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de la sangre al muro

los hermanos panichelli

Fotografía: Facundo Fraga

Es curioso que mientras el proselitismo político se desvive por “sacar a los jóvenes de la calle”, “alejar a los chicos de las esquinas”, estos dos hermanos encuentren en ese mismo lugar su principal fuente de trabajo, pincel en mano, tacho de pintura a un costado y una tentadora pared de frente. “¿Cómo pintás un yunque que tiene la densidad de un metal en una tela y la colgás en un cuadro?”, se pregunta Pedro Panichelli. Los pliegues de su cara dejan entrever que casi no puede terminar la frase sin estar ya bocetando en su mente el modo indicado de hacer ese yunque. “El arte –continúa– tiene la posibilidad de transportar la mente a un lugar donde no hay tiempo, espacio, materia ni densidad. Lo leí hace poquito.” Aclara que en vez de al arte el fragmento hacía referencia al presente, pero que también aplica para el caso. A su lado, Santiago Panichelli señala que “en la pintura no cabe el tiempo que te llevó hacerla”. Ese tiempo que le dedicaste es lo que hace que esa pintura sea eterna.” Quizás, esa manera de ver al tiempo –sagrado e insignificante en simultáneo– sea la que les permita conocer, en la calle, a sus curiosos y futuros alumnos.

 

El taller de los hermanos Panichelli se camufla entre las casas del barrio de Florida, en el municipio de Vicente López. La etapa más fatídica de la confundida invasión de mosquitos aún no apareció, pero el calor de febrero sabe que tiene armas tan poderosas como ellos para instalarse en la charla cotidiana. En el piso de arriba, a apenas metro y medio de distancia de la planta inferior, la temperatura es intolerable. Es indefectible sentirse un estúpido al entregarse a ese leimotiv de pasillo llamado calor –como si uno estuviera encarnando al señor Meursault en El extranjero de Camus–; sin embargo uno necesita sacárselo de encima, aunque sea en forma de palabras. El lugar evidentemente es un taller: pinturas, dibujos en proceso, atriles y demás instrumentos vinculados a la disciplina no dejan lugar a la interpretación. El delicado desorden del artista siempre es más atractivo que cualquier otro. Abajo, un ventilador de pie permite concentrarse en la charla.

 

“Ni siquiera tuvimos que pensarlo. Mi papá era artista, si bien no era un artista tradicional: trabajaba en publicidad. Estudió en la Raggio. Te estoy hablando de los años ’40. Era un crack en dibujo, pintura y grabado. Todas las disciplinas las manejaba bárbaro. Entonces en publicidad anduvo muy bien porque mientras más versátil seas ahí, mejor te podés adaptar a las propuestas que te llegan.” Pedro también recuerda las fotos en las que él, aún un bebé, está sentado sobre el regazo de su padre, mientras Carlos está pintando. Lo que no recuerda es haberse detenido en un momento y preguntarse: ¿esto es un lápiz? Ambos se la pasaban garabateando y pintando, con la tele de fondo, en la casa de su infancia en Olivos. Toda una mesa para que ellos desperdigaran por cada rincón las cosas que sacaban de sus cartucheras. Después, regaño de por medio, tenían que despejarla.

 

Precisamente el ámbito publicitario fue el que cruzó los caminos de Carlos Panichelli y Alicia Márquez. Él, director creativo; ella, redactora. Las posibilidades de imaginar y crear estaban al alcance de la mano. En una oportunidad, un amigo le dijo a Pedro: “Me encanta venir a tu casa porque es como un museo”. Quedó descolocado. No sabía de qué estaba hablando. Después, le cayó la ficha y pensó “claro, esto yo lo tuve siempre”. El momento en que te percatás de que no todas las familias pueden como la tuya.

 

Semanas atrás, los hermanos Panichelli terminaron un nuevo mural ubicado en la esquina de las calles Chacabuco y Laprida. Hoy trabajan como el Grupo Presente, y bajo ese nombre ya llevan alrededor de una decena de murales realizados a lo largo y ancho de Florida; aún más, si abarcamos la totalidad del distrito. Hasta junio de 2013, los hermanos integraban el Triángulo Dorado junto a Francisco Ferreyra, quien, al disolverse el trío, formó LEMA. Ya sea por sus colores, las facciones de un rostro, el nivel de detalle o la frase que corona la obra, sus murales atraviesan a cuanta caminata pase por delante, por más distraído que venga el paso. No hay problema en hacer esa cuadra de más o en doblar una antes de tu casa y después pegar la vuelta para echarle un vistazo a la pared, aunque sólo sea para chequear que ahí sigue estando, sin ninguna pintarrajeada que lo estropee. Con el correr del tiempo, sus murales se han transformado en una suerte de nodos que entretejen ambientes de una zona que se niega a abandonar la idea de barrio en contraposición al aire más Miami-Florida que se vive a medida que uno se acerca al Bajo de Vicente López. Rivalidades sin filo, que no le hacen daño a nadie.

