
Por Emmanuel Videla y Soledad Arréguez Manozzo
Un día de octubre de 2010, Luciano Mansur se las tomó. Colgó el traje de oficinista y se puso la nariz de payaso. Así, de una, se fue para el norte argentino y, desde ahí, se tiró un lance por los caminos de Latinoamérica. Este chabón criado en Pilar se define por las aventuras y el trote. ¡Vaya trote! El viaje es “el peligro de estar vivo”, precisa, y le podríamos sumar a la sentencia lo espontáneo, porque nunca supo dónde iba a terminar cuando comenzó a recorrer Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela y Brasil. Otra vez Perú y Bolivia, y así hasta regresar a la Argentina.
Mansur es un fuera de serie. Se caga de risa. Tirado en el suelo de la plaza Monseñor de Andrea, en Recoleta, con un mate, a este clown lo mata la indiferencia de los que pasan por la calle y de los que no sienten nada por nada, de a los que no se les mueve un pelo. Pequeño detalle: escuchar a Mansur es todo un espectáculo. Le brota lo clown, su ADN es ése. De una, estalla de risa, pero no siempre fue así. “Sentía que tenía que irme. Tenía todo el trabajo del mundo acá. Trabajaba para el Ministerio de Cultura, además de las clases de teatro. Viajaba en avión. Hasta fui a un colegio católico, que me lastimó mucho. Te niegan la historia. Estaba muy tapado, la vida no es esto. Había mucho más y eso lo descubrí después”, relata este payaso de 29 años, egresado de la Escuela de Teatro Andamio/90.
Así transformó al teatro en su vida. Fue el instrumento para encontrarse consigo mismo, en cada pueblo, en cada trabajo, con cada persona. “Fue mi camino ―cuenta―. Trabajé de muchas cosas antes de hacer teatro, pero encontré ese lugar que me expresa… es el arte como transformación social”. Renunció a todo y, sin meditarlo tanto, partió.
―¿Tuviste que laburar mucho para mantenerte? ¿Cómo bancaste el viaje?
―En el camino, estaba en Sucre, viviendo en la casa de un payaso. Ya estaba trabajando en un negocio de harina. Me levantaba a las cinco de la mañana, bajábamos bolsas de 50 kilos en el lomo, comía en el mercado campesino, en los agachaditos por tres pesos. Los indígenas no entendían qué hacía un gringo ahí. Ahí empezás a ver las manos, la historia de los hombres, la historia de nuestra tierra, más apegado a Latinoamérica, al terruño. Todo eso es raíz. Y la historia también la tiene. Empecé a investigar sobre las cosas que no aprendíamos. Ahí se me ocurrió el teatro de insurrectos latinoamericanos, de teatro indigenista, de insurrección. Me dije: “Yo soy guerrillero, pero no quiero las armas para el cambio”.
INTEGRACIÓN ARTÍSTICA
De ahí, cayó a las artes escénicas, pero no en las tablas encerrado en una sala, manifestación artística que no desmerece. En tono conciliador, afirma que no es lo suyo: “No me cabe”. Ahora sí, ya no es el “teatro de los insurrectos”, sino que se carga el grupo del Teatro de Integración Latinoamericana, un movimiento que armó con tantos otros payasos a medida que fue conociendo los rincones de América. Se mimetiza con ese movimiento que hizo surgir en el golpe a golpe del viaje. “Con lo cotidiano y el teatro de calle nos acercamos más a la gente. Los buscamos y los enamoramos, porque a pesar de que no tengamos grandes recursos, nos enfocamos en la actuación, que es lo más importante.” El cuerpo lo es todo, y así lo vivieron los venezolanos de Puerto la Cruz, Valencia, Tucupita, Guanare y los Valles del Tuy, algunos de los escenarios, las calles y las plazas que recorrió, casi sin un mango.
No es cualquier país, para Mansur, Venezuela. Descansa allí, “el Visionario” ―el comandante Hugo Chávez―de la “patria llena de amor”. Tampoco se privó de estar junto al espectáculo La Rumba Varieté, en el pintoresco parque caraqueño Francisco de Miranda, donde también fue recibido por “toda esa gente linda”. El payaso estaba en acción y ese mismo impulso lo llevó al Parque Central y a la Universidad Nacional Experimental de las Artes, en el marco de festivales de títeres y clowns.
