del ’73 versus Estudiantes del ’69. Tiene algo de cada uno de sus predecesores en la Selección, carece de rasgos de ellos y debe amalgamar algunos de los suyos, que no son pocos. El es escueto, Menotti es copioso hasta el empacho. Es práctico, contra lo dogmático que es Bilardo”.

 

No hubo caso. El desenlace lo condenó a Marcelo. Sin embargo, sucedió algo magnífico, ajeno a la eliminación: nadie de los que lloró en aquel vestuario japonés ofreció jamás una queja respecto del entrenador. Muchos —como Diego Simeone o como Mauricio Pochettino, hoy entrenadores de la élite— aprendieron de aquel fracaso. ¿Fracaso? Sí, respecto de la expectativa. Jamás, respecto del recorrido que lo antecedió. Ni de su legado inobjetable. Ese que sigue latiendo por los entrenamientos del mundo.

 

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Caruso Lombardi encaja perfecto en la discusión. Un outsider contra la tradición. ¿Pero es tan así?

 

En el caso particular del Globo de Newbery hay un escenario que merece ser contado: hasta la irrupción de los magos del 73, los mejores equipos de Huracán eran combativos, guerreros. Los reyes de los años veinte (los más campeones de esa década junto a Boca) eran un grupo de gladiadores. Tenían cracks, es cierto. Pero la victoria nacía de otra virtud: un equipo nacido del barro capaz de convertirse en estatua de bronce.

 

Después siguió: el Huracán del bravo Masantonio —ganador de tres Copas Nacionales en los cuarenta— luchaba hasta el último de los suspiros. En los treinta le costaba más. Luego, la gloria le ofreció el panteón.

 

Caruso —según dice— tiene mucho más de aquellos de los días que nadie vio que de los encantadores setentosos.

 

Como siempre, el campo de juego contará su verdad. Estilos al margen.

 

fuira@lanan.com
 

Nº de Edición: 1657

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