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una sube cargada de ritmo

bondi cumbiero

Mati, frontman de Los Limones, sube la temperatura del Bondi Cumbiero.

“Me fui modelando en barro”, canta Pablo Lima al frente de Agua Sucia & Los Mareados. Sobre una base cumbiera con nervio villero, frasea con una voz que parece llevar al Pepo de Los Gedes a la bohemia porteña de los años ’30. El teclado de “Porque canto así” suena pos crisis de 2001, el groove late metálico y el güiro te serrucha los talones. Cuando Pablo empieza a hablar de su barrio, algo de oscuridad asoma: su voz —que viene de una semana de angina y se siente doliente— más el delay de las teclas, cargan de un extraño drama a una canción que te lleva a bailar y tiene algo arrabalero adentro. Esto es un tango de la villa.

 

Estamos en Guajira, el bar que cobija al Bondi Cumbiero, el festival de cumbia emergente de La Plata que va por su tercera edición. Arriba del escenario, empuñando un keytar y vestido con joggins y una camiseta de Alianza Lima de Perú, el tipo que canta es el que vio una escena en ebullición y se encargó de que sus piezas hicieran engranaje para echarlas a andar. Lima, de 34 años, es el hombre que lleva adelante una fiesta popular que desde hace unos años está saliendo de las bailantas para desplazarse hacia otras zonas y otra gente. Una celebración que dependiendo de su ubicación y quién la comande cambia de nombre, que a veces tiene una raíz más latinoamericana ancestral y otras, mística de barrio; pero que, en todos los casos, tiene en la cumbia su combustible.

 

La piba tiene unas rastas que le llegan a la cintura y cuando baila las zapatillas de lona le pisan el pantalón de colores. El brillo del acordeón con el que Pablo reemplazó al keytar vuelve gris esta versión de “Desde que me dejaste”, de Pibes Chorros. Las personas que hay en el bar cantan a los gritos, repiten la canción como un himno generacional.  Todos la saben. De golpe, un vino en caja aparece entre la multitud que lo pasa de mano en mano.

 

“Es una etapa en la cumbia en la que somos parte”, dice ahora Pablo, sentado en el comedor de su casa del barrio El Churrasco, en los suburbios de La Plata, donde los pibes juegan en la calle, el kiosco da fiado y las ambulancias no entran. “Podemos quedar en la nada o hacer historia y generar un movimiento.”

 

Hace un año y medio Pablo se había ido de La Emporio Tropical, ese combinado de cumbia y teatro, y estaba armando su propio proyecto. En ese entonces se dio cuenta que en cada fiesta a la que iba a ver cumbia en vivo se encontraba con los pibes de otras bandas. En un momento, se preguntó cuántos grupos de cumbia emergente —alternativa— había en la ciudad. Contó diez y dijo: “es una re-movida”.

 

“Ahí armé el Bondi Cumbiero.”

 

El primer movimiento fue crear un grupo en Facebook para juntar a las bandas y delinear este proyecto colectivo cumbiero. De Mochilas, Cachitas Now, La Walichera, Nanotropica, Las Cocas, Los Limones Jaidefiniyon, Los Cheremeques, La Chicharata, Me Lleva la Jarana y, claro, Agua Sucia. Esos fueron los grupos que eligieron el formato: cuatro noches al mes con dos bandas por jornada. El tiempo entre un Bondi y otro “se va viendo”. El primero tuvo lugar en octubre de 2015, el segundo en marzo de este año y el tercero en mayo. Para agosto se viene el cuarto.

 

Quizás, en un futuro cercano, el bondi expanda su recorrido, volviéndose de larga distancia.

 

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El Bondi es el lugar de encuentro y festejo de la cumbia emergente.

 

Es chico. En Guajira no entran más de 250 personas. Pero en este espacio hay un universo formándose, un Big-Bang que no tiene agujeros negros. Acá los colores estallan.

 

Mientras arriba del escenario Gladys “La Negra” Sarabia, ex La Delio Valdez, es la diosa al frente de La Walichera (los rulos que le explotan, la figura que irradia calor, la voz encantadora), abajo hay gente que baila y canta. También hay otros que sonríen en trance. La cumbia es colombiana y el ambiente amable tiene algo de hippie. Las percusiones caribeñas más el tono tradicional —a lo cantora— de La Negra remueven algo dentro, un sentimiento de pertenencia aunado por un estilo musical.

