
Por Sergio Sánchez
“Rompimos cosas para hacer lugar para las plantas que vamos a salvar”, canta Pol Nada en “El control”. Y en esa frase está contenida la esencia de su canción; en la que conviven la bondad y la maldad, la ternura y el horror, la luz y la oscuridad, la naturaleza y su destrucción. Y no sólo los polos, todo lo que hay en el medio también. El mérito de Pol Nada radica en presentar esos extremos —y su pasaje de un estado al otro— de un modo armónico, casi indivisible. Aparte, hay otro elemento que sostiene esa sólida estructura: su forma de cantar. El músico susurra cada canción; canta bajito, lento, por momentos ensimismado, con tono sombrío. “Sentía que el que gritaba cuando tocaba estaba obligándome a escuchar, en cambio, el que susurraba estaba llamándome a escuchar —analiza—. Luego entendí que eso es un recurso. Y ahora en vivo encuentro en el grito un poder interesante. Uno puede encontrar diferentes formas de transmitir algo”. Pol Nada crea, a través de paisajes musicales, escenarios futuristas o, más bien, detenidos en el tiempo.
Detrás de la máscara de Pol Nada está Pablo Jacobo, un músico y psiquiatra de 36 años que nació en La Paz, Entre Ríos, pero que vive en Rosario hace casi dos décadas. Desde 2006, Pablo combina con altura el lenguaje poético y el musical. Sus canciones parecen pequeñas poesías cantadas más que versos pensados para convertirse en música. “Nunca me puse a escribir poesía pensando en un libro —admite—. Pero me interesaba que la poesía funcione en la canción y también fuera de ella. La música tiene un grado de abstracción y no conceptualidad que las palabras sí tienen”. Pol Nada acaba de publicar un notable disco llamado Te vamos a salvar. Pero, ¿a quién hay que salvar y de qué? “Era una exageración que me permitía hablar de eso sin hacerme cargo. Ponerlo en ese tono, un poco extremo, le quitaba justamente la responsabilidad de tener que cumplir algo. Para que pase a un plano poético lo tengo que exagerar. El significado no es literal y trasciende a la frase. Es un recurso que utilizo mucho, como en la canción ‘Planeador’ (N.d.R.: ‘Yo te pongo drogas en el vaso para convencerte de cosas’). La desesperación de que alguien te entienda y llegar a ponerle drogas en el vaso. Está casi en un lugar cómico. Nunca haría algo así”.
—Si bien en tu último disco parecen convivir los polos en equilibrio, hay cierto tono apocalíptico, un futuro sombrío…
—No sé si apocalíptico, porque no lo vivo como algo tan instalado en el futuro, sino más bien en universo interno, con el que convivimos todos hoy. Lo de la destrucción es una metáfora. Todos los días convivís con eso cuando salís a la calle. No sé si es una cuestión temporal, sino más bien espacial. Tiene más que ver con el adentro de los seres humanos que con el futuro concreto. Entiendo que se haga esa lectura, porque uso esos espacios poéticos. Todos convivimos con nuestros estados apocalípticos internos y de luminosidad. Mis preguntas siempre fueron qué es la emoción, qué es la conciencia, qué es la percepción, qué es todo esto. ¿Qué es eso que va más allá de la cabeza? No hay que quedarse en lo filosófico, sino pensar cómo se traduce en la práctica. Qué pasa con el impacto de una palabra en el cuerpo.
Te vamos a Salvar es el segundo disco en estudio de Jacobo. El primero fue Querés estar solo (2008). En el medio, subió a internet Songs during the war (2010), un EP con “tres canciones y tres momentos sonoros narrativos”; y He estado en varios lugares a la vez (2011), que contiene cinco versiones del disco Lobo Suelto Cordero Atado, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Se trata, a favor de la música, de cinco particulares lecturas, no de una búsqueda fiel o covers. Cuenta el músico: “Siento que hay una apropiación de las canciones. Realmente las toco como si fueran mías. No estoy pensando qué le pasó al Indio, sino qué me pasa a mí con tal o cual letra. Y por eso inventé una especie de recuerdo. Pero más que pensar en hacer otra cosa, están atravesadas por mí, pero no con una intencionalidad de reformularlas. Es inevitable que se reformulen. De hecho, pasa con mis canciones. Las toco en vivo de maneras muy diferentes al disco. Me parece que es sano aceptar el cambio y la transformación”.
