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“la mujer sigue siendo un objeto para el otro”

patricia gonzález lópez

Fotografía: Walter Sangroni

Una clave autobiográfica atraviesa los libros de Patricia González López. “Es mi historia, mi trauma, son los temas que me importan”, reseña. “Mi política está en lo que escribo, en mi poesía”, agrega. El lector se encontrará en Doliente, publicado recientemente por la editorial chaqueña Cospel, con una serie de poemas en primera persona y de potencia expresiva que cuestionan preceptos sociales, como se lee en estos versos: “La culpable soy yo la culpable soy yo la culpable soy yo/ por creer que no va a pasar/ nunca más que se va a disculpar/ soy habitante de la falocracia/ me enseñaron a venderme al mejor postor/ que por lo menos me pague el café/ que me dé un techo que invite la cena”. Sus poesías se anclan en el habla cotidiana como una marca de identidad y apuestan a la subjetividad. La joven poeta cuenta que la poesía la ayuda “como un exorcismo”.

 

Doliente retoma a su vez algunos tópicos de Maldad, su anterior libro, como la familia y el trabajo. “No los pensé como diálogo pero en definitiva dialogan. Si en Maldad empecé a hablar de padecimientos familiares, en Doliente los retomé, pero también rescatando lo bueno. Y si en Maldad hay incapacidad de amar y enojo, en Doliente hay amor con dolor, que es algo bien diferente. Hay poemas de amor que hace años no escribía así, con ese riesgo a la cursilería. También hay una vista de la realidad que combato, siendo menos víctima de mi historia o de la historia que a todos nos atraviesa. También hay más burla a mí misma”, explica.

 

―¿Por qué creés que algunos mandatos, como los del poema “Ni muy trillado”, aún están presentes?
―Creo que está presente en las mujeres sobre todo porque no sabemos muy bien qué es ser mujer, y vamos adoptando lo que nos venden. Eso, a su vez, nos produce infelicidad, porque en la realidad hay otros ingredientes que en esa receta que te pasan no están. Y no hay mucha conciencia. Conozco muchos hombres que se autoproclaman feministas y les dicen a las novias que cambien de laburo, que se vistan de determinada manera, hablen de tal forma, o que pongan determinada foto de perfil en sus redes sociales. Entonces, hay una proclamación de “lo que está bueno defender”, pero en la práctica la mujer sigue siendo un objeto para el otro. No respetan nuestras libertades y nosotras mismas no nos respetamos en términos de hacer o ser algo para gustarle a alguien más. Y el tema de ser aceptado nos juega en contra a todos, independientemente del género. Eso, como mínimo. Como máximo, se siguen culpabilizando a las víctimas de todo tipo de abuso: la pregunta “¿y vos qué hiciste para?” y la justificación del acto violento están presentes por más #NiUnaMenos que se hagan.

 

López González nació el 7 de agosto de 1986 en la Ciudad de Buenos Aires, pero creció en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense, a pocas cuadras de la cancha de Villa Dálmine. A los 12 años empezó a escribir sus primeros textos. “Un día miraba el programa de Susana Giménez; ella entrevistaba a Emanuel Ortega y le preguntaba: ‘¿Es verdad que componés tus propios temas?’. Y él le respondía más o menos que ‘por suerte sí, bla, bla, bla’ y qué sé yo. Ahí agarré un cuaderno y me lancé a escribir. Era bastante traga y siempre tenía cuadernos y lápices para escribir. A partir de eso, también comencé a leer”, recuerda. Por entonces, hacía danza y teatro. Soñaba convertirse en una de las huérfanas de Chiquititas, aquella novela teen de Cris Morena, con Romina Yan y corazones con agujeritos. “Sólo la escritura quedó”, dice la poeta, que ya publicó cuatro libros.

 

―¿Qué leías?
―Al principio, manuales para escribir, porque escribía pero no entendía qué pasaba con eso. Eran manuales de literatura, poesía y recursos literarios. También a García Lorca, Góngora, Quevedo. Luego practicaba sonetos. En el colegio les comentaba a las maestras y luego a los profesores que escribía, porque quería que me corrigieran. Además, las maestras eran mis amigas. Me corregían, ordenaban los versos, me recomendaban libros. Así fui pasando de profe de literatura en profe de literatura, hasta la facultad. Siempre fui muy traga, pero nada insoportable. Me gustaba estudiar.

 

Por entonces, pensó estudiar Letras. “Cuando fui al libro de carreras decía en el perfil de Letras que ahí se aprendía a leer y no a escribir, y que era un error en el que caían algunos estudiantes al elegirla por el gusto de escribir. Por otro lado, no quería que mi pasión, por llamarlo de alguna manera, se convierta en obligación. Y una tercera causa es que sentía que no podía arriesgarme en lo que estudie, yo quería ser ‘artista’: bailar, actuar, pintar, escribir, pero no sabía si tenía talento como para probar a ver qué onda. Yo vengo de una familia de laburantes y también quería ser una ‘profesional’, tener una garantía de mejora para mí y mi familia. Ahí elegí Relaciones Públicas, que me gustó por la currícula y los posibles trabajos que podía tener. Hoy hago lo que me gusta en relación a la profesión que tengo y la escritura convive y se alimenta incluso”, cuenta.

