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“la vergüenza es un arma de control social”

zoom: claudia acuña

—¿Cuándo fuiste más feliz?
—El parto de mis hijos me hizo conocer la dimensión de la felicidad extrema. Creo que es la química de la vida la que hace ese trabajo mágico que te hace sentir, saber y entender que la vida es más fuerte que los miedos. Gran lección: me sirve, me guía y me hace respetar al cuerpo como la más potente herramienta de conocimiento.

 

—¿Cuál es tu mayor temor?
—Hoy, México como futuro tenebroso para Argentina. Eso del goteo de la muerte por “caso” que no te hace ver la dimensión de la máquina de matar en la que se puede convertir esta caída estrepitosa del capitalismo. No tengo temores cotidianos, salvo que reconozca el alerta permanente como miedo. Pero soy una sobreviviente: aprecio estar en tensión constante.

 

—¿Cuál es tu recuerdo más temprano?
—Mi abuela de largas trenzas blancas cantándome “Cuñatay” en guaraní. La dulzura misma.

 

—¿Cuál es el rasgo que más deplorás de vos mismo?
—Iba a decir la intolerancia, pero la verdad es que hasta altura de la vida me parece una virtud no aguantar más de lo que puedo. No deploro nada. Soy. ¿Puedo cambiar? Siempre. Pero hoy estoy donde puedo estar. ¿Me acepto? Es algo más liviano que eso: me llevo.

 

—¿Qué rasgo deplorás en los otros?
—La tilinguería. Me parece el rasgo más peligroso del fascismo, porque no parece, pero es lo que hace del mundo un lugar inclemente.

 

—¿Cuál fue la situación más vergonzosa que viviste?
—¡Ay! No tengo vergüenza. Never. Es algo que debo agradecer a mi madre y a todas las mujeres de mi familia. Ellas me enseñaron que la vergüenza es un arma de control social. Y a reírme de mi misma.

 

—Sin contar inmuebles ni rodados, ¿qué es lo más costoso que compraste en tu vida?
El regalo que me hice cuando cumplí 50 años: ir a Cuba y a Nueva York con mis hijos. Coincidió con la celebración de los 50 años de la Revolución Cubana, aunque ni pisamos los festejos. No conocía Cuba así que la disfruté mucho e hice grandes amigas, pero el doblete con Nueva York fue una manera de ofrendarles a mis hijos un recorrido por los símbolos del consumo y el anticonsumo que podía brindarles. Fue, lo sé, una experiencia intensa para ellos. Y eso, mi regalo.

 

—¿Qué te deprime?
—La gente mirando televisión mientras comparte la mesa familiar. La televisión, en general. La cumbia machista. La gente bailando cumbia machista en un cumple de 15. Los animadores de fiestas de adultos. Los adultos haciendo lo que los animadores le ordenan. Pero sobre todas las cosas: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡las selfies!!!!!!!!!!

 

—¿Qué es lo que más despreciás de tu apariencia?
—¡Ay! Nada. No me miro en el espejo más que lo justo y necesario. No sé —juro— cuánto años tengo, salvo la década; no tengo idea de cuánto peso. Este año estuve enferma y la gente —todaaaaa la gente— me dice ahora como elogio “qué flaca estás”, y así me di cuenta de tres cosas: que en algún momento estuve gorda; que a mi edad, la gente debería ser más prudente porque estar flaca es síntoma de enfermedad, no de elegancia; y que deberíamos dejar de opinar en voz alta sobre el cuerpo, ropa, etcétera de las mujeres por 500 años, ponele, a ver qué pasa. Mi hipótesis: vamos a estar todos más relajados.

 

—¿De quién o qué te disfrazarías para siempre?
—Andaría disfrazada todo el tiempo. Es divertido y didáctico: te coloca en lugares en los que no te animarías a estar. Pero en el sentido en el que supongo va la pregunta, el clásico, me gustaría andar todo el día con el enterito amarillo de Uma Thurman en Kill Bill.

 

—¿Cuál es tu hábito más desagradable?
—Hablo demasiado.

 

—¿Cuál es el placer del que más te arrepentís?
—Ninguno: ¡es placer!

 

—¿Qué les debés a tus padres?
—Todo. Dejé de vivir con ellos a los 13 años, así que tuve que aprender desde muy chica y sola que la gran lección que me dieron fue ésa: que podía y que sabía buscar lo bueno de lo malo.

 

—¿A quién te gustaría pedirle perdón? ¿Por qué?
—La lista es infinita. Resumo: a todos. Sé que debo perdones por todos lados.

 

—¿Cómo se siente el amor?
—Como los mates con los que me despierta cada mañana mi compañero desde hace 34 años.

 

—¿Quién o qué es el amor de tu vida?
—Él: lo elijo cada día.

 

—¿Cuál es tu aroma preferido?
—El del jazmín.

 

—¿Alguna vez dijiste te amo sin sentirlo?
—Nunca. No me sale.

 

—¿Cuál es la profesión que más despreciás?
—¿La del policía es una profesión? No creo. ¿Funcionario? Tampoco. Entonces probemos con las que tienen título: juez.

 

—¿Cuál es el peor trabajo que tuviste?
—A los 14, de 6 a 16, en una fábrica de tubos fluorescentes. Era Carlitos Chaplin en Tiempos Modernos.

 

—Si fuese cosa de una vez y para siempre, ¿a qué lugar y época viajarías?
—A las Cataratas de Iguazú con mis abuelos.

 

—¿Cómo te relajás?
—Mirando el mar.

 

—¿Qué tan seguido tenés sexo?
—Mis hijos leen NAN: no quiero arruinarles su vida sexual. Cual Mauri, te la debo.

 

—¿Cuál fue la vez que más cerca estuviste de la muerte?
—Me atropelló un auto en el conurbano sur más implacable, quedé tirada en el asfalto, rota, con un dolor de esos que te ponen a prueba el corazón: volé por el aire, me había fracturado el fémur en dos, la cadera estaba dislocada. Llovía. Un hombre que vivía en la calle se acercó, me puso la mano arriba de la cara como para protegerme de las gotas y me dijo: “Si tenés hijos, pensá en la carita que tienen y aguantá. La ambulancia acá tarda mucho en llegar. Agarrate de eso”.

 

—¿Qué mejoraría la calidad de tu vida?
—Ser más turista y menos periodista.

 

—¿Cuál es la lección más relevante que te dio hasta ahora la vida?
—Que sentir es la clave. No estar nunca anestesiada, aunque te duela la realidad, la tristeza, la desesperanza o los huesos, porque así tampoco vas a sentir el amor, la alegría, la magia.

 

—Decinos un secreto.
—Nunca: ¡es un secreto!

 

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