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Mariana Enríquez: “Tomo elementos de la realidad y los destruyo”.-

A fuerza del morbo, la oscuridad y la tragedia que signan la decisión estética que ya plasmó en dos novelas y un par de antologías de jóvenes escritores, Mariana Enríquez es considerada una de las “nuevas voces” de la narrativa argentina. La autora y periodista recibió a Agencia NAN durante un rato libre entre la producción de su próxima novela, que adelantó será sobre “los que vivieron su infancia durante la dictadura”, y la confección de artículos para el diario Página/12; aportó una mirada crítica sobre ambas profesiones y destacó la función del editor frente al avance de los blogs literarios.

Por Esteban Vera

Buenos Aires, marzo 15 (Agencia NAN).- “Cuando se despertó, Nada estaba sentada frente a la computadora, con una taza de café en la mano. Llevaba una remera roja y estaba en bombacha. A Matías lo deprimió un poco que estuviera medio desnuda delante de él porque entonces quería decir que lo consideraba un nene, no un hombre. Una chica tan linda tenía que saber que andar en bombacha delante de un tipo lo iba a volver a loco, pero a él no lo consideraba un hombre, estaba claro”. Así de verosímiles y acertadas son algunas de las situaciones que relata la escritora y periodista Mariana Enríquez en su última novela, Cómo desaparecer completamente. A cuatro años de su publicación, una de “las nuevas voces” de la literatura argentina adelantó a Agencia NAN que prepara una tercera novela, “sobre la infancia de personas que vivieron durante la última dictadura” militar.

Su debut novelístico, Bajar es lo peor, fue publicado en 1994, y su segundo trabajo llegó diez años después. Para el que está por venir, son de esperarse más historias morbosas de adolescentes signados por destinos fatales. Entretanto, Enríquez colaboró en las antologías de relatos sexuales En Celo y de crónicas policiales In fraganti. Actualmente, la autora es además periodista para el diario Página/12 y sus suplementos, entre los que destaca el cultural Radar.

-Un compañero que leyó Cómo desaparecer completamente me dijo: “En las primeras 30 páginas ya leí que el padre abusó de su hijo, que la hermana del abusado se quiso suicidar y quedó deforme, que su cuñado es un dealer. Es una novela muy morbosa, pero garpa”.
-Jajaja, me gusta la morbosidad. Cómo desaparecer completamente es súper morbosa, pero al mismo tiempo es muy realista; la realidad es morbosísima. En general, trato de buscar lo morboso y trato de resaltar lo grotesco en la realidad. El barrio donde trabajo (se refiere a San Cristóbal, donde está ubicada la redacción de Página/12), y cualquier cosa que pase aquí es más morbosa que lo que sucede en la novela. El grotesco es un género realista, pero reconozco que los autores locales no se animan tanto con esas cosas. A mí me gustan y no soy una escritora sufrida, me divierto mucho escribiendo eso.

-¿Para cuándo más historias de perversión y desesperanza?
-Estoy escribiendo una tercera novela sobre personas que tuvieron su infancia durante la última dictadura militar. Las primeras dos fueron sobre personajes adolescentes, pero ésta trata sobre gente un poco más grande. Antes tenía ganas de escribir sobre adolescentes por la identificación. Pero, en realidad, tampoco quería hacer retratos perfectos de adolescentes, sino identificar su sensibilidad. Me parece que perdí esa sensibilidad de la adolescencia y ya no la entiendo mucho. Por eso estoy escribiendo sobre gente de mi edad, que estén en los 30.

-¿Qué elementos de la realidad tomás para escribir?
-Me gusta incorporar a la televisión, como lo postmoderno. Matías Kovac (el protagonista de Cómo desaparecer completamente), mira bastantes talk-shows para sentirse mejor, al ver a gente más jodida que él en la tele. Me gusta dialogar con la realidad, no reescribirla. Tomo elementos de la realidad y los desdibujo, los destruyó, lo mezclo con cosas fantásticas, resalto lo grotesco en ellos.

-¿Creés que la labor periodística puede contribuir a modificar la realidad?
-La última nota que hice para la sección Sociedad del diario se trataba de gente que vivía en la calle Florida y que comía de la basura. Sentí que lo que estaba haciendo no servía para nada, me sentí como un cuervo que aprovechó esa situación para escribir una muy buena nota, pero a esa gente no le sirvió para nada. Sé que no es necesariamente así, que algunos periodistas sienten que están modificando las cosas, pero a mí me pasa que no lo siento así.

-¿Y la literatura en qué puede ayudar?
-En su momento, la literatura contribuyó a abrir debates, marcar épocas, definir posiciones. Yo creo que hasta la década de 1970 pasó eso, no sólo en el país sino en el mundo. Después, me parece que hubo un cambio de paradigma al que aún nos estamos adaptando. Hoy no te puedo nombrar a ningún escritor o músico que tenga la importancia que tuvo Bob Dylan en su momento. No ahora que está viejo y choto, pero era un gran poeta antes, del tipo de figuras que marcan épocas.

-¿Cómo conviven en vos ambas profesiones? ¿Considerás que el periodismo reduce la creatividad y la energía para escribir ficción?
-El periodismo no me quita creatividad, pero sí es verdad que me quita energía. Sentarme en la computadora, volver a mí casa a escribir después de hacerlo en el diario, es un círculo vicioso. Por un lado, lo que yo sé hacer mejor es escribir, que es una cosa que no sirve mucho. Solamente lo podés aplicar al periodismo, después no hay muchas profesiones donde escribir te sirva para ganar plata. Entonces lo tengo que hacer para laburar, porque es el laburo más afín a eso en lo que tengo habilidad. Pero al mismo tiempo, al escribir ficción y otras cosas te quita sobre todo energía física, porque llego a casa y no tengo ganas de sentarme frente a la computadora a escribir. Quiero dormir, mirar tele. Pero cuando pienso mucho en esto me aparece la duda: ¿Qué haría si no?

