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el fuego que hemos construido

fiesta lindy hop

Fotografías: Ana Luz Crespi

Una vez al año el Teatro Margarita Xirgú recibe personas que gustan de hacer tríos. Se juntan unas 500 y al decir “juntan” me refiero a que están pegados, moviéndose en el centro de la pista, bañados por una luz fucsia. Así, como un ménage à trois, era como el bailarín y prócer del género Frankie Manning definía al Lindy Hop: “Cuando estás bailando con tu pareja, durante esos dos minutos y medio, estás enamorado de tu compañero y de la música. Es un perfecto trío. Ahora el problema es, ¿a cuál de los dos amás más?”. El triángulo amoroso es bastante particular y se compone de tres vértices con responsabilidades bien definidas. Está él, el leader, que marca el ritmo, el pulso, los movimientos coreografiados. Y está la follower, que acompaña el ritmo, el pulso y los movimientos coreografiados. Por último, está la música, que los liga como ingrediente fundamental de la receta. Estamos en la Frankie 103, la fiesta anual que celebra la vida y obra de Manning, donde cientos de personas se reúnen a alimentar la llama del baile dorado de las décadas del 20, 30 y 40.

 

Son las 9 de la noche en el Xirgú, el teatro del Casal de Catalunya. Adentro, empezaron las clases para principiantes y un montón de porteños de entre 15 y 70 años se calzan boinas, tiradores, chalecos y vestidos de época para practicar los básicos de ocho tiempos, el ABC del baile. Rafael Mendaro y Poly Patocchi les muestran, desde el centro de la pista, los pasos para que repitan. Suman una rutina en que la pareja se abraza, gira, vuelve a soltarse y se señala mutuamente: son los Points de Frankie Manning, una serie de pasos característica del bailarín. Aprender a bailar Lindy Hop, explica Mendaro, tiene un nivel de dificultad proporcional a tu expectativa. “Sabiendo muy poquito la podés pasar espectacular –dice-. Ahora, si querés ser profesional, te pasa lo que con otras disciplinas: cuanto más sabés más te das cuenta de cuanto te falta”. Para el docente, una vez que cada uno aprendió una serie de pasos básicos por su cuenta, lo más difícil es lograr la conexión de la pareja. Después, están las características personales: “Hay personas que escuchan la música y sabiendo casi nada empiezan a bailar, y están los que no pueden transmitirle el ritmo al cuerpo. Les decimos los sordos”.

 

La Frankie se festeja una vez al año (en el caso de Buenos Aires, desde 2013) para homenajear a Frankie Manning, bailarín de Lindy Hop que falleció en 2009 a los 94 años, después de alcanzar la fama mundial en su disciplina, pelear en la Segunda Guerra Mundial y convertirse en empleado del Servicio Postal Estadounidense. La organización de la fiesta comienza a principios de año, y en esta edición estuvo a cargo de Leandro Provera, Celeste Plaza, Gabriela Bangueses, Juan Manuel García Huidobro, Guido Solimano, Mariano Ballesteros y Verónica Álvarez: profesores y bailarines de distintas escuelas que buscan mantener activa la chispa que Manning le sacaba a la pista.

 

Entonces estamos en el salón emblema de la cultura catalana en Buenos Aires, tenemos a cientos de porteños nacidos a fines del siglo XX —¡y hasta a principios del XXI!— luciendo boinas, tiradores y vestidos con vuelo. Los tenemos, además, bailando la música que gestó la comunidad afroamericana en Estados Unidos hace más de 50 años y que llegó a los salones más importantes de Nueva York para distraer a millones durante los años de la Gran Depresión. Podríamos pensar que con tanto tráfico en el tiempo y en el espacio esta noche rompemos el continuum.

 

 

Pero al Lindy Hop no le interesan las leyes de la Física, el propio Manning se hizo leyenda al subvertirlas: era 1935 y en el Savoy, el Cemento del género para los neoyorquinos —que quedaba en el barrio de Harlem—, el bailarín estaba inscripto en una competencia de baile que se hacía cada semana. Antes de que fuera su turno para tirarse un paso o unos cuantos, un tal Shorty Snowden, que por entonces era el mejor bailarín del mundo, había hecho un hermoso despelote en la pista. Hay una cosa que distingue a los mejores de los otros y son las respuestas que dan en los momentos críticos. Manning podía salir a bailar nervioso e intentar hacer la mejor versión de la rutina más tradicional, o meter magia y dejarlos a todos sentados de culo. Con 21 años, Frankie decidió ser el mejor: mientras la banda interpretaba Down South Camp Meeting, levantó a su compañera algo agachado para quedar espalda contra espalda, trabaron brazos y él la eyectó por encima de él. Como otros, Frankie se hizo leyenda rompiendo reglas, pero como pocos, lo hizo con un solo movimiento.

 

Para cuando las clases terminan el primer piso está lleno. Los que no bailan, se acodan al balcón a sacar fotos, graban videos, señalan bailarines o parejas y mueven las patitas desde sus asientos. Desde ahí arriba el poder es total: se evalúa como el jurado malo del reality show de baile y la música se disfruta como lo haría un presidente recientemente electo desde el balcón de la Casa Rosada. Mientras en la pista se sigue sumando gente, Ella Fitzgerald canta “Let’s do it, let’s fall in love”, y baja la bandera para que los tríos finalmente empiecen a amarse. Las luces, antes de un amarillo cálido, ahora son rojas y rosas, y en la pantalla Manning aparece bailando en distintas películas, revoleando mujeres por el aire y atajándolas de nuevo con una elegancia que hace que parezca fácil. Pero en el Xirgú, nadie revolea a nadie. Al menos no todavía.

