
Por Juan Ignacio Sapia
La religión, como tantas otras cosas, se estructura a través de ficciones: relatos bíblicos, cosmogonías, parábolas. Todas estas ficciones se nos aparecen institucionalizadas, dictadas desde dentro de paredes eclesiásticas. Con los santos, por supuesto, pasa lo mismo. El proceso de canonización, que debe atravesar cualquiera que quiera ser santo, es largo y absolutamente a merced de los tiempos y los caprichos eclesiásticos. ¿Pero qué pasa con las ficciones de santidad construidas por fuera de la Iglesia? Este tipo de santos, a diferencia de los oficiales, muestran una religiosidad distinta, mantenida a base de fervor popular, algunos sacrificios y un culto sostenido en el tiempo. ¿De qué manera contar, entonces, este tipo de religiosidad, tan ligada a la necesidad personal de una creencia, tan inestable y a la vez tan íntima, como cualquier manifestación popular? La antología Paganos (Editorial Alto Pogo) se construye en torno a esa pregunta. A lo largo de dieciséis cuentos, los autores convocados (la mayoría nacidos en la década del ‘80) recorren la vida de distintos santos. Está Gilda, sí, pero también aparece Almita Sibila, una jujeña asesinada en 1908. O La Telesita, santiagueña incendiada durante un baile.
“La apuesta era desarrollar un gesto artístico que diera espacio a lo no consagrado en términos religiosos y, en simultáneo, generar un libro capaz de mantenerse en el tiempo. También hubo una búsqueda por exponer el tinte democrático que hay en la elección de los santos populares. Hay algo maravilloso en la posibilidad de encontrar una respuesta al dolor, a la desesperación, en alguien surgido del mismo pueblo que sufre”, explica Patricio Eleisegui, que estuvo a cargo, junto a Marcos Almada, de la selección de textos.
“Hubo una búsqueda por exponer el tinte democrático que hay en la elección de los santos populares. Hay algo maravilloso en la posibilidad de encontrar una respuesta al dolor, a la desesperación, en alguien surgido del mismo pueblo que sufre.” P. Eleisegui
En los cuentos de la antología encontramos tres maneras de acercarse a lo sagrado, tres formas diferentes de narrarlo: algunos autores optan por escribir la vida del santo, mostrar un episodio en la vida del personaje. Es el caso de Natalia Rodríguez Simón, que reconstruye la historia clínica de Adrianita Taddey, una nena de Florencia Varela que, durante su internación por hemiplejias, ayudaba a otros enfermos, además de mantener conversaciones con la Virgen María. La segunda manera de contar lo sagrado es desde los bordes de lo biográfico: el santo se construye desde la mirada de un personaje lateral, se lo narra indirectamente. En su cuento, “La sangre en las manos”, Nicolás Ferraro cuenta la historia de Pancho Sierra, un curandero del interior de Buenos Aires, a partir de Bayés, un cuchillero que es sanado por el santo. El tercer grupo elige escribir la manera en que lo sagrado sobrevive: esquivan el relato de época, se sitúan en la actualidad y cuentan los ecos de lo sagrado, la manera en que la santidad perduró, o la manera en que irrumpe sin previo aviso. Manuel Megías, en “Oscuridad”, cuenta la historia de un tipo que en un prostíbulo es poseído por Juan Bautista Bairoletto, el santo de las putas.
“Entre los dieciséis es posible ubicar desde narradores hasta poetas. Incluimos escritores de fantástico, western, fantasy, terror, entre otros géneros. Cada uno fue bastante fiel a sus antecedentes pero con la amplitud para interactuar con cada santo.” Las palabras de Eleisegui sobre los autores convocados pueden aplicarse también a los santos paganos. Se ubican en épocas diversas —que van desde el mil ochocientos hasta la década del noventa— y diferentes geografías —que abarcan el desierto sanjuanino, un hospital del conurbano, un campamento rionegrino o una ruta a Chajarí—. Sin embargo, todas las historias están teñidas por la tragedia, la miseria, la venganza. Como si fuera una misma historia que se va repitiendo a lo largo del espacio y el tiempo. Y ahí, en esos personajes marcados por el horror, la devoción popular encuentra a sus santos. Lejos de la canonización cristiana.