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«no quiero ser normal»

pablo dacal

Pablo Dacal reflexiona sobre las canciones con el mismo compromiso con el que las siente y las hace cuerpo. Este artista contemporáneo, referente y líder natural para una generación de cancionistas, parece encontrar la medida justa entre cabeza y corazón, duda y certeza, popularidad y anonimato. Criado musicalmente desde el rock, su búsqueda incansable apuntó a encontrar aquella semilla libertaria que el género siempre tuvo. Una actitud, una impronta, un aura perdida, más que un sonido o un ritmo. “No se trata de fusionar o poner en tensión géneros y estéticas del pasado, sino de utilizarlos como herramientas para que aflore nuestra sensibilidad”, apuntó en su conocido manifiesto “Asesinato al rock”, escrito en 2006. Una década después, Dacal repasará su agitada y versátil obra musical desde la Orquesta de Salón (que hizo dialogar a Ramón Ayala con el “Potro” Rodrigo) hasta su último disco solista, Baila sobre fuego (2015). Un camino vibrante que incluye discos acústicos, criollos y eléctricos, siempre atravesados por una poética desafiante, incómoda y punzante.

 

 

En un bar del Microcentro porteño, el músico y compositor invita a escuchar una canción inédita que tocará y grabará para un posterior disco en vivo el jueves a las 21 en el Teatro Margarita Xirgu (Chacabuco 875), un concierto que tituló Una década cantada . “La terminé de mezclar anoche a las cinco de la mañana”, enmarca antes de compartir desde su celular “Amor contemporáneo” (ver abajo), una canción de amores huidizos con aires al primer rock argentino (a Lito Nebbia, tal vez). La otra nueva que sonará se llama “La grieta”. “Son este tiempo”, dice y no quedan dudas de que es así. Entre otros proyectos, se encuentra en plena preparación de un libro que reunirá todas las letras de sus canciones, poemas, “cosas escritas” y material gráfico (flyers, algunas portadas de discos). “En general, las letras de las canciones se ven desamparadas sin la música, pero es un desamparo que me pareció bello. Las canciones cuentan algo, sobre todo con una discografía tan errante como tengo, en la cual muchos discos están descatalogados”, adelanta.

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—¿Qué es Una década cantada?
—Es un disco en vivo, que reúne una retrospectiva. La banda está formada por compañeros, amigos, colegas, energías poderosas de cada una de las etapas. Está Manuloop en el bajo (con quien armamos la Orquesta de Salón), Julio Sleiman en la guitarra (Las Guitarras del Tiempo), Nacho García en los sintetizadores (no llegamos a grabar juntos, pero tocamos juntos un montón de veces), Marcelo Baraj en la batería (un músico muy preciso, organizado y contundente) y Dani Rollano (un flaco de la generación que nos continúa y que se sabía todas mis canciones; es una energía muy vital para mí). Este concierto es la posibilidad de pensar esta década que atravesamos en los últimos más de diez años. Pienso en el milenio; trato de pensarme desde el regreso a mi ciudad, a Buenos Aires (después del paso por Rosario), que es cuando activé la cosa y encontré un rumbo a desarrollar que se inició con la Orquesta de Salón y los pasos que siguieron hasta Baila sobre el fuego (2015). Cada uno de los proyectos, con sus diferencias estilísticas, sonoras y de equipo, también se relacionaban con situaciones personales y contextos socioculturales. Y ante un giro tan brusco como el que acaba de suceder me veo en la necesidad de repensar cómo ha sido todo este camino y cómo se puede seguir viviendo en este país después de lo que pasó.
—El cambio de gobierno…
—Sí… pero mucho más que eso. El cambio de gobierno y todo lo que eso implica. Si este gobierno llegó al poder es porque, en realidad, ya había todo un caldo cultural en el cual la idea del macrismo estaba instalándose cada vez más. No de la noche a la mañana la derecha más recalcitrante llega al poder, se fue abriendo un espacio en la sensibilidad de los pueblos para que sucediera.

