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Un día de mierda

La caca de todos y todas marida con soltura en la cultura pop. ¿Cómo hizo para ganar tanto espacio? ¿Qué tiene Superman que no caga? La literatura de baños y los pedos de mujeres hermosas. Un tendal de soretes al calor de los rayos catódicos, la tevé basura y esa poderosa máquina de defecar llamada Internet. Ilustración: Javier Delestal
La caca de todos y todas marida con soltura en la cultura pop. ¿Cómo hizo para ganar tanto espacio? ¿Qué tiene Superman que no caga? La literatura de baños y los pedos de mujeres hermosas. Un tendal de soretes al calor de los rayos catódicos, la tevé basura y esa poderosa máquina de defecar llamada Internet. Ilustración: Javier Delestal

Por Hernán Panessi

“—¿Y qué vamos a comer?
—Mierda.”
El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez

La efeméride, que es una excusa como todas las efemérides habidas y por haber, es el Día Mundial del Inodoro. Así las cosas, el mundo se vuelve un lugar mucho más genial al rendirle pleitesía a ese gentil aparato que no hace más que darle la bienvenida y el adiós instantáneo a kilómetros y kilómetros de soretes generados por millones de humanos. ¿Cuándo sucede tal acontecimiento? De aquí a la eternidad, todos los 19 de noviembre. Y ese galardón obtiene legitimación —demás está decirlo: es recontra oficial— al ser declarado por la Asamblea General de la ONU para “generar conciencia sobre la importancia del acceso a servicios básicos de saneamiento”. ¡El Día Mundial del Inodoro! ¡Qué mierda! ¿Y qué onda con la mierda?

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El agujero del culo de una mujer cualquiera se expande y lanza un sorete blando y amarronado con textura de un helado de dulce de leche. La música —un pianito que taladra subliminalmente cualquier atisbo de buen gusto— acompasa la cuestión. Otra mujer cualquiera pone el sorete en un vaso y se dispone a deglutirlo como si fuera, en efecto, un helado de dulce de leche. Lo come y, por si aquello no fuera lo suficientemente shockeante, ambas féminas funden sus labios y explotan —mierda mediante— en un apasionado beso de lengua. La imagen perturbadora corresponde a, tal vez, el video viral con más ramificaciones pop que ha dado Internet: Two Girls and One Cup. Y desde ahí, el placer imposible por ver a gente ídem hacer inmundicias alimentando monstruosamente ese animal de mil cabezas llamado morbo. Y la “coprofagia”, así se le llama a la práctica que se entiende por la ingestión de heces, apunta a algunas especies animales —fundamentalmente insectos como moscas, larvas dedípteros o coleópteros escarabeoideos— que practican este acto en forma natural. A las ocasiones excepcionales —en todas sus acepciones— en las que humanos la llevan adelante se les llama “coprofilia”, como una de las tantas parafilias existentes o, en casos aún más extremos, como en Two Girls and One Cup o en aquel antológico final de Pink Flamingos con Divine comiendo la mierda recién salida del agujero negro de un perro callejero, devienen en perversiones de índole sexual, hedonista y degenerado. Hay que decirlo: los manuales de biología apuntan que las heces “contienen cantidades importantes de alimentos semidigeridos como consecuencia de la poca eficacia de los sistemas digestivos, en especial de los herbívoros. Este recurso es explotado con éxito por numerosos insectos que, además, contribuyen a reciclar la materia en los ecosistemas”. ¿Quién se prende a un heladito de mierda?

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Y en esa caja de resonancias repleta de arquetipos universales llamada South Park —serie en la que se habla con la misma naturalidad de un cáncer testicular, de lo puta que es Paris Hilton o del Yeti de la montaña—, la mierda se solidifica y toma forma corpórea con un personaje de linaje navideño: el Señor Mojón. Será este personaje el encargado de sumarle más escatología a la serie de dibujos animados más zarpada que ha dado la historia de la televisión mundial. Señor Mojón, además de gozar de algunas apariciones extraordinarias, ha dejado para los anales una canción ad hoc: “La mierda lo es todo. Todo lo vivo en la tierra debe defecar. Es un ciclo que comienza y no puede terminar”. Y tiene razón. Mucho más, después de escuchar su coda final: “De la hierba del mañana se alimentan las manadas. Soy las patas del leopardo, las alas de la gallina, se la comen los humanos… y se convierte en mierda otra vez”. Su existencia viene a remarcar, como tiempo atrás lo hiciera Ren & Stimpy con Olorín —un pedo que, una vez expulsado, se perdía en el éter (pregunta en lateral: ¿dónde irán a parar todos los pedos?)—, con el gesto irreverente de entrarle a las cosas siempre a contra natura, las vueltas que da la vida. De la mierda venimos y a la mierda vamos.

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“Caca, culo, pedo, pis. Pis, pis. Caca, culo, pedo, pis. Pis, pis”, repiten cual mantra insoportable unos menores de edad llamados Los Punkitos desde alguna película española de bajo contenido calórico y con altos índices de bizarrismo. Y ese fragmento, democratizado hasta el infinito por la red de redes, engordó su contador de visitas hasta explotar ensimismado en su propia mierda. Y también desde Internet —lo dicho: ese no lugar que contiene a todos los no lugares, el espacio perfecto para alojar toda la mierda del universo—, un programa de radio conducido por mujeres se encargó de señalar con el dedo bien turgente su fanatismo por defecar. ¿Cuál? Gordas Putas, programa de emisión semanal que salía por Ciclo P Radio. Ahí, en su sección llamada “Hablemos de caca”, las Gordas Putas pelaban mueca de iconoclastas y se despachaban con sendas anécdotas sobre ir de cuerpo en lugares, formas y situaciones improbables.

