Por Facundo Gari
Buenos Aires, octubre 11 (Agencia NAN-2008).‑ Las 30 páginas de poesía que la escritora, docente y estudiante de Letras Analía Mehlberg ofrece en La hija del carnicero, publicado en diciembre del año pasado como primer premio del IV Concurso Nacional Macedonio Fernández, del Círculo Médico de Lomas de Zamora, pueden ser leídas en lo que tarda un tren en recorrer el trayecto entre las estaciones ferroviarias de las ciudades de Longchamps y Avellaneda, al menos suponiendo que tocara un día sin demoras en el servicio.
Es más, la ausencia de puntos y comas en la lectura termina por corvertirla en preciosa para esos instantes fugaces y preciados en el baño. A no confundir: esa cualidad de aparente ligereza no es otra cosa que eso mismo, una apariencia lograda por la autora. Porque La hija del carnicero, como bien ilustra Mehlberg a modo de preámbulo en “Ecos entre signos”, hila “susurros de la infancia, fragmentos escasos y ráfagas de tibieza” de la memoria de la que alguna vez fue una niña e intenta construir con “partes rotas” ese pasado. ¿Y quién no está familiarizado con tal ejercicio?
Entonces, la cosa cambia. Las treinta páginas no son sólo treinta y al freno necesario lo pone el recuerdo. Deja de ser un libro ligero. Es que Melbergh, sumergida en el género, apela a construcciones propias y audaces, pero además a las del lector, edificaciones de ¿azar? ajeno o colectivo. Más aún, cada una de las poesías que componen la obra resulta un disparador hacia el pasado de quien lee, de quien participa. Tal es el grado de interacción entre hacedor y destinatario, tal es la explotación de la conciencia de una infinita reproducción, que la obra resulta inconclusa en un sentido positivo.
Juegos traviesos en el barro; fantasmas que nacen de la oscuridad de la habitación; picados empapados de imaginación, en los que la niña “patea la Luna”; enseñanzas de lo que se suponen el Bien y el Mal: aunque cálidos, situaciones y lugares pintados con melancolía, empatía y hasta morbo.
Así, en “No dejen a la niña sola en la iglesia”, la autora ve a través de los ojos de la pequeña protagonista y, entre ángeles y santos, vislumbra “estatuas que escupen la última mueca y vitrales espantados”, define como “leyendas” a las historias de una religión que no especifica (acaso porque poco importa) y presagia una pérdida con la que “arderán las campanas/ el vino olvidará la sed/ la piedad no tendrá nada en los brazos”. O en “Orfanato”, en la que enfática sostiene: “Nadie es huérfano aunque el desamparo fluya/ por la sangre”, porque “siempre/ alguien nombra”.
En fin, las treinta páginas de poesía que Analía Mehlberg nos ofrece en su primer libro podrían ser leídas en lo que tarda un tren en recorrer el trayecto entre las estaciones ferroviarias de las ciudades de Longchamps y Avellaneda. Pero no deben.