Por A. en Huelgadearte
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desde España
Uno de los debates que más ha dividido a los movimientos sociales en España ha sido el clásico “institución sí, institución no”. A menudo, los posicionamientos se anclan en visiones más pragmáticas (money) y visiones más ideológicas (cabezonería). En el campo del arte es particularmente difícil, ya que hablamos de una larga historia de “venires” y devenires con el poder, y la identidad de l@s productor@s artístic@s/artistas ha estado muy relacionada con el mismo. En el Estado español, hay una gran diversidad de okupas relacionadas con la práctica artística (cine, teatro, performance, artes plásticas, fanzines, serigrafía y un largo etcétera) hasta el punto de que hay ofertas culturales que sólo se manejan en centros sociales okupados. Estos espacios funcionan de manera horizontal y autogestionada —¡deberían!— ya que debido a su situación a-legal/i-legal se posicionan al margen de las inercias capitalistas y proponen, con su mera existencia, una revisión del estatus de propiedad y una alternativa al clasismo que emana del mismo. Sin embargo, es importante remarcar que hay tantos tipos de okupas como okupas existen: todas empiezan igual (abriendo una puerta envejecida a gente con propuestas vivas) pero el resto depende de los colectivos, de las ideologías, de las afinidades, de la ciudad, del barrio… y tristemente muchas veces también de la Policía.
Desde hace poco tiempo —coincidiendo con las revueltas contra los recortes sociales, claro—, se ha dispuesto una política de desalojos que va sospechosamente unida a una política de “centros culturales para jóvenes”. Es decir, el Estado capta las estéticas de las okupas que desaloja (borrando del mapa cantidad de sueños y proyectos colectivos) para dar paso a un nuevo modelo de gestión cultural más “progre”, mediado por aquél con el caramelito de las subvenciones. Es algo como lo que pasa en Berlín con las house projects, lugares que parecen okupas pero que pagan una renta. Un ejemplo claro sería el colectivo artístico de la Tacheles (que finalmente fue desalojado el último 4 de septiembre) en Berlín, que se ha convertido en mera atracción turística. Sin embargo, la okupación de espacios abandonados para convertirlos en espacios liberados no es garantía de nada si no estamos atentos a nuestras propias actitudes. La okupación es un movimiento social y una herramienta importante si queremos recuperar nuestras propias vidas, pero no porque vayamos con la corriente de un nuevo modelo “europeo”, si no porque nos permite vivir más lejos del sistema del trabajo y nos permite un contacto más directo con la praxis cotidiana y la vida en comunidad si es lo que hemos elegido, en la que el dinero no invalida la deuda humana, si no que pasa a un segundo plano, utilizando otras herramientas para construir un entorno hermoso que nos permita crear e investigar sin reproducir las jornadas laborales y sin ser víctimas de la productividad imperativa. No hemos de olvidar que el Estado permite lo que le favorece y pone en su punto de mira lo que le genera escozor. No es un secreto que en las okupas en España se mueve mucho activismo que va inevitablemente ligado a los procesos creativos y eso es algo que al poder no se le escapa. Hemos de mirar bien qué estamos apoyando cuando generamos espacios y qué necesitamos para construir el mundo que queremos. Y de esto no se escapa el arte.