
Te regalo mi boca para tu sexo,/ mi mente viaja/ a kilómetros de acá./
Si pudiera alimentar con algo/ y barrer la nada/ y encender la vida/
y ubicar el cuerpo, quizás,/ dejaría de llorar.
Flor Codagnone, “Celo”.
Por Gustavo Grazioli
De alguna manera, afrontar la literatura es siempre una batalla contra la manera de asumirse escritor y las páginas en blanco. Sobre todo cuando llega el momento de sentarse a escribir y aparece algo mejor para hacer. “El mote de escritora me costó mucho asumirlo”, reconoce Flor Codagnone a NAN. No pasa al revés: las palabras que presenta esta escritora pasan del papel directamente al cuerpo. Leer a Codagnone es una prueba constante, ya que en ese vaivén de fraseos e imágenes el cuerpo comienza a reaccionar, la postura deja de ser la misma, el estómago se estruje, las piernas empiezan a temblar y las manos sudan el temor de no poder sentir lo que esas palabras dicen.
Escribir desde el lugar de una transformación propia o ajena ha sumergido a Codagnone en una búsqueda de reacciones que escapan del dominio más convencional. Las formas elaboradas nos sitúan en un pacto de lectura que se asemeja al ejercicio de dejar de lado lo conocido en busca de algo nuevo. Su obra recorre distintos escenarios que se distinguen por sus tareas (va desde una terapia de psicoanálisis hasta una recomendación que pueda hacer Wallas, cantante de Massacre, en uno de sus shows) pero se conectan en un mismo punto: la poética y la atracción.
Codagnone ha publicado Celo (2014) y Mudas (2013) a través de la editorial Pánico el Pánico. Junto al psicólogo Nicolas Cerruti escribió Literatura y psicoanálisis: el signo de lo irrepetible (Letra Viva, 2013); tradujo el libro Los Beatles y Lacan: un réquiem para la edad moderna (de Henry W. Sullivan; Galerna, 2013); y dirige y lee, junto a María Magdalena, el ciclo Trémulas, en el que ponen a dialogar, leyendo fragmentos de sus poesías, a dos de las más reconocidas poetas estadounidenses, Anne Sexton y Sylvia Plath. Además es licenciada en periodismo y creó una materia llamada Rock & Comunicación Social, ofrecida en la Universidad del Salvador. Coordina talleres y clínicas de poesía.
—¿Por qué elegís la poesía?
—Me parece que la poesía me elige a mí. He encontrado diarios íntimos de mis ocho años que decían: “Tengo tres poesías”. Después pasé a la prosa poética pero volví al verso a partir de 2007. De todas maneras, no significa que haya dejado de escribir. El libro que escribo sobre literatura y psicoanálisis está atravesado más por lo poético que por lo ensayístico, aunque no deje de ser un ensayo. No está escrito en verso pero hay algo en mi manera de argumentar que está relacionado con la poesía. Quizás eso tenga que ver con que mi poesía es bastante cruda e íntima, entonces esa parte de intimidad se cuela en la forma poética.
—¿Cuál es el punto de encuentro entre la poesía y el psicoanálisis?
—Están súper relacionados. Hay algo de lo poético que se puede poner en juego dentro del psicoanálisis. La poesía es una forma de nombrar y en el psicoanálisis poner nombre es vital: tanto la literatura como el psicoanálisis se pueden enseñar mutuamente. De la poesía y la escritura los psicoanalistas se pueden agarrar para aprehender algo. Es como que las podrían usar de combustible. En mi caso sé que hay psicoanalistas que hacen circular mi poesía entre sus pacientes mujeres, y eso para mí es un gesto hermoso. Que se pueda hacer una intervención desde mi poesía en una terapia es algo que nunca me hubiese esperado, y eso sigue llevando a la poesía a otra intimidad. La pone a laburar en otro dispositivo, en otro mecanismo.
