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“la literatura es un hecho colectivo”

pablo ramos

Fotografía: Penguin Random House

La búsqueda de ese acto motivacional que pueda acomodar los pensamientos y una vida se estableció como el leitmotiv para el escritor Pablo Ramos, quien sostiene ser “el único escritor que sigue bancando al kirchnerismo”. Desde esa fuente de deseos por restablecer el alma, este autor se va a sumir de lleno en las experiencias “turbulentas” que lo persiguieron durante casi 30 años y desde ahí va a dejar como resultado una trilogía que lo consagró como uno de los narradores más reconocidos.

 

El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María, encolumnados como flamantes soldados que lograron conquistar la bandera de la belleza, también fueron esa brújula que pudo encaminar al resentimiento y las adicciones. Libraron su propia batalla contra los fantasmas de Ramos y han demostrado que la literatura cumple una función reveladora y que puede sanar,  al acallar la tempestad de una vida que todos los días se iba más y más al precipicio. El papel se completó con las historias que condensaron los años de combate por hacerle frente a la vida.

 

Ramos acaba de publicar su último trabajo Hasta que puedas quererte solo, que tan solo en quince días agotó su primera edición.  Los capítulos que se pueden llegar a leer como crónicas, son los que dan a conocer en profundidad a aquellos personajes con los cuales el autor se conoció durante sus adicciones y durante la rehabilitación.

 

El programa de los doce pasos  —así se denomina en AA­— fue la estructura de las ficciones que el autor encabezó sin ningún tipo de imaginario poético. Son los relatos de aquel frenesí y de esos días, meses de abstemia que lo empezaron a llevar hacia la “ternura”.

 

Muchos de los personajes aparecieron en su trilogía pero ninguno tuvo su capítulo aparte y como acto de deuda puso una historia en cada uno de esos pasos. Hasta que puedas quererte solo  no escatima en sensaciones y define con crudeza como la espontaneidad es acribillada por la cotidianeidad.

 

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—Uno puede ir capturando mediante la lectura de tus libros que has ido modificando tu alma.
Puede ser. Lo que encontré, quizás, es este mover hacia la ternura. Soy un escritor distinto y mejor libro a libro. Se ve en la trilogía. La gente se fascina con El origen de la tristeza: libro hermoso, candoroso; La ley de la ferocidad es más potente y En cinco minutos levántate María es un libro más fino. Ahí trabajo con el leguaje y me di cuenta que era yo el que lo escribía. Pero también pude captar que lo que me lleva adelante es una responsabilidad de clase. Una vez un vendedor de Hecho en Bs As saliendo de la Feria del Libro, me para y me vende una revista. Cuando me estoy yendo, este vendedor me corre y me dice “dame un minuto”. “¿Cómo es tu nombre?”, me pregunta y le digo Pablo. Nos quedamos hablando y me comenta que cuando le compré la revista lo miré a los ojos. Él estaba sorprendido, porque me decía que la gente en general lo trataba como si fuera un indigente. Vos sos un tipo distinto, vos me miraste a los ojos, me decía. “¿Sos escritor?”, me terminó preguntando.

 

—Esa sensibilidad particular se vuelve tangible en la superficie de tus textos.
Y de chico ya había algo de eso. Las viejas de mi barrio siempre le decían a mi mamá: mientras Gabi y el otro corren cuando nos ven venir despacito, Pablo se queda para saludar. No sé. Además siempre estuve rodeado de mujeres viejas. Y con la escritura eso sigue pasando: ahora estoy muy contento porque Tristán Bauer me llamó para escribir el guión de la vida de Hebe (Bonafini) y creo que soy la persona indicada para escribir eso.

 

—¿La convocatoria para escribir Historia de un clan cómo fue?
Me convocó Luis (Ortega), que es un gran director, porque estaba saliendo con Julieta (Ortega) y además porque es mi amigo. Estábamos en la casa de Sebastián (Ortega) me acuerdo, y cuando me dio a leer el primer guion le dije que era malísimo. No estaba tan mal encarado pero no había un orden en lo que querían hacer. Así que ese fin de semana nos quedamos rescribiendo y cuando se lo llevó Sebastián, apenas lo leyó, me convocaron. Ahí lo que aporté fue un poco la voz de Arquímedes y la estructura general del relato.

