
Por Marcelo Acevedo
En el —hoy no tan lejano— año 2023, París se encuentra bajo el yugo de un régimen fascista encabezado por el autócrata Jean-Ferdinand Choublanc. Una nave-pirámide habitada por antropomorfos dioses egipcios pende del cielo, sin combustible, y un astronauta cae a tierra tras 30 años de hibernación en el espacio. Toda esta desbordante imaginería —salida del cerebro de Enki Bilal y plasmada en el cómic La feria de los inmortales— fue, según el propio autor, una temprana influencia para todo su arte posterior. ¿Cómo no esperar entonces obras tan copiosamente originales como Angela Della Morte de una persona que a los 10 años se “instruía” con La feria de los inmortales?
Salvador Sanz es uno de los autores más virtuosos y arriesgados del actual panorama de la historieta nacional. Con un trazo totalmente reconocible, dibujos hiperrealistas y un nivel de detalle difícil de encontrar entre los miles de dibujantes de nuestro país, supo ganarse un lugar en el corazón de los adictos al cómic con Desfigurado, historia que hoy es de culto y que en su momento fue publicada en diferentes números de la revista Catzole, aquel emprendimiento independiente y autogestionado que llevó adelante con hidalguía y sobre todo mucha pasión en los complicados años ‘90, década del derroche pero fundamentalmente de las carencias. Hoy, a casi 20 años de aquella aventura cultural, Sanz es un autor reconocido y respetado, una de las figuras fuertes del panorama y una referencia obvia a la hora de hablar de la historieta de calidad.
“Desde chico me gusta leer historietas. Tenía un hermano mayor que dibujaba mejor que yo y lo tenía como modelo, trataba de imitarlo. Siempre me gustó contar con la imagen. Iba por el lado narrativo más que por el aspecto formal de la plástica”, cuenta Salvador sobre sus inicios en la historieta. “En esa época no tenía tan definido lo que iba a hacer, pero en la adolescencia empecé a hacer historietas, tuve mucho más claro hacia donde iba. Y desde ahí ya no paré. También visualizaba terminar en la animación o en el cine, medios narrativos. En realidad, lo que yo quería era contar historias través de la imagen”.
—A mediados de los ‘90 te embarcaste en un proyecto típico de aquellos tiempos complicados, en los que la cultura under no tuvo más remedio que florecer. ¿Qué podés contar de la experiencia de la revista Catzole?
—Los ‘90 fueron un momento jodido para la historieta. La edición independiente, el fanzine, era la única opción si querías editar en la Argentina. Yo me sumé a Julio Azamor y junto a Javier Rovella empezamos a editar la Catzole. Al principio era una revista súper amateur, con todo pegado a mano tipo collage y fotoduplicación. Hacíamos una tirada de 100 ó 200 revistas. Después nos lo empezamos a tomar muy en serio porque la revista empezó a llamar la atención. Nos inventamos nuestra propia forma de venta y distribución: íbamos con el bolso lleno de revistas y las dejábamos en las librerías y comiquerías que recién empezaban a aparecer.
“En mis historias me gusta que queden muchos tornillos flojos. Pero es contraproducente, porque hay gente que lo odia, que necesita el final feliz por una cuestión cultural, porque siempre nos dieron eso.”
—De esa revista se desprende una obra muy importante para tu carrera: Desfigurado. Hoy es considerada de culto por, entre otras virtudes, tocar temas como la percepción de la realidad, la manipulación de los seres humanos por entes ajenos, el iniciado o elegido y la resistencia de un grupo de rebeldes que sabe la verdad, tópicos que remiten directamente a Matrix. Teniendo en cuenta que la película de los Wachowski todavía no existía, ¿cuáles fueron tus influencias al momento de escribir esa historia?
—En realidad, Desfigurado empezó con un personaje anterior que se llamaba Carnívoro. Después, en el ‘96, ‘97 empecé a publicarlo en la Catzole y terminó en el último número. Matrix claramente no fue influencia para Desfigurado, pero creo que ambas realizaciones tuvieron las mismas fuentes. A mí me gusta mucho un escritor norteamericano que se llama Philip K. Dick, que trabajó una ciencia ficción filosófica, cuestionadora de la realidad. Ese tipo de planteos aparecen en Matrix. Para los que conocían a Dick no era nada nuevo, pero mucha gente salía del cine y me decía: “Boludo, hay una película que es re parecida a lo que estás haciendo vos” (risas). Por ahí era nuevo para el cine el meterse con esas cosas, pero para mí Ubik es La Biblia. Leí ese libro cuando era muy pendejo y me voló la cabeza, y cada tanto lo releo para saber si era tan bueno… y sí, es increíble.
—En tus obras la violencia siempre tiene un tratamiento particular. Trabajás lo deforme, lo monstruoso y la muerte de una manera tan esmeradamente estetizada que lo que se ve horroriza pero cautiva al mismo tiempo. ¿Es tu intención lograr ese efecto?
—En la época de Desfigurado estaba muy interesado en las películas de Dario Argento de los ‘70, que tenían una estética terrorífica pero rara, personal. Se ve esa influencia. Quería que la historia tuviese violencia, pero violencia con estilo. Me gusta el género, la ciencia ficción, el terror, pero siempre me gustó la huella del autor. Entonces me atrajeron las personas que le encontraron la vuelta al género, como Dick o Argento. Una de las cosas que más me gustaban de Argento era que los crímenes eran como una obra de arte, con una puesta en escena teatral y sangre rosa. Yo con la violencia tengo una historia. Ahora por ahí estoy más cauteloso, me doy cuenta que no estoy tan violento. Pero siempre quise mostrar la violencia como algo dramático o terrible.
