
Por Matías Muro
Si se puede rastrear un origen iconográfico de la mujer, éste es muy cercano. Comienza con Madame Bovary, recién a fines de siglo XIX. Antes, lo heroico ( ¿la entidad previa de lo que hoy llamamos iconográfico?) estaba reservado exclusivamente a los (grandes) hombres.
Empieza con Madame Bovary y luego no para: Hollywood stars, chicas vamp, politic girls (Evita), intelectuales autoafirmadoras de su condición femenina (Simone De Beauvoir) y la lista sigue. Íconos, íconos, íconos. Girls, girls, girls.
Lo interesante de Sexo De-vil, escrita y dirigida por Elías Miguez, es que para narrar la corporalidad femenina elige, al comienzo, voces en off, sin cuerpos. Voces en off demasiado significativas socialmente. En todo caso, estas voces (desde Evita, pasando por alguna cartoon girl hasta la risueña Moria Casán y, claro, Madonna) portan un cuerpo, un cuerpo social. Todos nosotros somos ese cuerpo. A los académicos, fríos, calculadores y sin capacidad de creación artística, les encantaría decir que ese cuerpo social es un corpus. Pero no, lejos de esos clichés desespiritualizados: no es un “corpus de lo femenino” lo que porpone Miguez con su inquietante obra.
Luego de la introducción, sí aparecen cuerpos. ¿Sólo de mujeres? Se verá. Lo que sí es un gran inicio en el desarrollo de este atrapante artefacto trash es que estos cuerpos femeninos que acontecen no hablan. Gimen, gritan, emiten sonidos casi animalescos, parecen sufrir intensamente, parecen gozar intensamente. Es una escena que se prolonga hasta que acontece algo nuevo (metafóricamente, algo así como el monolito en el inicio de 2001, odisea en el espacio) que hace confrontar a esos cuerpos. Aparece la violencia, aparece la dominación, el poder de un cuerpo sobre otro. Así, sin tapujos ni vueltas, la obra nos envuelve en un delicioso espiral que purga los laberintos identitarios que nos hemos/han metido en la cabeza cada vez que escuchamos la palabra “mujer”. Y como “mujer” es mucho más que una palabra, la obra va más allá. Interroga nuestras seguridades lingüísticas y nos confronta, face to face, con estas mujeres (dos de esas mujeres son una travesti y un hombre). El espiral identitario es demolido en esta propuesta artísitica que “narra con el martillo” (a Nietzsche le hubiese encantado Sexo De-vil, le hubiese ayudado a derribar a Lou Salomé del pedestal). Entonces sí, entramos en un terreno que el teatro contemporáneo parece haber “olvidado” hace rato: la insurrección. Esta es una obra insurrecta. Hermosamente insurrecta.
Es también demoníaca, hermosamente demoníaca, porque es destructora y creadora, porque “arroja fuera de sí” (en referencia al bello y demoníaco Kierkegaard) cualquier vestigio de imposición acerca de qué significa la mujer para todos nosotros. La actuaciones de Lucía Asín, Pamela Campos, Priscila Favre, Carolina Pitetti, Cecilia Slamecka y Miguel Patiño son admirables por la intensidad que regalan y contagian, por la pasión con que son vividas. Por la pasión en la prisión.
Clarice Lispector decía que la elección de la máscara es el acto primordial del ser humano y es una acción que se hace con tranquilidad y en soledad. Sexo De-vil es una obra recomendable para todos y todas, pero principalmente para esas personas que no pueden estar solas y que por ansiedad se van de compras al gran shopping de máscaras prefabricadas que les ofrece el mundo.
* Sexo De-vil se presenta los sábados a las 19 en Teatro La Tertulia, Gallo 826, Ciudad de Buenos Aires.