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lo que le hicieron a piazzolla

anecdotario: chango farías gómez

 

Mi historia con el Chango Farías Gómez se remonta a 1980, 1981. El marido de mi prima Claudia tocaba en un bar que se llamaba El Ciudadano y siempre comentaba que lo veía tocar. Y él flasheaba. Yo todavía no lo había escuchado. Sólo lo conocía de fotos, y me llamaban la atención sus bigotes al estilo Alfredo Palacios.

 

En esos años me lo crucé en el Salón Azul de Boca Juniors. Él tocaba con Marian, su hermana. Yo era chico, estaba en sexto o séptimo grado; soy clase ‘68.

 

Con la llegada de la democracia llegaron también esos programas de Badía en los que podía ver al Chango tocando la batería. Lo enfocaban de arriba mientras tocaba con Manolo Juárez. Y me gustaba, che. Con el tiempo, oí algo de Músicos Populares Argentinos (MPA), y decididamente me gustaba.

 

En los ‘80 yo tocaba rock, armaba mis bandas y salía a tocar en los lugares donde había que tocar. Sin pena ni gloria. Pero en 1990 me enemisté con ese género y me volqué a otras músicas, como el tango y el folklore (ésta, palabra que irritaba al Chango, pero a mí no).

 

En 1994, estaba haciendo psicoanálisis y, en ese mismo trajín, salió un dato: “El Chango está buscando músicos”. Primero me aterré. Luego me conecté. Fui al primer show de un ciclo suyo en Avenida Corrientes que duraba un mes. Era en un teatro chico que ya no existe más. Y fue sentarme y simplemente volverme loco. Lo que oía era lo que yo quería tocar. Y a lo que oía le faltaba una guitarra eléctrica. En realidad, estaba la guitarra eléctrica, una Les Paul Samick del Chango, pero no había quién le arrancase sonido. Y estuve yo.

 

Fui el mes entero, no falté jamás a una fecha. Me hice amigo del Chango. El último día de ese ciclo me dijo: “¿Qué hacés, loco? Vení a zapar algo”. Y salió tocando un blues clásico de tres acordes. Yo hice mis cosas y al parecer le gustó. Me invitó a improvisar en “El humahuaqueño” al cerrar el ciclo. Yo ya había triunfado.

 

 

Días después de esa fecha, me localizaron a mi teléfono (ese mes había repartido no menos de 300 tarjetas… ¡no había Internet!): “Chango quiere probar unas cosas con vos”. ¡Ahí triunfé de nuevo! Fui a su casa en La Paternal. Fui recibido con alegría por Pablo Giménez (bajista), el Mono y Diego Miguez (batero). El Chango no estaba, tenía una gripe. Pero a los 10 minutos subió a la sala, en la terraza.

 

El primer tema que ensayé con él fue “La carbonera”, un arreglo muy intrincado para un neófito como yo. Por momentos pensé que no iba a poder pasar la prueba, pero el afán de superarme y poder estar ahí logró sus frutos. Y la buena onda del Chango y los otros músicos, claro. Esa formación ya se venía llamando La Manija.

 

En la sala, la frase típica del Chango era: “¡¡¡Tocá fuerte!!! ¡¡¡Y si te equivocás mejor, porque se oye el error!!!”. Marshall mediante, yo le hacía caso y tocaba fuerte. Una vez me chistó, sí.

 

No había partituras, nada. Era todo conversado. Prueba tras prueba. Y fundamentalmente tocando en vivo. Lo que Chango sugería, sonaba todo. Lo tenía todo en la cabeza.

 

Recuerdo los ensayos, cuando pasaba “Maturana” con Pablo Giménez al bajo. Ahí yo no tocaba. Es una versión que nunca se grabó y que era impresionante. Guitarra, voz, bajo, flauta y batería. La mejor versión de todas. De todas, al día de hoy.

