
Por Nicolás Sagaian
La cámara se enciende. Es de tarde. El comedor es amplio. La luz, tenue. A decir verdad, poco importan los detalles. Alejandrina Barry mira los recortes y aún no puede creer cómo los medios se animaron a tanto. Sobre la mesa están desparramados artículos de las revistas Gente, Para Ti y Somos, que entre fines de 1977 y principios de 1978 utilizaron su imagen, la de esa nena rubia, inocente, de apenas tres años, para montar una operación de prensa en favor del terrorismo de Estado. Como si lo contara por primera vez, Alejandrina recuerda cómo lloró a mares en la Biblioteca Nacional y lo que se le revolvió el estómago el día que vio aquellos artículos con su foto. La mostraban con un vestido a lunares y un saquito de lana; y, a su lado, armas y balas. La nota de Gente del 5 de enero de 1978 la presentaba así, como una hija del terror, una niña olvidada: “Alejandra (sic) tiene una medalla con su nombre colgada en el cuello. Tiene también un vestido a pintas blancas y coloradas, un chaleco de lana celeste y una muñeca con un pañuelo en la cabeza. También tiene zapatos blancos. Pero nada más tiene en el mundo Alejandra. Nada más, excepto un apellido (Barry) y otro apellido (Mata), que sus padres ocultaron hace algunos años cuando dejaron de ser un hombre y una mujer y se convirtieron en dos terroristas. En dos asesinos”. La nota sin firma, claro, sigue. Sin embargo, no hace falta agregar más.
La historia de Alejandrina y todo a su alrededor dejó en evidencia por primera vez cuál fue el rol de los medios de comunicación en la cobertura de un delito de lesa humanidad. Eso fue lo que atrajo la mirada del documentalista y periodista Patricio Escobar allá por 2010. Desde hacía tiempo “buscaba trabajar sobre la relación entre la prensa y la dictadura”, pero no encontraba un caso que le permitiera tratar el tema por fuera de lo hablado: Papel Prensa, Clarín y La Nación. Entonces, con ese dato en sus manos, comenzó a indagar: consultó a colegas, repasó información, hurgó en los hechos —como gran parte del periodismo se ha olvidado de hacer— y descubrió que “detrás del caso de Alejandrina, había en realidad algo mucho más grande”. Detrás habían 15 historias, 15 casos ocultos, 15 vidas de hombres, mujeres, niños, todos argentinos, secuestrados, torturados y asesinados en Uruguay, en una serie de operativos simultáneos (ocurridos el 15 y el 16 de diciembre de 1977) que bien podría prefigurar el huevo del Plan Cóndor. Ahí es donde empezó a tomar forma su nueva película, Sonata en si menor. Luego vino todo lo demás.
MEMORIA Y JUSTICIA
A fines de 1977, la dictadura uruguaya estaba en una encrucijada. La inminente visita de una misión de juristas internacionales obligaba a las Fuerzas Armadas a calcular cada paso. Quizá por eso se tomaron el trabajo de documentar todas las acciones de cada uno de esos días. Así, el horror y las redadas de mediados de diciembre quedaron registradas en las actas oficiales, tal como revelan documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano. La primera línea argumental del film persigue esos pasos. Luego le suma la reconstrucción de los hechos a través de los sobrevivientes. Los testimonios son crudos, sin golpe bajo. “Si mis dos películas anteriores encerraban la violencia de un cross a la mandíbula, como aquella filosofía de Roberto Arlt, esta vez el documental apela a ser una caricia a la memoria”, afirma Escobar, director también de ¿Qué democracia? y La crisis causó 2 nuevas muertes.
En 80 minutos de una intensa trama —con un fluido ida y vuelta entre el pasado y el presente—, Sonata… no sólo se transforma en un thriller político de una gran potencia dramática sino en un documento histórico clave para aportar un ladrillo más a la construcción colectiva de la memoria, la verdad y la justicia. Al respecto, señala Escobar: “La película no sólo apunta a rescatar el valor de cada una de las historias sino que, a su vez, busca ser un disparador. Desde una postura política intentamos que nuestras películas realicen un aporte particular para poner en crisis un poco el sistema imperante. No digo que vayamos a cambiar el mundo con un corto o con un largo, sin embargo nuestra idea siempre es brindar algo más que una obra con una producción periodística minuciosa, bien realizada y prolija sólo para pasar el rato”.

