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Tres tremendos tríos

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Fue una noche de metal y rock alternativo la del viernes pasado en el porteño Melonio Bar, que estuvo colmado. Sonaron canciones del triplete de bandas y covers afilados. Fotografía: Brian Nicolás Godoy

Por Facundo Desimone
facumdesimone@yahoo.com.ar

“No cantamos, no canta nadie”, les comenta Nahuel Bardanca a unos jóvenes, antes de bajar por la escalera negra hacia el sótano de Melonio Bar y fusionarse con su bajo para transformarse en esa tan necesaria tercera pata de Mantis Satana. Compartiendo la línea ideológico-musical de esta banda, le pisarán luego los talones Esfera y Venera Hostil. Es viernes por la noche y corre por las venas la electricidad, pero una oscura.

“Los tres venimos de varios proyectos de diferentes géneros”, puntualizará Bardanca luego del recital. Actualmente, el baterista de Mantis, Alberto Cova, toca la guitarra en Bolo, y es guitarrista y vocalista en Deafening Distortion, banda que también comparte con Bardanca, que otra vez se hace cargo del bajo. Por su parte, Federico González, guitarra frenética y desquiciada del grupo, “supo participar en varias bandas, dentro de las cuales la más destacada fue Gaia», agregará todavía el bajista. Pero ahora la noche está en pañales. Así que subamos nuevamente al DeLorean y volvamos al presente.

La luz de la escalera es roja y también hay algunas luces azules en el sótano, pero la iluminación que predomina es negra. Hay una barra con una botella gigante de una reconocida marca de whisky y una máquina de escribir. Hay mesitas, ventiladores industriales y sillas como de algún balneario de veraneo. La gente, de no menos de 18 años y no más de 30, a excepción de un grupo cercano al escenario, charla distendida antes de que empiece la banda. Hay una sensación general de playa. Aunque de playa oscura, como la ropa del 85 por ciento de los concurrentes. Apenas suben los chicos de Mantis Satana al escenario, se entiende que la calma no es más que una triste ilusión.

“Rambo” se llama el primer tema que suena en la noche. El bajo arranca potente, profundo. La guitarra de Federico González dibuja melodías de notas cortas y penetrantes, como picaduras de escorpión. Un dejo Mudvayne vuela en el aire. El escenario, elevado sobre unas placas de aglomerado, está planteado como una especie de ringside, enfrentado a la barra. Una baranda de hierro separa a la banda del público, y de allí se cuelgan tres individuos, que permanecerán en la misma posición durante todo el recital. La batería está elevada sobre una segunda plataforma, más pequeña, centrada. Desde allí, Alberto Cova acompaña golpeando suavemente los platos, como si fuesen campanas, algo parecido al comienzo del “Blind” de Korn. Pero, como decía, la calma no dura nada.

La banda explota en riffs agresivos de manos de Bardanca en “Acto fallido”, muy elegante él con su remera de zombie psicodélico y sus bermudas de jean. Mueve los brazos con movimientos robóticos, como si estuviese siendo programado desde la otra punta del planeta por alguno de los miembros de Rammstein. Mientras, González arpegia, mira al batero, se ríe. Algo de Deftones parece habitar su cuerpo. Las manos de Cova dejan estelas de movimiento copiadas en el aire. Son tres motos que no dejan de reírse y hacer chistes entre ellas, mientras aceleran.

Cuando el doble bombo y los graves amenazan con destrozar todas las botellas de la barra, la canción baja 90 cambios, la batería adopta el ritmo de un corazón. El último acorde del riff queda loopeando y el guitarrista, con la viola en la espalda, aprovecha para acercarle un vaso de bebida espirituosa al batero, quien da el último golpe y sonríe, con las baquetas entre los dedos, al mejor estilo Wolverine.

“Al final salieron buenos, los muchachos”, comenta alguien del público. Vale destacar que, en este punto, el lugar está a su máxima capacidad y no hay una sola persona sentada. “Preferimos concentrarnos en el proceso y en el camino en vez de obsesionarnos en ciertas aspiraciones; si canalizamos toda nuestra energía en el ahora, los resultados vienen solos”, acierta Bardanca.