 

En enero de 1995 tocamos en Cosquín. Fue complicado. Era la primera vez para un grupo “eléctrico”. A mí no me mostraban en TV. Tenía al camarógrafo encima mío, pero no salía en la pantalla. Mi instrumento era satánico en ese escenario. Desde la tarde hubo discusiones con la gente del lugar. El sonido era de terror. Y minutos antes de salir, ya sobre el escenario, hubo escenas de pugilato y gritos. ¡Hubo que atajar al Chango! Memorable esa noche. En eso aparece el Gordo Pier y me dice: “Pablito, pude darle volumen a tu viola porque estos no la querían subir”. El Chango atraía a todo tipo de personajes. Era ir a tocar a algún lugar y esa galería de seres iba apareciendo. Regresamos esa misma madrugada.

 

El primer intento de grabación de disco fue en Melopea pero no pudo ser. Quedaron demos de eso, cosas que guardo. El disco se pudo hacer en 1996: Rompiendo la red. Por estos meses se cumplirán 20 años. Llovía y hacía frío cuando grabamos. Se grabó en vivo y en estudio. Fueron 2 ó 3 fechas en el Teatro Presidente Alvear. Ese mismo año produjo la musica de El collar de Perlita, una obra de teatro infantil, género musical: tango. Ahí descubrió que yo era básicamente un tanguero tapado con una guitarra eléctrica. Y yo me di cuenta definitivamente de que mi camino era ése. Era mi verdadera cara en el tema de la composición y el modo de tocar. Él compuso todo. Nosotros tocamos lo que no pedía y lo que se nos ocurría. Tengo un casete de eso. Ganó un premio Konex por la música de esa obra de teatro.

 

 

Una vez, mientras ensayábamos en el Teatro La Comedia, me dice “vos te tenés que comprar una Fender Stratocaster. Andá a Blues y preguntale a Carlitos”. Después de unos días, le comenté: “Sale 900 pesos”. Era 1997, 1998. Pasan unos días más, hasta que me dice “Pablito, tomá, andá a comprar la Fender”, y me da los 900. Fui corriendo a comprar esa Fender American Standard. Así y todo, me gustaba más la Kramer que siempre usé.

 

Recuerdo también un ciclo en Oliverio Mate Bar, en la calle Paraná. Ahí tocamos bastante. Al sonidista de Oliverio lo volvía loco: “¡Comprate unos monitores JBL, che!”. En el Club del Vino, tocamos bastante y ahí sonaba muy bien. Intentó hacer el tema “Iron Man”, de Black Sabbath, en versión chacarera, pero no se dio. Recuerdo haberlo probado algunas veces. Le gustaba y me daba total libertad para usar el pedal de volumen agregando delay. El Chango era el primero en pedir más volumen. Yo llevaba años y años oyendo a Focus, así que me venía como anillo al dedo. Me decía que parecía un violín, le gustaba. El disco es una fotografía de aquel proyecto, que sonaba muy ajustado.

 

La Manija tenía todos los colores. Íbamos desde temas muy suaves hasta pasajes de mucho volumen con distorsión y batería bien fuerte. Un día estábamos en la puerta del Alvear y me dice: “A mí me hacen lo mismo que le hicieron a Piazzolla, me combaten porque hago cosas diferentes”. Cuando estábamos en rutas, en micro, era muy de bajar a comprar salames o medialunas en Atalaya. O un choripán, yendo a Rosario o Lezama. Lo recuerdo como si fuera hoy. Era notable cuando llegábamos a cualquier lugar cómo la gente se le abrojaba.

 

Una vez me invitó a tocar con Eladia Blázquez, toqué el bajo. Me pasó un arreglo, nos juntamos, lo pasamos y fuimos al programa de Badía en el Trece. El arreglo era precioso y él, como si nada, como si fuera una “cosita suelta”. Era muy generoso. Y tenía total control de los grupos de gente. Es que de eso sabía mucho.

 

* Músico. Guitarrista de La Manija, grupo del Chango Farías Gómez en los ’90.

 

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