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todos los fuegos el fuego

despidos en pepsico

Nadie sabe bien por qué los ojos siempre buscan el fuego. Los de Lorena, mientras habla, no escapan a esa costumbre milenaria:

 

—La gente dejó la vida acá. Yo dejé la vida acá.

 

Sentada junto a ella en un banco improvisado con dos gomas y un tablón, Patricia la escucha en silencio y también se deja seducir por las llamas. Desde hace dieciocho años y hasta ayer, durante ocho horas diarias, Patricia y Lorena metieron paquetes de papas fritas dentro de cajas. A razón de 26 paquetes por minuto, fueron bastantes: unos 56 millones cada una, sin contar, por supuesto, las horas extra.

 

El martes 20 de junio, la fábrica de la multinacional alimenticia PepsiCo ubicada en las calles Urquiza y Gervasio Posadas, en el barrio bonaerense de Florida, recibió a sus 691 trabajadores con la puerta de entrada cerrada. Sobre ella, una hoja A4 pegada apresuradamente con cinta scotch anunciaba la decisión de la empresa de “cesar las operaciones de la planta debido a los obstáculos inherentes a la ubicación en un área residencial, su estructura de costos y requerimientos logísticos”.

 

Hay información que ese papel omite.

 

En cinco cuadras a la redonda al menos otras diez plantas industriales operan con normalidad y, durante el año pasado, PepsiCo obtuvo ganancias por 10.300 millones de dólares a nivel global, solo en su división de alimentos y bebidas; 824 de esos millones provinieron de América Latina. Sin embargo, el lunes 19 presentó ante el Ministerio de Trabajo un Procedimiento Preventivo de Crisis (PPC) para dar rienda suelta a los despidos, que fue rápidamente aprobado.

 

Los trabajadores sostienen que la alimenticia no atraviesa ninguna crisis y denuncian un “lockout patronal”. Por eso, se resisten a firmar lo que ofrece PepsiCo por dejarlos de patitas en la calle: doble indemnización y extender nueve meses la cobertura de la obra social.

 

Ahora son las once de la noche y Patricia, Lorena y otros cuarenta obreros y obreras acampan frente a la fábrica para reclamar por sus puestos de trabajo. El frío no perdona los huesos.

 

“Hace dos semanas la empresa nos prometió que no iba a cerrar”, dice Patricia. Creyó esas palabras una vez más, a pesar de las señales acumuladas por años: clausura de algunas líneas productivas, traslado de maquinaria a otras plantas, llamativas ausencias del gerente general, falta crítica de materias primas. La novedad modelo 2017 fue llenar con agua los pozos de reserva de gasoil. “Nos mintieron en todo”, remata.

 

Son muchas las mujeres en la planta de Florida. Caty lleva dos décadas:

 

—Antes éramos mayoría. Después empezamos a organizarnos y se dieron cuenta de que éramos problemáticas.

 

***

Sobre el fuego armado en la calle con trozos de palets, hay una olla enorme con agua que nunca deja de hervir y una parrilla con unos pocos patys y chorizos casi a punto. Alrededor: un disco de arado, más bancos, sillas, banquitos, reposeras, dos mesas con termos de colores varios, gaseosas, cajas, paquetes vacíos de galletitas. En la vereda: una carpa iglú, dos carpones y un par de baños químicos. El humo lo impregna todo.

 

Los trabajadores, negrísimos como la noche y encapuchados, se apretujan en pequeños grupos más acá o más allá y comparten anécdotas, preocupaciones y mates. Están cubriendo el turno que les correspondería: a las seis serán reemplazados por otros, quienes recibirán a su vez relevo a las dos de la tarde. En la planta, los turnos rotan cada semana: la primera se trabaja a la mañana, la segunda a la tarde, la tercera a la noche y así se pasan los meses, entre cheetos, papas, doritos, twistos y conitos 3D.

 

Héctor Rubén lleva 26 años de turnos rotativos y le falta poco para jubilarse.

 

—¿Quién me va a tomar a los sesenta? —pregunta resignado— Por suerte tengo un negocito de arreglo de motores con mi sobrino. Con eso iré tirando.

 

Otro comenta que debe armarse un currículum por primera vez en diez años y un tercero reconoce que no la pasará tan mal porque tiene “solo un bebé” y su mujer trabaja. Pero hay un compañero con siete hijos que viene desde Pontevedra, partido de Merlo. “Tiene siete hijos —repite mecánicamente—. Si a mí me ofrecen un buen número, arreglo y nos vemos en Disney”.