 

“A mí me gusta dibujar”, respondió Pedro, cuando en la Escuela Media Nº6 de Vicente López le preguntaron qué iba a seguir una vez que pasara el Polimodal. Él contesto, pero en verdad no entendía del todo la pregunta y pensó en lo que le gustaba hacer. “No sabía que era acá la decisión. A mí me gusta dibujar, dije. Pero jamás se me había ocurrido trabajar de eso. No tenía esa dimensión. Fui a preguntarle a la directora de la escuela y le dije ‘me enteré de esto y a mí la verdad que estas tres disciplinas no me interesan. A mí me gusta dibujar. ¿Hay algún lugar donde enseñen esto’?”.

 

En el año 2000, sus padres se quedaron sin trabajo. Al ser personas con una amplia trayectoria en su rubro, costaba más mantener sus salarios. Fue un tiempo largo el que Carlos y Alicia estuvieron desempleados y engrosando deudas. Al ver a sus padres “derrotados”, la idea de subsistencia, de repente, no parecía muy cercana al arte. Fíjense, les deslizó Carlos en una oportunidad sin querer sonar sentencioso. A pesar del miedo inicial, primero Pedro y más tarde Santiago decidieron ingresar al Polivalente de Martínez a estudiar Bellas Artes. “Vos sos de los que a la mañana en la escuela hacen dibujitos en los costados, ¿no?”, escuchó Pedro en una ocasión. Recuerda haber abierto bien grandes los ojos al escuchar a Willy Ferreyra –el profesor de dibujo– decir eso. Y continuó: “Esos dibujos que vos hacés a la mañana me los traés a la tarde y los hacemos en grande”. Hasta ese momento, nadie del mundo adulto le había dicho algo así.

 

Al pensar en el arte, los Panichelli no hablan de vocación ni de destino sino de pulsión. Una pulsión, como sentir un empuje cuasi cardíaco hacia algo, en su caso la pintura. Al decirlo, suenan casi al unísono; suenan hermanos. “Suponete que vos querés decirle a una chica que la amás. A medida que va subiendo pasa al cerebro. El cerebro la empieza a teñir de todos los mandatos que tenés en la mente de lo que te puede decir la chica y lo que va a pensar la gente. Entonces lo que terminás diciendo es nada. Y la ves pasar y te querés matar. Por dentro, el corazón te late. Por fuera, sos una momia”, explica Pedro. El problema de parecer una momia es que en verdad no lo sos. Para él, lo importante es reconocer que ese impulso está, el resto es una cuestión temporal. Santiago agrega que “la cuestión técnica se va puliendo. Pero ya tenés el primer impulso, que es el que te va a llevar a ser constante y flexible para aprender de esos supuestos errores”.

 

Es fácil detectar qué le quita el sueño a una persona, porque al querer explicarlo sus brazos, piernas y rostro se impacientan y atolondran, como intentando encontrar una posición indicada; las oraciones trastabillan más para afuera que lo que lo hacen para adentro. “Nadie en una escuela de arte –señala Santiago– me habló del proceso creativo. Nadie me habló de lo que siente un artista, una persona cuando está por pintar algo”. Da la impresión de que aún hoy el proceso creativo (en la disciplina que fuere) está cubierto por un milenario velo de misterio, de misticismo. Nos lo han pintado como un lenguaje encriptado que unos pocos fuera de serie abrazan en un momento de inspiración que les cae encima. “Todos te hablan de que las cosas son como milagrosas. Y es verdad, son milagrosas. Pero el milagro está en estar vivo, no en que salen de un día para el otro. Nunca me contaron cómo un pintor discute con su mujer o cómo está pensando en pintar mientras no está pintando. Todas esas cosas nadie me las dijo. Las viví yo solo. El problema está en que no se hable”. De repente, todos los obstáculos y las frustraciones artísticas parecieran tener una explicación: el problema de no decir que sobre tal cosa no hay nada demasiado significativo para decir. Una suerte de tabú sobre el que se tejen magias espurias y, en consecuencia, dolores de cabeza.

