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cinco historias más allá del deporte

juegos paralímpicos

Fotografía: @Rio2016

El cimbronazo más grande ya pasó. Río de Janeiro fue sede de uno de los eventos más importantes del mundo, y ahora, a paso lento, vuelve al ritmo normal tras varias semanas de desenfreno deportivo. Sin embargo, mientras se vuelve a encontrar con los problemas políticos, económicos y sociales que había maquillado y durante algunas semanas, la ciudad brasileña recibe otro desafío de talla global: los Juegos Paralímpicos.

 

Son 4350 atletas, de 176 países. Atletismo, básquet, tenis y rugby en silla de ruedas, fútbol 5 -participan las selecciones de fútbol para ciegos-, fútbol 7 -juegan personas con parálisis cerebral- y natación son algunos de los 22 deportes que integrarán la competencia.

 

Desde Marieke Vervoort, una atleta belga que firmó los papeles de la eutanasia para poner fin a su vida cuando lo desee, hasta Elkin Serna, un maratonista colombiano que debió huir de su ciudad natal junto a su familia por amenazas de muerte en medio de un grave conflicto armado entre guerrilleros y paramilitares. Detrás de todas estas historias emerge un mensaje unívoco: el deporte es una vía de escape y una forma de sobreponerse a los más difíciles obstáculos.

 

«EL DEPORTE ES LO ÚNICO QUE ME MANTIENE CON VIDA»

La vida de Marieke Vervoort no fue siempre igual. Era una nena muy activa, quería jugar con todos y amaba treparse a los árboles. Al menos así la describe su papá, Joseph. Desde muy chica supo que quería dedicarse al deporte. Practicaba natación, ciclismo y hasta hacía jiu-jitsu, disciplina en la que llegó hasta el cinturón marrón, uno antes del negro. De a poco se fue volcando hacia el atletismo, y sus éxitos deportivos la alentaron a ir por más. En 2008 logró el campeonato del mundo en un triatlón y luego participó en el Iron Man, una de las competencias deportivas más exigentes que existen.

 

Su carrera sufrió un corte abrupto luego de contraer una enfermedad degenerativa que con el tiempo la dejó postrada en una silla de ruedas. Sin embargo, ese es solo el menor de los males: también padece fuertes dolores que le impiden conciliar el sueño, ataques epilépticos, problemas para respirar y disminución visual. Pero lejos de renunciar, la belga de 37 años decidió seguir adelante y volvió al deporte. Desde entonces se convirtió en una de las estrellas del blokart, una modalidad de carrovelismo que consiste en ganar velocidad mediante el impulso con las manos.

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Fotografía: @Wielemie

Marieke tiene un propósito: quiere colgarse otra medalla en Río de Janeiro antes de terminar su carrera deportiva. El éxito es algo que ya conoce: obtuvo dos medallas de oro en las modalidades de 200 y 400 metros en Londres 2012 y se consagró campeona en el Mundial de Doha 2015, en donde además quebró varios récords.

 

Sin embargo, su enfermedad parece estar ganando la pulseada. Los dolores le hacen la vida imposible, y encima, con 37 años, su carrera deportiva está en la recta final. «Río es mi último deseo. Espero poder terminar mi carrera con un podio. El deporte es lo único que me mantiene viva». Ante el avance de su enfermedad y el fin de su carrera, decidió tomar una drástica decisión: antes del inicio de los Juegos firmó los papeles que autorizan a un médico a colocarle una inyección que termine con su vida cuando ella quiera. Contrariamente a lo que cualquiera pueda pensar, la eutanasia le da la tranquilidad de poder elegir el momento de su muerte y la libera de la idea del suicidio: «Cuando quiera puedo agarrar mis papeles y decir: ‘¡es suficiente, quiero morir!’. Eso me da calma cuando tengo mucho dolor. No quiero vivir como un vegetal. La gente siempre me ve sonriendo y practicando deporte, pero no ve lo que pasa cuando estoy en casa».

 

Esta dura decisión está acompañada por un contexto. En Bélgica la idea de la eutanasia está mucho más instalada que en otros lugares. De hecho, es el país con las leyes más permisivas en esta materia, ya que incluso se permite que los menores de edad puedan optar por este camino si cuentan con la autorización de sus padres y de un informe psiquiátrico.

 

Marieke Vervoort tiene más certezas que dudas. Sabe que la de Río podría ser su última gran carrera, y la medalla dorada, su último objetivo. Sabe que cuando no aguante más podrá ponerle fin a su sufrimiento. Y hasta sabe en dónde quiere que lancen sus cenizas cuando finalmente decida ponerse un punto final: «Quiero terminar allí, en Lanzarote, una isla que forma parte de España. Es un lugar en donde la lava se une con el mar. Me transmite paz y tranquilidad».

