
Por Marcelo Acevedo
Finalmente alguien se animó a trasladar al lenguaje cinematográfico esa tremenda novela de Leonardo Oyola llamada Kryptonita. Y por sus antecedentes, no parece haber nadie más idóneo que Nicanor Loreti, un director atrevido y con una clara pasión por el cine de género. “Puedo escribir cosas de la realidad, pero necesito escribir ficción porque si no es mucho más pesado y ahí pierdo como narrador”, cuenta Oyola, quien se encuentra escribiendo su próximo libro (Ultratumba, una historia de amor lésbico en un motín carcelario con zombies incluidos). Loreti, por su parte, está en plena etapa de preproducción, haciendo scouting de locaciones, preparando los efectos visuales y eligiendo a los actores, entre quienes ya están confirmados Diego Capusotto, Juan Palomino y Pablo Rago como figuras sobresalientes de la que indudablemente será una de las películas más importantes de 2015 en nuestro país.
Si el arquetipo de escritor que flota en el imaginario colectivo lo pinta como un ser bohemio, retraído e híper sensible, Oyola está lejos de éso. Más que un ratón de biblioteca, este narrador de policiales fantásticos es un tipo “bien de barrio”, no sólo por su aspecto distendido sino también por lo que acostumbra narrar en sus libros. Las historias de Oyola, westerns posmodernos plagados de situaciones fantásticas, suelen ser violentas, con personajes marginales como protagonistas y el Conurbano como escenario. Oyola es de los escritores que se encariñan tanto con sus creaciones que en vez de llamarlas “personajes” les dice “gente”. Sus novelas tienen como sellos distintivos un ritmo que no da respiro, puntos de giro inesperados y datos históricos reales que se mezclan con la ficción. Kryptonita tiene todos esos elementos llevados a su máxima expresión.
Con todo este potencial cinematográfico, alguien se tenía que hacer cargo de la hazaña, y Loreti dijo presente. El director de Socios por accidente, una comedia familiar liviana y pasatista, comenzó su carrera dirigiendo un documental de culto como La H —sobre la banda de metal argento Hermética— y la ficción Diablo —una de las mejores producciones de cine de género de los últimos años—, con las que supo ganarse el cariño de los cinéfilos. “Estamos buscando gente que quiera aportar, productores que se quieran asociar, pero depende de tener el casting terminado y de los cambios que quieran pedir”, explica Loreti sobre la financiación de este proyecto cinematográfico que será un salto importante en su carrera como realizador.
—Leonardo, ¿por qué elegiste a la Liga de Justicia entre tantos grupos de superhéroes?
Leonardo Oyola: —En la idea primitiva que tenía iba a focalizar sólo en Superman, pero después me di cuenta de que en los primeros borradores estaba haciendo como si fuera la película de (Richard) Donner (Superman, 1978), que es un “grandes éxitos” de todo lo que era la historieta hasta ese momento. Me parecía que el chiste de Superman en Isidro Casanova se agotaba enseguida al hacerlo tan lineal. Entonces empecé a pensar en otras posibilidades. Quería hacer una historia tipo refrito de las series de televisión en las que se cuenta la historia del personaje en retrospectiva. Me di cuenta de que quería escribir una historia sobre Superman pero que la contaran otros. ¿Y quién mejor para contar a Superman que la Liga de la Justicia?
“El superhéroe más popular siempre va a ser Superman. Un alienígena, no un terrícola. Quiere pertenecer a un lugar al que no pertenece: me parecía que ahí había un contraste lindo.” Oyola
—¿La idea era traspolar estos personajes emblemáticos de la cultura norteamericana a un contexto tercermundista que incluyera Conurbano y marginalidad?
L. O.: —No sé si pensarlos como personajes emblemáticos de allá. Para mí el asunto de los superhéroes es universal. Da la casualidad que el más poronga no es un superhéroe, es un simple héroe: Batman. Pero el más popular siempre va a ser Superman: un alienígena, no un terrícola. Quiere pertenecer a un lugar al que no pertenece: me parecía que ahí había un contraste lindo. El asunto superhéroe está en todos desde chicos, como parte de un juego. ¿Qué piba no quiso ser la Mujer Maravilla? ¿Qué flaco no quiso ser Batman? Estaba bueno tratar de capturar éso en el libro: el espíritu del personaje, no de dónde vienen ni lo que representan. La idea no era agarrar a Superman y el american way of life y compararlos con los nuestros.
