Dicen que están «cansados, hartos, asqueados» de que los cataloguen como math rock, que “si leyeran eso bandas que hacen math rock de verdad se querrían matar”. ¿De dónde sale esa etiqueta, entonces? “Quizás porque no nos gusta equivocarnos en vivo”, apresura Francisco. “Yo y Joaquín escuchamos esa música, puede ser por eso también”, expande las posibilidades Laney, incluyendo a Joaquín Romera, su compañero en el tandem de violas. En lo que sí coinciden es en que lo suyo es rock alternativo. “La gente se olvidó de esa palabra, pasa que lo alternativo siempre fue muy vapuleado”, recuerda el de las seis cuerdas. “El emo ocupó su lugar, pero el alterno me cabe más, tenían razón por la que vivir”, ironiza el de la garganta como instrumento.
Parece que los cuatro años que llevan tocando juntos hacen que piensen en términos de grupo. Así, juntos concluyen que “la escena musical independiente de este momento es bochornosa”, y lamentan que si bien “hay una regresión a tratar de hacer algo psicodélico, setentoso”, la mayoría de sus colegas “ponen un pedalcito y tiran un acorde y creen que con eso son psicodélicos, sin explorar un carajo”. La charla se cierra sobre el concepto de “indie”. ¿Es una moda, un género musical, una forma de vestir o una postura al respecto de la producción musical? Los tres interlocutores coinciden en que la última. “Acá el indie se toma como un estilo simple y lindo de escuchar. Nuestra idea es componer temas que nos parezcan divertidos, temas pulidos, y tocarlos. Pueden decir que eso es math rock, indie o jazz fusion, no nos importa”, se desmarcan.
“Cuando empezamos a tocar, en lo único que coincidíamos, en cuanto a gustos musicales, era en el hardcore y el punk. A mí me gusta el pop y Sinatra, a Laney y Joaquín el math rock, a Hueso (Javier José Santini, bajista) el jazz fusion y Eugenio (García Mason, baterista) no escucha ninguna banda que no tenga batero negro”, ilustra Francisco, de barba y cabello colorados. En realidad, la base rítmica es la única que permaneció durante toda la historia de Burning Metro. Quienes hablan con Agencia NAN tocan juntos “desde quinto grado, año 1997”. Obviamente, lo único que puede tocar uno en quinto grado es punk rock. Un par de años después, en 1999, nacía Maple, semilla de Burning Metro, con Hueso y Eugenio, más Nick en guitarra.
Todavía no saben de dónde salió “Burning Metro”. Sólo recuerdan que el cambio de nombre llegó con el nuevo siglo y el marco para el enroque fue la cocina de Nick, que tiempo después abandonó la banda y se fue a Estados Unidos. Ése fue el primer parate prolongado. Y difícil de sobrellevar, ya que venían metiendo fecha tras fecha en antros y bares, clubes y bolichitos, tocando con cuanta banda hardcore conocieran. “El ambiente hardcore te banca mucho y te toma cariño… hasta que te vas”, sentencia el vocalista. El violero hace memoria y, desde este presente, concluye que “esas fechas servían para aceitar a la banda pero no para mostrarnos”, porque eran “fechas fantasmas”. Para entonces, los dos ya se adjudicaban buena parte de las composiciones del grupo.
Esas fechas podían hacerlas antes de la masacre de Cromañón. Laney: “Era difícil, pero de última armabas una fecha en un lugar fantasma y listo, pero ahora no podés, te quedan lugares que te arrancan la cabeza y con suerte salís hecho con la plata de las entradas. Aparte no da estar a punto de tocar y tener que andar pensando: ‘¿llegó gente? ¡qué suerte que no voy a tener que poner plata!”.
La historia de Burning Metro es tormentosa, eso ya se ha dicho en este artículo. Pero ¿por qué? Luego de ciertos “asuntos internos” entre Nick y Laney –“luchas de ego”, según Francisco–, rearmaron la banda y, cuando tenían todo listo para editar su segundo disco, el sello desapareció y los dejó “en pelotas”. Las cien copias que hicieron de Spotlight, su primer EP, se habían agotado en una semana (“aprovechamos para decir que no íbamos a reeditarlo, porque no nos gustaban esos temas”). En 2006, cuando el sello fantasma se borró, lo editaron por las suyas. Y estaban a punto de empezar la difusión, pero dejaron de sentir ganas de tocar y la banda entró en una suerte de fade out. Las fechas en Caja Naranja, Tabaco, Remember (“todos antros”) eran sólo recuerdos de un pasado juntos, aunque nunca se separaron formalmente.
El año pasado, quizás influenciados por el regreso de Soda Stereo, a ellos también se los vio volver. En mejor forma que nunca, más aceitados como compositores y con los réditos logrado por el estudio de sus instrumentos. Pero este año tuvieron otro golpe: “Como grupo nos bajoneó mucho perder en el MotoRokr –un concurso de “bandas nuevas” organizado por Motorola–. Justo dio la casualidad de que veníamos muy pila y no nos gustó perder contra bandas que no aportan nada nuevo y se quedan en el sonido cuadrado del barrio. Yo no podía componer nada, me agarró bloqueo de compositor, y era ir a ensayar y no poder sacar nada”, admite Francisco. Pero el show debía continuar.
Con temas nuevos, aún sin letra, volvieron de a poco a los ensayos en el último mes. Ahora tienen ganas de grabar un disco en español (su primero con letras en ese idioma) y anexarle aquel segundo que nunca vio la luz más que sobre manteles en sus fechas, esas mismas donde, si bien parecen tener mucho de improvisación, en realidad no lo hacen mucho. “Intentamos que la banda sea como un relojito, pero el escenario te lleva a romper todo, tenés el factor visual, la energía entre los integrantes, la gente que se copa o no”, enumera razones Laney para sus ansias de romper amplificadores de la marca que es su homónimo de su apodo.
“Arriba del escenario hay que hacer bardo, subirse a la batería y romper guitarras son cosas muy divertidas. En la escena es como que todos están aputazados”, condena Francisco. “Hace poco mandaban un mail quejándose de que hay que pagar para tocar. Y sí, todos sabemos eso, pero con el mail no hacés nada, sin embargo esas bandas que se quedan en el indie como estética, como ropita linda y lentes, son los que trascienden”, suma su voz Laney. Enseguida, los dos parecen darse cuenta de algo: “Nuestro karma también es que no tocamos música que pueda quedar de fondo, como ambiente, no hacemos bossa nova ni canciones fáciles de digerir, entonces laburamos en el ghetto”.
¿Y cómo piensan salir del ghetto, si es que les interesa? “Convenciendo a los niños emo que escuchen nuestra banda. Así como la unidad entre alternos y El Otro Yo, hay que lograr la unidad entre emos y Burning Metro. Es un mercado grande, tenemos que conseguir el monopolio”. Cuando bajan por la escalera mecánica, el sarcasmo de sus lenguas filosas prende fuego el subterráneo.
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