 

Por su parte, Pedro enfatiza que no hay que olvidar que la relación del artista siempre es con el dibujo. Todo el tiempo. “Es una relación única que solo vos tenés con el trabajo. No la puede tener otro. Cuando alguien viene de afuera a verlo, lo ve un segundo, dos o tres. Le llaman la atención dos o tres puntos y te hace un comentario”. Curva sus cejas y suena más cuerdo que nunca al decir que “no se puede tirar abajo toda tu relación con el dibujo por un comentario de un segundo de una persona. No se puede depender de ese comentario”.

 

–Nos han dicho: “No, no, flaco. Yo te voy a llevar adonde tenés que ir” –dice Santiago.
–Pero vos podés insistir en contra de eso –responde su hermano.

 

 

***

 

Santiago fue el primero de los dos que se interesó por el concepto del mural. Su hermano mayor –al principio descreído de esa disciplina– miraba cómo daba rienda suelta a una investigación que se convertiría en obsesión. Años atrás, cuando ambos iban a la casa de su hermano mayor, aprovechaban que había Internet y Pedro lo veía llevar un disquete en el que bajaba imágenes de murales de distintas partes del mundo. “Las miraba una y otra vez. Se acordaba que no se había bajado tal foto que le había gustado. Se iba al cyber y se la bajaba”, recuerda. Se levantaba a la mañana vestido para salir a pintar, con la mochila ya preparada. Ni se le ocurría perder un segundo en preguntarle a Pedro si estaba listo. Del modo que fuere, él arrancaba: “El chabón se iba y volvía a la noche, rojo por el sol, chivado y feliz”.

 

Una vez que se graduó en el Polivalente, tres años antes que su hermano, Pedro no sabía qué hacer. Estuvo dos años girando, repartiendo comida, haciendo cualquier otra cosa. Paradójicamente, tenía clarísimo que el arte no era para él. “Después, Francisco [de Triángulo Dorado] me propuso poner un taller de arte en una casa que tenía un amigo de él. En esa época estaba muy en auge el graffiti. Santi estaba empapado en esa onda. A mí no me seducía el hecho de pintar en la calle, pero él investigaba mucho. Entraba en Internet y miraba lo que pasaba en España y Brasil. Ahí ya no hacían graffiti tradicional. Armaban formas y colores más relacionados a la pintura, que era lo que a mí más me llamaba la atención”.

 

El pintar, la dimensión, la superficie, la gente y el afuera. Santiago encuentra disfrute en cada una de estas cosas, las mismas que luego terminarían cautivando también a Pedro, quien explica que “al bastidor lo termino, le saco una foto, lo subo a Internet y lo guardo en una caja; al mural ya lo pienso como una situación: cómo me voy a divertir”. Es que por más que la concentración los haga mantenerse callados, “por adentro es una fiesta”, reconoce Santiago.

 

Tenía quince años cuando se dijo a sí mismo: “Qué bueno sería poder vivir de esto”. No cabía en su cabeza la sola idea de que pudieran pagarle por hacer esto, “mucho menos en esa época en que tener una lata era como llevar una escopeta”. Ya por ese entonces –cuenta el menor de los Panichelli– en Europa había un diseño, una tipografía interesante y una planificación, detrás del graffiti. Lo que inicialmente había surgido como un lenguaje de pandillas a través del cual dirimían quién la tenía más larga, en el extranjero el arte callejero comenzaba a demostrar que podía ser mucho más que clandestinidad y celeridad. Por acá, “el auge arrancó cerca de 1995”. “Paró un poco en el año 2000 y después volvió. Bastante económica la cosa, porque no había tantos recursos. No llegaban las latas que había en Barcelona. Cada uno se las rebuscaba”, admite.

 

La calle y la pared tienen ciertas similitudes. Como dice Pedro, “tocar la superficie de la pared antes es como chequear el terreno; tipo el Age of Empires, tenés que caminarlo”. Algo no tan distinto ocurre a la hora de estar en la calle, ámbito en el que, naturalmente, los imponderables están a la orden del día. Las primeras veces veían una pared que les gustaba y pensaban qué había que hacer para poder intervenirla. Arrancaron en las paredes que lindan con las vías del tren Mitre (Retiro-Tigre), cuando aún formaban parte de Triángulo Dorado. Aquella primera vez, Santiago fue y no encontró ningún inconveniente al enfrentarse a la pared elegida. A la siguiente, fueron los tres y los sacó la Policía. “Claro, vos no sabés. ¿Y si pedimos permiso?”, se preguntó Pedro. Pedían permiso, pero no había caso. Hasta que en un momento entendieron cuál era la clave: “Lo mandábamos a Santi y siempre conseguía la pared. Íbamos de a dos, y nada. Nos quedábamos atrás de un árbol mirando y el chabón la conseguía. Siempre tuvo ese carisma, había que mandarlo a él”.

