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Good bye, Sarmiento!

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El paradigma de la escuela tradicional está en crisis. Hace años no da cuenta del sujeto que transita en sus aulas y la relación entre los docentes y el Estado está podrida. ¿Qué tiene que cambiar? ¿Qué alternativas hay? Los bachilleratos populares dan una respuesta. Fotografía: Pedro Braga Sampaio

Por Ailín Bullentini

“Cotejá todo, siempre.
El que te educa puede ser un ignorante.”
Vicente Luy

Hace poco menos de 20 años dejó de existir el hombre que, desde Brasil, utilizó la lógica bancaria —la de los bancos, esos lugares que producen riqueza por “cuidar” dinero ajeno— para explicar lo que sucede en un aula. “Educación bancaria” llamó Paulo Freire al mecanismo mediante el cual un educador deposita en un educando el conocimiento que sólo él posee. Cada uno de los lineamientos de Freire respecto de la educación vale horas y horas de reflexión. Su obra Pedagogía del oprimido es fundamental para entender sus ideas principales y sus líneas de análisis. Sin embargo, este postulado hace estallar el sistema educativo tal cual ahora lo conocemos, tal cual fue siempre. ¿Qué es la educación? ¿Quién nos educa? ¿Para qué?

MAL EDUCADOS

“En su faceta hegemónica, la escuela se enmarca en las relaciones sociales de dominación más generales”, inaugura su explicación la licenciada en educación y máster en ciencias sociales (Flacso) Nora Gluz. Ahora, ¿qué es la educación hegemónica? La que nace como política pública, la que “crea” y dirige el Estado, por la que todos pasamos, sin importar que lo hayamos hecho uniformados de blanco o con corbata y camisa. La educación formal, la oficial, la “convencional” —propone Gluz— tiene una tarea mucho más importante y trascendental que enseñar a las personas a leer y a escribir, a sumar y a restar, a saber las capitales de los países o dar a conocer cuáles perdieron y cuáles ganaron las guerras: transmite los estamentos sociales, cuenta cómo funciona la sociedad y cómo todos tenemos que actuar dentro de ella.

“La escuela inculca categorías de obediencia, formas de ‘ser en el mundo’, regula las relaciones sociales al establecer ciertas formas de funcionamiento: establece lo posible, lo pensable, lo esperable, lo aceptable”. La vaca hace mu, los hombres y las mujeres eligen a sus representantes a través del voto obligatorio, que los convierte en ciudadanos, y las plantas se reproducen por fotosíntesis. Todo eso se aprende en la escuela, que también enseña que el pobre es pobre y lo será por siempre, que las voluntades individuales lo son todo, pues de ellas depende el progreso de cada cual, y que el poder es algo invisible, por lo tanto inexplicable. Mejor no hablar del poder, porque entonces la escuela…

QUIEBRA

Si la educación es fundamental a la hora de sostener un statu quo, los maestros —para utilizar palabras de la familia convencional— deberían ser los principales aliados del Estado, o por lo menos uno de los pocos fundamentalmente necesarios. Pero las cosas se están quebrando. La piola que une a los representantes del Estado con el sector docente no transita su mejor momento —la puja salarial fue, sin ir más lejos, explícitamente mencionada en los últimos dos discursos con los que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró las sesiones legislativas. El puente que une los ámbitos educativos con quienes los llenan a diario —educadores y educandos, según Freire— está podrido. ¿Qué tiene que cambiar? ¿Existen alternativas? ¿Por qué nada cambia?

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Fotografía: Pedro Braga Sampaio

PUERTA DE SALIDA

En tanto repetidor del orden social, la “escuela tradicional reproduce mecanismos de expulsión que repercuten en los sectores de menores ingresos”, entiende Fernando Santana, profesor del bachillerato para jóvenes y adultos que funciona en el IMPA, la primera fábrica recuperada del país, e integrante de la Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares de la Argentina, quien completa: “La educación popular intenta dar respuesta a esas fallas”.

Santana, como los trabajadores de los más de 100 “bachis” que funcionan en el país, es uno de los engranajes de la educación popular, una manera de comprender y de poner en marcha los vínculos educativos que buscan revertir los mecanismos villanos de la escuela convencional. “Partimos de que no se tienen que pensar estas experiencias autogestivas disociadas del conjunto del sistema educativo. La educación popular no es una alternativa a la escuela pública. En todo caso, es la escuela pública la que debe alternativizarse”, avanza en sus definiciones Santana.

