A fuerza de buenas canciones y recitales más cercanos a pinturas paisajistas que a los shows actuales, los Banda de Turistas vienen abriéndose camino en el pelotón de grupos independientes con su combo de pop psicodélico sub-20. Así lo demostraron en su incursión sabática en Escondido y Secreto, de la que Agencia NAN fue testigo.
Por Luis Paz
Fotografía gentileza de Banda de Turistas
Buenos Aires, mayo 2 (Agencia NAN-2007).- Medianoche. Malabia al 700. Villa Crespo. Escondido y Secreto. Tras una cortina metálica, voces de féminas acaloradas y el rugir de Debbie Harry. A lo lejos, un timbre circundado por cinta skotch verde. Una figura masculina, alta, mayor que se acerca recordando a Omar Chabán: un personaje canoso, tímido y amable, invitando a lo Escondido y Secreto. El lugar: un reducto anclado en el tiempo, mohoso, con divisiones internas de machimbre, una recepción improvisada, palletes acolchonados y una oficina separada del pasillo por una sábana con varias capas de THC. Al menos cuarenta personas se agolpan en la única mesa del segundo piso y en el suelo. Apenas visible entre la cortina de humo, en el fondo de la habitación, una barra. Justo detrás del escenario, de la Les Paul, del teclado y de la austera Tama Rockstar. Está pronto a llegar algo que pocas veces se puede degustar en tan amuchedumbrada intimidad: un viaje mágico y misterioso.
Para estar preparado para el recital que Banda de Turistas dio el sábado pasado en Escondido y Secreto no bastó haber deglutido su primer EP, Dulce, y las obras que compusieron para el corto independiente ¡Oh Carola!. Ya con “Sueño”, primer tema en llegar, los BDT patean el tablero y siguen con el medley “Neu 1 / Cocker” y la maravillosa canción psychopop que es “Gentleman” (registrada como “Caballeroso” en Dulce). La apertura y el medley obligan a prestar atención a cada detalle y cosechar del aire imágenes dignas de un cuadro paisajista del surrealismo canónico. Porque estos turistas del swing no tocan, pintan paisajes a veces posibles, a veces irreales.
Empezando por Tucán, guitarra rítmica y voz principal, un joven que con su sensibilidad pop, su voz dulce pero severa, remite a la figura de los músicos platenses de comienzos de la década pasada. Los labios casi aspirados hacia el interior de la boca antes de lanzar pequeñas grandes palabras, miradas desafiantes hacia alguna forma que deambula por el fondo de la sala, manos que recurrentemente se alejan de su Les Paul para acercarse a su pelo; o que se apoyan en la cintura, en pose desafiante, con el talón de la bota izquierda en el suelo y el resto de la suela suspendida. Pura sensualidad pop.
Del otro lado Bruno, bajista y segundo cantante, algunos semitonos más grave que Tucán y técnica punk: púa golpeteando las cuatro cuerdas, que aún así no dejan de hilvanar deliciosas melodías rítmicas. Lo misterioso le es propio, con el ala de su sombrero oscureciendo su frente y escondiendo sus ojos que, por momentos, reflejan el brillo de las luces directo hacia la mirada de las acaloradas adolescentes presentes. Estética barroca, bigote dandy y espalda recta para configurarlo en una figura digna del Monterrey Fest.
En el medio, la austera pero efectiva batería de Coipo, un joven digno de último año de cualquier secundaria privada. De saco y lazo al cuello, pelo semilargo y flequillo al costado (como el de William Miller en Casi Famosos) al tocar recuerda al Ringo del lustro 1963 -1967: correcto, métrico, eficaz, sutil pero poderoso. Cada golpe en el ride acompaña cada acorde pop, cada golpe de tambor de pie marca el ritmo de los riffs de Lui. Un pequeño redoble aquí, una apertura de hi-hat allá y ligeros rebotes con su mano derecha –es zurdo, así que la del tambor–, cada descenso de palillos sobre los parches y cobres suena justo y preciso. Austeridad eficaz.
Lui a su derecha, detrás de Bruno. Pocas veces totalmente de frente al escenario, en su juego de acoples con el amplificador Vox y sus constantes posturas de coté. El seño fruncido y sus ligeras sonrisas, el cuello del sweater alto y los constantes pisotones en el suelo no dejan de recordar a los Beach Boys, quizás porque para el quinto tema, “Robot” (que había llegado luego de “Mágico corazón radiofónico”), toda la banda suena así. Su guitarra no es incendiaria, pero es eficaz en lo sutil y poderosa cuando golpetea contra el mic de los graves. Las pinceladas justas en los momentos exactos.
Pato, tecladista y “tímido” que todo grupo debe tener. Camisa de jean prendida en la mitad inferior, abierta en el pecho dejando ver su blanca remera. Hasta parece ofuscado –luego se supo que tenía problemas con el transformador de su instrumento y que el sonidista del show se había borrado horas antes–. Aún así, no deja de estar a la altura de los acontecimientos, con los ágiles y delgados dedos golpeteando teclas y variando presets para terminar de darle forma a una verdadera obra pictórica. Pintó con octavas, no con pinceles.
Para el sexto tema, “Manzanas plateadas”, ya todo el auditorio está sumergido en el viaje diagramado por estos turistas. Un viaje sin valijas por desiertos sureños y, al momento, por Malibú, degustando un trago. La influencia que los beatniks y los poetas franceses del Siglo XIX tienen sobre ellos se confirma con la llegada de la anteúltima escena de la película. Perdón, del anteúltimo tema del show: “Las Flores del Mal”, homónimo a la obra por excelencia de Charles Baudelaire.
Ya a esta altura, el humo forma una capa aun más espesa que cualquier escena de videoclip de ingleses noctámbulos, los 970 centímetros cúbicos de cerveza de primera marca nacional están en las venas y las piernas comienzan a acalambrarse por lo incómodo de la posición. Aún así, es imposible moverse. Pocos osan dar vuelta la cabeza y entender que todos los presentes estan tan en trance como ellos. La música de BDT es un boleto para viajar solo, inconcientemente, en reflexión interna, en relax corpóreo y avidez mental. Y para que, como a la chica de “Ticket to ride”, no te importe nada más.
“Relato primero de un observador de rouge desparramado”, último tema, es una grata sorpresa, extrañamente esperada. Hacía 40 minutos, con el primer acorde, que la pulsión Eros pedía que construyeran un paisaje sexual.