No entiendo si los años me ponen más boluda o si tengo una regresión a los 14, pero me causa mucha gracia que Papa se diga ‘papi’ y que acá, en plena Ciudad Vaticana, haya un cartel que diga “anno santo, excepcional”. Ok, me digo, debés estar nerviosa. Y sí: estar haciendo una fila kilométrica a las siete de la mañana para entrar a una audiencia papal me llena de preguntas antropoloperiodístimorales y la cholulez me impide responder.
—Si el Papa no fuera argentino, ni a palos veníamos.
—Sí, hubiéramos venido igual, es un evento lo suficientemente distinto a todo…
—No.
—Sí.
—No.
Ni idea. Son cerca de las 8 de la mañana, todavía no desayunamos ni atravesamos el detector de metales. Un grupo de costarricenses de 16 años arman coreografías tan pegadizas que dan ganas de ponerle onda a la procesión. Están cebados, acaban de llegar de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, igual que el Papa. Tres pasitos para adelante, tres para atrás y una vueltita por la gloria del Señor.
Durante agosto, en el Estado Vaticano hace tanto calor como en Roma, unos 35 grados promedio. Por eso, en el verano europeo, los papas no son muy de hacer audiencias sino más bien de estar de vacaciones. Francisco quiso hacer una excepcionalmente por “todo esto del terrorismo”, nos dice un senegalés que vende tours a cuarenta euros. Por “todo esto del terrorismo”, también, las zonas turísticas de Roma están sitiadas por unos superfornidos hombres del ejército que llevan lentes negros, ametralladoras que en mi vida había visto y un andar muy de personaje estrella porno listo para servir a una damisela en apuros asediada por un terrorista.
“En mi barrio no están los militares, te aviso. Si ponés a uno, en dos minutos es abducido y vuelve a aparecer en la Fontana di Trevi. Lo que les importa es dar esta imagen al mundo”, cuenta un romano, que también dice que están así desde el atentado en Bruselas, en marzo de este año. En los días que llevo en Italia descubrí (y me encanta) que acá hay dos opciones para definir las cosas: o son ‘¡belíiiiisimas!’ o son ‘una meeeerda’. Esta cola es una merda. La Basílica de San Pedro (a cincuenta metros de acá) es belísima pero muy muy muy aburrida. Lo único que me entretiene son los casamientos freelance. Bah, es el nombre que se me ocurre para el hecho de que haya parejas de muñequitos de torta sueltos dando vueltas entre los miles (literal) de turistas. Ellos andan de frac, ellas con los más variados vestido de novia. Caminan estresados entre las tumbas de los papis cazando bendiciones, a lo pokémon go cristiano. Una se pisa un poco la cola del vestido y la recoge, otra se arregla el tocado, una tercera putea al futuro marido. Supongo (quiero preguntar pero no puedo, se mueven rápido, están “ocupados”) que viajarán hasta acá a por un poco de fe y algunas fotos épicas que después adornarán su boda. Pero es sólo una conjetura ante el desconcierto.
Ya pasamos los controles y entramos al Auditorio Paulo VI. Aquí será el discurso que normalmente se hace en la plaza. Tiene capacidad para seis mil trescientas personas y está repleto pero sin romper nada. Estamos tan bien ubicados que empiezo a sospechar que nos colamos. Incluso encuentro varios argumentos, me vienen imágenes sospechosas, tengo flashes confusos: esa esquina, aquel serpenteo por la izquierda, el momento del vallado, ¡esos niños! ¡pobres niños! Estoy convencida: nos re colamos —mínimo— en cuatro oportunidades. Pero fue imperceptible, como si nos hubiera poseído un espíritu negacionista y de viveza criolla. Me siento culpable, porque estoy ocupando el lugar de algún cristiano que quedó afuera y para el que esto hubiera sido el mejor momento de su vida. En cambio para mí es un anecdotón. Mi único vínculo con la iglesia es que —según mi padre— como mi abuelo materno vio que la cosa con mi crianza venía muy atea como para inculcarme la fe, negoció haciéndome de Racing. Lo siguiente que recuerdo es que un mes después de su muerte, mi abuela quiso hacer una misa a la que fui de compromiso, por acompañar. Pero me hizo tan bien que me da casi vergüenza.