—Y desde un personaje literario esta relación se puede dar mucho más…
—Claro. En el libro de literatura y psicoanálisis hago mucho hincapié en que los psicoanalistas suelen tomar a un grupo reducido de escritores que ya están muertos. Y ahí aparece Joyce porque Lacan lo tomó, pero la realidad es que hay un montón de poetas vivos latinoamericanos que están haciendo cosas y que el psicoanálisis podría tomar para expandirse, dialogar, generar nuevas formas.
—¿Por qué te parece que se toman poetas muertos y no gente que esté haciendo cosas en la actualidad?
—Los psicoanalistas hoy tienen una tara con publicar casos clínicos, porque dicen: “Después de Freud… qué, cómo, para qué”. Entonces ése es otro tótem. Con la literatura pasa lo mismo. No hacen una nueva lectura de Joyce, por ejemplo. La lectura que se hace es la que hizo en su momento Lacan, el cual dialogaba en su momento con los artistas que estaban vivos. Entonces esas formas de lecturas se convierten casi en un monólogo. A mí me interesa el diálogo con lo vivo y que si el psicoanálisis hace una pregunta, la literatura pueda contestar.
—¿Interviene el rock en tu escritura?
—Totalmente. Una vez estaba preocupada porque decía que había muchos poetas que hablaban de la música en sus poemas y yo no le encontraba música a los míos. Hasta que alguien muy sabiamente me dijo: “¿Cómo que no le escuchás música? Hay rock ahí”. Laburé mucho sobre el rock: mi tesis de licenciatura fue sobre la poesía del rock nacional en la música de los ’90. Trabajé con unas 800 canciones y tiene como cuatrocientas páginas. Estuvo centrado exclusivamente en la explicitud que alcanzaban las letras en esa época. Creo, entonces, que sin llegar al nivel de explicitud al que llegaron las letras en esa década, hay algo de eso que se juega en mí poesía. Hay ciertas palabras que quizás otro no usaría, que están puestas sobre la mesa por esa necesidad de nombrar. Siento que hay algo de lo explicito que deviene de ahí y de mis influencias. Hay una poesía que escribí cuando vi el homenaje de Pedro Aznar a Spinetta; uno de los acápites de Celo es de Gabo Ferro. Hay un diálogo y una retroalimentación. Mis influencias van desde Freud a Manuel Moretti. Hay algo de la cultura rock que bulle por todos lados. Por eso no me gusta cuando se separa a ciertos letristas del rock y se les pone el título de poetas. Es tan poesía un “cógeme o me muero” de Cienfuegos como “todas las hojas son del viento”. Me molesta eso de ponerle el mote de poeta a un Bob Dylan pero a un Pity Alvarez no.
—¿Mudas se desprende un poco de ese significado y se hace lugar dentro de un circuito completamente hablado como es el de la literatura?
—En principio sé que el título es en femenino y en plural, y eso dice algo. Es una señal. Me encanta que el título sea polisémico. “Mudas” refiere a un cambio de piel, como algo de lo animal. Es un cambio que puede que no suceda en lo real, pero sí en lo poético. La publicación de este libro quizás haya sido ese mudar de piel cuando pasó al papel.
—¿Haber publicado te dio el mote de escritora?
—El mote de escritora me costó mucho asumirlo y no sé cuándo lo asumí. Lo que sí sé es que fueron muchos años de laburo para poder llamarme poeta, escritora o algo por el estilo. Pero creo que sí, sin dudas publicar fue un hecho indiscutible. De todas maneras no creo que solamente haya sido escribir un libro y publicarlo. Eso fue parte de un proceso mucho más largo. El lugar de poeta o de escritor no es un lugar muy cómodo. También está el hecho de que la poesía se lea en público. Participar de lecturas hace que uno se encuentre con eso de una manera distinta. Las lecturas son un hecho muy particular, porque me encuentro con la reacción inmediata de quien escucha, y eso es muy fuerte. Cuando leí en Tecnópolis este año, en el marco del festival de la Red Federal de Poesía, trabajé una serie de poemas sobre violencia de género y hubo chicas que se me acercaron llorando para agradecerme.