—¿Cómo llegaste a encarar ese proyecto? ¿Siempre fuiste “seguidor” de Los Redondos?
—A principios de los ‘90, cuando estaba en la secundaria escuchaba en el boliche o en el bar a Los Redondos y eso era lo único que conocía. Me gustaba, pero no flasheaba con su música. Ya estando en Rosario empecé a leer algunas entrevistas al Indio y me di cuenta que había algo ahí que me interesaba. Y empecé a escucharlos casi como un laburo. Sentía que me estaba perdiendo algo importante. Pero como la escucha fue más científica no tenía la conexión emocional con la música. Si escucho un tema de Blur aparecen imágenes. Pero con Los Redondos me pasaba con muy pocas canciones ¿Qué pasaría si ahora me pusiera a tocar los temas de Los Redondos como si me pasara eso? Quería generar una especie de recuerdo ficticio. Agarré Lobo Suelto Cordero Atado y empecé a tocarlo, de alguna manera, como si hubiera sido un fan extremo. Y ahora tuviera derecho a cantarlo como quisiera. Fue un ejercicio, un experimento casi.
“No hay que quedarse en lo filosófico, sino pensar cómo se traduce en la práctica. Qué pasa con el impacto de una palabra en el cuerpo.”
A base de guitarras y sutiles programaciones y efectos electrónicos, Pol Nada abreva en la canción pop. O, al menos, él se siente cómodo en ese terreno. “Me parece que la palabra pop está pésimamente utilizada. Para mí el pop es lo que es accesible a cualquier persona”, enfatiza. “Para mí el pop tiene que ver con lo popular. Hay un concepto de lo popular que está denigrado. Se cree que lo popular tiene que ser berreta, y creo que no es así. Si algo es verdaderamente popular seguro va a ser de calidad. Lo otro son imposiciones y no tienen nada que ver con lo popular. Era más popular Sumo que lo que hay hoy en la radio. Creo que el pop es el género más amplio. Desde esa mirada, Los Beatles y Los Rollings hacían pop. Al pop se lo ligó al electropop. Pero creo que viene más de las artes visuales, de los ‘60 y ‘70. Se toma de ahí y después se utiliza como el rock, que era un movimiento contracultural, pero en donde menos hay rock hoy es en ese género”.
—¿En qué sentido?
—El rock es una experiencia que está bueno tener, pero está muy lejos de la rebeldía. Los pibes se comen una historia que no está buena, se creen que tienen que hacer cosas que capaz no quieren hacer, para pertenecer a un supuesto movimiento que en realidad no existe. Yo no me voy a hacer el antisistema, porque formo parte de todo esto, pero no hay que perder la mirada crítica. Y va más allá de la música. Uno cree que está siendo rebelde, que está decidiendo cosas. Y eso es el sistema. Yo trabajo en un hospital y todo eso está ahí adentro. Uno no puede romper todo a lo Che Guevara porque hay estructuras que están tan instaladas que si las rompés es peor. Tenés que ver cómo hacés las cosas lo mejor posible. No me quiero ir a vivir a una montaña, pero sí hay que ser consciente y permitirte tomar algunas pequeñas decisiones. La gente está sufriendo un montón por cosas que no se da cuenta que podría evitar.
Pablo se crió entre los discos de Los Iracundos y Sandro de su padre, los de música griega de su madre y los de Miguel Mateos, Roque Narvaja y Alan Parsons Project de su hermano. “Aunque eran influencias distintas, me pasaba lo mismo con todos esos artistas —recuerda—. Hoy veo la música como una experiencia. Uno utiliza una etiqueta para poder comunicarse, poder hablar, pero creo que la etiqueta y el concepto son útiles mientras no te limiten. Si sirven para comunicarte, está bien, pero si sirven para bloquearte, hay un problema. Si podés aproximarte a una idea utilizando una palabra está bien, pero si no podés salir de esa idea porque no encaja con una palabra hay un problema, sobre todo con el arte. Particularmente, no puedo pensar la música separada de la literatura. Ni la literatura separada del cine. Ni el cine separado de la música. Los separamos para entenderlos, pero en el fondo sabemos que hay una cosa más fuerte que no tiene que ver con la industria”.
Fuente: NAN #15 Conseguila en nuestra Tienda Virtual.
* Pol Nada se presentará el viernes 17 de julio a las 21.30 en La Casa del Árbol, Fitz Roy 2482, Ciudad de Buenos Aires.