
Por Emmanuel Videla
La inspiración poética del dramaturgo Gabriel Fernández Chapo es literalmente quijotesca. A los 15 años la empezó a flashear. Esa época de su vida fue “psicótica”. Con una sonrisa de pícaro recuerda: “Me gustaba tanto la vida artística de los personajes, de las novelas que leía, del submundo que contaban, que quería emparentar mi vida real con la de ellos”. Ese hecho de su temprana adolescencia marcaría su forma de escribir, su modus operandi. “Aún me sigue interesando reunir la experiencia vital con lo creativo”, aclara. Se suma que el teatro que le apasiona es el que desde el presente va al pasado, “para releer nuestra actualidad siempre”. Esas dos características hacen explotar su dramaturgia. Y en esa clave se puede inscribir su última obra, La mujer del anatomista, que tiene cita los viernes a las 21 en el Teatro Ópalo (Junín 380, Ciudad de Buenos Aires), una joyita coproducida por argentinos y españoles que no hace más que asentar la vigencia de Fernández Chapo como dramaturgo.
Quien sigue sus obras percibe que La mujer del anatomista tiene un denominador común con las anteriores, esa sensación que hace que uno se interrogue, se pregunte, se cuestione sobre la historia después del espectáculo. Es un rasgo común, en general, de las obras de teatro, pero hay algo en el texto del también director que hace palpitar más fuerte nuestra subjetividad, un no-sé-qué poético. La mujer… cuenta la historia de Eva Perón desde la construcción de la esposa de su embalsamador. Inquieto, Fernández Chapo se dio cuenta de que esa figura se puede contar desde lo singular, desde una historia marginal. “El embalsamador de Eva, Pedro Ara, se obsesionó tanto con la figura de Eva que estuvo casi tres años sin separarse del cuerpo, encerrado con ella, y hasta algunos sospechan que era como una convivencia matrimonial”, curiosea. De esa particularidad histórica, se le vino a la cabeza que la construcción de uno de los mitos argentinos podía ser desde la perspectiva de otra mujer, la esposa del anatomista. “Se siente abandonada, dejada por una tercera en discordia, que es un cuerpo sin vida”, explica.
—¿Qué otros elementos históricos que dialogan con el presente se ponen en juego en escena?
—Hay dos mujeres. Se superpone la historia individual con la del país. De ahí me metí en los libros de la buena esposa que publicaba el franquismo. La mujer del anatomista era muy particular, tenía que satisfacer al hombre y hablar bajito. Si el hombre le pegaba, tenía que bancársela porque aquél venía con sus problemas del trabajo, tenía que comprenderlo. Es parte de un imaginario de la mujer muy opresivo que se enfrenta al rol revolucionario de la mujer que proponía Eva.
CAZADOR DE HISTORIAS
Inmiscuirse en historias periféricas para contar un hecho trascendente como la construcción de la figura de Evita no le es ajeno a Fernández Chapo. Al dramaturgo le gusta tomar “algo de la experiencia vital” para contar historias. Es una máquina de contar. “Me interesa cómo el arte puede encontrar ciertos intersticios para mostrar las cosas desde otras perspectivas, que no son mejores ni peores, sino que son otras, lo cual enriquece esas historias.” Su anterior trabajo, Viaje al fin de la guerra, jugueteaba con un escenario apocalíptico después de 2001 en el que se enfrentaban unitarios y federales. En palabras del autor, el ejercicio fue “imaginar que en 2001 se iba todo al carajo con una guerra civil”. En la misma sintonía, pero bajo otras temáticas, existen otras obras que construyen al Fernández Chapo dramaturgo. El libro Teatro 1 (Corregidor) recoge todas las obras que retratan las geografías del conurbano sur con una mirada crítica. En esas poéticas, otra vez el Fernández Chapo quijotesco aparece. Al leer sus textos, uno se siente allí. La “experiencia vital”, que el licenciado y profesor en letras repite, se palpita. Entonces, imagina en grande: “Quiero hacer la gran León Gieco pero de la escritura: ir de Ushuaia a La Quiaca. Quiero hacer un viaje de punta a punta para juntar experiencias, como ahora hago con los talleres en Entre Ríos: voy a los pueblitos pequeños a cazar historias”.
La manía de cazar historias es inherente a Fernández Chapo. No podría no hacerlo. “Me empezó a interesar el hecho de meterme en espacios marginales simulando a un personaje literario”, relata. Los textos de Roberto Arlt y del alemán Hermann Hesse fueron la excusa para meterse en la piel de los personajes y hacer teatro desde la “experiencia vital”. Salía con su sobretodo, al estilo escritor francés del siglo XVIII, e iba en busca de la aventura. “A los 17 años, me metía en una agencia hípica, donde estaban todos los viejos jugando a los caballos, y me hacía amigos de ellos, mientras me tomaba una ginebra”, cuenta bromeando.
—¿Por qué adoptaste esa manera de buscar historias?
—Pensaba que algo de la experiencia vital, de estar ahí, en la neblina, me iba a generar una inspiración, iba a generar una gran obra. Imaginate que me camuflaba y me iba un miércoles a la dos de la mañana a caminar, en invierno, con mi sobretodo. Posaba como un poeta romántico, tuberculoso, creyendo que la escritura pasaba un poco por ahí.
