Transformar la casa, uno de los fuertes núcleos de lo privado, en algo público tiene referencias históricas, movimientos anteriores que lo inspiran. En Casa Rosa, Fernando rememora su andar de mochilero por la Argentina y Latinoamérica desde los 16 años y cómo ese trote lo contactó con espacios que le parecían “irreales” desde la lógica porteña: lugares que se transforman en grandes bibliotecas en las que “podías sentarte a hablar de filosofía o ponerte a hacer música”. “Capilla del Monte o Aguas Claras, en Córdoba; El Bolsón, en Río Negro”, da coordenadas. También rescata el espíritu de experiencias del estilo en Brasil, Chile o las ecovillas en Uruguay. Y más cerca del terruño, recuerda al Forte Garrizone, una casona de Tigre en la que, entre fines de los ’80 y principios de los ’90, fue el lugar de creación abierto por el grupo de clown Los Malabaristas del Apokalipisis. La Kasa de las Gatas, en Córdoba, es otra experiencia iniciada en 2001, aunque con la particularidad de ser un espacio ocupado, algo que tiene su historia también en Europa.
Juan volvió de Inglaterra a la Argentina y abrió La Casita de Temperley con la experiencia vivida durante su residencia en Londres, Inglaterra, donde conoció la experiencia de los squatters (okupas). “Tuve amigos que tomaban casas de seis millones de libras y durante un mes hacían exhibiciones en todos los pisos. Fue una de mis razones para volver, venir a hacer algo de eso acá”. El squatting es un movimiento ligado a la contracultura con gran arraigo en suelo británico aunque, desde este septiembre, el gobierno inglés endureció la legislación para que la Policía pueda irrumpir y arrestar a los grupos que intenten replicar la práctica.