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Muchas obras, una construcción

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Para visibilizar el circuito de salas del conurbano sureño, condensado en la Red Teatral Sur, 33 espectáculos fueron presentados el sábado pasado casi en simultáneo en doce localidades. Con entrada gratuita, los espacios estuvieron llenos. Hubo peregrinaciones y momentos para el anecdotario. Fotografía: Cecilia Villegas (Facebook)

Por Emmanuel Videla

Un poder tentacular e hipnótico se apoderó con furia de las energías de quien andaba girando por el Conurbano. La atracción no fue sencilla, pero el que andaba por ahí deambulando o buscando su mejor imán se dejó poseer por ese dios lleno de locura y desmesura artística que es el teatro. Había puntos magnéticos que propiciaban su empuje. En Temperley, el Teatro de las Nobles Bestias, el Galpón de Diablomundo, el Centro Cultural Libremente. Otra constelación muy cercana, Lomas de Zamora, con Teatro Ceta, De Las Memorias y el Ensamble. La Noche de los Teatros, que se desarrolló el sábado desde las 16 hasta la madrugada, cumplió su predestinación: iniciar en el rito teatral a muchos. Al terminar esta ceremonia, casi todos peregrinaron hasta Espacio Disparate, de Lanús. Allí Mariana Ortiz Losada, unas de las organizadoras, soltó jovialmente: “Explotó todo. Es una fiesta”. Ese dios que estuvo presente horizontalmente y reencarnado en la labor de “más de 500 artistas” en todo el Conurbano ahora quería joda, y la cumbia, entre otros géneros, inundó la celebración en la casa cultural que impulsa la también actriz de Los Lugones. Todo fue una vorágine, una gran obra.

La fuerza sobrenatural —mejor dicho, sobreteatral— se apoderó de algunos obstinadamente. De Romina, por ejemplo. Arregló con su amiga que la acompañara a ver una obra en Diablomundo, luego otra en Ceta y, después, si había ganas, viajarían hasta Lanús, a Disparate, donde se realizaría el cierre. Se tomó dos colectivos y salió temprano de su casa. No la ayudó el transporte. Así, Gracias por el después, de Leila Kancepolsky y con dirección de Peter Pank, fue una de las obras que no pudo ver. Caminó hasta el Teatro Ceta, pero las reservas, para aproximadamente 60 espectadores, estaban cubiertas: allí disfrutarían otros la comedia Ceta Concert. Sin cansancio, siguió cuatro cuadras más hasta el Nobles Bestias, de Temperley. Esa visita no la tenía planeada, pero las amigas se mandaron igual. Allí, una fila continuaba hasta las veredas de la calle 14 de Julio para ver al grupo Papas Bravas, que daría un espectáculo de humor a las 23. Romina, junto con su amiga, tenían ganas de hacerse de todas las obras, pero no habían previsto lo anticipado por Ortiz Losada: “Hagan reservas”. La noche explotó de teatro y hubo mucho de los-que-nos-quedamos-afuera.

Minutos antes de las 21, Diablomundo estaba esperando a sus fieles. Algunas chicas ya estaban sentadas en los cómodos sillones, al ladito de la biblioteca. Esperaban el comienzo de la función. Es que se demoró unos minutos. Una decisión atinada para que llegasen otros fieles más, por el poder de esa visibilidad que tiene el Galpón, justito sobre la avenida Almirante Brown: cualquiera que pasa por ahí, tuerce el cuello y pega la mirada en la fachada colorida. Toda esta fiesta y este ritual esta sala ya los conoce. El Galpón cuenta 26 años en Temperley. Y en estos últimos años logró espectáculos que atrajeron a un caudal que llenó las gradas de su sala: el ciclo de poesía y literatura MMM y el actual Vezquevez son dos muestras de eso.

Por ahí rondaba Peter Pank, el director del unipersonal existencialista Gracias por el después. La obra es encarnada por Leila Kancepolsky, que provocó el silencio total en escena y un misticismo que hizo pensar y repensar. En la pieza, la actriz transita diferentes mundos: la felicidad, el escepticismo, la tristeza, la esperanza. Más allá de los planteos sobre la vida misma, la obra cuenta con un arsenal de recursos para destacar, como la construcción y delimitación de los espacios escénicos, muy sutiles y propios de una buena dirección. “Es como humo en el agua”, sentenció al final, cuando todos aplaudieron calurosamente, mientras las luces se iban desvaneciendo. “No puedo hablar. Simplemente gracias”, dijo emocionada al reaparecer en escena. La pieza es una seguidilla de preguntas sobre la existencia de cada uno. Todos aplaudieron y se quedaron unos minutos más en las gradas: no sabían qué hacer con sus nuevas preguntas.