Ahí, entonces, el objetivo del proyecto encuentra un sentido doble. Pero no se trata sólo de un aspecto discursivo, sino de algo concreto: el director destinó los recursos de producción del documental y los subsidios otorgados por el Incaa para financiar el viaje de los sobrevivientes a Montevideo. “La idea fue que les sirviera volver al lugar de los hechos también para abrir una causa en la Justicia de allá y que se investigaran los operativos, los secuestros, las torturas y los asesinatos perpetrados por las Fuerzas Conjuntas uruguayas”, explica Escobar. En este punto fue fundamental el apoyo en la logística y la investigación de la Cooperativa La Vaca y el acompañamiento de Raúl Olivera, secretario de Derechos Humanos de la central de trabajadores PIN-CNT a fin de que la denuncia penal llegara a los Tribunales y pudiera avanzar. Esta tarea involucró, además, la redacción de las declaraciones y la coordinación de la fecha de los viajes y las audiencias. Con esta decisión, lograron dar testimonio, 35 años después, el prestigioso pianista tucumano Miguel Ángel Estrella, el ex diputado peronista Jaime Dri (protagonista del libro Recuerdos de la muerte), Rosario Quiroga y sus hijas María Paula y Virginia.
Algunos de ellos ya habían declarado en la megacausa ESMA, pero nunca habían podido testimoniar en Uruguay. El juicio es el primero que trata los casos argentinos en esas orillas. Comenta el realizador: “Obviamente el proceso recién empieza y va demandar años, pero de entrada me parece que todo esto acarrea una cuestión sanadora desde lo humano para los sobrevivientes y es muy importante para darle verdadero valor a la consigna del Nunca más”.
TERRORISMO MEDIÁTICO
Como una forma de enmendar una eterna deuda que se mantiene incluso a lo largo de 38 años de democracia, Sonata… posa la lupa también en la estrecha relación entablada entre la prensa y el poder militar. El colaboracionismo explicito de Editorial Atlántida es un caso testigo. Las notas orquestadas en torno a las historias de Alejandrina Barry y Thelma Jara de Cabezas muestran hasta donde llegó el estómago de la empresa para justificar la maquinaria del terror. En este punto son antológicos los testimonios obtenidos por Escobar de Alfredo Serra (editor de la revista Gente) y de Eduardo Paredes (ex secretario de redacción de la revista Somos) que, lejos del arrepentimiento, explican cómo se manejaba la editorial en aquellos años de plomo y defienden la idea de que en ese momento “todo el mundo escribía lo mismo”, ampliando la responsabilidad a otros medios como La Prensa, La Nación, Perfil, Clarín y La Razón.
—¿Qué sensación te queda luego de escuchar esos testimonios y de presenciar, por ejemplo, el corte de mangas que Serra le hace a cámara durante la entrevista para enfatizar la idea de que “los subversivos tampoco eran ningunos nenes de pecho”?
—Para mí Serra habla desde una honestidad brutal: pinta a grandes rasgos la posición de la empresa y también lo que pasaba en ese momento. Está claro que hubo una decisión deliberada de hacer propaganda y que los medios fueron un engranaje fundamental de la dictadura. De hecho, en su momento, hubo periodistas que trabajaron en los medios y eran invitados a ver sesiones de torturas en la ESMA o tenían estrecha relación con militares. Eso lo admite Paredes: “La revista Somos se hizo para apoyar al golpe”. El caso de Alejandrina se utilizó como una estrategia deliberada para marcar terreno en una parte de la sociedad. Lo mismo con Jara de Cabezas. Ahí en el medio hay un montón de cosas para reflexionar y ahondar.
—¿Creés que aún queda mucho por reflexionar respecto del rol de la prensa?
—La prensa es un lugar en el que no existe una autocrítica, en el que falta una revisión de parte de los propios trabajadores y por lo general no se habla. Como decíamos desde los años en los que publicamos La crisis…, el periodismo se siente como impune. Pasaba antes y pasa ahora también, aunque en otro contexto. Digamos, cualquiera puede escribir cualquier cosa, decir cualquier cosa, publicar cualquier cosa y no pasa nada, ya está, nadie es culpable. Esa idea es muy común. Entonces hay que reflexionar respecto de la función del periodismo y cómo juega a la hora de la construcción de la historia y la realidad, porque es un actor fundamental de toda sociedad. En nuestras presentaciones, durante los debates que hacemos con los espectadores, hacemos hincapié en eso para movilizar un poco algo, como un ejercicio ciudadano. Allí surge lo rico, de la unión y de la reflexión en conjunto a partir de la construcción colectiva.
Fuente: NAN #17 (mayo-junio 2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.