
Por Nahuel Lag
Con sus seis mil habitantes, Verónica es uno de los pueblos bonaerenses que rompe la monotonía verde pampeana. Ahí donde los inmigrantes llegaron con el ferrocarril, sus descendientes se mueven en torno a la plaza San Martín y la estación fundacional reconvertida hoy en corsódromo. A 90 kilómetros de La Plata, con sólo una línea de colectivos que conecta con la gran ciudad, el Estado trae la educación y el trabajo a través del municipio o la Base Área de Punta Indio, ahora opacada por el Polo Espacial de la localidad vecina de Pipinas. En uno de sus ingresos por la ruta 36, un cartel grande y naranja promete traer la “nueva Policía Local”, pero al ingresar al pueblo un esténcil pequeño replicado en las paradas de colectivos y los postes de luz reclama: “Justicia por Sebas”. Desde el 14 de febrero de 2013, su madre, Fernanda Nicora, exige justicia. La “vieja” Policía Local aseguró que había muerto de un golpe en la cabeza. Le faltó precisar que una bala no sólo lo había golpeado, sino que le había agujereado el cráneo. La Justicia queda lejos de Verónica; bastante más lejos que el espacio exterior.
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El 14 de febrero Sebastián tomó prestado el morral de su mamá y salió temprano, sin avisar. Tomó el Costero del Sur que recorre los 20 kilómetros entre Verónica y el balneario El Pericón. Viajó con Santiago, un amigo un año menor que él. La localidad costera es pequeña y se ingresa por la Ruta 11, en un tramo de ripio duro y agrietado. Después de unas pocas cuadras de tierra y arena, se desemboca en el Río de La Plata. La playa tiene unos 500 metros de ancho por otros 30 de largo.
Esa misma noche, después de las 22, Sebastián ingresó solo al único parador del lugar y preguntó si podía pedir algo para comer. Se quedó mirando la tele y le comentó a la mesera que estaba esperando a un amigo. Santiago no estaba con él y nunca llegaría: a las 21.50 ya se había tomado un remis para volver a Verónica. Poco antes de las 23, Sebastián se volvió a parar, saludó y dejó el lugar sin compañía.
En la noche, el balneario queda iluminado por unos pocos focos amarillos. A la 1, ya del 15 de febrero, en la oscuridad, el conductor de un cuatriciclo se sorprendió cuando alumbró de refilón a Sebastián, que estaba recostado al pie de una palmera, pero llegó a esquivarlo. El conductor prefirió no molestarlo por si dormía. «Ey, despertate. Va a crecer el río», le recomendó a las 4.30 un puestero que volvía de una fiesta en el salón “El Murallón”, ubicado en la bahía que se eleva en el extremo norte de la playa. Sebastián no respondió. El hombre lo alumbró con su linterna y pese a la oscuridad la imagen era clara. La cara ensangrentada, el cuerpo quieto, las manos en los bolsillos.
La primera patrulla en llegar fue la del puesto de control de Punta Indio, junto al médico de la salita. Constatada la muerte, la Comisaría de Verónica fue alertada e informó a la UFI Nº 1 de La Plata, a cargo de la fiscal Ana Medina. El entonces subcomisario de Verónica Marcelo Nacir fue el responsable del operativo.
En una playa de pocos metros, unos pocos policías bastaban para perimetrar la zona y preservar la escena. Sin embargo, no lo hicieron. Antes de la llegada de la instructora de la fiscalía, movieron el cuerpo y revisaron hasta encontrar en sus bolsillos las llaves del cuarto que el joven y su amigo habían alquilado en la estancia Santa Rita. El entonces jefe de calle Javier Maciel se dirigió al lugar e ingresó a la habitación. La revisó sin aval judicial y volvió a la playa.
A las 10.30, el cuerpo de joven fue reconocido por la mesera del parador, la última en verlo con vida. La instructora ordenó a la Policía que dé aviso a la familia. Los oficiales, antes de ir a buscarla, fueron directo a la casa de Santiago. “¿Por qué no van a avisarle a la madre?”, preguntó el padre del amigo de Sebastián. “Ya vamos a ir”, le respondieron y lo subieron junto a su hijo a un móvil para ir a reconocer el cuerpo.
La Policía manejaba información de antemano.