 

Ahora las paredes tienen colores y cuadros trabajados artesanalmente, del techo cuelgan una docena de lámparas semicirculares. Antes, en este mismo espacio, todo era oscuro, sucio y clandestino. Donde ahora es Guajira funcionaba El Viejo Varieté: una cueva rockera pos Cromañón donde las bandas tocaban en el sótano, el tufo a cigarrillo negro impregnaba todo y el suelo se empapaba en birra.

 

“Tuve que luchar contra los prejuicios del lugar”, dice Mauricio Leiza, el hombre que hace dos años y medio abrió Guajira. “Pero desde el principio planteamos hacer otra cosa: música latina y popular, algo bailable.”

 

Bajo ese concepto arrancaron las primeras fechas de cumbia. Durante 2015 fueron apareciendo los shows de las bandas que luego darían forma al Bondi. “Todas las bandas que se juntaron ya habían tocado acá”, recuerda Mauricio, de 33. En octubre pasado la cosecha dio siembra cuando arrancó el festival. “Con el Bondi terminó de explotar el bar. Quedó bien definida la identidad.”

 

Pablo afianza la idea: “Hoy la gente va a Guajira a bailar cumbia”.

 

Lo que suena es “Loca”, de Chico Trujillo, una cumbia con vientos que acá revienta. Si en los boliches la cosa explota con alguna de Rombai, en este reducto alegre Trujillo es furor psicodélico. Ya pasaron las bandas, la Negra Sarabia conversa distendida en la barra, Pablo mira desde un rincón con una sonrisa borracha, sincera. Son casi las cinco de la mañana y no se mueve nadie, la cerveza ya no necesita de vasos, pasa de sonrisa en sonrisa: es lo único que tapa los dientes.

 

“La gente que viene a Guajira viene a bailar cumbia”, dice Pablo. Levanto la vista y no puedo decir nada.

 

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La cumbia emergente podría rotularse como la cumbia mezclada con otros géneros.

 

En los ’60 la cumbia llega al centro de Capital Federal. Más leyenda nocturna que hecho historizado, el relato cuenta que por esos años las confiterías y salones porteños bailaban cumbia. Que la marginalidad del género llegó en los ’80, cuando la cumbia fue desplazada y empezó a sonar en las bailantas chamameceras. Luego, en los ’90, la movida tropical se volvió a mezclar con la clase media. Aparecieron los Ráfaga, los Daniel Agostini, los Comanche. Eran bandas de casting, pero los músicos eran chicos blancos con rulos y sonrisas de publicidad de Colgate. Antonio Ríos, Alcides y Adrián Chauque quedaban ahí, al margen. Eran morochos en las sombras. Diez años más tarde, en pleno fuego de 2001, la cumbia villera copó la música argentina sin distinción social.

 

Hoy, con la segunda década del nuevo milenio corriendo, la cumbia se mezcló con otros géneros y volvió —de nuevo— a romper las barreras sociales. Hoy, pueden distinguirse dos tipos de cumbia por fuera de la clásica de la movida tropical: la cumbia pop y la cumbia emergente.

 

“La cumbia se expandió, porque es versátil”, dice Pablo. “Mirá si será versátil que faltaba la cumbia de la villa y salió. No había cumbia para chetos y ahora está la cumbia pop.”

 

La cumbia emergente, en un atisbo de definición, podría rotularse como la cumbia mezclada con otros géneros. Al mismo tiempo, esta reinterpretación de la música tropical tiene una fuerte impronta tradicional, tomando como base sonidos clásicos como el colombiano, el peruano o el argentino mismo (que tiene en la cumbia villera su estilo más propio). De ahí en más suele haber dos caminos: el del tradicionalismo que más que bandas forma orquestas (puede que La Delio Valdez sea la más popular) o el de la hibridación con otros géneros (las Kumbia Queers y sus arrebatos punks, por ejemplo).

