
Por Gonzalo Bustos
Es el mediodía de un miércoles y el subte de la Línea B llega casi vacío a la coqueta estación De Los Incas. Afuera ya dejó de llover. La avenida que da nombre a la parada ferroviaria luce brillosa por el agua en las baldosas y se extiende cruzando los barrios porteños en diagonal. Sentados en un improvisado recibidor de su sala —paredes de un naranja gastado y sillones viejos que rodean una mesa ratona—, los Acorazado Potemkin toman mate frío de una pava eléctrica que pide retiro. Acaban de terminar el segundo ensayo semanal de Remolino, su reciente disco. “Es más de lo mismo pero concentrado”, dice Juan Pablo Fernández, guitarrista y voz principal.
Remolino no es una continuidad de Mugre (el primer LP, de 2011), es su profundización. “Termina siendo más de cada cosa. Es más oscuro cuando tiene que ser oscuro, es más balada o más luminoso cuando tiene que ser más pop. Entendimos una forma de resolver los temas dentro de la banda. Ojalá esa forma cambie en el próximo disco porque querrá decir que tenemos ganas de variar, de probar, de indagar”, continúa el frontman, que habla como canta: ensalivando arrabal.
—¿Por qué esa inquietud?
Federico Ghazarossian (bajista): —Hay un momento en el que encontrás el sonido, muy focalizado. Esa concentración es una cachetada directa.
Juan Pablo Fernández: —Luego tratamos de ser sintéticos: esto ya está hecho, esto ya lo tocamos, en el disco anterior ya hay un tema parecido. Sacamos, sacamos, sacamos. Lo que queda es algo que sentimos que tiene algo para comunicar.
—El disco también busca reflejar los vivos.
Luciano Esain (baterista): —Sí. La búsqueda va por ahí.
J. P. F.: —Hay algo del rock, algo en el vivo que entendemos; una verdad en el hecho físico del volumen, el sonido, la mugre, la gente esperando, el estar ahí.
—¿Tiene que ver con el valor que le dan a las emociones durante la composición?
J. P. F.: —Eso. Con un costado que no tiene que ver con lo técnico, con las notas que se tocan.
F. G.: —Eso es un cincuenta por ciento de nuestra música.
J. P. F.: —No tenemos miedo de que se desborde una emoción. Está contenida en una forma de laburo y una historia personal de cada uno. Después aparece un lenguaje propio. Nos gusta pensar cada tema como una burbuja que crece en sí misma y que cuando termina, termina.
En cierto sentido, Remolino es un disco urgente. Cuando el trío tuvo los demos y sintió que ya estaban, diagramó toda una producción para “no perder la pulsión”. Los músicos llamaron entonces a Manza Esain para que grabe y mezcle, produzca y agrande. Fueron todos a Ion y en tres días registraron los once tracks. Así de rápido parieron un trabajo que los muestra más firmes que nunca. La solidificación de esa ilusión que fecundaron con la potencia rockera de Mugre. Ahora las melodías son más complejas, permitiendo un lucimiento notable de cada una de las partes que, al mismo tiempo, se encuentran más apretadas entre si. Aunque no se asuma como tal, Fernández queda expuesto como un poeta urbano que rescata la belleza bajo el cemento. Su lugar como guitarrista se abre más allá de la rítmica, gracias al entretejido que arma al cruzarse con el bajo infalible de Ghazarossian, que se pasea por la base, la melodía y el solo al frente. Por detrás queda Lulo Esain, con su toque único y sus coros bellísimos. El resultado de la combinación de los cinco elementos: un “remolino” de canciones emocionantes.
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Cuando Acorzado Potemkin sacó Mugre, arrastraba dos temporadas de shows salvajes desparramando montones de rock en sus canciones. Ese toque se decodificó en devoluciones que llegaron tras las escuchas del álbum debut. Eduardo Fabregat, editor jefe en Página/12, sintetizó la bienvenida al (súper) grupo: “Una de las mejores bandas que ha dado el rock argentino en estos últimos años”.
La materialización del grupo —el disco— prendió en la televisión, la radio y los diarios, puso al trío en movimiento mediático, lo cual no fue una sorpresa para sus integrantes. “Ya había un entusiasmo de gente que estaba alrededor nuestro”, recuerda Esain con su timbre agudo y rasposo. Fernández, que da la sensación de no dejar de analizar todo, dice: “Como ya veníamos de otros proyectos teníamos el empuje de gente cercana que te hace sentir que va. Uno siempre tiene la fantasía de que está haciendo algo nuevo. Para nosotros, ese apoyo inicial fue como la palmada de un hermano. Te hace sentir que vas bien, que podés correr riesgos, que podés usar ese entusiasmo a favor. Es una presión linda, un privilegio que está bueno cuidar y honrar”.