Un poco más temprano, a las 19.45, largó Despierta, una serie de monólogos protagonizada por el Grupo La Toma. La sala no estaba repleta desde el comienzo, pero se fue colmando a medida que avanzaba la obra. Los números que se presentaron, bajo la coordinación de Oscar Ponzio, tienen una fuerte crítica social, atributo que se manifestó en el cuidado estético-actoral. Si la rutina había ganado y no habíamos logrado discernir el poder de explotación del capitalismo, nos despertaríamos ahí. Ante todo, hubo tres canciones a capela que rescataron ese espíritu. Luego, una serie de cinco monólogos cortos y concisos. Toda la atención la merecía la actriz que hizo vivir a una paciente psiquiátrica abandonada en un hospital. No solamente contaba con el uso de su cuerpo —con sus temblores, con la mirada contradictoria de amor y odio, con los achaques— sino con la capacidad de constituir una verosimilitud y una empatía de ternura para con el público tales que éste no quería que ella abandonara la escena. Más allá de este detalle descriptivo, la idea del monólogo estaba en la concientización de estos pacientes que aún hoy son tildados de “anormales”. Atenta, reflexiva, la actriz comentó a NaN: “Hay historias muy tristes detrás de personas que quedaron en psiquiátricos. Muchos terminaron ahí por la soledad”.

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Fotografía: Cecilia Villegas

Cada una de las piezas contó con una presentación inicial que se repitió en simultáneo en todas las salas. A las 21, once espectáculos se lanzaban. El Ensamble presentaría el clásico de Molière El burgués gentilhombre. A la misma hora, pero en otro espacio, también se representaba Verona, una comedia dramática llevada a escena por la troupe Leneas. En Diablomundo se largaba Gracias por el después. Cuentos Ilustrados, de la compañía Marcachifle, comenzaba en Monte Grande. La escala humana, una tragedia que interpretó el grupo Las Puertas del Piro, en Wilde. Cada responsable contaba de qué se trataba la actividad nocturna. Todas las salas estaban llenas. “Nos íbamos mandando mensajitos y decían que estaba todo ya sin capacidad”, contó Ortiz Losada.

Las ganas de repetir que el ciclo superó las expectativas no eran injustificadas. La tercera edición de La Noche de los Teatros se fue con una fiesta de despedida. Sin embargo, esta movida surgió con otro objetivo: visibilizar la Red Teatral Sur de salas independientes. Esta red de contactos se materializó en una página web que aunó las propuestas y el esfuerzo de todos los teatreros. Para darle empuje “se conformó La Noche de Los Teatros y se sumaron salas que pusieron a disposición sus obras de manera gratuita”, cuenta Mariana Agüero, otra de las organizadoras y coordinadora del Teatro La Rueca. En el segundo año, para atraer más público, se realizaron performances en la vía pública y en las estaciones de trenes de la línea Roca. El casamiento apócrifo, del coordinador del Ensamble Nelson Valente, se puso a disposición. De hecho, se hizo una travesía teatral en tren, desde Banfield a Lanús. En la misma sintonía, el actor Enrique Pagella, de Diablomundo, contó que el conurbano sur es una de las zonas con mayor densidad de salas autogestionadas e independientes. “Estamos locos por el teatro, aunque no nos deja un sope”, remató.

A las 23, la ruta del teatro seguía. La escena se repetía en Longchamps, en SuperA. Si ya estaba armado el cronograma de obras a ver, se podía ir tranquilamente de Lomas hasta Longchamps. Hasta se podía aprovechar el tiempo para charlar con los actores sobre su función. El tirón hasta la otra punta del Conurbano no fue un problema. Las ganas dieron para ver al grupo de improvisación Conurbano Maldito, que (como en todo espectáculo) construye sus escenas a pedido del público por medio de palabras disparadoras. Pero tiene un ritual de iniciación: hay que cantar el nombre del colectivo con ritmo y melodía sugeridos por ellos. Así dejó el grupo su sello, tanto en su ya conurbanero público como en los que la diosa noche de los teatros poseyó para llevarlos a las salas. Nadia fue poseída. Se define a NaN como “no habitué del teatro”, pero rescata: “Me hicieron reír mucho. No puedo decirte qué me gustó más porque disfruté todo el show, de principio a fin. Tienen mucha imaginación para improvisar y me gustó mucho que interactuaran con el público”. Del otro lado, la comunión la sintió uno de los integrantes de Conurbano Maldito: Julián Riveros se mostró feliz de seguir sumando espectadores a su travesía improvisada.

A Disparate todos lo que conforman la Red Teatral Sur iban. Los que no iban se disculpaban, apenados. A través de su cuenta de Facebook, el Galpón se excusaba. Particularmente, uno de los actores que apoya siempre al sur, Juan Mako, también decía que era un garrón no poder estar, pero apoyaba desde lejos. Desde otras latitudes, otros muchos artistas se acercaban a Sitio de Montevideo 1265. Alfredo Badalamenti, de Teatro de las Nobles Bestias, ya estaba ahí. Oscar Ponzio, el director del Grupo La Toma, llegó un poco más tarde, pero también estuvo junto a toda su troupe, que se echó al baile. Desde Monte Grande, otros tantos se acercaron, como Agüero. Entre la barra, las luces y las mesitas del Disparate, contaba a esta revista: “En tres años la gente se multiplicó por mil. Todos querían ser parte de La Noche de los Teatros. La explosión de cada sala fue una postal hermosa”. La tercera edición de La Noche de los Teatros dejó “un éxito rotundo” y miles de espectadores ansiosos de volver con sus credenciales de Red Teatral Sur. La ceremonia final en ese pequeño recoveco de Lanús continuó hasta el amanecer. Nadie podía creer lo que pasaba. No era menor festejar. Estaba el éxito, pero también el reencuentro y la convivencia, cosas que siempre pasan con el teatro.