-¿Es una consecuencia de lo difícil que es sobrevivir de ser escritor?
-Sí, ése es el gran problema: no se puede vivir de ser escritor, salvo que vendas mucho, mucho, mucho. Muy poca gente logra hacerlo, hay que ser best-seller. Un libro de ficción tiene una buena venta si vende mil ejemplares, según me dijo una editora. Y eso no es nada. De un libro podés sacar tres mil pesos de ganancia de toda la vida útil del libro, desde que lo escribís hasta que se termina de vender y se salda. Hay escritores que hacen el otro laburo, que es escribir para premios y buscar becas. Por ahí tenés más tiempo, pero vivir para presentarse a premios me parece enloquecedor. Me parece una instancia de examen, como si estuviese en la facultad. Me da un rechazo extraño. No quiere decir que nunca presente. Pero las becas son un recontralaburo, y además, tenés que ser académico. Yo no estudie Letras, yo estudie Comunicación.

-Entonces no está en tus planes escribir un best-seller. ¿Es porque compartís la opinión de que ese tipo de literatura es de baja calidad?
-Hay fórmulas para escribir best-sellers. Hay libros que funcionan, como pasó con El Código da Vinci y después surgen libros sobre teorías conspirativas, asesinos seriales, temas que ya están probados. A mí algunos me gustan y otros no. Stephen King es el ejemplo clásico, y me parece un gran escritor. No se puede poner en duda su valor, es un tipo al que se lo puede poner a la altura de Mark Twain o (Charles) Dickens. La saga de Harry Potter no me parece que esté muy bien escrita, pero es muy divertida, es un entretenimiento muy sofisticado.

-¿Te sentís parte de una nueva camada de escritores que comparte estilos, temas, una estética?
-No me siento parte de ninguna generación de escritores. Todos tenemos sensibilidades muy diferentes, aunque algunos entre ellos no tanto. Pero hay buena onda. Hoy no hay guerras estéticas como en la década de 1980, hay más respeto por el estilo estético de cada uno y no se hace una cuestión política de eso. No sé si está bien o mal, pero a mí me resulta más cómodo para escribir, al no pensar que cada renglón que escribo puede provocar una pelea. Y así me permito que me gusten Gustavo Nielsen, un gran cuentista siniestro, oscuro. O Samantha Schweblin, que tiene algo muy raro, una escritura muy especial.

-¿Con las jóvenes mujeres escritoras sentís que tampoco compartís una estética narrativa?
-Con las mujeres no sé que pasa, pero siento que comparto una sensibilidad. Hay un compilado que editó Florencia Abbate, una antología de mujeres, que es bastante desparejo, pero la sensibilidad de todas las chicas que están allí es muy oscura. Todos los cuentos son muy morbosos, oscuros, muy relacionados con la enfermedad, con lo siniestro-cotidiano. Con las mujeres siento identificación a partir de las temáticas que incorporamos a nuestros relatos.

-Esas compilaciones son, por lo general, el primer paso para jóvenes autores. ¿Creés que el mercado editorial creció junto a la economía?
-Se venden muchos libros y hay mucho movimiento. Pero no se venden autores argentinos, salvo los clásicos, como Cortázar o Borges. Si bien la literatura nueva se difunde, por algún motivo hay una lejanía con la gente que no la lee. Quizá hay una lejanía por los temas que abordamos. Y, por otro lado, el escritor dejó de ser un personaje que interviene en la vida intelectual-social. Tal vez sea una cuestión de carisma y hoy no haya ningún escritor con el de Cortázar. Ademças, los libros nuevos son caros. Los clásicos salen caro, pero son baratos en comparación con los nuevos autores. In fraganti, por ejemplo, sale 42 pesos, y los que escribimos ahí somos muy inferiores a Borges.

-Sin embargo, como Borges, García Márquez o Cortázar no son “de saldo”, por lo general, sino que tienen precios caros y aun así son consumidos, mientras que el lector promedio aguarda a que los escritores nuevos pasen a estar en las mesas de saldo.
-Hay una lógica del capitalismo que promueve el consumo de lo dado, en contra de los objetos culturales nuevos. Hay una conformidad de consumir lo que está. Lo que está es García Márquez, que es una garantía de calidad. Y en eso se manifiesta una postura pasiva de la gente a la hora de consumir, una inexistencia de cuestionamiento para la búsqueda por afuera de lo dado. Y por sobre esto, siempre está la dificultad de publicar. Mi relación con las editoriales es buena, pero porque yo trabajo en un medio y eso te da ventajas al conocer a los editores, a la gente de prensa. Eso me permite publicar más fácilmente.

-¿Los blogs pueden ser una alternativa para publicar y estar al alcance de los lectores?
-Sin duda que los blogs ayudan a difundir la literatura. A nivel tecnológico, hoy todo el mundo está al alcance de publicar lo que sea, y no sólo literatura, sino videos, fotos. Pero lo que determina que eso tiene una relevancia, para mí, en estos tiempos en que hay demasiada cantidad de objetos culturales, es el editor, que tiene un gusto entrenado y una mirada crítica. Hay legitimidad en que te editen, en que haya una persona que lea constantemente, y que elija cosas y que está entrenada para leer y decidir qué quiere publicar. Esa instancia es necesaria y obligada para legitimarte como escritor.