/Fuira

le cortamos las piernas

lionel messi

Fotografía: Télam

El partido empatado. La tensión en su punto más alto. El que hace el gol gana. Ninguno se luce, las piernas pesan el doble. El miedo las convierte en garrotes. Pero hay un tipo que en medio del pánico se ilumina. Usa la 10 celeste y blanca y mete un giro bárbaro, en una baldosa. Limpia la jugada, pisa y sale. Gambetea a uno y queda de frente al arco rival. Es el segundo tiempo. Si sale bien se termina todo y festejamos todos. Y el 10 la hace bien. Tira la pelota larga, en profundidad. Ideal para la corrida del delantero que va con ventaja en la dividida con su marca. Burruchaga la estira con derecha y define genial ante la salida del arquero. Agüero saca un derechazo potente que se va lejos del travesaño. La primera definición sirve para poner Argentina 3–Alemania 2 en la final de la Mundial de 1986. La segunda, para confirmar que el camino conduce a los penales y que esa película ya la habíamos visto todos.

 

Nueva Jersey, Estados Unidos: El seleccionado argentino, al igual que hace un año en Santiago, perdió esta noche por penales ante Chile 4-2 la final de la Copa América Centenario, tras empatar sin goles en los 120 minutos de juego disputados en el estadio MetLife de New Jersey. Foto: Alejandro Santa Cruz/cf 26/06/2016
Fotografía: Télam.

 

Jorge Valdano, José Luis Brown y Jorge Burruchaga. Valdano, Brown y Burruchaga. No fue Maradona. Fueron Valdano, Brown y Burruchaga. Porque era un equipo. Porque el mejor era parte de esa estructura. Y fueron ellos los que se encargaron de aparecer en la final del Mundial ‘86, para que las partes conformaran un todo, para que el 10 no quedara aislado a un costado si no que se sumara a la montonera en el festejo del gol que hizo otro. Un compañero. Higuaín no fue Valdano. Agüero no fue Burruchaga. Ningún defensor se vistió del Tata Brown. Y Messi quedó desnudo.

 

Duele por Messi. No duele por los periodistas que se jactan de mostrar vestuarios vacíos ni por las transmisiones nefastas de TyC Sports. Tampoco duele por Martino y su discurso edulcorado para ser escuchado pero no para ser visto. No duele por los dirigentes de la AFA, que se prenden fuego ahí nomás, a un costado. Duele por Messi. Y da bronca. Da bronca porque es injusto. Es injusto porque Caruso Lombardi irrumpe enseguida a dar cátedra, como símbolo de lo miserable. Pegan en el piso, como tantos otros que agarran el micrófono con una sonrisa socarrona.

 

El zapping es elocuente. Fracaso. Final. Debacle. Y bla, bla, bla… Hasta que aparece Messi. Otra vez. El 10. El que mutó en esta Copa América. El que le puso la pelota larga Agüero para que hiciera de Burruchaga. El que miró desde atrás cómo Higuaín volvía a no definir como Valdano. Sale Messi y dice que se va. Y recién ahí empiezan a caer todas las fichas.

 

Es el final de la pesadilla. Es el momento en el que todos despiertan ya en la madrugada argentina. Es Estados Unidos de noche. Es una declaración de esas cuadro por cuadro, con los ojos secos, con la mirada punzante. Estados Unidos. Un 10 mirando a la cámara. ¿Les suena? Le cortamos las piernas.

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GEN
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