
Por Ana Laura Esperança
Como para que quede claro, Francisco El Hombre repite una oración mántrica como se repiten los mantras: una y otra vez, acunándose. Va hilando versos que se hunden en la percusión como las raíces en la tierra y, sin embargo, suena nómade, liviano, expansivo.
Me voy a descubrir
lo que me falta aquí;
prometo que volveré,
pero cuándo, no lo sé.
La canción, que da nombre a su nuevo EP, La Pachanga, y que fue presentada a mediados de abril en Brasil, se abre sin solemnidad y se proyecta en un caleidoscopio de voces cuidadas que explica su idea de “La Pachanga”: un estribillo que condensa lo que hicieron el último verano. Un encuentro con el deseo y su realización o una búsqueda de horizontes comprometida con una verdad: quedarse cuanto haga falta, volver cuando sea el momento.
El loop recorre instantes de calma y sabe subir sin desbordarse.
Está cantado en español (esto es lo novedoso, dado que sus miembros, Sebastián Piracés-Ugarte, Mateo Piracés-Ugarte, Andrei Martinez Kozyreff y Juliana Strassacapa, son luso parlantes y nacidos en Brasil) y redunda en su juego preferido: salir a la ruta, llevar la música como quien lleva agua en un cántaro al desierto.
O sea: poner en común, brindarse.
“La Pachanga” es el tema que vienen promocionando desde el comienzo del verano. Subidos a ella, se presentaron en varias ciudades de Brasil, como Goiás, Rio de Janeiro, Sorocaba, Uberlandia y Belo Horizonte. Además, formaron parte del line up del Festival goiano Bananada 2015 en el Centro Cultural Oscar Niemeyer el 15 de mayo; festival del que también participó Caetano Veloso y muchísimas bandas de la nueva escena musical brasileña, como Wannabe Jalva, Boogarins, Pato Fu y Bikes y Luziluzia.
La Pachanga los llevó a celebrar, montados al mismo agite, una gira de dos meses. Tocaron en ciudades de diversas atmósferas y latitudes: de Santiago de Chile a Mendoza, donde los asaltaron a mano armada y perdieron todo: instrumentos, documentos, bienes materiales y simbólicos, transporte. “Todavía algunos estamos sin documentos”, dice Sebastián Piracés-Ugarte.
De vuelta en Brasil, hicieron base en Campinas pero anduvieron por la ciudad de San Pablo para tocar en el Bar El Secreto.
“Francisco El hombre viene de una leyenda colombiana basada en la figura de un acordeonista y viajante que se batió a duelo con el diablo y venció”, dice Strassacapa, única chica del grupo, vía mail. “¡Nada de machismos referidos al nombre de la banda, gente!”, advierte en florido portugués.
Juliana nació en Sorocaba, dentro del diverso estado de San Pablo. Ciudad que, según cuenta, siempre fue un polo cultural y musical extremadamente fuerte, propio de una fuerza que crece a cada generación de artistas y escenas. En una de esas inquietudes que todo artista experimenta, la de salir de su “pequeño mundo”, conoció otro polo de personas increíbles llamado Campinas.
De lo que está segura esta chica, que cuando canta añade un color angelado a las voces de Francisco El Hombre, es de que nunca se sabe lo que el cosmos va a deparar. Lo que ella sí sabe es que la música la aproximó a “los mejores hermanos y hermanas del alma que pudo haber encontrado en el camino”. “Nací en Brasil pero mi corazón es universal”, dice para NAN. Y asegura que, aunque siempre anduvo saltando de un lenguaje artístico a otro, la única que siempre la acompañó fue la música.
—¿Cuál es el corazón del proyecto?
Juliana Strassacapa: —Es un proyecto camaleónico: cambiamos siempre porque buscamos el cambio y lo genuino en cada acto, en cada paso que damos. A pesar de ser atea, varias de nuestras canciones parecieron profecías después de cierto tiempo, porque nos lanzamos al camino de esas palabras. Y por la montaña rusa de emociones que es la carretera, terminamos por valorar tanto el susto de la suspensión en el aire como el retorno de los pies al suelo.
Sebastián Piracés-Ugarte: —El corazón no es de piedra, es un músculo en ejercicio que aprende y madura con los años. Para mí el de este proyecto está en aprender y transformar, en no conformarse, petrificarse, nunca. Por eso viajamos tanto.
—Es sabido que son de distintos lugares, y antes eran de diferentes nacionalidades. ¿Cómo se conocieron?
S. P. U.: —Nos conocimos en la larga y sinuosa ruta musical que recorre las ciudades de Sorocaba, Campinas y San Pablo. Tocando en diversos proyectos y haciendo lío. Juntos empezamos a hacer lío desde el temprano 2013, cuando decidimos bucear de lleno en este estilo de vida de aventuras y musicalidades. En este momento somos todos brasileros, pero sí hubo camaradas de México y Chile.
Al momento del último mail, Francisco El Hombre estaba en Campinas, digiriendo lo vivido en dos intensos meses de tour que parecieron años. “Estamos ahora mismo en una sala levemente desordenada de la casa mais maluca de Barao Geraldo, distrito de Campinas (SP), entre dos perros y visitas de otros ‘cantos’ del mundo, recomponiéndonos: desde el asalto tenemos pocos medios de trabajo; y volviendo a andar con nuestros pies”, escribe Sebastián.
—Si tuvieran que definir una filosofía de vida a partir de la experiencia del grupo, ¿cómo sería?
J. S.: —Generalmente surge después de nuestras experiencias, nada es fijo. Lo que permanece es la apreciación de nuestro mundo y de las personas geniales que nos rodean, nos incentivan y nos inspiran de infinitas maneras. Nos sentimos muy suertudos de vivir como vivimos.
S. P. U.: —No es una filosofía en teoría sino en práctica: expandir horizontes, romper fronteras, aprender y construir y transformar y, quién sabe, algún día enseñar con nuestras experiencias.
—Van a presentar el EP La Pachanga. Aparte de eso, ¿cuáles son los planes?
S. P. U.: —Subir nuestro clip del EP La Pachanga, que teníamos guardado en un cajón hacía un rato. Por lo demás: tocar, presentarlo, tocar, viajar, tocar. ¡Y experimentar! Todo eso, no necesariamente en ese orden. Creo que a mediano plazo el plan es cumplir nuestro sueño: sacar nuestro primer disco larga duración.
J. S.: —¡Y caminar hasta sangrar los pies!