De un salto, de tierras bolivarianas pasó a Colombia, país donde este clown viajero le da fin a sus andanzas por los países hermanos. “Todo es autogestionado allá”, apunta. Esas tierras donde existen maratónicas sesiones de narraciones orales en universidades, en plazas y calles, se mezclaron con la alegría y la garra que llevaba el payaso que confronta también con el poder de turno. “Yo apoyo a Cristina Fernández de Kirchner, pero soy muy crítico. Mañana voto y al otro día también estoy en la calle diciendo que no quiero la ley antiterrorista”, explica. Se da cuenta que se metió en un quilombo cuando se refirió a la política, no porque no tenga cómo fundamentarlo, sino porque se estaba concentrando en la evocación de ese viaje interminable. Cae devuelta y siempre que relata es imposible que se separe de sentir a las personas como parte fundamental de su arte: “La gente en Colombia pone de todo para que comas y que puedas llegar a los pibes. O en Perú, en el cerro. Un festival para cinco mil personas. Compartís todo en la villa más extrema del Perú”.
HUMOR DE AQUÍ Y DE ALLÁ
―¿Qué te sorprendió en las intervenciones callejeras?
―El humor. Todo es diverso. En Cuzco, en las plazas, los humoristas se burlan del público, pero los machos se la bancan. Te están bardeando y se quedan. Bueno, es el humor que les gusta. En Bolivia, el humor es más chabacano. A la mujer se la ve desde una visión machista. Te empezás a mimetizar con los acentos. Podés hacer una antropología del público. Acá, el teatro está en la ciudad, dicen que es más sofisticado, pero la verdad es que la ciudad se chupó todo siempre.
―¿En Buenos Aires qué encontrás?
―Si yo digo: “Estoy acá y la plaza se derrite. Caen gotas. Acá triste, solo”. Si te ponés a decir esto, es porque están al pedo en tu casa, tenés guita y te ponés a hablar de estas pelotudeces. Y es muy violento por un lado, pero no quiero estar en esa vereda. Tampoco estoy bardeando a ese tipo de teatro, no es lo mío. En cambio, en el afuera te encontrás la espontaneidad de la gente.
―En esa mirada de los otros tipos de hacer humor, ¿podés definir lo que hacías?
―Si lo miramos desde el etnocentrismo argentino, el teatro que hice es una cagada. Pero ahora, si unos pibes se juntaron para hacer teatro, en lugar de fumar paco, e intuyeron, sin ningún maestro, es diferente. Digo: ¿qué ponés en la balanza? Fui a muchos festivales comunitarios y creo que ahí está el valor.
―¿Qué te llevaste de los barrios?
―Me gustó mucho trabajar con los chabones a mí lado. El barrio siempre me saca las eses. Cuando me viene la magia, en la calle, es la potencia. Capaz esa fugacidad es mucho más valiosa. A veces siento que acá hay mucha gente que quiere ser actor, pero como un osito, es decir, que pongan una moneda y que te saquen y te pongan como quieran. De algún lado me pega. Todo el tiempo lo reviso. ¿Qué apuestas tenés? Sos excelente actor, pero no podés dormir en tu casa tranquilo.
Pese a tanto trote, corridas y pateadas por las calles de Latinoamérica, aún así Mansur no olvida sus raíces más cercanas, esa Buenos Aires “mística y llena de cemento”, según la pinta. “Acá, muchos pibes ponen mucha plata para hacer teatro y encima cuando terminan, no pueden vivir de eso. Terminan animando de Harry Potter en los cumpleaños. Sólo dos trabajan en la televisión y morfan de eso. El resto se queda laburando en otro lado, en el call center, donde te cagan explotando”, lamenta Mansur.
Un poco más de aliento le queda a este trotamundos, y se explaya por otras experiencias teatrales que conoció, que fueron negadas cuando se encontraba en la vorágine de la Ciudad de Buenos Aires. Se detiene. Ahora califica y, sí, enumera: “Hay muy poco teatro muy bueno. En Perú, en el grupo Yuyachkani. En Ecuador, el grupo Malayerba. El Teatro de los Andes, de Bolivia. En Venezuela, La Barraca. Todos descentralizados”.
Pero todo llega a su fin, en parte. Después de la gira por Latinoamérica, a fines del año pasado, regresó a la Argentina y decidió tirar los bolsos en el placard, aunque, esta vez, ya no regresó a la oficina, sino que siguió con la nariz roja. “Volví a fines de septiembre. La Argentina está caliente, me quise a quedar a aportar acá historia. Hice todo el resto para hacer esto”, reflexiona.
Fuente: NaN #13 (julio-agosto 2013)