 

“El pizzero no va con una remera que dice ‘yo soy pizzero’. ¿Por qué la persona que produce arte se tiene que disfrazar de artista?”, se pregunta Pedro. A esta altura, ya son conscientes de que la decisión de salir del taller y hacer murales implica el encuentro con personas que, en muchas oportunidades, no esperan verlos ahí, y con ello se abre un amplio abanico de reacciones. Así como les han llegado a dejar las llaves de una casa, hay gente que pasa y aconseja al grito de “vayan a laburar”. Esto no quita que esa persona que trata de vago a extraños pueda ser la misma que más tarde se acerque a saludarlos y, quién te dice, felicitarlos, ahora que el trabajo está hecho: la vida misma. “En la medida en que te van viendo seguido en la calle –señalan– empiezan a notar que estuviste todo el día en la calle. Ayer, también. Y anteayer. Empiezan a ver un valor, porque el tipo ve que estás trabajando”.

 

Así fue como en una de las calles de la zona vieron a un hombre bajar la ventanilla de su auto para felicitarlos por lo que estaban haciendo y se fue. Segundos después se miraron y en milésimas de segundo llegaron a la conclusión de que ese hombre era Charly Alberti, ex baterista de Soda Stereo. En otra ocasión, el “Turco” Naím Sibara, vecino de la zona, les pegó un llamado para juntarse y hacerles una propuesta. Cada vez que salía con el auto, él frenaba y los saludaba. Una vez que se juntaron terminaron de asociar el rostro del humorista con su paso por la marca Tinelli. Junto con su pareja, la actriz Emilia Attias, proyectaban levantar una “cervecería industrial y planta cultural” en la localidad de Núñez (3 de febrero y Congreso), y al ver lo que hacían los Panichelli, Emilia pensó por qué no llevar su arte al interior del local. Entre mate y charla, pintaban cerca de cinco horas por día. “Me sorprendió la rapidez y la forma con que la pintó. Y lo primero que marqué yo me pareció una cagada y lo tapé”, dice Pedro sobre el trabajo propio y el de su hermano, en el que se ve un hombre en cuero con un martillo en mano y un yunque debajo. Naím se acercó y no entendió por qué lo había tapado, a él le encantaba. Al tercer intento, las laboriosas manos de un hombre sosteniendo dos herramientas lograron convencerlo, quizás en sintonía con la “onda Mad Max, futurista tecno-distópico” del lugar. A propósito de la referencia cinematográfica, Santiago añade que, durante mucho tiempo, en ese mismo lugar se hizo el revelado de más de mil películas, entre ellas las de Leonardo Favio. En febrero de este año, la cervecería inauguró con las dos intimidantes pinturas viendo la cerveza correr, desde las alturas del local.

 

“Todos los contactos salieron por estar en la calle”, aseguran. Ya se van a cumplir cinco años desde que comenzaron a dar clases. Dos antes habían terminado el profesorado en la Escuela de Artes Visuales Antonio Berni, de San Martín. La falta de espacio para trabajar con mayor libertad en su casa fue lo que los llevó a buscar un lugar, que terminaron aprovechando por partida doble: ahí realizan los proyectos propios y también dan clases. Con al menos cuatro alumnos, el alquiler se iba a pagar solo, pensaron. Ya pasaron más de cien alumnos por su taller de dibujo, pintura y acuarela, con algunas muestras de por medio. “El tronco del arte es el dibujo, para mí. Si vos tenés buen dibujo, la pintura y la acuarela van a andar bien. Aunque también hay gente que viene con ganas de pintar y distenderse, y está bien. Nos dimos cuenta de que teníamos más vocación de lo que pensábamos”, explica Pedro. Y Santiago hace aún más hincapié en la escalada que tuvo su inclinación por la docencia en su vida, ya que jamás en la vida pensó que fuera a ser profesor “de nada”. Que se metió en el Profesorado para tener un título más. Es más, confiesa –cuidadosamente, sin querer sonar resentido– que le “venía bárbaro para que cuando pintara en la calle no me rompieran las bolas”. Todo indica que ya es momento de echar definitivamente por tierra la idea de que el descubrimiento de una vocación se restringe una franja etaria determinada.