 

—Y referido a lo que comentabas de tu pertenencia de clase y esa responsabilidad, ¿qué función cumple tu literatura?
Más que nada estoy dejando una idea de que el escritor autodidacta no es inculto. Ahora estoy preparando un libro de teoría literaria. Son unas 500 páginas que voy a ordenar con todos mis alumnos del taller. Lo va a publicar Alfaguara en forma de folletín. Tendrá una teoría muy sólida: ejercicios de diálogo, ejercicios de recuerdo, una teoría del personaje de las mayores posibilidades que no lo vi ni en Bajtín. Es un personaje más importante que el principal. También va a tener análisis de cuentos de Carver, de Arlt, de Horacio Quiroga. Todo esto va a ser una herramienta práctica para medir si un diálogo es bueno o malo; y sirve efectivamente para escribir. Estará en contraposición a esos libros que dicen “anda a escuchar como hablan tus amigos”. Creo que si vas a escuchar a un amigo es porque hay una amistad, no porque querés ser escritor. Y ahí está la medida de mi literatura. Cuando la ficción prostituye a la realidad no tiene sentido esa literatura. Un tipo le dijo a Roberto Arlt que escribía porque quería hacerse una idea de lo que era la vida y Arlt le dijo: “¿Quiere hacerse una idea aproximada de lo que es la vida? Tómese un colectivo, vaya a la cancha, vaya a ver una pelea de boxeo, trabaje. Ahí se va hacer una idea aproximada de la vida, pero escribiendo no”.

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—¿Pero no existe una transformación de la experiencia con la literatura?
En realidad, no es una transformación. La experiencia es la experiencia, uno lo que hace es darle sentido a la experiencia. Si no hubiese escrito La ley de la ferocidad me tengo que pegar un tiro con todo el quilombo que hice. Ese libro le dio sentido. Pasé por todo esto porque lo tenía que contar, pero eso no significa que haya necesariamente que pasarlo para contarlo. Lo que sí supongo es que un libro como Hasta que puedas quererte solo escrito por una persona que nunca tomó una raya de cocaína o que nunca estuvo internada no sé si tendría el mismo valor. Y esto volviendo un poco a los valores del renacimiento: el artista le pone el cuerpo.

 

—Con la escritura de Hasta que puedas… describís de manera perfecta lo que es poner el cuerpo y haces lo que dice uno de los personajes: “escribir antes que hablar”.
Ese tipo me hizo ver que cuando yo hablaba expulsaba las palabras, quedaba vacío. Entonces escribirlo y utilizar ese sistema que es la escritura para meter mi pensamiento, mis problemas, me hizo ordenarlos para que después puedan ser leídos. Revisarlos, ver dónde no profundicé. Todo eso hacía que me pertenezcan las palabras. Es lo contrario a hablar y eso me lo hizo ver ese tipo. “Hablando sos insoportable”, me decía. “Escribilo”. Me llevó al territorio de la escritura.

 

—¿En qué momento sentiste que encontraste tu propia voz?
Una vez que me dio con un caño Abelardo Castillo en su taller. Yo venía leyendo Autorretrato a los setenta años de Sartre. Él ya no podía escribir porque estaba ciego y el periodista igual le pregunta: “¿Si pudiera escribir como empezaría su novela hoy?”, y le contesta que la novela arrancaría: “Me llamo Jean Paul Sartre, pienso esto”.  Entonces, en mi casa saqué la máquina de escribir, puse una hoja y escribí: “Me llamo Pablo Ramos y pienso esto”. Era la primera vez que usaba mi apellido materno y salió mi primer cuento Luces de colores. Al principio fue como un ensayo, después lo hice un cuento inocente, candoroso, pero mío. Ahí empezó todo, porque para ser alguien primero tenés que sentirte alguien para vos mismo, constituirte como alguien, no odiarte solo.

 

—¿Entonces, el taller de escritura fue central para esta génesis como escritor?
Depende quién dé ese taller puede ser algo extraordinario o un desastre. Si agarras un taller como el de Liliana Heker que te hace explorar la motivación y te hace perder un año de tiempo, como en el mío por ejemplo, con diarios personales, buscando realmente por qué escribís, reescribiendo y reescribiendo intentando encontrar algo, creo que en un año vas a encontrar si querés ser escritor o no. Todo lo demás ya lo tenés adentro. Después es muy sencillo: es ir haciéndote criticar por los demás para que encuentres un método propio de autocrítica y entender profundamente que la literatura es un hecho colectivo. Que sin cinco lectores de confianza  por lo menos un escritor no existe. Yo las tengo, son cinco mujeres. Sin mis cinco lectoras no existo. Una de ellas es Julia Saltzman, mi editora. Es necesario ese lector de confianza, ácido, duro, que te conoce personalmente.

 

lee@lanan.com.ar
 

Nº de Edición: 1673