La tarde anterior, cuando los dos chicos tomaron el micro, Gustavo Coronel, ex pareja de Fernanda y padrastro de Sebastián, dio aviso a la comisaría. La amistad entre Coronel y Maciel es un secreto a voces en el pueblo. Santiago se transformó en el acusado de acuerdo a la hipótesis policial, mientras que la fiscal Medina permaneció a 100 kilómetros del lugar del hecho. La casa del joven fue allanada y se secuestraron un par de zapatillas con restos de arena y una remera con manchas rojas. El médico forense había señalado esa mañana —y lo ratificaría horas después al realizar la autopsia en La Plata— que Sebastián murió por un “golpe con un elemento contundente”, algo similar a una maza o un pico. Nada de eso se halló en la casa del amigo.
“Me golpearon la puerta a las 13.30 y me dicen que pasó ‘algo muy grave’. No necesité escuchar más… Me conocían. Sabían que soy la madre de Sebastián. ¿Tres horas tardaron desde que dio aviso la instructora para hacer 20 kilómetros?”, recuerda y analiza Fernanda. Luego de hacerle llegar la noticia, la llevaron hasta Punta Indio, donde reclamó que aparezca el morral y el celular de su hijo.
Esas pertenencias nunca aparecerían.
El 15 por la mañana, Fernanda seguía esperando que le entregaran el cuerpo de Sebastián. La autopsia había arrojado negativo en los exámenes toxicológicos. Si el joven tuvo reflejos o tenía marcas de resistencia, no quedó determinado en el informe policial. Al mediodía, fue a la comisaría en busca de novedades. Volvió a su hogar con la noticia de que el amigo de su hijo era el acusado. En la puerta les pidió a sus amigas que no se vayan porque notó que la casa estaba revuelta. “No le podemos tomar la denuncia. Entramos nosotros”, le dijo el policía Maciel, cuando le explicó que lo que había ocurrido en su casa había sido un allanamiento. La ex pareja de Fernanda, supuestamente, había autorizado el ingreso. La pesquisa diría que en la pieza de Sebastián encontraron “ropa robada”, pero tiempo después se sabría que esas prendas pertenecían a otra causa.
Esa tarde-noche Fernanda veló a su hijo. “¿Por qué entraron a la pieza que Sebastián alquiló sin el permiso judicial? ¿Por qué ingresaron a mi casa sin el mío? Yo era la más interesada en saber qué pasó”, se empezó a preguntar. No creía en la culpabilidad de Santiago.

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Los adolescentes en Verónica hacen lo que se hace en los pueblos: escuela, club, plaza, bici, moto. A los 18, según las posibilidades familiares, las opciones son ir a trabajar o estudiar algo en La Plata. Sebastián no había llegado a pensar en eso y ya se había salteado la secundaria. No era constante, quedaba libre. Pero había prometido retomar en marzo. En el pueblo no tenía problemas con sus vecinos, pero la Policía lo tenía registrado. “Había una persecución del chico mal visto, algo que yo nunca denuncié porque confiaba en las fuerza de seguridad. Sebastián se había mandado sus macanas de adolescente, tenía una denuncia por hurto, pero no había nada que lo lleve a este desenlace”, cuenta Fernanda. El año anterior a su muerte, prefirió trabajar que estudiar. Primero en el campo con su tío y después, con su padrastro, que lo sumó a su changa nocturna de sonidista.
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Fernanda empezó a quedarse noches enteras conectada a Internet. Trataba de encontrar algo que le quitara las dudas que le dejaba el pobre informe de la autopsia: “¿Cómo murió de un único golpe? ¿Cómo no tuvo reflejos?” “Yo busco una bala”, les decía a sus vecinos, que la escuchaban incrédulos.
La hipótesis de la Bonaerense y de la fiscal Medina no se movía del “golpe contundente” de un chico de 15 años. A fines de 2013, la causa por “homicidio” pasó al Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil. Las zapatillas secuestradas en aquel allanamiento tenían arena, pero no coincidía con la de la playa de El Pericón. La mancha roja de la remera no era sangre humana. El pico o la maza nunca aparecieron. La mujer ratificaba el presentimiento de que el asesino de su hijo no era el amigo.
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Sebastián ya era noticia en Verónica. El diario local El Colono entrevistó por su caso a Julián Axat, entonces defensor del Fuero Penal Juvenil. Axat había incorporado el caso Nicora como el séptimo de una denuncia colectiva presentada ante la Suprema Corte de la bonaerense para investigar un supuesto “escuadrón de la muerte”. El modus operandi: hostigamiento policial, armado de causas, hostigamiento otra vez y muerte. La Corte ordenó investigar los casos y le giró la tarea al fiscal Jorge Paolini. Nunca avanzó.