—¿Qué encontraste de interesante en el hecho de elegir a un grupo de delincuentes para encarnar a la Liga de la Justicia en tu novela?
L.O.: —En ese ambiente es todo un tema poder laburar por derecha, tener un laburo digno. La calle siempre tira más. Entonces me parece que estaba bueno contar ese momento de ellos en el que les estaba tocando la vida de delincuentes. Pero creo que todos quieren salir de ésa. Fue lo que les tocó. Además, ¿qué los iba a hacer? ¿Un grupo de bailanta que quería triunfar? ¿Una murga? (risas). Yo quería tiros, quería quilombo. Ojo, en algún momento me tentó la idea de la murga pero después la descarté. Me decía: “No, hacete cargo de los poderes que tienen. Tener esos poderes es tentador”. Éso es lo que me pareció divertido. Porque en serio es muy difícil tener esos poderes y no tentarte.
—Nicanor, ¿qué fue lo que te atrajo de Kryptonita para aventurarte a transformarla en película?
Nicanor Loreti: —En principio me encantó la historia. Después la vi posible, porque para hacer una película en la Argentina antes que nada tenés que ver que sea posible. Kryptonita tiene una cosa tipo Asalto al precinto 13, de Carpenter, una película “de sitio” que se puede hacer con un presupuesto normal tirando a alto. Además casi no hay películas argentinas de superhéroes. Me parecía que estaba buenísimo explotar éso desde un lugar posible. Me gusta mucho Sam Peckinpah, La pandilla salvaje es una de mis películas favoritas y tiene en común con Kryptonita que trata sobre un grupo de amigos marginales. En ambas hay también toda una historia de redención detrás de ellos, pero no dejan de ser tipos peligrosos.

—Tu primera película es un documental sobre Hermética; la segunda es Diablo y tiene guión propio; la tercera es una película por encargo, Socios por accidente; y en este nuevo proyecto estás adaptando Kryptonita. ¿Cómo fue la experiencia de adaptación y la elección de los actores que van a encarnar a los personajes de la novela?
N. L.: —La estoy adaptando con otro guionista, pero desde el principio Leo me dijo: “Hacé tu versión de la historia”. Fue todo un proceso. Estamos en la séptima versión del guión. La primera era casi idéntica al libro, aunque la que quedó es aún muy fiel. Hay pequeños cambios, más que nada por una cuestión de diferencias entre la estructura de una novela y la de una película. Los personajes están casi todos confirmados. Puedo decir algunos: Diego Capusotto es Corona, Pablo Rago es Federico, Juan Palomino es Nafta Súper, Jorge Sesán es Faisán, Pablo Pinto es Cabeza de Tortuga, Susana Varela es Nilda, Lautaro Delgado es Lady Di, Sebastián de Caro encarna a un policía, y habrá otros tantos. Con algunos estamos manteniendo conversaciones por estos días.
—Leonardo, tus personajes son antihéroes, marginales, delincuentes, seres que encarnan los miedos cotidianos de cierta clase media argentina saturada con el tema de la inseguridad por parte de los medios de comunicación masiva. ¿Tu intención es tocar alguna fibra sensible de los lectores haciendo que empaticen con estos personajes?
L. O.: —La verdad que no, pero me tengo que hacer cargo de que tengo once libros publicados en los que los personajes son todos así. Al principio salió de manera inconsciente. Me formé en el taller de Laiseca, y una de las cosas más lindas que me enseñó es que no tenés que juzgar a tus personajes. Estás escribiendo una historia y de acuerdo a lo que necesite es cómo van a actuar. A la vez les das cosas que vos vivís o que te contaron para que tengan ese asidero de verdad y cobre vida la ficción. Pero en todas las novelas que escribí siempre conté una parte de la vida de esos personajes. Trato siempre de agarrarlos en su momento luminoso. Creo que todos tenemos un lado luminoso. No podés estar todo el tiempo del lado oscuro de la fuerza, siempre siendo Darth Vader. Y en esos momentos luminosos hay historias para contar. Me gustan esas cosas transformadoras en los personajes. Lo más importante en todos nosotros es cuando decidimos cambiar para ser felices y estar en paz. Éso es lo que le pasa a la gente que me toca escribir.