 

 

El cronograma mantiene el ritmo y a las diez y media Rafael, que hasta hace un rato daba clases, se sube al escenario para anunciar la llegada de la orquesta Brazo Fuerte y hacerle un pedido a los asistentes. “Compartan una pieza con alguien que está empezando –dice–. Se lo van a agradecer.” Como la tarea de Frankie, que después de volverse leyenda se dedicó a viajar por el mundo a enseñar sus pasos, la de los organizadores de esta fiesta es integrar a los newbies, a los curiosos y también a “los sordos”.

 

La primera pareja en salir a bailar junta los cachetes, apunta con los codos hacia el cielo, y se mueven hacia atrás y adelante, en un paso de chamamé en 2x, pero con el cuerpo menos pegado. Ella, de camisa blanca sin mangas y pantalón negro de tiro alto, sonríe. Él, de camisa azul, tiradores y moño rojo, está en lo mismo. Y se puede entender por qué Manning militaba el Lindy Hop como una medicina: “Nunca vi a un lindy hopper que no estuviera sonriendo. Es un baile feliz. Simplemente te hace sentir bien”. Así se lo ve en un viejo tutorial en sepia rescatado en Youtube, donde baila, explica sus pasos y, mientras tanto, se ríe a carcajadas.

La escena del Lindy Hop es de corta e intensa data en la Argentina. Surgió con fuerza después del 2000 y hoy tiene epicentro en Buenos Aires, aunque hay varias escuelas en La Plata, Córdoba y Mendoza. A nivel regional, a pesar de tener importante agite en Brasil, la movida más fuerte se concentra acá. En términos globales, según Celeste Plaza –profesora y co-organizadora del evento– la papa está, créase o no, en Corea del Sur. “Los primeros profesores de acá empezaron rescatando VHS –se acuerda–, fue una cosa muy a pulmón con mucha menos información de la que hoy tenemos en internet”. Celeste está en la organización de esta fiesta desde el principio, cuando hace 4 años se celebró la Frankie 99 –por los años que hubiese cumplido el bailarín–. Para la Frankie 100 se fue con otros compañeros al festejo que se hizo en Nueva York: fueron cinco días seguidos de fiesta, clases y charlas con gente de 33 países del mundo. En su ciudad natal la fiesta se celebra desde 2009, y se inauguró con un masivo Shim Sham (un número tradicional que hacía Manning), bailado en grupo en el Central Park con un total de 2000 bailarines, razón por la cual entraron al récord Guinness.

 

Cerca de las once de la noche empieza la jam. Todas las parejas forman una ronda, y de a una van entrando al círculo. Se meten con movimientos rápidos y ahora algunas bailarinas van a empezar a tomar vuelo. Desde afuera los arengan porque hay mucha energía para quedarse quietos. Flamean volados, polleras, sacos y corbatas. Al final se quedan bailando unas seis parejas y la jam termina con bailarines que se abren de piernas. En los palcos se aplaude cada vez más fuerte y se escuchan aullidos. Como lo hacía más temprano Manning en la pantalla, ahora ellos hacen que parezca sencillo tocar el suelo con la pelvis.

 

Las luces vuelven a ser claras y la música baja un momento para un anuncio: todos juntos van a bailar el Big Apple, otro de los hits de Manning. Al frente se ponen los profesores y los bailarines más avezados para que el resto los sigan. Bailan todos: están Martin González, de 14 años, y Josefina Saavedra, de 19, que empezaron a bailar en febrero en un estudio de danza platense. También está Claudio Hofman, de 59 años, que baila desde hace un cuarto de siglo, cuando el circuito de Lindy Hop en Buenos Aires todavía era un secreto.

 

 

Cerca de la una de la mañana empieza el momento más esperado de la noche. Dieciseis parejas armadas al azar van a bailar trece rondas de unos pocos segundos cada una, con una cantidad de beats por minuto que irá en ascenso. En cada tanda, además, las parejas cambian, así que no hay tiempo de alimentar ninguna conexión: hay que entenderse rápido, proponer el paso, recibirlo de inmediato y ponerlo en el cuerpo con la mayor elegancia y energía posible. Se paran en fila enfrentados los 32 participantes, las mujeres se mezclan y cuando Rafael lo indica empiezan a quebrar rodillas, juntarse y desenvolverse por la pista del Xirgú hasta que la música frena y un miembro del jurado retira a una pareja. Se baraja y se da de nuevo, en una canción que en cada etapa más a las chapas. Cada vez menos parejas siguen en competencia, y en cada ronda necesitan más agua, atarse el pelo más ajustado, pasarse algo por la cara que les seque el sudor. Quedan tres parejas y lo define todo el aplausómetro, pero el nivel es tan parejo que requerirá dos rondas. Uno de los finalistas ya se ató la corbata a la cabeza y te hace pensar en Daniel Larusso antes de salir a pelear contra Johnny Lawrence en Karate Kid, o en el propio Frankie saliendo a la pista después de Shorty Snowden en el Savoy. Y algo se habrá tomado en serio porque el público finalmente lo elige ganador.

 

Desde hace cinco horas, casi todo el Xirgú –menos los perezosos que observamos desde el palco– está bailando, la temperatura ya subió varios grados, pero todavía queda algo más que hacer para prender la mecha que dure hasta la próxima Frankie: es el Shim Sham, esa coreografía que metió a los lindy hoppers de todos lados en el récord Guinness lo que se baila al final de la ceremonia. Ya están sueltos, mirando hacia el escenario, a una altura de la noche en que se desabrocharon varios botones, se arrugaron vestidos y se humedecieron las prendas. Para las tres de la mañana, antes de que se vacíe el teatro ya lo sabemos: el vértice más amado del triángulo amoroso del Lindy Hop es el que produce la orquesta.

 

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