
Por Andrés Valenzuela
Nunca hubo tiempo mejor que este para hablar de historieta.
Desde luego, es una afirmación temeraria. Más si se lanza desde un espacio dedicado al periodismo y crítica de historieta. Analicemos un poco más la cuestión, entonces.
El discurso sobre historieta no es nuevo. Sin salir de las fronteras argentinas, en los ’60 Oscar Masotta y otros intelectuales argentinos, siguiendo las corrientes académicas que llegaban de Europa, intentaron descubrir lo específico del universo de los globitos. Para la misma época salía la revista Dibujantes (de corta resurrección digital hace unos años), orientada a los profesionales del medio. Con los años el interés académico se mantendría en casos aislados. En las décadas que siguieron, varias revistas de historietas incluían artículos sobre ella. Fue la era de los Trillo, los Saccomanno y los Sasturain. En los ’90, afirmada la paridad cambiaria y con la industria local lanzando sus últimos estertores, llegó la invasión de material norteamericano a precios irrisorios. Ahí surgió Comiqueando, para facilitar la circulación de información de las escasas publicaciones locales y ayudar a distinguir al lector entre “la papa fina” y las apuestas más olvidables de Marvel, DC, Image y compañía.
Aunque está plagado de omisiones, todo el párrafo anterior resume los puntos más altos de cinco décadas de discurso sobre historieta. ¿Qué pasa ahora?
En este momento hay, en un canal de cable (Encuentro, oficial), un programa que habla sobre historieta que va por su cuarta temporada en el aire. En un diario razonablemente influyente (Página/12) hay una sección mensual de crítica de historietas, y suelen publicarse noticias y entrevistas a sus autores. En los otros diarios hay periodistas especializados, aunque no aborden tanto el tema (Diego Marinelli en Clarín, Juan Manuel Domínguez en Perfil). La Nación una vez al año intenta convencer a sus lectores (o a sí mismos) de que la historieta “ya no es sólo para chicos”. Varias revistas de buena tirada incluyen reseñas o notas sobre historieta (Inrockuptibles, RollingStone). En un momento u otro, todos los portales de noticias publican alguna nota dedicada a la disciplina. También hay webs especializadas, como la que da origen a estas páginas (Cuadritos) o la reconvertida Comiqueando. En lo académico, surgió un congreso internacional (Viñetas Serias) que nuclea los desarrollos de la región. Allí abundan los becarios volcados a investigar el pasado de la historieta argentina. La UBA abrió un área de “narrativas dibujadas” y en la Universidad Nacional de Córdoba hay un grupo de trabajo dedicado a este lenguaje. En otras universidades también empiezan a surgir trabajos de investigación y teóricos. Los libros que surgen de estos trabajos están en muchas librerías. Las instituciones oficiales tomaron nota de ello y ahora la Biblioteca Nacional tiene un archivo de historieta y humor gráfico.
El párrafo anterior resume un simple corte temporal: el día en que se escribe este artículo.
Más allá de la extensión entre un párrafo y otro, de la cantidad de cosas que suceden hoy y el desarrollo de las décadas pasadas, conviene prestar atención a un elemento fundamental: antes el discurso sobre historieta se dirigía al especialista: al académico ya interesado, al lector fiel, al comiquero. La historieta como consumo cultural del que tenía sentido hablar no cabía en los medios de comunicación pensados “para todo público”.
Eso cambió.
La cuestión está, en todo caso, en ver cómo y por qué cambió. En los círculos académicos empieza a reconocerse que ciertos prejuicios que persistían empezaron a disolverse. Esa idea de la historieta como “arte menor” o cosa limitada a las aventuras y los superhéroes (como si ya eso, de por sí, no fuese material para jugosos análisis). Las facultades de comunicación y ciencias sociales ya entienden que las viñetas son un objeto de estudio válido. Las de bellas artes, en cambio, aún están un paso más atrás y los alumnos dependen más de su inquietud y de la fortuna de encontrar un profesor piola que de un programa que la contemple.
En el campo periodístico se operó un doble cambio. El primero hacia adentro de los medios, que gracias a la irrupción de algunas grandes obras empezó a entender a la historieta como un lenguaje del que tenía sentido hablar. Y por otro lado, un aspecto derivado del desarrollo de la disciplina como industria cultural. La historieta se alejó del campo de los consumos “populares”. El acercamiento a las librerías y la pérdida de espacios en los kioscos de diarios y revistas es el síntoma de ello. Por supuesto, un cambio en tirada, modo de circulación y formato también supone un cambio necesario en el modo de llegar a conocimiento de los lectores. Ya no basta con una tapa atractiva y estar expuesta a la vista. Así que la historieta se suma al circuito de recomendaciones, críticas y artículos que también recorren discos, películas, obras teatrales y literatura. Este cambio es fundamental, pero también tiene otra pata: tiene que haber material para reseñar, comentar y autores a los que entrevistar.
Y los hay. Por suerte, sino, estas líneas no existirían.
Fuente: NAN #13 (julio-agosto 2013). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.