Por Sergio Sánchez
Fotografía de Agencia NAN
Buenos Aires, octubre 23 (Agencia NAN-2008).- En general es impensado creer que, mientras camina las calles del barrio como cualquier día, uno puede toparse con un escenario a punto de dar vida a una creación artística con entrada libre y gratuita. Sin embargo, no lo es así para los hacedores del teatro comunitario, quienes durante octubre realizan en barrios porteños el 7° Encuentro de Teatro Comunitario, organizado por la Red Nacional que nuclea a los colectivos que integran esta disciplina. El pasado fin de semana, el encuentro artístico tuvo lugar en el Galpón de Floresta, un espacio recuperado por un grupo de vecinos-actores que pese a los reiterados intentos de desalojo por parte del Gobierno porteño lo convirtieron en un centro cultural que funciona como sala de ensayo y escenario artístico del colectivo El Épico de Floresta.
A ese espacio se acercaron ancianos, adultos, adolescentes y niños para participar de las funciones a cargo de las compañías Catalinas Sur, Los Tololos Sanos y El Épico de Floresta. También, el público pudo disfrutar de una proyección sobre el teatro comunitario y de una interesante muestra fotográfica con escenas de obras teatrales realizadas en las ediciones anteriores. Orlando Santos, director artístico de El Épico de Floresta, le explicó a Agencia NAN que “la esencia de la iniciativa radica en que los vecinos, en lugar de quedarse en sus casas mirando a Tinelli, tienen la posibilidad de encontrar un espacio para desarrollar su actitud creadora”.
Es que el teatro comunitario es una experiencia contra-hegemónica que tiene como principal objetivo la creación artística como herramienta de transformación social. Por eso, no fue casual que el mensaje final de los integrantes de la agrupación Catalinas Sur fuera coherente con ese ideario: “Hay que pensar, discutir y hacerse cargo. Nuestro futuro está esperando. El pueblo, el barrio tiene que hacerlo. Hay que sentarse y debatir lejos de los poderosos”.
Catalinas Sur, pionera en esta disciplina nacida hace un cuarto de siglo, fue la primera compañía en pisar las tablas simbólicas, ya que el escenario fue el piso. Los de La Boca no se hicieron rogar y salieron a escena a la hora pautada con la obra teatral-murguera La Catalina del Riachuelo. Tampoco se hicieron rogar con las palabras, ya que presentaron un discurso muy crítico de las problemáticas sociales. Con una puesta en escena simple y un mensaje claro, los casi cincuenta actores representaron con humor temáticas actuales como el uso masivo de celulares, la ley antitabaco, el conflicto entre el Gobierno y las entidades agrarias, la sobreexplotación de los recursos naturales y la acumulación de dinero y bienes.
La estructura de la obra diferencia a tres grupos de personajes: el pueblo, los representantes del Poder y un comité de diablos que se encargaban de presentar el conflicto de cada acto. Una línea argumental con eje en la crítica directa. En este sentido, las canciones de murga denunciaban: “dominación, confusión, destrucción y miedo”; “gastan miles de morlacos en la ley antitabaco y los pobres fuman paco ¡Se les quema la saviola!”; “Es un poco asqueroso el mundo sojero ¿Quieren ser ricos? Exporten soja ¿Y la gente qué va a comer? Eso no es asunto nuestro, es problema del Gobierno”.
Este movimiento cultural no sólo brinda la posibilidad a los vecinos de involucrarse en el proceso creativo, sino que también abre las puertas a quienes no tienen la oportunidad económica de pagar una entrada al teatro. “No voy al teatro desde que iba al colegio”, le comentó casi al oído un hombre a su compañera. Mientras tanto, la murga representaba en escena el capitalismo: “Poder y dinero completan la exacta supremacía que permite la pobreza”.
Cuando el sol comenzaba a ceder llegó el turno de la segunda obra, Historias tolosanas, interpretada por el colectivo Los Tololos Sanos. Con actores que promediaban los 50, la obra fue un recorrido histórico por los acontecimientos políticos y sociales que sucedieron en la localidad bonaerense de Tolosa. Ambientada a comienzos del siglo XX, los vecinos-actores representaron con un correcto despliegue escénico huelgas obreras, el trabajo en los talleres ferroviarios y las actividades en clubes barriales con el fin de preservar la identidad de su lugar de origen. “Somos de un barrio histórico y estamos muy contentos de estar acá. El teatro comunitario siempre apuesta a la transformación diaria y cotidiana. La forma es juntarnos y pensarnos de otra manera”, reflexionaron entre aplausos los tolosanos.
A esa altura, el amplio galpón de Floresta ya refugiaba a una gran cantidad de vecinos que esperaban ansiosos, entre mates y facturas, la actuación del último grupo de la jornada, El Épico de Floresta, que presentó su espectáculo teatral Cachuso rantifuso, basada en el cuento de Carlos Nine. Coordinada por Orlando Santos, uno de los impulsores del teatro comunitario, la obra narró, con elementos de tango y folclore, la historia de un cantante que se fue de su lugar de origen para triunfar en la gran ciudad. Pero la riqueza de la obra estuvo en la constante interacción entre el público y los actores. En realidad, la distinción entre intérprete activo y espectador pasivo fue siempre difusa, debido a que todos eran vecinos del barrio y tuvieron una cuota de participación.
Tal es así que en una escena ambientada en una milonga los vecinos-actores invitaron a bailar a los vecinos-espectadores y ya no se supo qué rol ocupaba cada uno.
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