 

Doliente

 

Más adelante chocó con el universo de la Feria Independiente del Libro Independiente y Alternativa (FLIA). Ahí conoció a escritores actuales, como Sebakis, Walter Godoy o Matías Reck, editor de Milena Caserola. “‘¿Qué estoy escribiendo? Estoy fuera de tiempo y lugar’, me dije”, recuerda. Desde entonces, comenzó a leer mucha poesía emergente, mechando con libros de filosofía. “Me gusta explorar lo que escriben mis contemporáneos, porque para mí es importante leer lo que se escribe sobre lo que estamos viviendo en este espacio y tiempo”, repite como un mantra.

 

―¿Qué está pasando según lo que vas leyendo?
―Según lo que leo y lo que vivo, hay una gran necesidad de hablar, de decir y, a la vez, una gran incapacidad de escucharnos. Por eso, la literatura del yo y no la literatura del otro. Se escribe sobre uno porque en definitiva es lo que más conocemos y hay que ver hasta qué punto registramos al otro. Pero ojo, también hay una soledad que se padece, vínculos profundos que se recuerdan, se añoran y todo eso atravesado por el cinismo, la parodia, para que sea menos insoportable.

 

A los 23 años publicó su primer poemario, Indecible (Milena Caserola); le siguió la novela Dos de azúcar (Milena Caserola, 2010) y, tiempo después, un nuevo libro de poesía, Maldad, cantidad necesaria (Milena Caserola, en coedición con la Llanto de mudo, 2014). Además, compiló Esto pasa. Poesía en Buenos Aires (Llanto de Mudo, 2015), una antología que reúne a diez poetas, la mayoría nacidos en los ’80, del mundillo porteño.

 

Aunque escribe sobre todo poesía, no deja de lado la narrativa. “Siempre quise escribir novelas y relatos, pero nunca me salían bien del todo. No sabía narrar. Una vez hice un taller con Félix Bruzzone y le pregunté qué le parecía un texto mío. Me dijo ‘esto es un vómito: principio, nudo y desenlace’. Con el segundo libro pude hilar una idea. Hoy está abandonado, pero tengo ganas de reeditarlo. Tengo que corregirlo, porque la primera edición salió con un montón de errores. Me lleva mucho tiempo escribir narrativa. La poesía es más instantánea. La narrativa me da ansiedad, una ansiedad que hoy no puedo manejar”, comenta.

 

―¿La autobiografía es un combustible para escribir?
―Sí, pero mi biografía también puede ser la historia de alguien más. De hecho, me pasó con Maldad que me escribían para decirme “me está pasando lo mismo, nunca lo pude decir” o “qué bueno que alguien lo diga”. Escribo sobre lo que sé, lo que viví, pero a la vez desde una manera de vivir la felicidad de un sector de la sociedad. Y creo que todo tiene que ver con el amor, el deseo, porque es lo que nos moviliza.

 

―¿Para escribir hay que estar doliente?
―No necesariamente, pero pasa más a menudo que cuando estás con un sentimiento más profundo, más desgarrador. Ponele, aún hoy se debate si el slam es poesía o humor. Sin embargo, cuando alguien escribe algo desde la tristeza no se cuestiona si es poesía o no, a lo sumo se dice “qué bajonero es”. Pero es absolutamente válido el humor en la poesía. Está el prejuicio que dice “esto me hace reír, pero no me dice nada”, pero siempre hay contenido. Cuando alguien le puede poner humor a un drama, recién ahí lo puede superar. Yo, cuando estoy contenta, por decirlo de alguna manera rápida, escribo más narrativa. En Doliente, la construcción poética de la persona que habla tiene una autoestima fuerte, se sabe experta. Pero si vamos a la filosofía oriental, “vivir es sufrimiento” y el dolor te va cambiando. El dolor siempre va cambiando, incluso las formas del dolor cambian, pero al poder escribirlo también renovás un círculo.

 

Por estos días, también difunde literatura y música independiente a través de una columna en el programa El gato escaldado (domingo de 6 a 9 por AM750). “Me gusta estar atenta para ayudar a difundir lo que sucede. Del otro lado de la radio, quizá alguien no sabe que hay una piba de 20 años que canta de puta madre o un poeta que la está rompiendo, y que también están preocupados por el mundo”, comenta.

 

 

La joven poeta también despliega sus set de poesía oral en las noches de lecturas del under porteño, tertulias que no tienen nada de solemnidad. “Hay épocas para escribir y pulir lo escrito y otras para darle vida a las palabras. Es como un ciclo. Y cuando no tengo nada qué decir, escucho. Yo creo que los ciclos de lectura existen porque hay una necesidad de encuentro, pero no escuchamos al otro, nos escuchamos a nosotros mismos”, dice.

 

―¿Influyen en tu escritura?
―En las lecturas de poesía fui encontrando el ritmo, la forma, mi comodidad, si lo que escribí es una boludez. Son como una prueba.

 

―¿Y las redes sociales?
―Sí. Por la forma de vivir y comunicarnos, las palabras, las nuevas formas de estar o no estar, de ignorar, de compartir. Eso necesariamente te lleva a escribir distinto.

 

―¿Estás preparando un próximo libro, probando otras cosas?
―Estoy escribiendo una serie de poemas, algunos muy cortos, otros muy largos. También estoy escribiendo relatos. Y ahora mismo no, pero quiero seguir con una novela que tengo abandonada y que hace mucho arranqué. Creo que soy muy ansiosa, inmediatista para la novela, que necesita más trabajo, reposo, más tiempo. Veremos qué pasa.

 

lee@lanan.com.ar

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