 

CORRER, PARA DEJAR ATRÁS LOS PROBLEMAS

Entre los 4.350 deportistas que forman parte de los Paralímpicos está Hernán Barreto. El joven velocista integra la delegación argentina, compuesta por 82 atletas de 15 deportes diferente. Con apenas 25 años ya logró un bronce en Londres 2012, dos medallas doradas en los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara 2011 y el primer puesto en los 100 metros en Toronto 2015. Pero antes de todo eso, Hernán no soñaba con ser velocista y con brillar en los Juegos Paralímpicos. Él quería jugar al fútbol. Hasta que un entrenador le recomendó que se dedicara a correr y no al fútbol si quería tener éxito en el deporte.

 

Hoy Barreto sueña con una medalla. La parálisis cerebral no le impidió cumplir sus metas. Como medallista olímpico, recibe apoyo del Enard y de la Secretaría de Deportes. Dice que representar a Argentina «es la segunda cosa más linda» que le pasó en la vida, después del nacimiento de su hija.

 

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Fotografía: paradeportes.com

 

«Antes tenía que trabajar de lo que fuera. Me decían que vaya a cortar el pasto a tal lado y yo iba. Nunca pensé que no podía por mi discapacidad. Había días en los que no se comía en casa. El pan y la leche eran nuestra comida», recordaba en 2014 en una entrevista con Clarín.

 

Pero no solo hubo obstáculos físicos y económicos. Además, Hernán fue víctima de la violencia doméstica. Muchos años después, ya lejos de aquel recuerdo, lo narró en primera persona: «En un momento mi papá se puso de novio con otra mujer. Fue entonces cuando empezó a tomar alcohol y se puso agresivo. Venía a casa a las 12 de la noche y le pegaba a mi mamá porque no tenía plata para comer. Hasta que un día me metí y le dije que se fuera. Si bien yo también terminé golpeado, entendió y se fue».

 

Las dificultades de su juventud fueron los factores que lo empujaron a salir en búsqueda de una vía de escape. Y casi sin querer, se encontró con el atletismo, su verdadera vocación: «Esto fue lo que me sacó de la calle. El deporte me hizo pensar que todo se puede a pesar de las dificultades».

 

PARTYKA Y NEMATI, ENTRE LOS DOS JUEGOS

Natalia Partyka y Zahra Nemati nacieron a miles de kilómetros de distancia y provienen de culturas muy diferentes, sin embargo, comparten una cosa: pertenecen al selecto grupo de 13 deportistas que se dan el lujo de participar tanto en los Juegos Olímpicos como en los Paralímpicos.

 

Partyka, oriunda de Gdanks, una ciudad ubicada al norte de Polonia, nació hace 27 años con una malformación en el brazo derecho que le llega hasta el codo. Eso no la detuvo en su intento de convertirse en una deportista olímpica y comenzó a practicar tenis de mesa desde muy chica, hasta que llegó a coronarse campeona en los grandes torneos, así como en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004, Pekín 2008 y Londres 2012. Cuando apenas tenía siete años, luego de derrotar a su hermana de once, se dio cuenta de que verdaderamente era buena en lo que hacía. «Pasó mucho tiempo hasta que lo logré, pero vencerla significó una gran motivación para mí», recuerda.

 

El paso siguiente fue dedicarse a entrenarse seriamente con diferentes técnicos y preparadores. Partyka tuvo un crecimiento tan acelerado que en 1999 logró su primer título. Para el año siguiente participó en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000 con solo 11 años y se transformó en la atleta más joven de la historia de la competencia. Los logros empezaron a llegar cuatro años más tarde: consiguió el oro en Atenas 2004 y luego repitió la hazaña en Pekín 2008 y en los Paralímpicos de Londres 2012. Incluso en esas últimas dos ediciones también compitió en los Juegos Olímpicos: en Pekín participó en la modalidad por equipos, mientras que en Londres lo hizo en singles. Ahora volverá a hacer historia por tercera vez, ya que hace algunas semanas jugó en Río en tenis de mesa por equipos, aunque quedó afuera en primera ronda tras caer ante Japón.

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Fotografía: @Rio2016

 

«Prefiero estar en los Juegos Olímpicos, porque siempre he jugado contra atletas sin ningún tipo de discapacidad. Pero estoy feliz de estar en las dos competiciones. Sé que doy ventajas por mi discapacidad, pero no pienso en eso. Todas me quieren ganar y yo quiero vencer a todas», dice la polaca.

 

La historia de la iraní Zahra Nemati es diferente. Ahora depende de una silla de ruedas para moverse. Antes de convertirse en atleta paralímpica, la mujer de 31 años era una destacada taekwondista. Incluso llegó hasta el cinturón negro. Pero en el camino se encontró con varios obstáculos que modificaron su rumbo. En 2003, cuando tenía 18 años, fue víctima de un violento terremoto en la ciudad iraní de Bam, en el que murieron 26.000 personas. Zahra tuvo suerte y tan solo sufrió algunas lesiones.

 

Al poco tiempo de aquel incidente, sufrió un fuerte accidente automovilístico que le dañó la médula espinal y que la dejó en silla de ruedas de por vida. Sin embargo, pudo aceptar rápidamente su nueva realidad y volvió al deporte. Dos años después ya estaba practicando tiro con arco, y a los seis meses logró el tercer puesto en un campeonato en el que compitió contra gente con y sin discapacidades. Sus destacadas actuaciones le valieron un lugar en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, en donde hizo historia al convertirse en la primera mujer iraní en conseguir una medalla dorada.