—Durante una toma de rehenes televisada, el espectador posiblemente desearía que encarcelaran y castigaran a los responsables. Al contrario, quizás la misma persona vuelta lector de tus novelas se encariñase con tus criminales de ficción. ¿Esto tiene que ver con que en tu novela se muestra ese lado luminoso y en un noticiero, con sus recursos de corte y confección, sólo el costado oscuro?
L.O.: —Puede ser. Creo que se encariñan porque terminan viendo a un igual. En definitiva es lo que nos pasa a todos. Ojo, yo lo estoy contando desde ese lado. Por ahí un desafío para más adelante sería contar desde la persona que siente ese miedo. Pero creo que si hay algún tipo de identificación o cariño con la gente que yo escribo tiene que ver con reconocerse o reconocer a alguien querido en algún gesto o alguna actitud.
“Hay un divorcio muy importante entre crítica y público. Hace quince años los críticos se ponían de acuerdo en que ‘El sabor de las cerezas’ era genial e iban 150 mil personas a verla. Hoy que con ‘7 cajas’ pasa lo mismo es un décimo de la gente la que va.” Loreti
—Nicanor, el protagonista de Diablo personifica todo lo que odia cierta clase media-alta argentina, eso que ésta suele considerar “grasa”: el Inca del Sinaí es peruano, peronista, morocho y judío. Evidentemente, hay un ánimo de trasgredir o incomodar a ese sector.
N. L.: —Sí, el personaje es una exageración para burlase de ciertos arquetipos. Me parece divertido tomarle el pelo a cierto miedo de la clase media, perteneciendo yo mismo a ella. Pero hay cosas que uno desde cierto lugar político ve absurdas, desde los titulares de diarios de los dos lados. A veces agarrás Clarín y está todo pésimo: salís a la calle y te matan. Y Página/12 es tipo: “Muchachos, acá no pasa nada”. Diablo le toma el pelo a todo éso: los malos son ricos y son absurdamente malos y estúpidos, y los buenos son pobres y también son estúpidos (risas). Creo que Kryptonita también le toma el pelo a lo que es la marginalidad. Está muy instaurado socialmente el temor al otro, pero existen ciertos lugares comunes, como la cancha, donde se mezclan todos. Creo que tenemos instaurada una cultura del miedo que aprendimos post dictadura. Estaría bueno que nos la quitáramos de encima de a poco. Eso no implica decir que está re bien salir a robar.
—Llama la atención que en esta historia el periodismo y los medios no tengan una actuación relevante.
L. O.: —Hay una pequeña mención a Crónica TV.
N. L.: —En la película tiene un poco más de importancia porque es un punto de giro.
L. O.: —Claro, además visualmente debe ser más impactante. En el libro se hace una referencia a que la Policía no quiere otro Ramallo.
N. L.: —En la película el periodismo tiene más relevancia visual. Igual no hablemos mucho de éso, que es el final (risas).
—En nuestro país el género fantástico se aprecia de manera ambigua. Si lo escribe Borges o lo filma Favio es arte mayor, si el autor es un desconocido se lo suele considerar de mal gusto. Ustedes que son autores puramente de género, ¿qué opinión tienen al respecto?
L. O.: —La literatura de género es lo más lindo que hay en la vida, después de las chicas (risas). Es entrar a un juego y abstraerse. Éso es lo que me parece genial de los libros y las películas. Te sacan de la realidad. Pero un libro es un libro, punto. Los rótulos tienen que ver con la crítica, el periodismo cultural y nosotros mismos como escritores con nuestras relaciones de pares. Finalmente, lo real es toda esta gente que te elige y a la que no le importa si es de género. La gente lee por gusto, y lo más importante es poder elegir sin prejuicios. No hay que dejar de ver una película porque el crítico dijo que era mala. Andá a ver la película o lee el libro; después fíjate si lo que dijo el crítico es acertado o no.
N. L.: —Creo que hay un divorcio muy importante entre crítica y público. Hace quince años los críticos se ponían de acuerdo en que El sabor de las cerezas era genial e iban 150 mil personas a verla. Hoy que con 7 cajas pasa lo mismo es un décimo de la gente la que va. Bañeros 4 es destrozada por todo el planeta, pero fueron a verla un millón de personas. O sea, a alguien le gusta. Más allá de la crítica, de que sea buena o no, hay gente a la que le gusta, y está en todo su derecho. Hay que hacerse cargo de éso, porque mucha gente se queja de nuestra cultura, pero nuestra cultura permite que existan Kryptonita y también Bañeros 4. En la variedad está el todo.