—Muchos años después llegó Legión, que fue la primera novela gráfica que presentaste, tu primer libro como autor.
—Legión fue una novela gráfica que hice directamente para Ivrea. En esa época a la editorial le estaba yendo muy bien y lanzó una línea de cómics nacionales. Hubo una convocatoria, yo presenté una sinopsis que me rebotaron, que iba por el lado de la ciencia ficción. Me dijeron que querían una historia de terror. Me pareció buenísimo porque a mí me encantan las historias de terror. Ahí presenté el guion de Legión, les gustó; y después todo pasó en el trascurso de un año. No es una historia tan larga, es la más corta que escribí porque también dependía del formato de las páginas.
—Legión narra una historia en la que el arte es la puerta de entrada a seres de otra dimensión que traen destrucción y muerte. ¿Cómo surgió la idea?
—El nombre me surgió de un volante que me dieron en la calle. Venía una banda de metal, no me acuerdo cuál, y en el volante decía “somos legión”. La palabra me impactó. Tengo varias obras de esa época en las que el arte es la excusa para desatar algo. En Desfigurado el arte era la forma de llegar a la divinidad. En el corto animado Gorgonas aparece un grupo de chicas, una especie de pop stars al que de pronto algo le pasa. Ellas se terminan transformando en una cosa horrible y a través de la música llevan el horror al mundo. Legión va por ese lado, está conectado con esas obras. Es el arte al servicio del mal. Por supuesto, Legión está muy influenciada por Lovecraft, que me gusta mucho.

—Y por H. R. Giger.
—Sí, totalmente. Si te gusta el terror, Giger es un autor muy complicado. Alejarte, desprenderte de su influencia es difícil. Es una influencia muy poderosa. Desde que apareció Giger, el mundo del terror, la literatura, el cine y todo lo visual estuvo muy influenciado por él. Al menos lo que tiene calidad. Lo demás quedó como de cartón. Hay que acercarse a Giger, pero cautelosamente, porque es un peso importante; un hacedor de lo que hablamos antes: cosas horribles pero elegantes. Exige respeto.
—En tus obras siempre aparecen referencias a la música, ya sea como parte fundamental del argumento o simplemente con dibujos de tapas de discos o remeras. ¿Cuán relevante es a la hora de escribir o dibujar?
—Siempre me influenció mucho. Cada vez menos porque me doy cuenta de que estoy escuchando más radio. Estoy más viejo (risas). Pero la música fue como la banda de sonido de lo que hice. Le dio clima y atmósfera. Escuchaba música estridente, tempestuosa, machacosa, por momentos clásica. También me gusta la música muy desprolija, como el punk o el hardcore, pero que tenga presente el sentimiento, lo emotivo. Supongo que todas las músicas tienen sentimiento pero en distintos niveles. Lo mío siempre fue lo dramático, lo agresivo. Me gusta la estética del rock, me siento identificado. Me parece que cuanto más extremo, honesto y mala onda, el rock es mejor. Cuando el rock se pone muy comercial me hincha las pelotas.
—Desde Desfigurado a Angela Della Morte se nota un descenso en los niveles de violencia. Ya no están tan presentes el barroquismo y la opresión de aquellas primeras obras. Hay un trazo más limpio, aséptico. ¿Tiene que ver con madurar, ser padre y escuchar más radio?
—Sí, es raro lo que decís, pero es verdad. Hace poco un amigo me decía que Angela Della Morte 2 le gustó, pero que le parecía más tranqui, que no tiene tanta mala onda como las otras. No supe si tomarlo como un halago o no. Es la obra que a mí más me gusta, me parece la más lograda. Ahora que estoy terminado Angela Della Morte y voy a volver a esa cosa sucia, a una estética post-apocalíptica estilo Mad Max, bastante oscura. Ahí vamos a ver si me ablandé o no (risas). Igualmente lo que pasó con Angela 2 lo busqué. Angela es un personaje refinado, de ambiente tecnológico y frío. Por eso todo es más limpio, influenciado por la ciencia ficción que uno ve. En la otra historia que estoy haciendo uso tramas mecánicas y quiero que la forma de entintar sea más sucia y desprolija. Debería notarse mucho la diferencia.
—Los finales de tus historias nunca son felices. Es como si tuvieras un problema con el happy ending clásico: en Nocturno, por ejemplo, elegiste dar un final feliz sólo para burlarte de él.
—Me quise reír del final feliz, pero no se si se entendió. Mis obras tienen finales en los que se va todo a la mierda. Todas las obras que había hecho hasta ese momento terminaban así y sentía que la única manera de ser original era que una historia terminara bien. Pero no me gusta el final feliz. Siempre sentí muy Hollywood esa cosa forzada de que una historia es una estructura y al final hay que resolver todos los aspectos del guión. Porque también tengo un problema con el guion clásico. Conflicto, nudo, desenlace: es un engranaje y al final todo se tiene que arreglar, todos los tornillos se tienen que ajustar. Siempre odié eso. En mis historias me gusta que queden muchos tornillos flojos, muchas aristas sueltas. Pero es contraproducente, porque hay gente que lo odia, que necesita del final feliz por una cuestión cultural, porque siempre nos dieron eso. Y si no das eso servido, los lectores sienten que los estás cagando, que no les diste el postre. Por supuesto que mucha gente detestó el final de Nocturno. Pero yo necesitaba hacerlo así. Fui honesto con lo que quería hacer.