Tras la entrevista con El Colono, Axat dejó su contacto y Fernanda lo fue a buscar a La Plata. Le contó las mismas sospechas que llevaba señalando hace tiempo a la fiscal Medina en los repetidos viajes que hacía hasta la capital provincial. «Preparate. No va a ser la primera vez que aparezca un tiro», le había dicho Axat.
Había pasado un año y la pista policial ya estaba descartada. La madre de Sebastián se convenció de que necesitaba presentarse como particular damnificada en la causa. “A tantos kilómetros de La Plata, nadie sabe qué es una fiscalía y qué o cómo se puede denunciar”, reflexiona ella desde su experiencia.
En marzo de 2014, se presentó junto al equipo de abogados del Comité Provincial por la Memoria en la UFI 1. La reautopsia fue el reclamo principal.

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“Estamos acostumbrados a que la Policía trabaje mal”, retrucó la fiscal cuando se pidieron las primeras medidas de parte en la causa y le exigieron explicaciones sobre las pesquisas realizadas hasta ese momento. Medina cedió y pidió la reautopsia, por la que “no daba un peso”. “El ABC de una autopsia no se cumplió”, reveló el director general de Asesorías Periciales de la Suprema Corte bonaerense, Gustavo Capelli, en octubre de 2014, cuando revisó el informe de 2013 y se preparaba para el nuevo peritaje.
Para entonces, en Verónica, el médico forense del “golpe contundente” ya había renunciado. El comisario Nazir y el jefe de calle Maciel habían sido desplazados a pedido del intendente, Hernán Yzurieta. En diciembre, los peritos de la Corte entregaron el informe final. La conclusión: a Sebastián lo mataron de un tiro en la cabeza.
En la primera autopsia sobre el cuerpo, los peritos de la Bonaerense obviaron el orificio de entrada de una bala, la trayectoria descendente y el orificio de salida. Para un “golpe contundente” tampoco tomaron una muestra microscópica, que hubiese hallado restos de pólvora, como se logró aún dos años después. Algo más obviaron: un fragmento de plomo en la cabeza.
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Tras impulsar la medida más relevante de la investigación, la Procuración General de la Corte provincial, a cargo de María del Carmen Falbo, recibió a la madre y a los abogados del CPM y les aseguraron: “La fiscal está muy agradecida con ustedes”. Medina no fue apartada del caso, sino que pusieron en el caso a instructores dependientes del máximo tribunal bonaerense.
“¿Dos años después?”, se preguntan algunos de los testigos que son convocados nuevamente por los instructores de la Corte. Entre ellos, la mesera del parador, quien confesó que había sido llevada a la fuerza por los efectivos de Verónica a rectificar el horario en el que vio por última vez a Sebastián. Tuvo que atrasar su reloj una hora, cuando Santiago aún no se había tomado el remis que lo llevó a su casa la noche del homicidio. “Con la incorporación de los instructores de la Corte se pudo ampliar la información. Sirvió para seguir confirmando las profundas irregularidades policiales”, afirma Margarita Jarque, abogada del CPM. “Son muchísimas las prácticas probadas en el expediente que permitirían iniciar una denuncia paralela por ‘encubrimiento’ o ‘incumplimiento de deberes’”, agrega Jarque.
Este verano, cuando se cumplieron los dos años del asesinato de Sebastián, Fernanda — acompañada por vecinos, funcionarios locales y figuras como Rosa Bru y Adolfo Pérez Esquivel— pudo inaugurar un sitio de la memoria a 30 metros de donde fue encontrado. Un mástil que sostiene la bandera con la cara del adolescente y la leyenda: “Ni un pibe menos”. Semanas después, agentes de Asuntos Internos de la Bonaerense visitaron a Fernanda en su casa para “escuchar” lo que venía denunciando hace tiempo.
El sitio de memoria indica dónde fue hallado el adolescente, pero la autopsia precisa que su cuerpo fue movido, dos metros o dos kilómetros es la incógnita. El Ministerio de Seguridad aún no respondió al pedido de información sobre los recorridos de los móviles policiales aquella noche, una medida pedida por los abogados del CPM. La fiscal nunca había solicitado esa información ni prestó atención a los dos testimonios tomados al inicio de la causa que aseguran oír estruendos de disparos en la playa la noche del 14.
«Si yo me hubiese quedado llorando en casa, la causa estaría cerrada y Santiago sería el culpable. Pero hay madres que tenemos el poder de transformar el dolor en lucha para llegar a la verdad. Lo que me indigna es que nosotras tengamos que salir a resolver los homicidios de nuestros hijos.»
Fuente: NAN #19 (2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.