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El reposo del elefante

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A fines de mayo, cinco mil personas dejaron el caraqueño Centro Confinanzas, meca financiera convertida en el complejo habitacional vertical más grande de América latina, rumbo a un barrio de edificios del gobierno venezolano para combatir el déficit de viviendas. Crónica de orgullos y esperanzas. Fotografía: Gustavo Lagarde

Por Martín Di Giácomo
desde Caracas

La nube de polvo envuelve la caravana de buses y camiones que atraviesa el doble portón de alambre y se adentra en el predio. Hombres, mujeres, niños y ancianos, con pecheras identificatorias verdes fluorescentes, observan atentos por las ventanillas, cruzan miradas expectantes.

Los recién llegados parecen hormigas acarreando en sus espaldas lavadoras, colchones, sillas y roperos bajo el sol que castiga ese terreno ganado al monte de Cúa. Llevan el cansancio encima, de haber pasado la noche en vela cargando los camiones de la mudanza, subiendo y bajando sus pertrechos por unas escaleras rodeadas de abismo, a veces hasta 20 pisos a pie.

El lugar al que llegan es Ciudad Zamora, un urbanismo de 23 edificios (más de 1500 apartamentos de tres habitaciones, dos baños y una sala comedor) construido por el gobierno al sureste de Caracas. El lugar del que provienen es conocido como el barrio vertical más grande de América latina: elefante gris en pleno centro de la capital, 28 de sus 45 pisos eran habitados por casi cinco mil personas que ahora están enfrentando su “reubicación”.

“Nos dijeron que nos iban a dar casa en una asamblea; el grito de todos fue inmenso, todo el mundo aplaudía.” Dinora habla con la sonrisa tallada en ese rostro duro y aindiado, ojos negros hundidos bajo una frente angosta. Es madre soltera de cinco hijos y hace una semana que dejó la Torre de David, su casa durante ocho años. Ahora le toca recibir a los nuevos vecinos en Ciudad Zamora, reencontrarse a los gritos y abrazos con su amiga, sola y con hijos como ella.

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Fotografía: Gustavo Lagarde

“En la Torre no teníamos nada y logramos mucho; ahora lo tenemos todo y podemos lograr más”, continúa diciendo. Recuerda la ocupación del edificio, el acampe en la planta baja, tiempo de incertidumbre y violencia. También habla del orgullo, de la pertenencia a un sitio que era un rascacielos de escombros y abandono y que con el esfuerzo de los vecinos se convirtió en el hogar de muchos que no tenían techo. “Allá no teníamos casa, pero teníamos un hogar, porque había sentimiento y afinidad. Aquí tenemos la casa, ahora vamos a trasladar el hogar.”

SÍMBOLO DE UNA HERENCIA EN BANCARROTA

“Lleve su aipo, más de cien canciones trae el aipo”, anuncia a gritos, con su voz aflautada, un hombre de unos 30 años, piel y hueso bajo la musculosa blanca, mientras agita entre los peatones unas imitaciones pirata de reproductores de música. Un poco más adelante, el olor de unos jojotos (choclos) hervidos se mezcla con el de unos pinchos asados, solución provisoria al hambre itinerante. Bajando por la avenida en la que buses, autos y motos bullen en un remolino de bocinas y frenazos, se oye una salsa que sube desde la Feria Socialista Bolívar, rejunte de buhoneros (vendedores ambulantes) que venden mayormente ropa, productos electrónicos y cedés dentro de un galpón laberíntico. “Tú no servistes pa’nada, mami/ y al zafacón yo te eché./ Echa, camina, apártate de mi vera,/ apártate de mi lado”, entona “El Cantante”, Héctor Lavoe, mientras el sol sigue azotando el pavimento ennegrecido y los caminantes pasan esquivando una pila de bolsas de basura que se acumula con indolencia a unos metros de la entrada de la feria, en el corazón de la ciudad, donde reposa el elefante de hierro y cemento.

