
Por Sebastián Goyeneche*
El día que conocí a Ioshua yo ya sabía quién era. Estábamos en Posadas, Misiones, participando de un festival llamado Erica (Encuentro de Revistas Independientes y Comunicación Alternativa). Era noviembre de 2009. No hacía mucho, habíamos publicado el primer libro de Ioshua: Pija Birra Faso, en Ataque Emocional al Sistema Capitalista. Es más, técnicamente había sido parte del nacimiento de ese “subsello”, todo por idea de Grau. Debo admitirlo: tuvo que hacer mucho para convencerme de las razones para editar un libro con ese título, que más allá de reivindicar un lenguaje explícitamente gay y de registro “cabeza” (palabra-plaga que había logrado que dejáramos de pensar en la estigmatización que significaba) yo no sentía que hiciera mucho. Visto ahora en perspectiva, el papel de ese libro fue histórico.
Con Ioshua teníamos una relación de respeto pero de distancia. A pesar de la salida del libro todavía no nos considerábamos amigos. Entonces llegaría el día: viajando en colectivo, en un viaje larguísimo de Buenos Aires a Posadas, compartiendo asientos. No faltó tema de charla, no hubo colega del under que no destruyéramos con rumores, malicia y mucho humor. Ioshua cuando quería podía ser una tía en una peluquería, le encantaba agitar rumores para boludear un rato.
Después de horas de bondi y de armar la feria bajo el sol asesino de Misiones, cortamos al mediodía y el grupo decidió ir en procesión a un comedor popular donde se comía extremadamente barato. Caminamos desde el centro de Posadas hasta las afueras, siempre charlando, cargando cosas, con un hambre tremenda y un calor peor. Seguíamos en nuestra comedia y cuando llegamos al comedor, tragedia: el único plato que servían era polenta. Hacía 40 grados a la sombra y habíamos transpirado 50 cuadras para enfrentarnos con una polenta hirviente. Nos miramos dos segundos, miramos al grupo, y Ioshua expresó el clamor popular como nadie: “Nos vamos a la mierda, ¿no?”.
Cincuenta cuadras después, estábamos de nuevo él y yo en el centro, comiendo unas empanadas y puteando, como dos burgueses nenes de mamá, al comedor en el que había más de cien personas derritiéndose con polenta en la garganta. Esta estupidez fue mi primera anécdota con Ioshua como amigo. Él era sumamente lúcido y yo —que pensaba que ese pibe de gorra de sus textos, estereotipado, sí, pero también ensalzado, ubicado en un lugar de identidad a kilómetros de la estigmatización: era él y ahí terminaba todo— vi cómo mis prejuicios se desvanecían en el rostro de un hombre que te hablaba de crust o de electrónica de culto, que te mencionaba autores de todos los continentes y de todas las épocas, que escribía, dibujaba, componía, diseñaba, agitaba proyectos propios y ajenos, viajaba, recomendaba artistas, producía… Culo inquieto como nadie.
Duele hoy ver las necrológicas de un amigo en las que se habla más de su espalda o de su salud sexual que de su obra. Ioshua con bastón, con la espalda comida por un cáncer de médula, después de haber sobrevivido a dos semanas de dolor puro, se juntaba para hablar de eventos, proyectos, te quería vender su nuevo libro como un futuro éxito, te jodía, te sacaba el pellejo como nadie, se te cagaba de risa en la cara… Él eligió recluirse cuando sintió el frío final. Me duele cuando se dice que Ioshua murió solo, sin ayuda. Todos morimos solos, amigos. La ayuda es la de la muerte, que nos saca de este mundo cuando ya no podemos más.
* Poeta y editor de Nulú Bonsai Editora.
Fuente: NAN #20 (septiembre de 2015). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.