Niños de la basura y Hermano. Dos obras de culto, dos libros fundamentales de la historieta nacional que, ironías de nuestra industria, nunca fueron editadas en Argentina. Dolía un poco ver las ediciones europeas que compilaban en formato novela gráfica las creaciones del grupo Niños, publicadas originalmente en la revista Ultramundo. Hasta que al fin esa cuenta pendiente fue saldada por Panxa Cómics, los nuevos héroes de la historieta underground vernácula, una editorial autogestiva que nació y creció de la mano de Federico Fierro, artesano del noveno arte, de tendencia anarcosindicalista y coleccionista de fanzines.
Panxa Cómics nace en 2010, pero Federico hace sus primeras armas como editor trabajando con su hermano en Rúcula Libros, una editorial de ficción y poesía. Ahí aprendió junto a su compañera de vida Daniela Ruggieri (“la Flaca”, como la llama con cariño Federico) lo que es el maquetado de libros y todo el trabajo con programas. Ese paso por Rúcula fue una especie de taller libre de diseño editorial, al que más adelante le sumaron el aprendizaje de las encuadernaciones estilo cartoné lomo recto, de la mano de un amigo que a su vez había aprendido de Funesiana, una editorial que se autodenomina “la segunda editorial más chica del Latinoamérica” (dejándole el honroso primer puesto a una editorial rafaelina). A partir de esa formación comenzaron a dar talleres de encuadernación e hicieron sus primeras ediciones artesanales.
Se dice que el proyecto de libro que da comienzo a una editorial es el que nunca se edita. Daniela y Federico soñaban con publicar un libro de temática zombie, una novela gráfica en tres capítulos, cada uno dibujado por un artista diferente. Simple pero a la vez ambicioso para una editorial novel. “Nosotros nos íbamos a encargar del diseño del libro, y entre las charlas surgió la idea de armar una editorial. Así nació Panxa. A su vez queríamos, mientras esperábamos que salga la novela gráfica, hacer una revistita sencilla para ir publicando algo. Al final salió primero la revista Panxarama y el libro de zombies no salió nunca, porque empezamos a colgarnos con la Panxa y la novela gráfica se fue posponiendo indefinidamente. Hoy en día queremos reformular la idea, aunque es algo mucho más ambicioso que no va a salir jamás (risas)”.
Finalmente el primer libro que editó Panxa fue Catálogo de dioses, un compendio de ilustraciones de dioses falsos —cada uno con sus atributos-— autoría del propio Federico, publicado cuando la Panxarama iba por el tercer número. Desde un principio los libros de Panxa fueron realizados de manera artesanal, con sus editores involucrados en todos los procesos de armado. “El perfil de Panxa siempre fue autogestivo, nunca tercerizamos nada, salvo la laminación. El resto lo hacemos todo nosotros, todo manual”, cuenta Federico con orgullo, y enseguida revela el destino de su revista fundacional: “Panxarama ya no la vamos a hacer porque el formato engrampado es muy caro para nosotros. Si se hace en cantidades grandes en una editorial offset por ahí sale más barato, pero lo que pasa con las editoriales autogestivas es que absorbemos los costos de todo. No tenemos ningún descuento, tenemos que pagar IVA, entonces eso lo trasladamos al precio final, y hoy en día hacer una Panxarama, que es un formato A5 engrampado de 60 hojas promedio, nos sale muy caro. Deja muy poco margen de ganancia. Además es complicado hacer una antología y que la gente se enganche, porque si no mantenés la periodicidad, perdés público. Y la distribución son unos pocos puntos de venta, y después los eventos. Nada más”.
Panxa Cómics cuenta con un pequeño taller compuesto por dos impresoras, una guillotina manual y una termoencuadernadora. Pudieron armar esa humilde imprenta en parte gracias al subsidio de la provincia de Buenos Aires para pequeños emprendedores. En otras palabras, tuvieron ayuda del Estado, pero eso no los avergüenza ni se sienten menos autogestivos. “En su momento, cuando estuvo Llanto de Mudo, que era como la editorial más grande del ambiente, ellos laburaban con una imprenta offset, y eso no les quitaba ningún rasgo independiente. Seguían compartiendo la misma mentalidad que todos, inclusive que los fanzineros. Nosotros lo que tenemos en particular es que contamos con el taller y hacemos todos los procesos, desde la encuadernación hasta el guillotinado y la impresión”.