El Centro Confinanzas fue conocido históricamente como la Torre de David, nombre que se debe al magnate David Brillembourg Ortega, fundador del Grupo Financiero. A principios de los ’90, David ideó el rascacielos como corolario de la bonanza del establishment financiero de Venezuela. Su muerte prematura, en 1993, fue la antesala de la desaparición del grupo, un año después, en medio de la crisis económica. El edificio, tercero más alto de Caracas, quedó paralizado cuando estaba completo en un 60 por ciento y pasó a manos del Estado, apropiado a cuenta del pago por el Fondo de Protección Social de los Depósitos Bancarios (Fogade).

Tuvieron que transcurrir varios años hasta que se le encontró una utilidad a la Torre: en 2007, fue invadida por unas 900 familias que, como en otros tantos casos, buscaban resolver la problemática habitacional caraqueña por sus propios medios y de manera ilegal (en ese entonces, estimaciones privadas establecían el déficit habitacional en un millón y medio de viviendas).

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Fotografía: Gustavo Lagarde

La organización de la ocupación estuvo encabezada por un polémico personaje que atraviesa la historia reciente de la Torre, Alexander Daza. “El Niño” es un exconvicto (hoy de nuevo en prisión) devenido en pastor de la iglesia evangélica que él mismo construyó en la planta baja y presidente de la cooperativa Casiques de Venezuela (sic), marco legal creado para la organización vecinal de la Torre, que cuenta con delegados y coordinadores encargados de cada piso.

“He escuchado mucho, más que todo en la calle y de los que vivían alrededor de nosotros; decían que éramos una cuerda de malandros.” José Gabriel, maracucho (de Maracaibo) moreno de veinte años, trabaja en la cocina de un restaurante en el barrio La Vega. Al recordar sus primeros tiempos en la Torre, cuando era un muchacho de catorce, reconoce que en ese entonces había muchos “mala conducta” y que además de los robos “uno veía cosas”. Sin embargo, la comunidad se unió y fue progresando; se pusieron normas de convivencia y quienes lideraban la ocupación del edificio (con Daza a la cabeza) pusieron “orden”.

Los adolescentes deben de empezar a tener responsabilidades los mismos no pueden permanecer en los pasillos ni reunirse en los alrededores a altas horas de la noche con escándalos ni bochinches que perturben el orden de la comunidad. Así reza una de las normas de convivencia de la Torre (que incluyen, por ejemplo, la prohibición de beber alcohol en los espacios comunes), exhibidas en los pasillos de casi todos los pisos del edificio, junto con las sanciones que acarrea su incumplimiento: desde realizar tareas comunitarias hasta pasar cinco días con la luz suspendida.

“Nos vamos a quitar esa etiqueta que tenemos: que somos asesinos, malvivientes, sádicos, violadores, pranes (narcotraficantes). Nos la vamos a quitar con trabajo, constancia y esfuerzo”, dice Dinora sin pestañear. Presente desde esa primera etapa, el encasillamiento de los habitantes del lugar como “delincuentes”, a pesar de ser casi en su totalidad trabajadores, jóvenes profesionales, estudiantes y niños (muchos), continúa hasta la actualidad, afirmado por la prensa y sectores críticos hacia las políticas redistributivas del gobierno. Podría decirse que la inseguridad en la Torre está más bien ligada a las condiciones de salubridad, a los problemas con los servicios básicos, a la realidad edilicia de una mole trunca y no apta para alojar vida.

Fotografía: Gustavo Lagarde
Fotografía: Gustavo Lagarde

CÓMO HABITAR EL ABANDONO

Para el peatón desprevenido, la Torre puede parecer sólo un edificio a medio construir, otro más de los que contrastan en el centro caraqueño con la proximidad de la montaña. Según cuenta la leyenda, el Ávila, cerro guardián del valle que se levanta como una barrera verde entre el pavimento y el mar Caribe, fue llamado por los caribes Waraira Repano, “la ola que vino de lejos”. Y eso mismo parece, una ola suspendida, a punto de reventar sobre los edificios; eterno apunte visual de que la selva sigue ahí, por más hierro y hormigón que se apile.