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—Si bien toda obra artística es política, tu canción siempre estuvo atenta a los procesos políticos y culturales. El reacomodamiento después de Cromañón, el manifiesto “Asesinato al rock”, la crítica a la industria cultural y otros temas marcaron tú poética. Entonces, ¿cuál es la función social del músico en este contexto, teniendo una herramienta tan poderosa como la canción?
—La canción es una herramienta muy poderosa porque es una máquina de lenguajes muy rica donde confluyen muchas cosas, tanto como el cine. A la vez, la posibilidad de acción real que una canción puede encontrar hoy por hoy es muy azarosa, porque la verdad es que sigue estando todo muy dominado por la industria en algunos aspectos; me refiero a la llegada popular de esas canciones, por fuera de las redes sociales y nuestro conocimiento. Pero no sé si tengo certezas al respecto. Lo que cada canción tiene es lo que uno cree. Me parece que una canción tiene la posibilidad de condensar una vivencia y relacionar esa experiencia personal con el mundo, con la historia, con la infinitud. Cuando podés relacionar desde tu uña hasta una montaña, desde una cosa que te pasa una mañana hasta lo que puede suceder en un contexto sociopolítico, estás pensando en una posibilidad de lectura de las cosas, una perspectiva, que es algo que muchas veces nos falta en la vida como ciudadanos y humanos. En general, cuando te abrumás por algo que sucede es porque no sos capaz de ver el contexto, cómo la están pasando otras personas. No es que crea que hay que volver necesariamente a las cosas esenciales, me parece que vivimos en una sociedad compleja y es parte del juego de la vida, cada uno elige. A mí me interesa conectarme con cosas que estén por fuera del ciudadano más duro. Pero comprendo toda experiencia y todas son válidas. Poder trazar líneas transversales que nos ayuden a pensar en qué lugar estamos y a dónde podemos estar o cómo podemos inventar una existencia diferente. Y muchas de las canciones me han dado eso. Con las canciones podés interpretar la realidad. Y también fallar.
—Es difícil para un músico como vos pelear contra la industria, darle batalla a ese monstruo cultural, hegemónico, que domina las radios y los festivales. En “El artista popular” te preguntás esas cosas y hay cierta idealización del artista, ¿qué te pasa con la relación entre la obra y el alcance popular?
Con el tiempo, me di cuenta que no me interesa esa pelea, ya está. Durante un tiempo podés pelearla. Pero cuando ya transcurrió un tiempo determinado, o te conectás con tu posibilidad existencial o vivís siendo un resentido. Y yo no quiero ser un resentido. Entonces, las cosas son como son. Yo encontré una forma de conseguir mi dinero día a día, de seguir haciendo lo que hago y de desarrollar ideas. Y generar economías paralelas: intercambios, proyectos, cosas. Después es todo tan fortuito: toqué en la Plaza de Mayo o puedo tocar en el bar de la esquina. Eso es real. Y voy a tocar a Salta y tal vez van 30 personas, pero 20 tienen mis discos y me escuchan hace 15 años. Hay un recorrido que no se hizo solo y que no fue en vano. Entonces, no te diría que estoy conforme, porque nunca lo voy a estar, pero no quiero ver todo el tiempo lo que no está. No me importa el festival. Mis experiencias en contextos industriales no fueron buenas. Me chupa un huevo que me vengan a buscar o no. Me interesa conectar con un disfrute con un montón de cosas que puedo generar. Armé un estudio en mi casa, estoy grabando con mis amigos, ensayando, y por primera vez puedo llenar de textos y dibujos las paredes y hacer que circule energía ahí. Y voy a tocar en el Xirgu, uno de los lugares más lindos que he conocido. Evidentemente lo que hago tiene que ver con un discurso underground, transversal, minoritario, formo para te una minoría. Y en algún momento la antena se alineará de otra forma en la que será diferente o no, qué se yo, va más allá de mi alcance, no puedo trabajar sobre eso.
—Lo que decís va de la mano con algo que está pasando con muchos músicos: la recuperación del oficio, de salir a tocar con frecuencia y en lugares diferentes. Está pasando mucho en la nueva generación de músicos de raíz folklórica. Pero Palo Pandolfo, por ejemplo, también toca todos los fines de semanas.
—Eso tuvo que ver, por un lado, con los problemas de salir a tocar con grupos. Pero por otro es una bandera que nuestra generación levantó muchísimo. Y justamente Palo fue un precursor de eso. Él es claramente alguien que tiene un pie en nuestra generación y otro pie en una anterior, es un puente.
—Y un pie en la industria y otro en el under…
—Totalmente. Pero esa es la forma en la que nos movemos. Cuando viajo a tocar a algún lugar, me dicen “la semana pasada estuvo Juanito el Cantor y la próxima viene Ezequiel Borra”. Vamos armando diferentes circuitos, algunos por Córdoba, otros por el sur o el noroeste. Y es lo mejor del mundo. Cada vez que salgo a alguna región, estoy una semana con cuatro o cinco conciertos, conociendo lugares y flacos que hacen canciones o tienen programas de radio. Hay un montón de cosas. Y yo tengo una tendencia a querer vitalizar lo que está a mí alrededor. Después quedan hermandades que son reavivadas cuando volvés a esos lugares. Vas estableciendo una especie de red afectiva y artística del oficio.