Federico asegura que están orgullosos de ser autogestivos porque fue una elección antes que una obligación. El no depender de nadie siempre les pareció la opción más razonable, más tranquila y menos costosa.
—¿Hay una cuestión político-ideológica en la autogestión y la independencia editorial? Panxa Cómics huele a espíritu anarquista.
—En Panxa ahora somos cinco, y en general estamos de acuerdo en todo. Con matices, obviamente, pero todos tenemos una conciencia que fue creciendo con el proyecto. El perfil de autogestión que tiene la editorial es un perfil con el que nos sentimos cómodos e identificados. Si me preguntás a mí, lo tomo por el lado político porque me identifico mucho con el anarquismo. Y la autogestión concretamente es ser dueño de los medios de producción. Es una identidad de la editorial el hecho de que nosotros estemos en todos lo procesos. Con Daniela siempre tuvimos consciencia de esa idea de que uno puede apropiarse de sus medios, ser dueño de su trabajo. Después, a medida que armamos el taller y se fue formando la editorial, terminó siendo la identidad de Panxa. Así que, sí, obviamente que hay un componente político, lo que pasa es que es más o menos explícito, dependiendo de cada uno.
—Al estar en todos los procesos y no depender de factores externos ¿sienten que tienen un poco más de espalda para sortear la crisis sociocultural que estamos atravesando, o les pega igual que al resto?
—Te pega, pero tenemos un plus: no tenemos que ir a buscar precios a las imprentas. Eso está bueno. Encima hicimos un pedido de papel antes de que asumiera el innombrable (risas) y zafamos un poco lo que es la variación del precio del papel, que fue como una bomba. Pero esto afectó a todo el mundo. A nosotros nos afecta bastante porque absorbemos los costos. Si vos laburás con una imprenta tenés que mandar a hacer por lo menos 500 ejemplares, porque si no te sale carísimo. Lo positivo del digital es que te sirve cuando laburás con poca cantidad, a diferencia del offset. Nosotros nos podemos dar el lujo de editar 20 ejemplares, lo que nos permite tener una capacidad de maniobra que no nos destruye porque no dependemos de una imprenta. Nuestra suerte es que podemos laburar a pequeña escala, pero los costos se dispararon. Se sintió el cimbronazo. Va a ser jodido, y lo vamos a sentir mucho más todavía. Es una situación compleja para la industria independiente y para la cultura en general. Además esto viene desde antes. Cuando Macri era intendente ya cerraba centros culturales, y lo sigue haciendo.
—¿Existe en el ambiente una mirada crítica, una discusión sobre los procesos políticos, sociales y culturales que atraviesa la historieta argentina?
—Yo creo que a nivel interno todavía no hubo una reflexión importante sobre eso. Es medio raro el tema de la política y la historieta. Están medio como peleados esos mundos. En la historieta hay mucha gente que dice ser más apolítica, con todo el peligro que eso conlleva, y me parece que hay una visión medio reduccionista, porque todo es político.
—¿No es la historieta un medio ideal para hacer política?
—¡Totalmente! Y no tiene que ser de manera explícita. La complejidad del escenario político general de la Argentina se traslada a todos los ambientes. Por más chico o independiente que seas. Se replica en todos lados. Entonces, lo mismo se replica en el mundo de la historieta, a nivel macro y a nivel más micro. En general, el ambiente de la historieta argentina no es muy combativo. Está tan dividido como el resto, digamos. Y eso que somos 500 como mucho. Y nos conocemos bastante. Tenés visiones muy raras, muy reduccionistas de la independencia.
—El anarquismo suele sufrir el reduccionismo de las personas que ignoran de qué se trata en realidad esa filosofía política.
—Está lleno de reduccionistas del anarquismo, en el sentido que el anarquismo no es el rechazo a todas las cosas. El anarquismo es organización. Yo soy más del palo del anarcosindicalismo. De ese palo me identifico con gente como Osvaldo Bayer o Noam Chomsky, y con los viejos anarquistas que organizaban sindicatos, publicaciones. Y tenés que tener una visión general y saber en qué contexto te movés. Si no te estás poniendo en un plan muy adolescente onda: “¡El estado no sirve!”. Bueno, pará. Necesitás del Estado, se necesitan hospitales púbicos y escuelas en buenas condiciones. Entonces, todo bien, podés tener un ideal metafísico muy grande, de máxima, y laburás para eso, pero mientras tanto tenés que saber cuál es el contexto, leerlo, y entender cuál es la opción más o menos igualitaria. Y es algo que se replica, lamentablemente, y en ambientes en donde la idea es que tenés que fortalecer una red independiente, y eso es una postura política. Esto no es algo que se dé tan explícitamente. Se da, se discute en cierta medida, pero es poco orgánico, entonces tenés fenómenos re lindos como la FLIA, que hace poco cumplió 10 años, pero no sé hasta qué nivel hay un pensamiento orgánico en términos políticos de lo que significan esos 10 años. Es necesario que aparezca esa organicidad, y más en períodos de crisis fuertes, en los que tiene que salir a relucir eso, porque tenés que atajar todas las que te tiren.