 

Esa nueva música popular latinoamericana comenzó a expresarse a comienzos de siglo. Eran embriones infectados por sangre de costumbre revolucionaria. “Está movida empezó con Les Minón, con la Bomba del Tiempo”, recuerda la Negra Sarabia. “Esperabas un mes una fiesta que era autogestionada. Fiestas donde pasaba algo más, donde había otra estética. Hoy pasa con el Bondi, pero pasaba con La Delio, con Cultura Cumbia. Viene pasando.”

 

“Es algo que está vivo, que está sucediendo”, dice Oscar Benitez, parte del equipo de Cultura Cumbia, las fiestas-movidas cumbieras que surgieron de las entrañas de la productora Media Limón y llegaron a Tecnópolis, convirtiéndose en uno de los eventos de la escena que más visibilizaron este universo. “Está bueno que exista una escena de cumbia emergente con su búsqueda como colectivo. El futuro de esto depende de que se arme una escena sólida.”

 

Pilares fundamentales son las distintas fiestas de cumbia que se organizan hoy y tienen sus puntos vitales en La Plata y Capital. En las diagonales el Bondi Cumbiero, los ciclos de Cultura Cumbia y la naciente Cumbiamba van ganando sustento con características particulares. El Bondi es el lugar de encuentro y festejo; CC carga el espíritu latino de la escena; y La Cumbiamba apunta a convertirse en el nuevo gran evento del circuito. Del otro lado de la AUBA, fiestas como La Mágica, La D-Lirante y La Bizarren apuestan a una reivindicación de bandas clásicas —muchas de ellas olvidadas— como principal atractivo, más un DJ set de canciones de antaño.

 

“Hay algo en la cumbia emergente en querer conectar con la cumbia de raíz”, dicen desde CC, que mezcla, por ejemplo, bandas como Mala Fama con La Chicharata.

 

 

—Lo político fomentó mucho la cumbia. Fue un periodo que generó muchos circuitos culturales —dice La Negra Sarabia—. Eso produjo que haya muchas más personas tocando. Se fomentó el consumo cultural. Cuando un país está bien, cuando no tiene hambre, consume arte. Se empezó a ver el arte como una necesidad humana.

 

—Hoy encontrás más gente que quiere a la cumbia que gente que no —dice Pablo Lima.

 

 

Ahí, arriba del escenario rinconero y casi diminuto de Guajira, se están apretando Los Cheremeques. Esta docena de músicos oriundos de Comodoro Rivadavia, Chubut, afincados en La Plata, fusionan el folklore de sus tierras con una cumbia de vientos huracanados y espíritu guerrero, visten camisas estampadas que están más cerca del estilismo vagabundero que del fashionismo setentoso. La cumbia patagónica lo cubre todo en la última fecha del Bondi Cumbiero #3.

 

Lo que suena es “La cumbia del cerro”, una canción que nace sobre unas armonías de flauta y que viene con coreografía incluida. Los Chere se agachan, quedan en cuclillas. La gente se agacha, Guajira queda al ras del suelo. Cuando todo estalla hay un baile onda celebración indígena, besos y abrazos. Hay una conexión que se siente. Esto es como el sueño húmedo de un hippie en viaje lisérgico.

 

“Para un músico no hay mejor regalo que la sonrisa de la gente cuando estás tocando”, dice el guitarrista y cantante Cristian Püschel.

 

La banda corta. Hay un pequeño descanso antes del cierre. Algunos encaran hacia el pasillo-patio para fumar. Los que se quedan bailan al ritmo de Los Altos Cumbieros. El flashback adolescente parece otro imán en este universo. La gran mayoría de los que estamos acá teníamos cerca de 15 cuando estas canciones la rompían.  Y con esa misma energía se cantan ahora, diez, doce años más tarde, esas letras.

 

Los Chere vuelven. La gente también. Hay un setlist agitado que pasa veloz e intenso. Hay bailes con energía renovada. Y hay un pogo que se sacude cuando los vientos se meten entre la gente. Todos los actores tienen la misma categorización en este mundo. La cumbia no reconoce de clases, fusiona, une.

 

Entre el ruido de los aplausos de la despedida, los últimos acordes que se pierden y el griterio, se escucha que alguien dice “cumbia es amor”.

 

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