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La guitarra de Mantis teje armónicamente con el bajo historias que se cuentan en el lenguaje secreto de la música. Fotografía: Brian Nicolás Godoy

“Ése hace hablar a la guitarra”, podría haber dicho el Jimbo de Los Simpson. Y es que lo que tejen armónicamente con el bajo son historias que se cuentan en el lenguaje secreto de la música. Ahora se entiende por qué “nadie canta”: porque es absolutamente innecesario. Al final del tema los chicos organizan una pequeña reunión sobre el escenario. Parecen ponerse de acuerdo sobre algo. “¡Massive Attack!”, se va pasando el rumor entre el público, como un virus que se expande por toda la ciudad. Entonces comienzan a sonar las primeras notas de “Ángel”. Versionar a la banda de Tricky y Del Naja más que desafío es una proeza. Sobre todo si no se cuenta con teclados, sintetizadores ni baterías electrónicas. Pero a los Satana les sale de maravilla. El bajo y la batería suenan iguales, y la guitarra intercala acordes, notas, algo de glitch y emulaciones de la melodía de voz.

Y si de covers se trata, medalla de oro para el soundtrack de 28 days later. “Si hablamos de películas, podríamos decir que los tres compartimos el mismo interés hacia algunos directores, como por ejemplo David Lynch, Tarantino y Kubrick”, profundiza Bardanca. La banda cierra con un acorde que queda loopeando, mientras los músicos se refrescan con más bebidas espirituosas, juntan los instrumentos, se van del escenario. Algo parecido a la escena de la cantante en Mullholand Dr. “¿No hay banda?”.

Esfera demuestra lo contrario, en lo que parece ser la noche de los power-tríos. “Despertar” tiene un aire a “San Cristóforo”, el mejor momento de Spinetta & Los Socios del Desierto. Tal vez por el bajo de seis cuerdas de Lucas Macchione, también en bermudas; o por la velocidad con la cual recorre su guitarra Oscar Russo, que además canta. O por la forma en que castiga Ernesto Zalasar la batería. “La idea fue siempre tratar de dar una marca personal a lo que se hacía, pero sin presionarla”, se expresa el bajista.

Evidenciando las palabras de Macchione, comienza “Fuera de mí”, con un extraño tapping de bajo y un estribillo con machaques de guitarra que hacen pensar en Divididos, pero que duran segundos. Zalasar permanece inmóvil, pero sus brazos se mueven como si fuesen independientes de su cuerpo. Algo lo emparenta con el baterista de Gorillaz en el video de “Clint Eastwood”. “Un baterista revolucionario”, susurra una muchacha del público, jugando con el estilo de tocar de Zalasar y la remera negra con la estrella roja que viste. La banda se despide con “Pendular”, canción cuyas guitarras dejan un sabor a “Walkin’ Blue”, de Sonic Youth, a pesar de que el bajo bucee un estilo muy Los Natas. La mezcla podría llamarse Sonic Natas.

“Tocar en vivo es adrenalina, espontaneidad, es hacerlo con mucha sangre y alma”, se emociona Ramiro Ballardini, baterista de Venera Hostil, que se sube al escenario con 18 mil caballos de fuerza. Y sí, definitivamente, es la noche de los power-trios. Y de los bajistas con bermudas, como demuestra Juan Palacin, quien destaca con su técnica de slap a mil por hora y el bajo casi en posición vertical. Los gritos agudos de Leonardo Ribak, que canta con el pelo sobre la cara y toca la guitarra como si sus manos fuesen las garras de alguna criatura mística, recuerdan a Kurt Cobain en sus mejores momentos.

“Ahora vamos a tocar un cover de ‘Alicia en Cadenas’ que se llama ‘Parásito social’; está hecho a lo argento”, informa Ribak a la multitud. Los pocos que habían logrado sentarse se levantan como si las sillas fuesen de lava. “Está hecho a lo argento”, destaca, como disculpándose, aunque innecesariamente porque la versión es logradísima y enciende a la gente debajo del escenario, que improvisa un pogo y hasta un mini-mosh. Y cuando las energías parecen agotadas y hay que decidir si la noche termina o empieza, la banda sorprende con un potentísimo “El ojo blindado”. Ya no queda ninguna duda. Son las dos de la mañana, pero la noche acaba de empezar.