En su fachada remendada, donde antes habían relucientes cristales quedan huecos ocupados por bloques de construcción, con macetas, ropa tendida o antenas de televisión satelital que evidencian la vida que palpitaba en el interior de lo que tiene destino de muerte.

A medida que se sube por cada uno de los 45 pisos de la torre A, la principal de las tres que conforman el ex Centro Confinanzas, se tiene la sensación de estar adentrándose en un laberinto de concreto. A los cinco pasillos de trazado diagonal por piso, se suman los vericuetos de la torre B, de veinte pisos, y el estacionamiento, habilitado sólo hasta el diez.

En los rincones se ven triciclos y juguetes abandonados, alguna guirnalda trasnochada pudriéndose al sol, restos de los escombros que abarrotaban el edificio. En los techos permanecen, inalterables, como si fueran los nervios de la mole, vigas de hierro de la construcción, muchas todavía con su revestimiento de fibra de vidrio y asbesto. En los pisos inferiores, por momentos el olor es una mezcla de cemento húmedo, comida recién hecha, orín y cloaca.

Fotografía: Gustavo Lagarde
Fotografía: Gustavo Lagarde

En los apartamentos ya desocupados, sólo quedan algunos trastos viejos y las inscripciones en las paredes como prueba material de que allí se vivió, se amó, se sufrió. “Chávez vive”, “Te amo”, “Aniversario #4”, “Recuerdo de la toma”, “Dios, cuídame de las brujas (delatores) y los falsos”, “Justin Biber”, “Qué ves, sapo (alcahuete)”.

En la planta baja, la iglesia evangelista construida por Daza convive con la base de operaciones del emprendimiento de mototaxis Los Hijos de Dios, que suben a sus clientes por las rampas del estacionamiento. También hay un sector, ubicado detrás del edificio principal, repleto de basura a modo de vertedero. El griterío que se oye de a ratos proviene de una cancha de básquet y fútbol 5, frecuentada durante todo el día.

Al golpear una puerta del piso 12, atiende una mujer baja: “El jefe está durmiendo”, dice mientras una gota de sudor desciende por su frente. Desde adentro, una voz la interrumpe. La mujer abre de par en par la puerta y de atrás de una cortina lateral aparece Wilmer, el dueño de Inversiones Jesús es Amor, rascándose la panza que asoma bajo la musculosa y arrastrando, cansino, las chancletas.

“La mayor dificultad fue que no teníamos los servicios. Comenzamos hasta a poner las tuberías porque ni donde hacer las necesidades teníamos”, relata quien es uno de los “emprendedores” de la comunidad. Está en la Torre desde el acampe, cuando llegó acompañado por su esposa y dos hijos, sólo con algunas máquinas de su pequeña fábrica de moldes de repostería. Para él, vivir allí se convirtió en una oportunidad de crecer: ahora su empresa tiene más de veinte empleados. Como su caso hay muchos: en el edificio abunda la venta informal y la prestación de servicios de todo tipo: bodegas, kioscos, peluquerías, alquiler de teléfonos, guarderías, costura, zapaterías.

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Fotografía: Gustavo Lagarde

“Teníamos un baño comunal, un chorrito de agua. Se agarraron algunos latones para hacer las paredes. Los hombres empezaron a limpiar los escombros, porque anteriormente eran pilas de escombros en todos los pisos, basura, ratas. Con esos escombros se tapaban los huecos subterráneos. Ahí empezamos a limpiar piso por piso y a ocupar”, dice Dinora, poniéndole palabras al recuerdo, los ojos negros vidriados cuando menciona “el orgullo” de haber generado una comunidad y una familia en la Torre. Antes de la toma, ella compartía una sala con cuatro familias en el barrio Antímano. De ese apartamento la echaron, junto con sus cinco hijos, y de ahí recaló en la plaza Miranda. Un amigo le avisó de la ocupación y no dudó en llegarse hasta el centro de Caracas, justo a los pies del Ávila, a plena Torre.

De a poco, el espacio comenzó a ser (algo) más habitable. Se construyeron barandas para evitar los accidentes, aunque la cantidad de precipicios que amenazan en cada rincón (y que han causado varios episodios fatales, algunos sufridos por niños que han perdido la vida en un paso en falso) sigue siendo una problemática grave.