 

En la pared exterior de la fábrica los obreros pegaron cuatro cartulinas escritas a mano, marcador negro, letra mayúscula: “Queremos trabajar/ No al cierre de Pepsico Florida/ No a los despidos/ Reincorporación ya!!!”. Cuatro gotas de papel diluidas en los cien metros de largo del muro.

 

 

—¡Compañeros! ¡Aportemos! ¡Esta es la caja para el fondo de lucha!

 

La caja de cartón desfila y las manos se precipitan sobre la ranura lateral: cinco, diez, quince, cincuenta pesos. “Mañana pongo un poco más”, promete alguien. Nadie sabe cuándo ni cómo terminará el conflicto. Tras varias reuniones sin resultado en el Ministerio de Trabajo, el lunes 25 a la mañana los acampantes, en asamblea, decidirán tomar la fábrica para impedir que la empresa se lleve la maquinaria.

 

 

Pero para eso todavía falta y ahora Nicolás, obrero y delegado de la lista Bordó, chupa un mate y cuenta que el vaciamiento empezó hace tres años, cuando PepsiCo decidió concentrar sus inversiones en la planta moderna que tiene en Mar del Plata. Un día, un gerente le confesó: “Esta fábrica es un fitito y la de Mardel una ferrari”.

 

—¿Quién va a invertir en un fitito?

 

***

Los representantes del sindicato no parecen muy representativos. A cien metros, ellos también armaron un campamento que incluye un fuego, cuatro banderas de la lista Verde, un bombo y dos carpas: son cuatro personas que miran alrededor con desconfianza. Nicolás jura que el día anterior, uno de ellos, borracho, quiso golpearlo: “Son pocos pero son los que hablan con los medios: nos hacen quedar muy mal”.

 

Desde la comisión interna, en manos de la Bordó, acusan al Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Alimentación (STIA) dirigido por Rodolfo Amado Daer de querer arreglar con la patronal y cerrar definitivamente la fábrica. Dice Nicolás que dice el sindicato:

 

—Esto es culpa de los zurdos, por hacer quilombo.

 

Dos días más tarde, tras un plenario de delegados, el STIA anunciará que “no tiene fuerza de ley para lograr la reapertura de la planta” desestimando el planteo de la izquierda de hacer un paro general del gremio.

 

—Así se maneja la burocracia sindical —cuenta Nicolás.

 

***

 

—A mi viejo siempre le jodió que yo laburara en la fábrica —recuerda Lorena—. Me hubiera gustado estudiar biología o química, pero por el trabajo nunca tuve la oportunidad: los patrones te llevan hasta el límite de lo que podés dar.

 

En la planta de Florida abundan las enfermedades y las lesiones laborales: los paquetes de papas fritas dejan sus marcas. El podio lo comparten las tendinitis, los problemas en hombros y cervicales, y las lumbalgias. Las trabajadoras denuncian que en muchas ocasiones la ART se desentiende; en otras, hay quien “arregla” y se vuelve enferma a su casa: un desecho más del proceso productivo.

 

“Hay gente que tiene hasta tres hernias de disco. Son enfermedades que se podrían evitar poniendo mesas a la altura que corresponde o bajando un poco la velocidad de la máquina —dice Lidia—. Nosotras ya estamos viejas”. Casi todas las mujeres empezaron a los veinte y hoy tienen entre treinta y cincuenta años.

 

El modelo fordista es bastante más viejo: hace rato sopló las cien velitas, pero aún conserva esos vicios de juventud. El cuerpo debe adaptarse al monstruo que avanza, que repite, que exige, que machaca, que no para. La sincronía exacta entre pistones y huesos, entre tendones y correas, produce eficientes seres-dispositivo. Pero sus piezas no son intercambiables.

 

—Con el tiempo fui entendiendo que soy una persona, no una máquina —dice Lorena y piensa en los cincuenta y seis millones de paquetes que le consumieron dieciocho años de cuerpo.

 

Son las dos de la mañana y sigue sentada junto a Patricia mirando el fuego que, ahí nomás, en la calle, también se consume lentamente. Ya no quedan patys ni chorizos, pero el frío persiste en su voluntad de devorarlo todo. Las dos mujeres no saben si la leña que queda aguantará hasta el relevo de las seis, no saben si al final recuperarán sus puestos en la línea, no saben si les será fácil encontrar otro trabajo.

 

Por las dudas, por las certezas, aprietan los puños, se suben el cierre de la campera para que no pegue tanto el viento y siguen firmes, aguantando.

 

 

barro@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1754

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