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Fotografía: @Rio2016

En 2015 logró el segundo puesto en el Campeonato de Asia en Bangkok y así consiguió la plaza para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Allí fue la abanderada de la delegación iraní en la ceremonia de apertura -solo otras dos mujeres de su país habían logrado eso antes-. Si bien no quedó en los primeros puestos pudo terminar 49°, y ahora tendrá la posibilidad de revalidar el título de 2012 en los Paralímpicos.

 

Solo son trece los atletas que consiguieron la doble representación. Entre ellas se encuentra también la sudafricana Natalie du Toit, quien sufrió la amputación de la pierna izquierda por abajo de la rodilla, luego de ser atropellada por un auto cuando volvía del entrenamiento en su moto. La atleta no abandonó la natación y continuó entrenando. El premio al esfuerzo llegó varios años más tarde, cuando se clasificó para disputar la final de 10 kilómetros de aguas abiertas en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008.

 

UNA FORMA DE ESCAPAR DE LA GUERRA

Urrao es una pequeña ciudad de Colombia, ubicada al suroeste del departamento de Antioquía. Allí, hace 31 años, nació Elkin Serna, quien con el paso del tiempo se convirtió en una de las máximas figuras del paralimpismo colombiano. Sus exitosas participaciones en las maratones de los Juegos Paralímpicos de Pekín 2008 y Londres 2012, en las que logró medallas de plata, lo catapultaron a la consideración del deporte de su país. También consiguió un segundo puesto en el Campeonato del Mundo de Atletismo Paralímpico de Lyon 2013 y un bronce en los Juegos Parapanamericanos de Toronto 2015. Esta vez, la mira está puesta en lograr el postergado primer puesto.

 

Hasta ahí parece la carrera de un atleta convencional. Pero para lograr todo eso, Elkin tuvo que sobreponerse a todo tipo de problemas. Cuando su madre estaba embarazada, contrajo una bacteria que le afectó gravemente el ojo. El joven atleta nació con una lesión vascular en las retinas que le provocó una disminución visual del 85 por ciento. Sin embargo, nadie se enteró hasta que cumplió siete años. Fue allí cuando una profesora del colegio notó que tenía dificultades para ver y le pidió a los padres que le hicieran un estudio.

 

Tres años después de descubrir su problema en la vista, la vida de Elkin dio un vuelco. En la región donde vivía recrudecieron los enfrentamientos entre guerrilleros y paramilitares, una vieja disputa en suelo colombiano que nació a mediados del siglo XX. Serna tenía tan sólo 10 años. Vivía con su mamá y su papá, quienes tenían un negocio que servía para sustentar la economía familiar. Cuando estalló el conflicto armado, varios parientes se alistaron a la guerrilla, mientras que otros se aliaron con los paramilitares. Elkin y sus padres quedaron en el medio. «Después de eso comenzamos a recibir amenazas de muerte de ambos bandos, porque creían que cooperábamos con los contrarios. Venía gente a nuestra tienda a comprar y nos amenazaban. Al final no hubo otra alternativa que escaparnos a Medellín», cuenta el deportista colombiano a NAN.

 

A partir de allí todo fue más complicado. La vida que conocían se había desvanecido. El negocio, su única fuente de ingresos, había quedado abandonado en Urrao. Y ahora era tiempo de aprender a vivir en una gran ciudad: «Mi papá y mi mamá eran campesinos y tuvieron que acostumbrarse a Medellín. Hicieron ventas callejeras, mi mamá se dedicó a limpiar casas. Yo también tuve que trabajar. Me dediqué a vender empanadas en el subte, trabajé en negocios del barrio y en carpinterías. También fui albañil, ya que mis tíos trabajaban en la construcción».

 

El atletismo llegó a su vida de manera inesperada. Elkin caminaba 14 kilómetros todos los días para ir y volver de la escuela. De esa manera, casi sin saberlo, fue moldeando y preparando su cuerpo para lo que vendría después: «Caminar tanto me preparó. Me entrenaba sin darme cuenta, estimulaba mi cuerpo para la resistencia». Un día una de sus profesoras le ofreció representar al colegio en una competencia de atletismo. «Competí, gané y me gustó mucho. Había como 20 representates de diferentes instituciones, y muchos de ellos eran mayores y se entrenaban exclusivamente para correr. Cuando les gané me di cuenta de que tenía condiciones», agrega.

 

Ahora su realidad es completamente distinta a la de hace dos décadas. Ya no tiene que escapar de nadie. Y sueña con el oro en Río, pero también se enorgullece de algo aún más grande: gracias al aporte de sus patrocinadores y del Estado, pudo construir una casa para él y su familia. Además del deporte, la construcción es otra de sus grandes pasiones. Incluso no descarta dedicarse a eso cuando se retire: «Construí una casa que me quedó muy buena. Todos me dicen que esa es mi profesión. Veremos. Ahora tengo la cabeza metida en lo que estoy haciendo. Voy decidido a ganar y a dejar en alto la bandera colombiana».

 

fuira@lanan.com.ar