—El fanzine es una pata fundamental de la historieta autogestiva, un objeto artesanal y único. ¿Qué relación tenés con ese formato?
—Yo soy un coleccionista de fanzines. Con mi mujer somos medio enfermos de eso, porque con el fanzine por ahí salen 20 publicaciones y después no sale nunca más. Y encima es un objeto raro a nivel encuadernación, a nivel edición, es una especie de anomalía editorial; entonces con mi mujer siempre invertimos en fanzines. Nos hemos comprado hasta quinientos mangos en fanzines.
—Salvador Sanz alguna vez nos dijo que la historieta se puede dar por finalizada recién cuando llega a las manos de una persona que la lee. ¿Qué opinás de esto?
—Totalmente. El libro se hace cuando se lee. El tipo que lo lee es quien lo termina de armar al libro, en realidad. Uno hace la previa, y el proceso se completa cuando lo entregás. Bueno, si ese libro no llega al lector, es un fracaso. No importa si es un lector, mil o más, pero tiene que llegar a alguien. Si no, fracasó la idea de editar.
—Niños de la basura de Dario Fantacci, ganador del premio Comicópolis, es una especie de caballito de batalla de Panxa. ¿Cómo llegaron a editar esta historieta de culto?
—Cuando terminó Ultramundo, Dario Fantaci se fue a Francia y estuvo tres años allá. En ese lapso nos enteramos que ellos querían antologar algunas cosas publicadas en Ultramundo. Después coincidimos de casualidad con Dario en el evento Dibujados, cuando volvió de Francia. Ahí nos encararon con Pedro Mancini y nos dijeron: “Che, queremos editar Niños de la basura, y estamos buscando editorial. ¿A ustedes que les parece?”. Imaginate que te cae un material así de la nada: “¡Vamos para adelante, lo que quieras!”. Nos pareció genial e hicimos el arreglo para editarlo. Sigue siendo el libro más gordito que sacamos. Además generó mucha prensa por el premio de Comicópolis, una cosa que nos vino súper bien. El libro circuló un montón y se convirtió en el caballito de batalla de Panxa. Más allá del éxito o no, es un libro que tenía que ser editado. Para mí ésa es la clave de la edición. Si vas a ser editor tenés que tener el ojo para saber que hay que cosas que tienen que ser editadas. No importa si se vende o no, tienen que estar. Esta historieta se va a leer de acá a 10 años como uno de los grandes ejemplos de las historietas que salieron del under argentino entre los años 2007 y 2014.
—La otra gran historieta de Ultramundo que recuperaron y editaron fue Hermano, de Fantacci y Mancini, también recopilada en formato libro en el extranjero y un poco ninguneada en nuestro país. Hasta ahora.
—Tener estos libros en el catálogo de la editorial es una de las satisfacciones más grandes de ser editor. Yo me considero un editor muy artesanal, muy humilde. No soy un tipo de oficio. Me hice editor para poder editar mis cosas, pero soy muy obsesivo con la idea de que uno pueda elegir un material que sea inapelable, que te haga sentir orgulloso, porque pasás por muchos procesos, hay mucho laburo puesto hasta llegar al producto final, y si encima terminás con algo que no te convence… es un bajón (risas). Ambos son proyectos muy interesantes que tuvieron la suerte de ser visibilizados en Europa, pero hubo un delay hacia adentro. Tenían su público, pero les faltaba reconocimiento, que fue algo que vino con el tiempo. Recién ahora se está reconociendo que existió la revista Ultramundo, que fue importantísima para lo que era el under y que produjo cosas increíbles. Nosotros tenemos la suerte de haber editado Niños de la basura y Hermano, que tienen un nivel tal que me sorprende que no hayan sido editadas por un medio más grande en su momento. Para mí Pedro y Darío son dos de los más grandes historietistas actuales.