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apta para todo público

gilda en el cine

1998. Corso en una fábrica abandonada de Monte Grande. Una murga de travestis del Conurbano atraviesa el predio de la extextil Amat. Las chicas zarandean sus tetas aceitadas. En las gradas, las señoras toman cerveza mientras los pibes estiran el cogote en busca de esos pechos. Suena “Se me ha perdido un corazón”, ese que Gilda pide que le devuelvan. La grada se vuelve tablón. El predio, una gran popular. Un grupo de hinchas de Temperley reversiona el hit con letra de cancha. “Yo soy así, qué voy a hacer, yo soy borracho y de Temperley”. Se escuchan silbidos. Vuelan algunos vasos de plástico. El conductor del corso le hace una seña al sonidista. De pronto, “cumbia, nena, esto es Amarrr Azulll”.

 

2015. Fiesta en el Country de Banfield. Un club deportivo con salón de eventos enquistado. El must de la noche es la cabina de fotos a la que los amigos de Joaco y Pau, los novios, entran con cartelitos con forma de nube y frases tipo “Qué noche, Teté”, “Yo me quiero casar, ¿y usted?” y “Yo sólo vine por la comida”. Joaco es fanático de Banfield, se casa con la camiseta puesta. Paula, divina, está de blanco y usa corona de flores, como la de Gilda en Corazón valiente o como la de Snapchat. Recepción, vals, comida, baile, comida, anillos, sirena, lanzapapelitos. Suena “Fuiste”. Todos bailan. Paso adelante y paso pa’tras. Con las palmas arriba hacen coro en el “Todo eso fuisté, pero perdisté”. De pronto, “te pones loquita de noche, te gusta salir con amigas”.

 

GILDA, LA PELÍCULA, O CÓMO CONTAR UN FENÓMENO INTERCLASE

 

A 20 años de su muerte, Gilda pasó de las bailantas y los corsos, a las fiestas de casamiento y los balcones presidenciales. En los barrios, Gilda se canta con contenido futbolístico o militante, mientras que la clase media la consume como si fuera un trago más de la fiesta. Como se baila a Pocho la Pantera, Ricky Maravilla, Gladys, la bomba tucumana, o la aplanadora Rodrigo. Hoy el Presidente la baila en los actos y su vice (des)entona sus letras. Lo hacen desde la parodia. Gilda es un símbolo de lo popular que se digiere sin culpa: tengo un amigo gay, una empleada pobre y bailo Gilda en los casamientos.

 

Como parte de ese fenómeno, en dos semanas medio millón de personas vio Gilda, no me arrepiento de este amor: un retrato prolijo de la cantante de cumbia que pone el foco en el tan vigente “sí se puede” y que, por momentos, despoja de contradicciones al mito. La directora Lorena Muñoz transita la historia de la cantante a partir de una estructura narrativa lóbrega, algo sórdida, que rompe con el clima festivo de la música tropical.

 

Muñoz —que ya había incursionado en el mundo Gilda con un documental breve para canal Encuentro— tampoco cae en la tentación de centrar el relato en la trágica muerte joven de quien fue figura popular post mortem. La muerte aparece, claro, de hecho así empieza la historia, pero la película no explota de sentido con el accidente que terminó con la vida de Miryam Bianchi, su hija, su madre, tres músicos y el chofer del micro que los trasladaba. No. La directora toma el desafío que implica contar un personaje al que pocos conocieron mientras vivió, para ir en busca de una biopic que explora en la feminidad de una mujer que resultó una adelantada, hasta para morir.

 

Esta Gilda de Natalia de Oreiro expone el discurso optimista del deseo fuerte que se cumple: Myriam, la maestra jardinera que saca las hebillitas del bolsillo de su delantal para peinarse, se transforma en un icono interclase con minifalda y botas de charol. Pero hay tristeza en esa metamorfosis. En eso se centra la historia: la imposibilidad de ser feliz a pesar de los sueños conquistados.

 

Esa infelicidad que retrata la directora a través de primeros planos infalibles es la de una mujer que hace el tránsito entre lo que es y lo que desea ser. Sin embargo, ni una cosa ni la otra parecen conformarla demasiado. Y es ahí, quizás, donde radica uno de los puntos débiles del relato: muestra una infelicidad fundada en conflictos maritales y de identidad; no asoma la mujer que busca la independencia económica para escapar de su marido y de su madre, la mujer que se calienta con un amante, la mujer que ambiciona, la mujer que goza.