 

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—Fuiste una especie de líder natural entre los músicos de tu generación, desde el Festival de Cantautores con Orquestas (2005-2007)…
—Sí, es mi virtud y mi defecto. Después te frustra en muchos aspectos, porque las cosas no son como querés. Pero es algo que está en mí…
—…y el concierto y posterior ciclo Hay Otra Canción (2012-2013), que reunió a toda una generación de cancionistas, ¿Cómo ves esa escena hoy?
—Me parece que fue un trabajo muy bueno el que hicimos. Hoy nos veo dispersos y está bien, porque las generaciones también se fortalecen y crecen en un momento más embrionario. Después es natural que eso se rompa. Los hermanos no están toda la vida juntos, es necesario cambiar, que cada uno haga su vida. Entonces, nos veo a cada uno tomando caminos diferentes y desarrollando cosas nuevas. Nos veo un poco atomizados, pero me parece que eso es bueno. Hay mucho prejuicio con las cosas que se terminan, como si terminar estuviese mal. Por eso, para mi gusto, hay una excesiva reivindicación de los grupos que duran mucho tiempo. Podés tocar toda la vida y lo que hacés sea una poronga. No pasa por el tiempo, pasa por la intensidad, por las energías que pongas ahí. En nuestro caso estuvo bien funcionar tan juntos en un momento, eso nos sirvió y cada tanto eso sigue pasando, porque somos amigos; pero después el círculo se amplió. No se puede armar un círculo tan grande, porque la ronda se desarma. Está bueno que pase. Tiene que ver un poco también con los tiempos contemporáneos, con las posibilidades de incidir en determinados medios, tomar determinadas altavoces y también con un público mucho más atomizado. Las cosas cambian mucho más radicalmente. Y estamos todos ahí en ese foro continuo, ágora, de las redes sociales, tirando nuestras ideas y muchos desarrollando cosas por fuera de la música. Cada vez más veo las canciones mucho más cerca del arte plástico, algo que no era tan común hace un tiempo. Marina Fages, El Mató a un Policía Motorizado, Lucas Martí, Alfonso Barbieri, trazan esas líneas. Es cierto lo del oficio del músico y el desarrollo del lenguaje musical, pero también veo con el tiempo la posibilidad de no atenerse sólo a un tipo de lenguaje determinado. Somos seres que miramos el mundo, que podemos traducir eso que vemos en un montón de elementos. Algunos son muy diestros en unos y otros son muy poco diestros en un montón. La variedad me gusta, me muevo por ahí.

 

 