También se utilizó el cableado de teléfono que había dejado en el apuro del abandono la empresa constructora para poner electricidad, negociando con Corpoelec (servicio estatal encargado) la legalización del suministro. El agua tocaba subirla en barriles desde planta baja, donde estaba la única canilla habilitada, hasta que se lograron colocar bombas para distribuirla en los pisos superiores.

“La primera vez no podía subir el tobo (balde) con 70 litros de agua. Pero uno se va adaptando: montamos una polea con un mecate (cuerda) largo y cargábamos el agua por turnos. Las mujeres los llenaban abajo y de aquí los subíamos”, recuerda Wilmer. “También los pisos altos subían la comida con poleas, por un andamio abandonado de la obra. Por ejemplo, el vecino del piso 20 venía del mercado y avisaba ‘voy llegando’, y le bajaban el mecate”.

Fotografía: Gustavo Lagarde
Fotografía: Gustavo Lagarde

El relato de Wilmer sobre el esfuerzo para habitar se repite entre la gente de la Torre; en la rememoración siempre afloran momentos de solidaridad. Una de las claves para que la vida en la Torre no se volviera un caos fue la organización. Desde el primer momento de la ocupación, cuando las familias vivían en planta baja, en carpas y con sus pocas pertenencias, hubo un sentimiento de colectividad incipiente. “Comenzamos como hermanos y nos volvimos una familia en la que todos luchábamos por el mismo propósito.”

UNA POLÍTICA DE ESTADO

Caracas se mueve al paso de los enjambres de motorizados que pululan en las calles. Sobre ellos las autopistas se enciman buscando ganarle la batalla a la prisión de la geografía. Las paredes cuentan esa épica de revoluciones que se remontan a los tiempos de Bolívar, cuya imagen reapropiada y resignificada por el chavismo convive con las estampas grafiteras (de gran tradición en los barrios), la propaganda política y la imagen del propio Chávez, todavía —y quizás más que nunca— repetida hasta la saturación. La ciudad también arroja su otra historia, la que se expresa en las veredas pulcras y sobre los edificios modernos del este, la que habla de represión y dictadura a la vez que reivindica el fenómeno —casi tan viejo como la Revolución Bolivariana— de las guarimbas (piquetes de clase media) y su discurso, presumido de libertario.

Imposible escaparle a la contradicción —a veces solapada, a veces expresada con violencia— que surge al recorrer el este caraqueño, de los caserones y las urbanizaciones enrejadas, y luego los cerros humildes del oeste, esos donde los ranchos de bloque y techo de zinc desafían la gravedad y el vacío que los rodea.

La Gran Misión Vivienda Venezuela, uno de los tantos programas sociales de tipo estructural que continúa impulsando el gobierno (destinó en 2014 casi el 40 por ciento del presupuesto anual para la inversión social), se propuso erradicar finalmente el problema de la precariedad habitacional en el país, logrando entregar cerca de 630 mil nuevas viviendas en los tres años que lleva de ejecución. En ese marco estaba inscripta la “Operación Zamora”, como se dio en llamar la reubicación de los vecinos de la Torre.

Las asambleas y reuniones de la comunidad junto a la Cooperativa fueron imprescindibles para el inicio de la desocupación, ya que comenzaron varios meses antes de los primeros traslados, hechos en julio, luego de que el presidente Nicolás Maduro, junto al ministro para la Transformación del Gran Caracas, Ernesto Villegas, pusiera en funcionamiento la operación. Incluso, la decisión sobre el destino de la Torre se seguirá debatiendo en foros protagonizados por sus habitantes y con el aporte de los vecinos caraqueños.