SUDACA SERÁS
La necesidad innata de encontrarse con el otro lo llevó a España, en donde halló una sorpresa. En 2012, ganó una beca para entrevistar a inmigrantes latinos en el país hispano. Con la recolección de esas charlas crearía una dramaturgia. “Volví muy movilizado, porque son historias de todo tipo, historias de separación de familias, de sueños, de expectativas”, cuenta. El proyecto se llamó Sudaca. Chapo se mandó al avión. Cuando llegó al aeropuerto, se presentó en calidad de “becario”. Y ahí se detiene y recomienda a otros: “No hay que decir eso porque si no piensan que vas a trabajar, que no está mal, pero…”. Marchó preso al calabozo. Le renegó a la Policía: “¡Si vengo invitado por tu gobierno!”. De nada le sirvió. Esos dos ingredientes juntos, Sudaca y “becario”, lo llevaron a prisión por dos días, a pesar de que tenía una carta del cónsul español invitándolo a realizar la investigación. Más allá, Fernández Chapo reconoce que se llenó de historias de todo tipo, pero fue brusco “asimilar algo que no era ficción, era realidad”.

Para el dramaturgo oriundo de Lomas de Zamora, cada experiencia es una ventaja para contar nuevas historias. Ahí radica su fuerza dramatúrgica. Es un buscador, es callejero, es un gran cronista. De hecho, asume que en principio pensaba que la figura del periodista cruzaba la escritura con la experiencia vital. “Me gustaba Fabián Polosecki, que ponía el cuerpo, que cruzaba la experiencia vital con lo creativo”, recuerda, al tiempo que asume que, como él, era egresado de la carrera de periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
—¿Qué anécdota de tu detención te gustaría llevar a escena?
—Conté cuántos éramos en la cárcel e iba a quedar uno solo en la habitación: yo. A la media hora caen tres rumanos. Los rumanos son muy raros. Cruzan palabras en español, en francés. Hay cosas que entendés, otras que no. Son medio chantas. Son como los argentinos de Europa. También son muy entradores, muy simpáticos. Ellos se conocían. Estaba yo en la camita, diciendo qué hago. Uno dijo: “Yo no sé por qué me tienen acá. Les salta que robé cinco autos, pero a lo sumo fueron tres”. El otro decía que le saltaba una causa por asesinato. Realmente tenían causas judiciales y se quejaban. Me preguntaron a mí. No les iba a decir que venía a escribir una obrita de teatro. Así que armé una ficción: era casi un delincuente buscado por la Interpol.
TEATRERO DEL SUR
El dramaturgo también estuvo al frente de un teatro al comienzo de los ‘90. “Se llamaba El Grito. Lo fundé junto con el grupo Los Peatones del Aire. Estaba a la vuelta de la Municipalidad de Lomas de Zamora. Duró tres años”, cuenta.
—¿Qué recordás de esa época con respecto a otros teatros y tu experiencia?
—Esos años fueron geniales, de mucha ebullición cultural, muy ricos. Empezaron a fortalecerse los teatros de la zona. Por ejemplo, surgió el Nobles Bestias. No existía el Ensamble todavía. Era el cruce de las artes. Había fiestas en las que se cruzaban la música con la performance y la literatura. Entraba un transformista y era un descontrol impresionante. Los teatros vinculaban la fiesta con lo artístico. Para mí que venía de un barrio con calle de tierra, un barrio muy marginal de Lomas, era asombroso. Veía otra lógica. Y después volvía caminando las 30 cuadras a casa.
Fernández Chapo comenzó a estudiar teatro a los 15. Por entonces encontró un referente que lo marcaría en su carrera, el investigador teatral Jorge Dubatti, que pronto lo invitó a participar en el mundo de la investigación. “Dejé de actuar y me dediqué más a lo teórico. Dejé un poco el cuerpo. Fui absorbido desde la crítica y me presenté a muchos congresos al tiempo que empecé a publicar”, relata. “Me volví académico: vengo a juzgar tu obra de teatro, soy el sabio”, bromea entre risas. Reconoce que hoy se retroalimentan lo creativo y lo académico. “Hice una primera obra que se llamó La casa chica y que estrenamos en Nobles Bestias. Ahí empecé a armar mi mundo paralelo entre lo creativo y lo teórico académico”, se da cuenta.
Si algo le faltaba al director y dramaturgo era pasar por la música. Recuerda ese momento con una melancolía alegre, agridulce. “Tenía una banda que se llamaba Resistencia 3, que era una cosa electrónica. Nuestro mayor éxito fue tocar en las piletas de Lomas de Zamora algún verano”, se acuerda.
—¿Qué bandas incipientes escuchabas e ibas a ver?
—Los Brujos, Babasónicos, los comienzos de la Bersuit, El Otro Yo. Esas son las bandas de los pibes que tenían mi edad o un par de años más, de esa misma generación. Encima eran todas bandas surgidas acá. Iba a ensayos de El Otro Yo o a alguna fiesta en la que habían quince personas y estaba Babasónicos tocando.
UN OVEROL TEATRAL
La adolescencia suele marcar la vida de las personas. Toda la trayectoria del dramaturgo se puede explicar desde ahí. Un poco antes de los 15, que fue cuando empezó teatro, pasaba los días en una escuela industrial, con un overol y ensuciándose. Aclara también que fue “medio traga”. No es que renegaba de la escuela. “Empecé a encontrar los contrastes de las ciencias duras, la matemática, la física, la química, pero me generaba intereses todo lo que tenía que ver con lo artístico.” Levantando su tono de voz y cargando toda la cuestión de la hombría, comenta: “Me encantaba todo lo que proponían, pero a la vez tenía que ocultarlo porque, en ese momento, en un colegio industrial, era muy fuerte toda esta cosa del machismo. Había que ser muy fuerte, no permitirse la sensibilidad”.
Fernández Chapo recuerda que un día un compañero le comentó que iba a un taller de teatro con Carmen Arrieta. Le preguntó si quería ir. “Lo tomé como un juego y me re enganché”, remata. Así es que la configuración de vida teatral y vital explotó desde la pendejada de decir: “Vamos a hacer teatro porque pintó”.