—Además de la reactivación del oficio del músico, la relación entre los actores culturales y el estado en esta década fue cercana. Con aciertos y errores, hubo una política cultural activa, se creó el Ministerio de Cultura y se abrieron espacios gratuitos y de calidad como el CCK, Tecnópolis, entre otros. Hoy muchos de esos espacios se desfinanciaron o corren peligro, ¿Cómo crees que se va a articular la relación de los artistas con la gestión estatal actual?
—Es complejo, no lo sé. El estado somos nosotros, hay que poder tomarlo. Pero en este caso el estado está gestionado por el enemigo. Y el enemigo sabe que yo soy el enemigo y algunos más. Muchos músicos están tocando en estos lugares y no me parece mal, está bien, a mí no me llamó nadie nunca ni me van a llamar, me parece. Es más cínico: cuando presentaron este año la programación del CCK, figuré como programado, sin haberme llamado nunca. Y les pasó a otros músicos. Era mentira. Formamos parte de una lista para contar lo que iban a hacer. No sé cómo se rearticula eso, porque no sé a qué podría decir que sí y a qué que no. Yo podría tocar en el el CCK, porque es un lugar que amo y es precioso. Pero no podría tocar en la Plaza de Mayo el 25 de Mayo. ¿Podría tocar dos horas después de que hable Macri? Ni en pedo. Yo me siento en un terreno totalmente hostil, me siento en guerra, la verdad. Y me siento sin ninguna clase de amparo estatal. Y creo que trabajo con gente que se mueve en los huecos o en emprendimientos paralelos o transversales al programa de exclusión social que la gestión puso en marcha. Hay que replegarse, hay que volver a la ilegalidad. Yo no quiero ser legal. Eso me hace pensar este gobierno: no quiero ser normal, nunca quise ser normal, no quiero ser eficiente, no quiero ser profesional.
—¿Qué entendés por “normal”?
—Gris, medio, típico ¡Qué se yo! No me resulta interesante, no digo que esté mal o bien. No tiene por qué gustarle a todos o ser la única posibilidad de funcionamiento dentro de una sociedad. La eficiencia como única posibilidad del desarrollo de una obra no me interesa. Me gusta la vanguardia. También me gustan otras cosas, me encantó Charly García hablando para todo el país, como pasó durante muchos años. Pero me parece que la posibilidad de decir algo contrahegemónico siempre es poderoso, porque guarda la capacidad de estar viendo algo que no se vio. Hay una posibilidad de pensar algo nuevo, no está todo terminado. Sino es como si fuéramos todos gestores que solamente vamos a acomodar las cosas que ya están hechas y nunca a nadie se le va a ocurrir hacer una taza distinta. En un momento era todo tan amateur que se necesitó pensar en una profesionalización de los oficios, de las artes, pero se no fue la mano. Y esa idea de la profesionalización es para mí lo que termina en el macrismo. “Hay que ser eficientes, hay que hacer las cosas bien, hay que hacer un producto”. ¿Cuándo es que se empezó a hablar de los discos como productos? ¡¿Por qué no se van a la concha de madre?! ¿Qué es eso de un “producto bien terminado”? ¿Qué hago, sopas? ¿Están locos? Se supone que uno se está conectando con otra gente. ¿Solo se puede pensar a partir de Warhol?
—En esa sinfonía, pienso en tu recorrido musical. El rock, la orquesta, el criollismo del Corazón es el lugar (2013), el disco con voz y piano con Fer Isella (Los caminos, 2014) y de nuevo a la electricidad en Baila sobre fuego (2015), ¿Ese camino se dio naturalmente o sentías la necesidad de que cada etapa tuviera un sonido distinto?
—Siempre respondieron a situaciones más azarosas, intuitivas y de la propia existencia. No hay un plan, nunca tuve un plan dialéctico del estilo “voy a hacer un disco que sea lo contrario del anterior”. Más bien siempre intenté una continuidad porque eso me podía facilitar las posibilidades de trabajo, de mantener un equipo de acción y después por algún motivo las cosas cambiaron. Y traté de estar atento a eso y justamente no “mantener la empresa”, no entender el proyecto como una pyme. En un momento la Orquesta fue un grupo de amigos, de gente muy distinta, que se llevaba muy mal por momentos, pero que tenía el empeño de trabajar en un mismo discurso juntos. E hicimos una obra de dos discos que fue poderoso en su momento y dejó lo que tenía que dejar. Después, todo respondió a cosas que me iban pasando. Y estoy atento a ese correlato que se va estableciendo entre la vida y lo que vas desarrollando como obra. La obra me interesa, pero ante todo me interesa ser feliz y tratar de dar felicidad a mis amigos, y dejar un buen recuerdo. Cuando grabé el disco con Las Guitarras del Tiempo (Julio Sleiman y Nicolás Pascuzzo), tuve una hija, al poco tiempo me separé, me mudé a San Telmo. Un día por azar, yendo por Parque Rivadavia, me compré unos discos de (Ignacio) Corsini, que lo tenía de nombre pero lo empecé a escuchar y me volvió loco. Me mudo a San Telmo y en el departamento encuentro un disco de (Agustín) Magaldi roto. En ese momento, no podía mantener la banda con la que había grabado El Progreso (2011) y entonces se dio lo de las guitarras criollas. Me había fascinado la posibilidad de poder volver a ensayar sin sonido amplificado, mate de por medio, en un patio, como había pasado con la Orquesta.

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Letra de -”Amor contemporáneo”, canción inédita que estrenará el jueves.

 

Ella era una joven poeta con la bicicleta en el tren.
Él cantaba sus canciones tristes en bares vacíos, de pie.
Se cruzaron en un bolichito perdido de Villa Tesei,
cuando terminó todo siguieron de largo hasta el amanecer.

 

Solos en la estación
entraron a un vagón
y el sol los calentó después.

 

Ella era una joven artista, su punto de vista era ley,
cuando el mundo se hacía pesado miraba a su lado con fe.
El sentía que la poesía es como su vida al revés,
prefería gozar del engaño a ver el mundo como es.

 

Cuando el tren arrancó
nadie los despertó
y entraron al país con él.

 

Descubrieron el pueblo soleado que habían soñado una vez,
en las casas entraron y en medio del lago él nadó como un pez.
Se treparon a un árbol, comieron naranjas, corrieron también.
Cuando llegó la noche buscaron la ruta, quisieron volver.

 

Alguien los levantó
y en una distracción
ella saltó y echó a correr.

 

Ha pasado el invierno y él sueña con ella y ella con él,
dentro de los dos canta una voz cuando pasan por Villa Tesei:
Volveremos, volveremos otra vez,
volveremos, volveremos otra vez.

 

Pablo Dacal, 2016

 

 

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