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El Abuelo en El Galpón.-

Más allá de que el título pueda recordar una típica postal familiar del nono yendo a por el martillo, lo que este artículo de Agencia NAN reseña es el recital que la banda lomense ofreció como festejo por sus diez años de carrera, el domingo pasado en ese centro cultural de Banfield, en el conurbano sur.

Por Facundo Gari
Fotografía de prensa El Abuelo

Buenos Aires, octubre 21 (Agencia NAN-2008).‑ El anciano llegó pasada la medianoche, dos horas más tarde del horario que indicaba la entrada, tres si hubiera adelantado su reloj al horario K. Se paró frente a un patovica que separaba el adentro del afuera parado firme en la entrada al centro cultural El Galpón, en Banfield, donde la banda de rock El Abuelo celebró la madrugada del domingo una década on the road.

Invitado especial decía la anticipada del anciano. El patovica la ojeó y le permitió el paso, que lento lo depositó en el centro del salón, rodeado de 200 personas que aguardaban entre vasos de cerveza, humo y rock argentino, el comienzo del recital de la homenajeada agrupación de Lomas de Zamora. Ya con un fernet con cola en la mano, comenzó a circundar el salón, distraído por los cuadros que colgaban en las paredes de la sala, obras de artistas locales que concurren allí a talleres de pintura. Revisó el escenario: un playón de tablones elevado a medio metro, sobre el que estaban repartidos diez altoparlantes, algunas guitarras, tres micrófonos, una torre de luces en cada ángulo frontal del plató y un proscenio poco más de dos metros superior, en el que reposaban adiamantados por los destellos los cinco cuerpos y demás platillos de la batería.

Detrás de aquel altar, un grupo de seis jóvenes fanáticos (nietos) colgaba unas banderas con el logo tribal o la inscripción de la letra de alguna canción de la banda. El viejo también se acercó a una mesita ubicada contra la pared derecha de la sala, con sus ojos a mitad de camino entre los prendedores y remeras que allí se exhibían y la joven que los vendía. En eso estaba el anciano cuando apareció sin anuncio La Monstruo, uno de los personajes que el actor Diego Mazurok interpreta antes de cada recital, desde el origen de El Abuelo. Con un peinado aún más estrambótico que el de Bill Kaulitz, más maquillaje en el rostro que Piñón Fijo y luciendo corsé y tacos aguja de sex shop, la travesti rocker recorrió el salón a los abrazos, besos y flashes requeridos por los fanáticos.

El anciano la observaba atónito, entre el espanto y la fascinación. Un saludo lo sacó del trance: antes de que pudiese reconocerlo, Mauro Bossio, uno de los guitarristas de la banda, ya estaba contándole que en breve arrancaría el show y, también, que los músicos habían llegado al centro cultural al mediodía para preparar todo para el recital. “Trabajadores del arte”, El Abuelo dixit. Recién cuando Mauro se despidió, el viejo pareció reconocerlo.

Ya eran las 2:15. La había perdido de vista, pero siempre centro de las miradas, no era difícil encontrarla. La Monstruo junto a un asistente lookeado con una ajustadísima calza blanca y una remera hasta el ombligo, subió a un escenario de dos por dos a la izquierda del principal y pidió atención. Tanto del cuello de ella como del de su partenaire colgaban unas keyboard guitars de madera balsa y teclas pintadas. El playback de “Soy una punk”, de Aerolíneas Federales, acompañado por la mímica y contorneo de los actores, devino en un sketch en clave Todo x $2. “Asusto a las viejas/ y me pinto de azul/ Yo hago lo que quiero/ porque soy una punk”, emulaba la travesti. La presentación duró lo que dura la canción y finalizó con los instrumentos falsos hechos añicos contra el suelo.

Cinco minutos después, el público estaba nuevamente disperso pero más anhelante de rock que antes. Sobre la pared izquierda del salón, el anciano observaba a los nietos en su ritual: se reían y gesticulaban, bebían cerveza y fumaban, canturreaban coplas del cancionero de El Abuelo. Así hasta que las voces y los cuerpos se unieron frente al plató en el estribillo de “La ira de Pierrot”, de La violenta tristeza que usted inspira, único disco de la banda: “Ríe cuando ríe/ ríe ja, ja, ja/ Ríe cuando llora/ ríe ja, ja, ja”. Y detrás de la bandera que agitaba un fanático sobre la multitud, aparecieron los músicos, y las luces rojas y verdes encendieron sus rostros. Pronto, el bajista Leonel Bossio, los guitarristas Maximiliano Fava y Mauro, la violinista Agustina Costa, el cantante Vladimir “Pollo” Mazurok y el baterista Julián Ocampo en lo alto, acoplaron el cántico del auditorio con la melodía de sus instrumentos. Así comenzó el recital.

