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mashup con el universo

anecdotario: jerónimo saer

Conocí a Jerónimo Saer en 2006 gracias a los amigos de Los Años Luz Discos, sello que acababa de editar Machine Gum, su primer disco solista. Era primavera. Me llamó Nani Monner Sans y me invitó a Niceto. No iba a perderme la posibilidad de conocer al hijo de uno de mis escritores favoritos. Cuando Jerónimo subió al escenario, disparó su Machine, sacudió sus accesorios y “cacharros” (como le gustaba decir a él) y finalmente tomó el micrófono. Yo me di cuenta de que estaba frente a un nuevo amigo.

 

Pasaron tres años hasta que pudimos tener nuestro primer encuentro profesional. Como parte de mi laburo para la Alianza Francesa, organicé una gira que incluyó Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Rosario y Montevideo. En cada una de esas ciudades Jerónimo se cruzaría con artistas argentinos, en una especie de intercambio artístico y cultural. La fecha de Buenos Aires tuvo lugar en La Trastienda y sus laderos fueron Javier Malosetti y Leonardo Martinelli. Claramente, este proyecto nos unió de un modo especial y logramos, en el tiempo que nos quedó libre, profundizar nuestro vínculo.

 

Jerónimo era un tipo fabuloso, amante de la plática a toda hora y lugar, un enorme conversador. Hablaba la lengua de sus padres a toda velocidad, mechando palabritas en francés. Contagioso y carismático, luchaba por las cosas que quería. Ser el hijo de uno de los escritores más importantes que dieron nuestras letras apenas facilitó un poco sus relaciones públicas, pero de ninguna manera lo eximió del trabajo duro. Jerónimo fue un artista que nació como tal en el under, en el Barrio 13 de París, cuando el movimiento hip hop en ese país irradiaba las primeras luces. Contaba que en ese barrio había una plaza donde se juntaba con amigos a grafitear y rapear.

 

El hip hop de Jerónimo se alimenta de otras músicas: funk, electrónica, aires de tango, música del Brasil, grabaciones de campo, samplers. Y sin dudas fue un artista abierto, singular y sincero. Es curioso el hecho que, siendo rapero, su primer disco sea de hip hop, pero sin rap, sin voz. Necesitó concentrarse en los sonidos de sus instrumentos, en las grabaciones de campo que realizaba en sus viajes, en el bochinche de sus cacharros y juguetes. Volvió al rap en su segundo disco, editado por Ultrapop en 2013, llamado Champagne & Dulce de Leche. Fue grabado entre Francia y Buenos Aires y aquí sí había textos y rap, sin contar las numerosas colaboraciones. En cierta medida, muchos de sus amigos estábamos en el disco, ya sea participando de la música o sencillamente mencionados en las letras. En este disco, Jerónimo logró sin pudor lo que parecía imposible: reunir sus dos patrias, todos sus gustos musicales y, lo que para él era fundamental, a todos sus amigos.

 

Jerónimo era generoso y en su conversación abultada sabía detenerse a tiempo para escuchar lo que su interlocutor tenía para decir. Creía en mis experiencias artísticas y en ese sentido para mí fue como un hermano mayor. Venía a los conciertos de Tamizales y luego me hacía jugosos comentarios críticos que ayudaban a pulir, a encontrar sentidos.

 

En 2013 y parte de 2014, Jerónimo se había instalado en Buenos Aires y había elegido el barrio de Almagro para vivir con su familia. Tenía muchas cosas que hacer de este lado del mundo. Lanzar discos, colaborar con artistas, organizar los viajes con su asociación Globo Music, que organizaba talleres para niños y niñas carenciados en América Latina. Incluso en los últimos meses de estadía, había estado trabajando en su nuevo proyecto: Cinemashup Concerto, un concierto audiovisual hecho con retazos de películas francesas de los años ‘50 y ‘70. En ese tiempo porteño, nos vimos bastante, trabajamos un poco y compartimos momentos con nuestras familias. Almuerzos, parques, museos.

 

En diciembre de 2014 nos despedimos, sin saber que sería para siempre, en la puerta del Museo de Arte Moderno, días después de un hermoso concierto compartido que organizamos en la Alianza Francesa, una casa para ambos.

 

Hoy, cada tanto se me aparece en sueños y me dice cosas como: “Lea, las personas inter-actúan.”

 

Hace siete días pasé por esa esquina de Almagro que para mí siempre tendrá su vibración. Levanté la vista en busca de su ventana y por primera vez vi a alguien: me animó ver una persona ensayando contrabajo.

 

Boom boom tchak!

 

* Leandro Frías es programador, curador, comunicador y docente en el mundo de la música.