/Fuira

la ciudad que murió en un vuelo

tragedia del chapecoense

Fotografía: Télam

Desde Chapecó. Especial para NAN


Lo primero que quiero decir es que este breve artículo no agrega nada nuevo sobre el accidente. Se ha escrito tanto sobre el asunto que eso es prácticamente imposible. Lo que haré es, apenas, transmitir un manojo de impresiones por haber estado en el “lugar de los hechos”, una ciudad brasileña desolada, y por eso, haber percibido, más próximas y nítidas, algunas cuestiones. Sólo eso.

 

Lo primero que vi, en Chapecó, un día antes, durante y después del velorio colectivo, es que el accidente de Medellín no sólo mató a un equipo: también mató una ciudad.

 

Los jugadores, dirigentes y cuerpo técnico del Chapecoense, fallecidos al caer el avión de LaMia en Colombia, eran los más dignos representantes de un casi-pueblo que los tenía a ellos, completos, altivos y a la vez sencillos, y que no tenía mucho más que eso.

 

Chapecó es un polo agroindustrial, al Sur de Brasil, muy próspero: tierra de campos, de cultivos, de calles pequeñas, sosegada calma; no llega a los 200.000 habitantes. En criollo, no pasa mucho. Sin embargo, de repente, la ciudad había alcanzado la notoriedad, gracias a un equipo que, en menos de una década, había escalado desde los torneos estaduales de Santa Catarina hasta la final de un campeonato continental.

 

No es fácil lograr eso en un lugar tan pequeño, y menos que menos en el Interior de Brasil.

 

Los jugadores, por eso, eran héroes. Proyectaron a Chapecó al país entero. Pero, además, le dieron a la ciudad, al tiempo que un factor de identificación colectiva, algo para hacer. Ahora, se trataba de juntarse con la familia a ver los partidos. De disfrutar de las visitas de los grandes equipos brasileños al Arena Condá. Escuchar la radio partidaria, salir a festejar tras un triunfo. Muchas cosas nuevas, de repente: unas chicas, por ejemplo, me contaron que estaban armando un club de fans.

 

Chapecó había encontrado así en sus más dignos representantes también una oportunidad gigante, que ellos mismos ofrecían, de hacer cosas diferentes. Ni más ni menos que eso.

 

Y encima de todo, estos “redentores” eran gente normal.

 

De todas las personas con las que hablé en la ciudad, no hubo una —ni una— que no me dijera: “A tal jugador me lo crucé en el shopping” o “fui a un cumpleaños y él estaba” o “lo veía en la Iglesia evangélica” o “vino a mi casa en carnaval”.

 

Un vendedor de churros en la calle me contó que uno de los defensores solía pasar a la tarde con su esposa, bajaba del auto, pedía dos con chocolate, se sentaba en la mesa en la vereda y luego se marchaba. Más allá del folklorismo con el que parece lindar la descripción, lo cierto es que sí es significativa: eran jugadores de fútbol pero también —¡Wow!— “gente como uno”

 

A los jugadores, al mismo tiempo, les gustaba vivir en una ciudad tan pequeña, se sentían cómodos. Todos los veían como héroes, y, aún así, los dejaban caminar tranquilos.

Fotografía: Télam

Lamentablemente, todo se terminó con la caída del avión, con la tristeza, con la desazón en un lugar que, de un segundo para el otro, alcanzó la fama mundial por el más terrible de los motivos y tuvo que hacerse cargo.

 

No encuentro cómo describir la atmósfera del estadio el día del velorio colectivo. Un velorio es siempre triste: allí, eran 50 simultáneos, personas jóvenes, muertes inesperadas. Difícil de entender.

 

“Somos el equipo con más hinchas del mundo”, me dijo un hombre un día antes de que lleguen los ataúdes. “No era lo que queríamos”.

 

fuira@lanan.com.ar
 

Nº de Edición: 1693