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Sebastián Ortega: “Hay que agrietar desde adentro el circuito que fagocita a la música”.-

Invadido por la música desde pequeño, el cantautor bonaerense es ahora el invasor de sus alumnos en jardines de infantes y polimodales, donde enseña el arte que mamó de su padre. Empezó a andar las estaciones de subte, juntando monedas como paga por sus canciones. Así se bancó la grabación de sus dos discos. Pero Ortega se cansó y ahora busca sonar en la radio.

Por Ailín Bullentini.

Buenos Aires, julio 22 (Agencia NAN-2008).- “Una invasión”. Así definió Sebastián Ortega al inicio de su relación con la música. “No fue decisión mía. Fue ella quien me eligió”, recordó. No tenía más de siete años cuando las melodías que su papá creaba en la guitarra “invadían” sus horas de sueño, temprano en las mañanas. Entraban en sus oídos por la fuerza, se colaban en sus poros y le provocaban “un placer en el corazón difícil de explicar con palabras”. Pasaron sólo unos años hasta que decidió dejar de ser “territorio ocupado” para ser dueño de su destino. “Me entregué a esa invasión de una forma totalmente placentera. Me fundí con esa fuerza que estaba encima mío y le di para adelante”, le relató el cantautor bonaerense a Agencia NAN.

El artista maduro que es hoy Sebastián tiene mucho de aquel niño que amanecía entre rasgueos y punteos. Es el mismo placer el que sigue llenando su corazón, sólo que eso que lo invadió cuando era pibe, luego de un camino que ya lleva más de 30 años, es hoy su estilo de vida e impregna cada uno de sus espacios: habla de música con sus hijos Gonzalo, de 9, y Paloma, de 5, y con su pareja, amigos, conocidos y extraños a quienes les regala los dos discos que tiene editados “porque sí”. Además, Ortega enseña música en dos jardines de infantes y en una escuela polimodal. Como autor, escribe canciones sobre “cosas que pueden pasar en cualquier momento de cualquier día. Siempre estás expuesto a que te pasen cosas que te movilizan”, explica. Esas canciones forman parte de los shows que ofrece cada fin de semana en bares de la zona sur del gran Buenos Aires y de Capital Federal.

La música ya no se corrió de su lado. O él no se corrió del lado de ella. Ambas premisas sirven para explicar el camino que el guitarrista y cantante construyó con el correr de su historia. Ocupó puestos de trabajo de distintas clases y tipos –desde empleado ferroviario hasta ayudante en el quiosco de su padre– con el único objetivo de poder seguir alimentando su vocación. Hasta que decidió dejarla llenar cada espacio de su vida y tuvo que buscarle la vuelta a esto de vivir de la música, teniendo en cuenta que ofrecer sus canciones en los bares y pubs de la zona sur del Gran Buenos Aires –además de resultar “un golpe permanente a los sueños”– no deja un rédito económico suficiente para la supervivencia.

“Estaba harto de todo lo que un artista tenía que atravesar para poder mostrar lo que hace. El circuito que ofrece este sistema busca hacerte creer que te está haciendo un favor, que el músico tiene que estar agradecido con el dueño de un bar por que le da un espacio. No hay lugar para quejas; si te gusta bien, y si no, andá a tocar al subte. Y eso fue lo que hice.”

Para ese tiempo, los conceptos aprendidos tras años y años de clases tomadas con el ex Vox Dei Ricardo Soulé y con Walter Malosetti, entre otros profesores particulares, le sirvieron para saltear varios módulos en la carrera de profesor de música. Así, no tuvo que cursar más de un año para recibir el título intermedio que lo habilitó para convertirse en docente en jardines de infantes y en instituciones de la educación básica y polimodal. Sin embargo, nunca renunció a ese “circuito fagocitador”. Para él, “la solución no es escaparse de ahí sino sobrevivir en el sistema sin que te coma vivo, buscar en lo que uno hace una beta original que genere una grieta en el sistema, desde donde poder discutirlo”.

Entonces sí, dejó de tocar en lugares cerrados por un tiempo y se fue a la vía pública, más precisamente debajo de ella. Una mañana a la semana –la única en la que no daba clases– se levantaba temprano, se preparaba su equipo y, desde Glew, donde aún vive, viajaba en tren y subte hasta llegar a su escenario improvisado, un sector del pasillo que une las estaciones Avenida de Mayo, de la línea C, y Lima, de la A, “justo bajo el mural que muestra un Piazzolla alado”.

Durante un año y medio, su forma de pelearse con el sistema fue ofrecer su música allí, bajo tierra: “Llegaba, sacaba la guitarra, me sentaba en mi banquito especialmente comprado para la ocasión, tiraba la gorra en el suelo y me ponía a tocar hasta el mediodía”. Allí, mientras interpretaba canciones propias, de Andrés Calamaro, Los Tipitos o la Mancha de Rolando –a veces alguna de Silvio Rodríguez se colaba en el repertorio–, ofrecía Agotado, su primer “intento de” disco, como prefirió llamarlo, del que sólo realizó 100 copias y donde “quedó plasmada la crudeza de la canción y la composición como parte del proceso de formación como artista”.

Hoy ya no frecuenta los pasillos de subte y juega con todas las reglas del mercado. A principios de año, y con la ayuda de la Unión de Músicos Independientes, editó su segundo trabajo en estudios, Un corazón libre, un prolijo álbum compuesto por once canciones pop escritas y compuestas por él e interpretadas junto con un grupo de músicos amigos, entre los que figuran Ricardo Soulé, Federico Bugallo (bajista de Los Tipitos), Diego Silva (saxofonista de Chala Rasta) y Leandro Rivas (bajista de Maple Azul). Es prácticamente el mismo repertorio que saca a pasear cada fines de semana por Capital y Gran Buenos Aires.

Mientras tanto, lucha contra los grandes amigos del sistema para que, así como los dueños de los bares, le hagan favores, aunque él no lo llame de esa manera y sostenga que “no hay músico que no busque un reconocimiento comercial por aquello que hace”. De esta manera, entre su pelea para que las cadenas de radio pasen sus temas y las grandes empresas que comercializan música ofrezcan su disco entre los otros que ocupan sus bateas, Sebastián Ortega sueña con que algún día valoren su “laburo de artista”.