 

A pesar de ser muy conscientes de que lo están diciendo (y ya a dos años de la experiencia), todavía descreen de la oportunidad que tuvieron al viajar al exterior por trabajo, más precisamente a la ciudad de Nantes. Veían que llegaban mails de gente de España y Chile, entre otros lugares. Pero el texto siempre remataba con un “si vos querés pagarte el pasaje, vení”. “No me voy a hacer un viaje hasta España, que no tengo plata, a hacerte un laburo gratis. No lo hago acá, tampoco lo voy a hacer allá”, pensaba Pedro. Hasta que un día llegó un mail de Pick Up Production, que tuvo que traducir y luego leer tres veces. Provenía de Nantes y les proponía sumarse a trabajar en el proyecto Villa Ocupada, del que participarían cerca de veinte artistas de Europa y América Latina. Decía que se encargaban de pagar los materiales, el viaje, la estadía, la comida y la mano de obra. Ninguno de los dos podía creer lo que estaban leyendo. Como habían anticipado en el mail, la confirmación de los pasajes llegó a mitad de semana. Un litro de cada color, con eso iban a estar más que bien, pensaron al pasar la lista de materiales. Allá se encontraron con cuatro litros de cada uno, lo que sirvió de indicio de cómo iba a venir la mano. “Y después te ponés a pensar que así es como tendría que ser. Es lógico que te paguen por tu trabajo. Lo principal –sostienen– es que lo reconozca el mismo que lo produce”. Sin embargo, reconocen que “a la vuelta esto nos generó un contraste muy grande”.

 

Todo lo que la ciudad tenía para ofrecerles los desbarajustaba. El hecho de que quien los levantara por el aeropuerto fuera el capo de la productora; que los esperara un andamio ya dispuesto frente a la pared; el toparse con muñecos gigantes montados por grúas en mitad de una calle, “porque era el día de los muñecos gigantes”; que distintas galerías ofrecieran descuentos en materiales exclusivos para artistas: estaban como perro con dos colas.

 

Además de las fotos sacadas en Nantes, algunas otras los muestran en una escapada al Museo Louvre en París. En una de ellas, se lo ve a Santiago absorto en la enormidad de La libertad guiando al pueblo del francés Eugène Delacroix. Al preguntarles sobré qué pintan, Pedro cita automáticamente al pintor francés: “El tema sos vos”. Y agrega, que Auguste Rodin decía que no importaba qué, sino que te interesase.

 

–Todo simboliza a uno mismo en diferentes estados emocionales. Todo es una terapia para uno mismo. Incluso puede darle una mano a una persona que lo está mirando –sintetiza Santiago.
–Van Gogh era una cámara de fotos. El chabón tenía dos zapatos y los pintaba setecientas veces. El beso de Klimt no es más que el beso de él a su mujer representado en una forma. ¿Qué más querés? –pregunta Pedro.

 

***

 

Puede sonar extraño decir que un mural en la esquina de tu casa te acompaña. A priori el verbo “acompañar” podría pecar de exagerado, pero por más inanimada que pueda ser la gama de azules distribuidos en un mismo rostro o las arrugas de un mantel a punto de caerse, la obra está ahí, siempre. Sea o no su cometido, la pared cumple la función de acompañar la vuelta al perro, el camino a la parada de colectivo o la búsqueda de envases en el chino más cercano. A su manera, la persona se termina apropiando visualmente de ese mural que tiene a unas cuadras. Y afortunadamente, los hermanos Panichelli no parecen ser demasiado celosos de su obra.

 

En minutos empieza su taller de las seis de la tarde y cada tanto relojean la puerta para ver si llega algún alumno. Después de leer el fragmento de un texto de Rodin titulado La utilidad de los artistas, Pedro y Santiago se convencen de que, en nombre de lo útil, muchas panzas han quedado tan atiborradas como afligidas. Llega Ricardo, el primer alumno. En línea con la temperatura del ambiente, es cálido en su saludo. Se acerca a una de las mesas de trabajo y se sienta sin dudar un segundo. Los escritorios ya parecieran estar asignados en forma tácita. De su bolso saca una hoja en la que hay un retrato de un hombre mayor. A todas luces, Ricardo no comenzó a dibujar ayer. Con una sonrisa, mira expectante a sus profesores. Ellos, sin demasiado comentario, le devuelven la sonrisa.

 

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