Las aulas no están blindadas a las variables que circulan por todo el orden social y que marcan el pulso de las personas, inclusive de los niños y niñas. La fórmula está hipercontada, y aquí hiperresumida, pero: década y media de capitalismo sangriento más década y piquín de neoliberalismo sangriento más crisis tocafondo no pasan gratarola y los efectos se pagan en diferido. La “década ganada” redujo considerablemente los porcentajes de desempleo y de pobreza (aunque las estadísticas sean frías y muchas veces cueste constatarlas a diario, eso dicen), pero diez años es poco tiempo para barrer tanta tristeza. Ésta también fue la década de los “discapacitados sociales”: de tal manera nomenclaturó el sistema a aquellos chicos o chicas que, por problemas sociales —familias disociadas, padres ausentes, pobreza extrema, falta de vivienda y podemos seguir por muchas líneas— les es difícil adaptarse al nivel educativo que les corresponde. Y a la escuela le cuesta adaptarse a estos cambios.

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Fotografía: Pedro Braga Sampaio

“La escuela no da cuenta del sujeto que transita por sus aulas. Le perdió el rastro, no lo reconoce. Por eso lo expulsa”, radicaliza Santana en el inicio de la enumeración de los mecanismos expulsivos de la educación convencional. “Quizá el más silencioso, y también el más efectivo, es lograr que los sujetos piensen y se convenzan de que son ellos los que no pueden, que es su culpa el no poder responder a los requerimientos, y por eso deben abandonar las aulas, cuando se trata de un sistema que tiene grietas y que así ya no funciona. En realidad, no están siendo capaces de elegir”.

CONSTRUCCIÓN COLECTIVA

La disputa que se da desde la educación popular es por el saber legítimo, por la cultura legítima, por la lengua legítima: las manijas, el control, las tiene el Estado. Se trata de una disputa política, por supuesto. ¿De dónde nacen las experiencias de educación popular? Con Freire como origen, algunos movimientos sociales de Latinoamérica, como el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) en Brasil o el zapatismo en México, llevarán a partir de las décadas del ‘80 y ‘90 sus propios proyectos de educación autogestivos, con el objetivo claro de generar transformaciones sociales a partir de la recuperación de derechos que le son “arrebatados al pueblo” por parte del Estado.

En la Argentina, la cuestión empieza a bullir unos años antes del nuevo siglo, pero la crisis de 2001 pone en escena a las organizaciones que venían dando pelea por reivindicaciones y derechos básicos insatisfechos. Desde mediados de 2003 comenzará a organizarse el primer bachillerato popular de jóvenes y adultos, en el seno de la Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares en articulación con el movimiento nacional de empresas recuperadas. Abrirá sus puertas en 2004, en IMPA. Entre los más de 100 que funcionan en el país, las experiencias del Movimiento Popular La Dignidad o el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero (Mocase) son de las más fuertes.

“Todos los movimientos sociales vienen a disputar el saber y el conocimiento. Por esto, algunos instalan un modelo educativo diferente al establecido, que propone una lógica permanentemente reflexiva sobre el modo de organización como un modo político de configuración de la subjetividad”, complejiza Gluz. La principal diferencia que plantea la educación popular tiene que ver con la construcción del conocimiento colectiva y la revalorización de los hombres y mujeres en tanto sujetos de conocimiento: “La escuela convencional funciona en base a jerarquías y sólo en un punto muy avanzado de la escolarización, la universidad, tiende a dotar de capacidad de decisión al sujeto. Están fundadas en la lógica del individualismo liberal y en ella no hay nada parecido a una ciudadanía colectiva”, ejemplifica la licenciada. Santana señala que ése, justamente, es el primer trabajo de inclusión de la educación popular: “Hacer protagonistas a los sujetos del acto educativo y no considerarlos meros recipientes es no sólo inclusivo sino hasta revolucionario”. La toma de decisiones colectiva, mediante asambleas en las que participan docentes y estudiantes, es claramente otro puntal, que se suma al reconocimiento de los participantes del proceso educativo como “luchadores por sus propios derechos, docentes y estudiantes militantes, sujetos políticos”.

Fuente: NaN #16 (marzo-abril 2014). Pedila a hola@lanan.com.ar.