Ahora: qué hicieron estos tres hombres que ya pasaron las cuatro décadas en sus DNI para lograr esto. Primero, cada uno había dotado su nombre de nobleza guerrera. Fernández había sido la voz cantante de Pequeña Orquesta Reincidentes, una de las bandas emblemas del under porteño. Ghazarossian, los graves de Don Cornelio & la Zona y Los Visitantes, cupidos que flecharon a una generación; y más tarde el contrabajo intelectual de Me Darás Mil Hijos. Lulo Esain (claro, hermano de Manza) es uno de los mejores bateros de este tiempo: con su estilo rockabilly y actitud punk, forma parte de Valle de Muñecas y Motorama.
Segundo, porque con nombres propios y pergaminos no hacemos nada, Acorazado Potemkin forjó una identidad que tiene y a la vez no tiene parecido con el pasado. Lo símil está en las partes separadas: la voz inconfundible (tanguera, hablada, elegante) de Juan Pablo, el bajo firme y potente de Federico, el toque desquiciado de Lulo. Lo disímil, la banda toda: un combinado que hace canciones de rock ágiles para escapar a los rótulos conservadores que tiene el mismo género. Hay en Acorazado Potemkin una conjunción de sonoridades que ellos definen “rock-punk-mugre”. Dicen que el rock es por la musicalidad, el punk por la actitud, la mugre por eso que hay entre las notas. Lulo, particularmente, piensa que son “una banda de rock”. Y sí. Una banda de rock en el sentido más amplío, que se pasea por secuencias de guitarras crudas o melodiosas, por bajos machacantes y tambores violentamente precisos. Con esas armas disparan piezas que liman el stoner, que escupen hard, que deambulan por paisajes sónicos de película, que se ponen en tempo cortante y arrebatos pospunk.

Más allá de las inscripciones que uno pueda hacerle a la banda, sus canciones son más que nada opus emocionales. “No me gusta pensar al artista como una figura aristocrática, según la que todo lo que hace está bien. Al contrario, hay algo que sostener en cada tema”, dice Fernández. “En ese sentido te volvés más laburante de la emoción. No negamos que hay un componente emocional importante, pero trabajamos para lograr eso. Después están la magia, el virtuosismo, esas cosas que en un punto son inmanejables. Nosotros tenemos que pensar que cada canción llegue a su punto máximo, que diga lo que tiene que decir entre música y letra.” Esain suma su voz y se pone —valga la repetición— emocional: “Uno busca emocionarse con lo que está tocando. Cuando viene el estribillo, viene porque me dan ganas de cantar y quiero hacerlo hasta emocionarme. Es una visión punk del acercamiento al instrumento”.
Buena parte de esa totalidad musical se traduce en el modo de (re)interpretar lo que les pasa por dentro al momento de tocar. “Los tres veníamos de métodos diferentes de trabajo y creo que es parte de nuestra riqueza”, dice Federico. “Eso se suma en la forma de interpretar de cada uno. Después está aprender una interpretación de banda en general”.
—¿Ven cosas de sus otros proyectos en Acorazado?
J. P. F.: —Qué sé yo. En el fondo creemos que una banda tiene que tener una identidad y un lenguaje propio. Eso es propio del rock: ir contra el género, contra la forma obvia de resolver algunas composiciones. Las canciones terminan siendo cosas medio raras que tienen toques de antes. Evidentemente hay algo de los tres que está y empieza a trascendernos. Y ojalá que Potemkin nos trascienda, que sea algo superador que a la vez nos incluya.
L. E.: —Hay un sonido de banda reconocible. Eso es re importante. Es lo que uno espera cuando empieza a tocar.
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Desde que tocan, los Acorazado Potemkin son independientes. Libres. Un gesto que esa condición les permite es poner sus dos discos en www.acorazadopotemkin.com.ar para descarga gratuita. “Siempre decimos que cualquier grupo independiente es muy vulnerable al medio ambiente, al contexto. Potemkin tiene algo lindo que es tratar de dar pasos precisos, seguros, con riesgos, pero pensados”, larga Fernández. “También hay muchas decisiones espontáneas pero sostenidas”, suma Esain. “La idea es que el disco sea una cosa realmente pública.” Ghazarossian, que habla lo justo, sintetiza esa mirada política al decir que la libertad es la vida misma. “Siempre nos manejamos trabajando nosotros mismos. Para que algo pase, tenés que hacerlo vos. Si no, estás frito. Es como en el punk. El hecho de moverse en libertad es una parte fundamental del hecho de hacer”.