“¡Toma mate, el Papa toma mateeeee!”, agitan los argentinos apilados en el pasillo por el que pasará Francisco en segundos. Parecemos, pero no somos mayoría. Lo confirmamos cada vez que un cardenal agarra el micrófono para saludar a los suyos y los suyos responden: los brasileños, los belgas, los haitianos, los alemanes, los polacos. Ah, okey, hay algo más que nosotros. Mirá vos.
De pronto entra Francisco. Vuelan bebés. Bergoglio ataja, besa, sostiene. Y yo estoy aquí, más que borracha y loca, seducida y abandonada. Seducida por su halo de rockstar, mi ADN maradoniano, un patriotismo rebuscado y un excite loco por una iglesia para los pobres. Abandonada por mi ateísmo, mi marxismo, mis contradicciones, mi fe en el reiki, las cábalas y la política.
Un argentino sentado en una butaca (con actitud de haber comprado una anticipada VIP por Ticketek) putea a otro que se asoma como puede para ver al Papa. El otro se corre pero después recapacita y retruca: vos sos un cheto, le dice. El primero, padre de familia formato Opus, le vuelve a decir que correte, no veo, sin moverse del asiento. El segundo dobla la apuesta en un profundo brote de Luis D’Elia: “Odio a los tipos de country como vos”, tira. El papi no modifica su quietud soberbia. No puede hacer mucho más, está atrapado por los mandamientos del Señor. Adivinen cuál me cae mejor.
Recuerdo las denuncias de Verbitsky, que investiga desde 1999 la actitud de Jorge Mario Bergoglio durante la dictadura militar. También me acuerdo de cuando borraron las notas de la web de Página/12 y la paranoia que nos despertó, aunque el propio periodista aclaró al día siguiente: “Yo pedí al diario que bloqueara los accesos porque no quería darle la información premasticada a la nube de periodistas europeos que cayeron sobre Buenos Aires para preparar instant books sobre el personaje, ya que sigo investigando el tema y no me gusta regalar mi trabajo”. Intento reconstruir, según el imaginario, cuán macrista era Bergoglio hasta que salió el humo blanco y cuán resistiendo con aguante se puso Francisco.
En las butacas delante nuestro hay tres pibes de San Miguel. Vienen viajando por Europa al estilo un día en París, medio en Amsterdam, dos en Berlín y así. Cayeron acá justo en este evento y se metieron. “Queríamos vivir la experiencia. Es nuestro primer viaje a Europa, tenemos que conocer un poco de todo”, nos dice el más flaco, morocho, con la remera de San Lorenzo puesta. Otro, el fachero del grupo, está abstraído con su teléfono, filmando videos para su mamá. “No se ve una mierda, boludo, pero igual a mi vieja le va a gustar cualquier cosa”. El tercero es gordito y cuando nosotros decimos que somos ateos agrega que ellos son católicos, “obvio, pero no de ir a la iglesia y eso”.
“¡Argentinoooo, el Papa es argentinoooo!”, sigue el agite. Francisco habla sobre la juventud, el encuentro en Polonia, la fraternidad, su visita a Auschwitz, la importancia de la memoria. Lo repite en varios idiomas, le van pasando papeles, los cardenales desfilan. Es sobrio, calmo, ordenado. Sólo se desarma en un momento, cuando decide dar(nos) un guiño, como quien habla en la radio por única vez y no se aguanta mandarle un saludito a todos los que lo conocen. “Cómo saben hacer barullo, eh”, dice y sonríe por primera y última vez.