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la medalla milagrosa

paula pareto

Paula era la única chica del grupo. Y por eso no les creía a los profesores cuando le decían que era buena de verdad. Es cierto, los tipos no se lo decían a todos alumnos. Pero ella no les creía. Pensaba que era una mera cuestión de formas, una manera de tenerla contenta, motivada. Un anzuelo para no perder a la única chica en medio de todos los pibes que lanzaban patadas al aire y trataban de hacer tomas extravagantes. “Ese día me di cuenta de que tenían razón. Yo creía que lo tiraban por tirar pero se ve que algo me veían”, dice Paula ahora. Con 30 años. Con una medalla olímpica en el retrovisor, con finales en los mundiales. Con su nombre instalado en el deporte argentino. Con otra gran cita a la vuelta de la esquina. Aquel día en el que se colgó el bronce en Beijing entendió todo.

 

Paula Belén Pareto mide un metro y medio, pesa 48 kilos y es la única en este salón grande plagado de periodistas y deportistas que puede tumbar al que se le ocurra en apenas tres segundos. Encoge los hombros, saca una sonrisa tímida y habla de los Juegos Olímpicos como de un torneo más. “Es el mismo tatami, son las mismas reglas, hay árbitros, un rival y tengo que tratar de ganar. Yo lo vivo así: es lo que me hace bien para pelear tranquila”. Quizá sea una buena forma de no pensar que el esfuerzo de cuatro años se puede derrumbar en un solo día. En un solo movimiento.

 

Nació en San Fernando el 16 de enero de 1986 y desde los 9 años comenzó a practicar judo junto a su hermano. Los siguientes pasos fueron los mismos que los todos los deportistas amateurs: padres acompañando, viajes costosos sin ninguna ayuda monetaria, sacrificios para sostener el entrenamiento y la escuela. Llegaron los torneos locales, los bonaerenses, los sudamericanos… Y el 9 de agosto de 2008 se convirtió en la primera deportista argentina en conseguir una medalla olímpica en judo al colgarse la de bronce en los Juegos de Beijing.

 

El Himno empezó a sonar al mismo tiempo que la bandera se iba izando para quedar en lo más alto. Y ahí se largó a llorar. Llegó al clímax. Pensó que en China no debían tener ni idea dónde queda Argentina. Pensó que gracias a ella estaba sonando el Himno. Rebobinó todas las cintas y empezó una nueva vida. Diploma en Londres 2012 (finalizó quinta), consiguió tres medallas en los Panamericanos de judo y en agosto de 2015 se coronó campeona del mundo en Kazajistán al derrotar a la japonesa Haruna Asami. Una hora después de recibirse de médica en la UBA ya estaba en el Cenard entrenándose. Río de Janeiro podría ser su última escala olímpica. Después quiere hacer la residencia con orientación a traumatología. Después quiere ser mamá.

 

 

“Está todo ahí. Tenés presente siempre el espíritu olímpico, el espíritu patriótico. Están las banderas por todos lados. Es difícil, pero hay que manejar eso y tratar de entender que la competencia en sí es la misma en cualquier torneo. Yo voy a ir a ganar, me entreno para eso. No voy ir a pasear, ni a los Juegos ni a la competencia que sea. Dejo un montón de cosas de lado para ganar”, avisa la Peque.

 

—¿Qué se te pasa por la cabeza cuando recordás que ganaste una medalla?
—Es algo inolvidable. Me acuerdo y ya se pone la piel de gallina. Son esas cosas increíbles que pensás que no te van a ocurrir nunca. Yo siempre quiero dar lo mejor pero cuando llegan los buenos resultados te parece terrible. Hubo un montón de representantes de judo en toda la historia y nunca hubo una medalla. Que llegue de la mano mía… “¿De dónde salió esta piba?”, debían pensar. Vas cayendo con el paso del tiempo. Ese día solo pensaba en tratar de acordarme de todo porque no sabía si alguna vez lo iba a volver a vivir.

 

—En ese momento es cuando todo el esfuerzo valió la pena.
—Sí, pero no solo por mí. Por todos. Por los que confiaron cuando tenía 8, 9 años y me decían que era buena, que iba a llegar. Todos los esfuerzos que hicieron mis padres, de buscarme, de acompañarme, de llevarme a los torneos. Sola no podés. Hoy tengo becas que me permiten viajar, pero hasta ese momento la verdad es que no tenía nada.

 

Al teléfono de la Peque llegan mensajes de argentinos a los que no conoce pero que le dicen que irán a verla competir en Río. “Es gente que ni sabe de judo, pero va a verme. Bueno, genial, ni sé qué decirles. Es muy loco”. Tanto como que ahora haya más chicas que chicos en las escuelas de judo.

 

fuira@lanan.com.ar