 

La Gilda de la película es santa por conducta, porque es incorruptible, porque un beso extramatrimonial la sonroja y porque camina de costado el mundo turbio de los machos de la bailanta. Una historia donde hay personajes malos malos. Los grises están en un entorno que ella no puede manejar. La directora eligió no transitar ese mito de la santa laica de la bailanta. No hay vírgenes que lloran sangre ni estampitas con la cara de Gilda. Ese rasgo parece encerrado en el kilómetro 129, de la Ruta Nacional 12, camino a Chajarí. Donde está su santuario. En la película, Gilda es santa porque está libre de toda culpa.

 

La historia, como cualquier bicopic, cobra mayor sentido para los fanáticos. Y cobra sentido por Natalia Oreiro, porque es tan Gilda que emociona. La cámara de Muñoz parece quererla tanto que cuánto más cortos son los planos más cerca se está de revivir el mito. No hay una interpretación libre del personaje. Hay una imitación. Una sustitución de una imagen icónica por su copia fiel. Natalia logra ser Gilda a pesar de no tener esos labios carnosos, siempre maquillados, ni esas ojeras hundidas. Y lo logra porque la actriz ya no descansa en ese carisma que abruma. Esta biografía va en el camino de una búsqueda artística ascendente, la de la mamá montonera de Infancia clandestina; la de Eva, en Wakolda; la de Ariana Mendoza, en la serie Entre Caníbales. Advertencia: para disfrutar de esta actuación de Natalia Oreiro hay que despojarse de prejuicios.

 

Eso para los fanáticos. Para los que conocen a Gilda porque cada 7 de septiembre Crónica mete placa roja con el nuevo aniversario de su muerte, está la historia de Miryam: la chica de Villa Devoto que soñaba con cantar. Sólo con cantar. Ni cumbia, ni chamamé, ni rock. Cantar. La que se formó escuchando a Tina Turner, Sui Generis, Dyango, Franco Simone. Es que la cumbia no aparece en su horizonte porque de hecho no existía en la cultura porteña de los años ’60 y ’70. Gilda se encontró con la cumbia a comienzos de los ’90, en plena grieta: cuando se escuchaba cumbia o rock. Se encontró porque abrió el diario, vio un aviso clasificado que convocaba a un casting para encontrar nuevas cantantes y se mandó. Allí se topó con “Toti” Giménez. Su mentor. Ése que aparece en todos los programas de la tarde cada vez que hay que hablar de Gilda.

 

En la película hay música. Hay bailanta. Hay pasitos. Están sus hits en la voz educada de Natalia Oreiro. Pero nunca hay alegría. Desde el comienzo, con esa cámara subjetiva que observa con ojos de féretro cómo ven los otros la muerte de la ídola popular, hay tristeza en todo lo que se cuenta. En la niñez truncada por la muerte de su padre; en el proceso de separación de su marido Raúl (interpretado magistralmente por Lautaro Delgado); en la relación que sí, pero que no con “Toti” Gimenez; en la convivencia con la parte más turbia del mundo de la bailanta y su explotación sideral.

 

Aparece ahí esa rebeldía femenina que después se refleja en sus canciones, ésas en las que le avisa a un ex que no se quedará “llorando tras de la puerta” porque tiene el “corazón valiente”. No hay feminismo en sus letras, hay una actitud consecuente entre lo que dice y lo que se sabe de su vida. La de una morocha flaquita que a los 30 y pico se sacó el anillo de casada, dejó a sus dos pibes durmiendo con su madre, se clavó un top y se fue a cantar a las bailantas. Y no lo hizo ahora, con el divorcio exprés, lo hizo hace 25 años. ¿Qué hay más revolucionario que eso?

 

La belleza de la película de Muñoz está en la estética del relato. Hay belleza en la escena memorable en la que Gilda le canta a un grupo de presos de la Unidad Penitenciaria N° 9 de La Plata. Ella, tan virgen de minifalda, agarra el micrófono, da un discurso romántico y cierra con “No me arrepiento de este amor”, que se redefine para siempre sobre ese escenario tumbero. Hay belleza en la aparición de esa nena que la espera después de un show para contarle que su música sanadora le había salvado la vida a su mamá tras un intento de suicidio. Hay belleza en la narración de la muerte: apenas un par de miradas cruzadas y un fogonazo blanco que impacta a la vista de las víctimas y de los espectadores. No hay cuerpos inertes ni mutilados. No hay giritos. No hay muertos. El final es la consagración de Gilda como reina con corona de flores de la cumbia vernácula.

 

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Nº de Edición: 1650