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Cascanueces con rabia

CATÁLOGO_ENTRADA
El disco debut de la banda porteña nacida en 2013, doce canciones de rock furioso con colaboraciones de Cristian Aldana, Ray Fajardo y Sergio Dawi, tiene una cuidada edición física: un libro de tapas duras y papel ilustración.

Por Facundo Desimone
facumdesimone@yahoo.com.ar

“Estoy tentado de romper tu cráneo contra la pared y estoy deseando escuchar el ruido que hace al estallar”, grita Lucas Castro, bajista y vocalista de Ardilla, en “Adiós deudas”, primer track del disco debut Catálogo de bellos dolores. Y sí. Es que cuando uno escucha un disco de rock —el de una buena banda de rock— sabe bastantes cosas de antemano: no va a escuchar nada tranquilizador, esperanzador, alegre ni de tonos rosados. Todo lo contrario. Y es que el rock nace como refugio, como medio de expresión del inconformismo de un sistema de producción y de relaciones pura y exclusivamente consumistas que nos corroe más las almas a cada minuto y que terminará por destruir al género humano como si de ese cráneo se tratara.

En este sentido, este Catálogo de bellos dolores no decepcionará a quienes lo escuchen: tiene el espíritu del rock atravesándolo de principio a fin. O, en palabras de los artistas: “Crecimos con la televisión, que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas de rock; pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy enojados”.

Los riff de las guitarras (porque no existe banda de rock que no tenga guitarras, aunque Keane y otros blandengues por el estilo pretendan hacernos creer lo contrario; y Ardilla, a falta de un guitarrista, tiene tres) son destemplados, crudos; hacen pensar en un grupo de dóbermans encadenados en un galpón a los que, sin haber sido alimentados por varios días, de repente se les arroja una tira de asado completa. Saquen sus propias conclusiones.

Así lo demuestra la compleja pieza de ingeniería llamada “Atado a mí”, con cortes progresivos y guitarras como látigos de electricidad que caen sobre los cerebros adormecidos. Como no podía ser de otra manera, son acompañados por la potencia de las voces de Castro y de Juan Ignacio Vázquez, el otro vocalista y una de las cabezas de este Cancerbero guitarrístico que opera desde el centro de la banda. Obviamente, las letras van en sintonía: “Me aburre tu egoísmo”, proclama “Máscaras”, track cinco del disco.

Pero no todo es poder destructivo-elemental. “Rodeándome” muestra la forma de una extraña balada rock psicodélica. La voz del cantante y el ambiente de la canción hacen pensar inevitablemente en Color Humano y La Cofradía de la Flor Solar. Ideal para deambular en noches de otoño por calles porteñas.

El track nueve, “No en mi nombre”, causa miedo, terror irracional en el alma. Y es que este disco parece querer evocar las emociones más profundas, primitivas, viscerales del ser humano. Viaja hacia esos lugares, se clava ahí, y desde allí parece hablarle a los oyentes.

En el tema “En los ojos (nada es literal)” es imposible no sentir en la sangre aquellas guitarras nihilistas y furiosas de los comienzos de Sonic Youth. La sensación que se tiene al escuchar esta canción es la de estar en una playa post-apocalíptica, con un futuro nada esperanzador por delante. Pero quizás la metáfora más perfecta para hablar de la sensación que causa este Catálogo de bellos dolores sea que es como haber tomado la pastilla roja de Matrix y comenzar a despertar. 

La banda la completan el baterista Damián Andrade, y las otras dos cabezas del Cancerbero guitarrístico, Christian Verdún y Federico Lisorski. Juntos son algo orgánico, a lo que nada le sobra, nada le falta, al menos desde la estética propuesta. El disco cuenta con los aportes de invitados heterodoxos como Cristian Aldana, guitarrista y vocalista de El Otro Yo (quien presta su voz para el tema “No en mi nombre”); Sergio Dawi, ex saxofonista de Los Redondos (en “Rodeándome”); y Raimundo “Ray” Fajardo, baterista y encargado de programaciones de Jauría.

Pero la propuesta de Ardilla no tiene que ver solamente con lo sonoro. En un mundo que prefiere descargar discos en formato digital —y si es gratis, mucho mejor—, sin valorar en la mayoría de los casos el esfuerzo de músicos y compositores, esta banda apuesta fuerte a la vieja escuela. El álbum, si bien cuenta con su versión en digital, fue lanzado en formato de CD analógico y viene impactado en la última hoja de un librito, de forma rectangular y horizontal, con tapas duras y hojas de papel ilustración. Por ende, todos aquellos que elijan “bajarse el disco” en digital, en vez de elegir la opción analógica, se estarán perdiendo de una gran pieza de arte visual y conceptual.

La tapa muestra el dibujo de una cabeza humana con la figura de un laberinto, allí donde debería estar el cerebro. Por dentro realmente parece un “catálogo”. Hay imágenes del cuerpo humano con anotaciones que recuerdan los tratados médicos de anatomía. Sumado a eso, aparecen pequeños fragmentos de las letras de algunos temas (“Existencia” es la única letra que figura en su totalidad) y, en otros casos, hay simplemente referencias vinculadas (por ejemplo, debajo de “Sangre”, que dura sólo 57 segundos, dice únicamente “David Lynch”).

Además del concepto general del disco, los once tracks que lo componen están reagrupados en cuatro sub-conceptos, denominados: “El espejo”, “La libertad”, “La soledad” y “La materia”. Podría entenderse, por lo tanto, que la banda está sugiriendo una manera no-lineal de escuchar el disco, evocando quizás el “tablero de lectura” que figura antes de comenzar la novela “Rayuela”, de Julio Cortázar. Finalmente, en la contratapa se puede apreciar el logo de la banda, una ardilla con una máscara de gas.

Catálogo de bellos dolores es un disco cuya escucha reclama una acción, una respuesta. Pero no evoca una “revolución vacía”; no se trata de “romper televisores en una esquina”, sino de una rebeldía inteligente y crítica, algo más parecido al planteo central de El Club de la Pelea o al ejército de 12 monos. No por nada los miembros de la banda se autodenominan “ejército-ardilla”.