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“no estoy hecho para cumplir horarios”

zoom: luciano saracino

Fotografía: Ana Villegas

—¿Cuándo fuiste más feliz?
—Malena acababa de nacer. La enfermera se la llevó a una piecita al lado de la sala de parto y me dijo que la siguiera. Male lloraba, violeta y enojada. Le dije despacito “no llores, Male; acá está papá” y ella se detuvo enseguida y empezó a mover su cabecita para un lado y para el otro. “Háblele”, me dijo la enfermera; “le reconoció la voz”. Y como no sabía qué decirle, le canté “Mariposas de madera”, llorando a cántaros. Todavía lloro, cuando me acuerdo de eso.

 

—¿Cuál es tu mayor temor?
—Le tengo tanto miedo que no puedo ni siquiera decirlo en voz alta o escribirlo. Te pido mil perdones. Pero creo que decirlo es darle un poquito más de entidad, y no puedo.

 

—¿Cuál es tu recuerdo más temprano?
—A los cuatro años entró una mujer policía a mi salita de jardín para decirnos que si escuchábamos una sirena teníamos que gatear todos debajo de las mesas y no movernos hasta que la sirena se apagara. Hicimos una prueba y, ahí abajo, di mi primer beso en la boca a una chica. Abril de 1982. Afuera; Malvinas.

 

—¿Cuál es el rasgo que más deplorás de vos mismo?
—La ira.

 

—¿Qué rasgo deplorás en los otros?
—La falta de solidaridad.

 

—¿Cuál fue la situación más vergonzosa que viviste?
—Decírtelas sería promover un bullying inmediato hacia mi persona. Suelo reírme mucho de mis vergüenzas. En cada asado cuento una o dos anécdotas que le sacarían el sueño a cualquiera y con las que aprendí a vivir. Suelo mandarme una o dos situaciones horrorosas por año. Pero inmediatamente las vuelvo relato, y te juro que ayudan a amenizar las veladas.

 

—Sin contar inmuebles ni rodados, ¿qué es lo más costoso que compraste en tu vida?
—No soy de comprar muchas cosas. Tengo un televisor grande. Historietas (son muy caras, ¿sabías?) y libros, quizás sean mi mayor y más costoso tesoro. Generalmente, el dinero que gano escribiendo lo gasto viajando. He recorrido casi todo el mundo y lo voy a seguir recorriendo, mientras me queden suelas. ¿Vale eso, como compra costosa?

 

—¿Qué te deprime?
—Que la vida se esté pasando. Y tantas cosas por hacer.

 

—¿Qué es lo que más despreciás de tu apariencia?
—El otro día vi una foto en la que tenía una especie de colita de caballo que… “¿cómo es que nadie me dijo que eso no es un corte de pelo permitido por la ley?”.

 

—¿De quién o qué te disfrazarías para siempre?
—Del Corto Maltés.

 

—¿Cuál es tu hábito más desagradable?
—Roncar. Aunque supongo que morir va a ser más desagradable aún. Y, espero, menos molesto.

 

—¿Cuál es el placer del que más te arrepentís?
—Imposible arrepentirme de un placer. Todo lo contrario, me enorgullezco de cada uno de mis placeres aunque sean ellos los que me lleven a la tumba. Si me dio placer, ¡bienvenido sea para siempre! Aún aquellos que me dejan tirado en la esquina muy lejos de casa, cuando el sol empieza a despuntar.

 

—¿Qué les debés a tus padres?
—Mi identidad política. El amor por el prójimo y por las historias. Mis dos hermanos. Mis abuelos. El Río Uruguay.

 

—¿A quién te gustaría pedirle perdón? ¿Por qué?
—Dije perdón todas las veces que sentí que debía pedirlo, aunque no siempre fui perdonado ni merecí todos los perdones que me ofrecieron. Ahora que lo pienso, a Ricardo Romero. Por tirar salsa de soja encima de su pantalón haciendo girar la mesita de un hermoso restaurant chino al que fuimos una vez, en el barrio ídem. El pantalón era nuevo. No sabés cuánto lo siento, Richard.

 

—¿Cómo se siente el amor?
—En las tripas. Y lo sentís. No hay modo de hacerte el boludo.

 

—¿Quién o qué es el amor de tu vida?
—Creo que el amor es múltiple y que hay múltiples amores de la vida. Victoria Robles, mi hija, mis viejos, mis hermanos y mis sobrinas. La patria que son mis amigos del alma. Algunos libros que no vienen al caso. Winona Ryder.

 

—¿Cuál es tu aroma preferido?
—El que despiden los cuerpos inmediatamente después de hacerse el amor.

 

—¿Alguna vez dijiste te amo sin sentirlo?
—Seguramente, aunque cuando lo dije no lo consideré una mentira.

 

—¿Cuál es la profesión que más despreciás?
—El periodismo inescrupuloso. El periodista que fuerza la verdad para sacar un provecho personal, a costas de hacer un mundo peor para todos.

 

—¿Cuál es el peor trabajo que tuviste?
—De cada trabajo tengo recuerdos agradables, aunque sin dudas no estoy hecho para cumplir horarios ni despertarme con despertador a la mañana.

 

—Si fuese cosa de una vez y para siempre, ¿a qué lugar y época viajarías?
—Aquí y ahora, porque si es cosa de una vez y para siempre no podría volver. Y aquí y ahora están todos los míos.

 

—¿Cómo te relajás?
—Película y cerveza, a las once de la noche, todos los días.

 

—¿Qué tan seguido tenés sexo?
—Con mi pareja, cada vez que nos vemos. Vive en Córdoba y viajamos algunos días cada par de semanas, así que te imaginás, y si no te imaginás es porque todavía no estás en edad de imaginarte ciertas cosas. Sin mi pareja, tres o cuatro veces a la semana. Porque con uno mismo también es sexo, ¿no?

 

—¿Cuál fue la vez que más cerca estuviste de la muerte?
En Zipolite, México, estuve nadando dos horas mar adentro, corriente en contra. Fueron a rescatarme siete personas, y hubo un momento en el que no podía mover brazos ni piernas y me dejé hundir, sabiendo que moriría. Algo me hizo salir a flote, y desde ahí escribo historias de sirenas cada vez que escribo una historia.

 

—¿Qué mejoraría la calidad de tu vida?
Un gran ventanal al mar o a la sierra.

 

—¿Cuál es la lección más relevante que te dio hasta ahora la vida?
Disfrutá. Todo lo demás pasa.

 

—Decinos un secreto.
—El asesino es Anthony Perkins.

 

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