Desde el principio, con el preludio tropical de “La ira de Pierrot” y la cita casi macabra a “Me gustas cuando callas”, de Pablo Neruda, al zapato del anciano lo pudo el ritmo. Pegadito, la banda interpretó “Pozo Ciego”, que le dio al “Pollo” la oportunidad de lucirse con la armónica. “Ves que no es más violento/este invierno que aquél”, cantó el frontman mientras el público pogueaba sobre la sombra de los músicos.

“Buenas noches, Banfield. Como aquel padre que tiene un hijo feo y lo ve lindo, de la misma manera nos vemos como la banda más importante de zona sur. Perdónennos, así somos”, enfatizó jocoso el cantante, pisado por los eminentes acordes de “Caño de escape”. La emotividad del violín, los lacerantes punteos de Fava, la firmeza del bajista y la contundencia de los parches en “Pedro”, “Mandarinas” y “Gris llanto” continuaron con el festejo. Los cambios repentinos y el estilo circense-teatral de la banda comenzaron a filtrarse hasta los huesos del anciano, que ya intentaba sin éxito perseguir las melodías con un balbuceo. Cada tanto, se daba vuelta y le sonreía a quien chocara, aprobatorio. Eso hizo cuando Vladimir anunció una la inédita “Magda y los piadosos”.

Pasadas las 3, el “¿Y a vos qué te pasa?” del estribillo de “La batalla macabra” dejó a media concurrencia afónica. “Elegía del cautivo” y “Brazas” rebotaron en el zinc del cielo gris del salón. Y “Rock nacional” recargó las gargantas: “Gente de rock, quiere zafar en la escena nacional/Metálicos, rastas y pop/ punkies y algunos stones (¡y electrónicos!)”, enumera la canción. Antes del descanso, los músicos interpretaron “Como una gorgona”, “Por vos hubiera cometido el más atroz de los pecados”, “Considerata” y “Milonga a tu presencia”, sin el mínimo atisbo de cansancio y con la sincronización que requiere el estilo ecléctico y complejo de sus composiciones.

El fernet le apretó la vejiga al anciano, que se pasó los 15 minutos de corte en la fila del baño. Se lo notaba contento, extasiado, rejuvenecido. Viejo fiestero, al salir se encontró con una figura más sobre las tablas: el saxo del “Turco” Férez, de La Catramina de Ambrosio, para participar en “No tiene sentido”. Tras “Lúdica” y “Febrero” el anciano le preguntó a un adolescente de remera con la cara de Jim Morrison si el coro “lloran las zapatillas que mece el viento/de los que te fueron a ver a vos”, del tema “Fardo R10”, tenía algo que ver con el incendio en Cromañón. El pibe levantó los hombros y siguió con su bailoteo.

El punto máximo de excitación fue casi al cierre el show, cuando el auditorio adivinó el hipnótico riff de “Hipólito”, cuyo video resultó ganador en la batalla virtual que propuso la última edición del Cosquín Rock para elegir una banda del under nacional. Las chicas se subían a hombros de los chicos y enloquecían; todos saltaban y todos cantaban. Los músicos se miraban y sonreían cómplices. “Los ángeles insípidos que calan en tu cráneo/inverosímiles, inútiles, fanáticos/se tragan la pésima hiel de su vómito/asegurando que es un ácido narcótico”, entonó Vladimir con la voz más rasposa y más enérgica que nunca.

Las luces relampagueaban y, en un flash, el anciano se perdió de vista. Hacia el final, con las interpretaciones de “Marzo” y “Tu rock loco”, se lo vio agitando una bandera entre el público. El pibe de la remera de Jim Morrison se acercó a otro a su lado: “¡Miralo al abuelo ése! ¡Se piensa que tiene diez años!”.

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