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Dentro de la musicalidad que ofrece Acorazado Potemkin, en su lírica se emplazan historias urbanas como las de los años ‘30. Con Fernández como principal escribiente, la poesía porteña se enquista en las composiciones. “Tengo muchos amigos poetas y con un amor muy profundo por el verso propio y ajeno. Y yo siempre hice mis cosas y siempre las hice adaptadas a lo que tenía que escribir y cantar. Es decir, me asumí como letrista en función de este trabajo que intuitivamente hago. Mi forma de trabajo me hace sentir más letrista que poeta. Los textos que usamos están siempre subordinados a la canción y a la forma de cantar.”
Esa forma de hacer canción sus propios versos es tan particular como ellos mismos. Fernández canta como habla, según dice y se le oye. Tiene un tinte arrabalero que se destaca cuando el entramado de cuerdas le deja espacio para frasear o cuando, en medio de progresiones sonoras, derrocha un vibrato que podría ser medido en escala de Richter. “Trato de evitar impostaciones o lirismos, adornos o barroquismos. Me gusta contar las historias de forma llana y habitual”, dice a propósito. “Me gusta no ser hermético al momento de escribir, recuperar esa forma de hablar, las palabras coloquiales, palabras que en teoría no tienen una belleza intrínseca.” Ahí encuentra un gancho para colgarse en el vivo. Dice que lo ayuda a comunicarse mejor con la gente, lo hace sentirse más cerca.
“Me fui buscando abrir./ Cerré los libros que fui y me encontré/ sólo otra vez frente a mí”, canta Fernández en “Cerca del sol”, tercer track de Remolino, lírica de Ghazarossian. Esa segunda estrofa podría linkear al pasado reciente del actual contrabajista de Me Darás Mil Hijos. Ese pasado en el que, tras sacudir los ‘80 junto con Palo Pandolfo y “quemarse” en los ‘90, se alejó del rock —con el que decía haberse peleado— y se dedicó a estudiar. Se perfeccionó, se paseó por el tango. Se distanció de la electricidad, hasta que en 2009 se juntó con Fernández a zapar. “Un día no pude llevar el contrabajo y lleve el bajo. Entraba muy natural todo. Y no podía negar toda esa cosa que quedaba tan bien, era muy tonto decir que no. Al principio no quería saber nada del bajo”, dice mientras arma un cigarro. “Pero bueno, a veces hay que mirar para el otro lado. Todo el trabajo que venía haciendo con los graves y el contrabajo lo quería meter por ese lado. Ya en la última época de Los Visitantes usaba cuerdas lisas porque quería ese sonido de la nota antes que que del ‘clac, clac’.”
Ghazarossian —que ya peina y afeita canas— pensaba que estaba viejo para el rock. Por eso lo sorprendió su vuelta, aunque a su vez la reconoce natural. “Me di cuenta de que mi formación es rockera. Si estudié contrabajo, lo que más traté de hacer fue articular mi forma de tocar anterior con esos estudios. Lo que aprendí fue cómo arreglaban los arregladores de antes. Empecé a usar esa forma de trabajar la música y volqué todo lo que aprendí en la forma de armar una base. Antes era muy intuitivo, las cosas bajaban solas.”
Lulo Esain es el más juvenil y punk de Acorazado Potemkin. Es verborrágico y alegre al hablar. Su aspecto también lo demuestra: remera sin mangas de Stray Cats, chupines negros con cadenas, borcegos pateaculos. Toda esa personalidad se ve en su modo de tocar: lo hace como un enfermo terminal que odia su suerte. Esa manera de golpear define la sonoridad del trío. “Para el primer disco, con un approach mucho más apretado de la batería hubiera terminado en un lugar más colgado, por como eran las canciones. Pero como no soy un colgado, sino que soy de ir a lo concreto, de cerrar, de que la estructura termine y tenga reconocibles sus partes, de cosa pop, me gusta encontrarle la forma a los temas y ver por dónde va la melodía y cómo hacemos para que tal parte tenga su debido peso. Me sentí como un ordenador en ese momento”, dice recordando sus sensaciones cuando Fernández lo llamó para sumarse a los ensayos. “Además, los riffs que hacen ellos vienen de otro lado distinto al que yo estaba acostumbrado a trabajar.”
Pero Esain es más que un batero: se encarga de los coros que canta con las armonías de un niño prodigio y delicado. La historia cuenta que de pequeño escuchaba a Los Beatles y prestaba especial atención a las segundas voces. “Me gustaba cómo llenaba el coro. Decís ‘Beatles’ y te aparecen las voces, no te acordás del sonido de la guitarra. Te acordás de las voces y las canciones. El sonido de las voces es el ‘sonido Beatle’”, dice.
Juntarse es una cosa, unirse otra. Fernández toma la palabra: “Nos unió el entusiasmo, la chispa de un algo nuevo. Somos conscientes de que por la edad capaz esa chispa no dura todo el tiempo, pero hay otras motivaciones. No hay que dejar que la cabeza o la costumbre te corten”.