Fotografía: Gustavo Lagarde
Fotografía: Gustavo Lagarde

LA VIDA SE ABRE PASO EN LOS ESCOMBROS

“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque (…) de palabras, de deseos, de recuerdos”, dice Italo Calvino en el prólogo de Las ciudades invisibles. La reflexión parece hecha pensando en Santiago de León de Caracas. Nunca en una ciudad se ha respirado tanto el mestizaje ultrajante que acarreó la conquista del valle; la memoria del despojo perpetrado por la patria rentista del petróleo sin fin; la jodedera de un pueblo que se reconoce en la salsa y en un vaivén de caderas; la esperanza de quienes, todavía llorando la muerte de su líder, siguen poniéndole el cuerpo a la cotidianidad difícil de la Revolución.

Tairon, con su vida a medio embalar en las cajas de la mudanza, es un cuarentón bajo y grueso que vive en el 21 con su esposa y sus dos hijos adoptados. Cuenta que entre los vecinos de la Torre se armó hasta un equipo de fútbol. “Empezamos un campeonato como si nada: ‘Vamos a echar una broma por allá’. Y así como si nada llegamos a una final: representando al edificio jugamos torneos en Catia y Montalbán, quedamos campeones y subcampeones”, explica inflando el pecho. “Todo el mundo se quedó sorprendido, no pensaban que nosotros íbamos a ser campeones.”

La delegada del piso 28, María, es pequeña y el carácter bravo se le nota a la distancia, en el semblante duro. Años de acarrear el mercado y el agua hasta su casa en lo más alto de la Torre le imprimieron una energía que la hace parecer más joven, pese a las canas que le asoman. Ella menciona como su recuerdo más feliz los festejos, cada año, del Día del Niño: “Son el mejor día, todos aportan su granito de arena: son 28 tortas de la torre A y 20 de la B”.

María dice que va a extrañar sus amistades, la comunidad y las asambleas. Pero también se esperanza del futuro: “A mis dos chamos les encantó Ciudad Zamora, a mí también”. Y sobre la responsabilidad de su rol afirma que su compromiso es quedarse con las 16 familias del piso 28 que todavía están esperando el traslado. “No me puedo ir y dejar a mi gente, tengo que estar con ellos.”

Ciudad Zamora está aproximadamente a una hora y media de Caracas. Muchos estaban recelosos, en un principio, por tener que mudar su vida desde el centro a la periferia. A su vez, los viejos habitantes del urbanismo opusieron resistencia a sus nuevos vecinos, finalmente superada gracias a las reuniones con los delegados y coordinadores de la Cooperativa y las visitas a la Torre.

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Fotografía: Gustavo Lagarde

Algunos de los que ya están instalados en el gigantesco predio permanecen nostálgicos; otros están aliviados de haber dejado atrás los manejos autoritarios de los cuales acusan a los Casiques de Venezuela. Según versiones, los llamados “espacios” se vendían como inmuebles, lo que se suma al manejo autocrático y encubierto por la Cooperativa que algunos le achacaban al Niño Daza.

Sin embargo, a la hora de hablar de expectativas, prima la intención de trasladar lo que funcionaba de la experiencia en la Torre al nuevo espacio. “Allá hicimos una comunidad bien; ojalá que como fue allá, sea aquí”, dice José Gabriel, sentado entre el desorden de los bultos recién descargados del camión.

Dinora, que todavía está asimilando el nuevo entorno, explica que se están dando los primeros pasos en Cúa: ya hay dos voceros designados por cada edificio, se empezaron a crear las normas de convivencia internas, hubo una jornada asistencial y una mega feria de productos a precios “solidarios”. Además, se está planificando un censo para saber cuántos niños van a estudiar y cuántas embarazadas hay.

Los camiones y los buses, vacíos de su carga, forman una nueva caravana, esta vez de vuelta a la capital. El polvo se asienta sobre los bultos que todavía descansan en las veredas del urbanismo. “A veces nos paramos a la mañana y abrimos la puerta y decimos: ‘No lo creemos’. Bérrole, cómo lo creemos. Todavía lloramos y nos decimos ‘mirá, lo logramos’”. La voz se le hace un nudo en la garganta y, sin secarse las lágrimas, continúa: “Lo que hay es un pueblo, gente trabajadora, niños y niñas que quieren seguir soñando, jugando, divirtiéndose; y éste es el momento para hacerlo pues”.