Pero la Argentina, sin embargo, ya conoció fuerte de amantes devocionales del sorete. En rigor de verdad, uno de los hechos artísticos surgidos de las entrañas de la contracultura da cuenta de tal gesto y tiene que ver con el mítico Instituto Di Tella. ¿Por qué? Por una de sus últimas obras, Baño Público, del artista Roberto Platé, correspondiente a 1968, que ocasionó su cierre por parte del gobierno del dictador Juan Carlos Onganía. Tal instalación simulaba ser un baño real como los de bares y cines, con las siluetas de damas y caballeros en sus puertas, pero que en el interior, la ausencia de los sanitarios confundía al espectador obligándolo a redefinir su condición sexual. La obra fue clausurada por considerársela obscena. Y en esa misma lógica, aunque en el plano internacional, Marcel Duchamp, inspirado en los preceptos del anti-arte, revolucionaría aquel cosmos con La Fuente, que versaba en una muestra de objetos ya existentes que normalmente no se consideran artísticos. Así, un orinal se convirtió en una de las piezas de arte más importantes de todo el siglo XX. Y del meo a la cagada hay un paso: unos centímetros de cuero dividen un esfínter del otro. Lo líquido y lo sólido, lo primero y lo segundo. Y siempre que haya inodoros, la construcción colectiva disparará un respeto del que nadie puede comprender su magnitud.

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En otro orden de cosas, una es la intríngulis que surge desde la postal agraciada —pecho ensanchado, mirada colosal, estirpe de campeón— del héroe más poderoso del mundillo de los cómics: ¿Superman caga? Una es la verdad: Superman, que no es humano sino un extraterrestre venido del planeta Kriptón, ni siquiera tiene que comer. Y, en consecuencia, tampoco caga. Hay un tema y otra duda: cuando come por placer, ¿digiere? ¿¡Caga o no caga!? ¿Y Batman? Batman es humano. Entonces, ¿cagará Batman? El oscuro hombre murciélago de Ciudad Gótica no tiene, en términos prácticos ni en sus viñetas, ni en sus series, ni en sus dibujos animados, ni en sus películas, referencias a la mierda. Sin embargo, se intuye: Batman es humano, Batman caga. Y lo hace porque mea. En The Wydening Game, por ejemplo, el oráculo nerd Kevin Smith hizo que Batman se meara encima durante una escena importantísima de Batman: Year One, de Frank Miller. Caca, culo, pedo, pis. Pis, pis. Y más acá, en tierras gauchas, un personaje del argentinísimo Cazador llamado Rocket Man se propulsaba por los aires a puros pedos. Asimismo, el siempre lúdico Gustavo Sala regala en su portada de Ordinario a un tipo haciendo fuerza para descargar intestinos acompañado con unos perros de mierda corriendo a su alrededor. Y más allá, en el film norteamericano Kick-Ass 2, correspondiente a la historieta homónima de Mark Millar y John Romita Jr., la heroína Hit-Girl tiene un dispositivo que hace vomitar y cagar a las personas. Y ella, con justicia, lo usa contra los populares de la preparatoria. Que, parece, no como Superman, tal vez como Batman, sí cagan.

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Leer cagando. Cagar leyendo. No importa cuál sea su orden, no afecta al producto. Y entre inscripciones sugerentes como “Punk Not Dead” o “¡Quiero pija!”, el baño del auditorio de la Biblioteca Nacional regala al mundo la mejor literatura de baño que ha dado Dios: “Quien no ha cagado en un baño público nunca conocerá el sentido de la eternidad”. Y tiene razón. La literatura de baño es un placer del que pocos se reconocen devotos. Un caso: el periodista y crítico de cine Diego Trerotola. “Soy un fanático confeso de la literatura de baños”, apunta mostrando con orgullo un carnet imaginario del Club de la Mierda. Se dice que en los baños del mítico espacio Parakultural, reducto de la contracultura entre los segundos ‘80 y los primeros ‘90, sus paredes gozaban de un inolvidable arte manual: frases escritas con dedos a pura caca. Y los sibaritas de este culto podrán encontrar a los mejores artistas en los baños públicos de más concentración de gente: de Constitución a Retiro, de Once a Liniers, parando en todos los barcitos de mala muerte, mucha vida y muchísima más mierda.

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Prrr. Un pedito chiquitito como la contextura física y fibrosa de la entrenadora de gimnasia María Amuchástegui —seguido de un tímido “perdón”— llevó su carrera televisiva derecho hacia un pozo ciego. Y los rayos catódicos esputados de esa mierda llamada Gran Hermano —en su versión inglesa— mostraron que una mujer bonita metida en un jacuzzi puede, diarrea mediante, convertir todo en una película circa Stephen King con aires a La Mancha Voraz. Por suerte, el resto de los sumergidos en el agua salieron a tiempo. ¿El costo? La prendida fuego ad eternum de esa mujer floja de tripas. Y así, con el mismo entusiasmo, casualidad o causalidad, diosas de la talla de Silvina Luna —en su etapa de gordita graciosa— o Amalia Granata —siempre viperina y culona— han dejado escapar flatos —también en ese baño químico y pornográfico del Gran Hermano— para la mueca de felicidad de los televidentes argentinos. Prrr.

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Una verdad: la palabra “mierda” es irremplazable. “Andate a la mierda”, “sos una mierda”, “no te creo ni mierda”, “lo voy a hacer mierda” y mil mierdas más. Mierda como ubicación geográfica, como adjetivo calificativo, como momento de escepticismo o como deseo de venganza. Siempre la mierda. Ya lo dijo Charles Bukowski: “Ahora mismo, por dentro, la persona que amás está llena de mierda”. La mierda como una entelequia irremplazable, como una contraseña al uso más perfecto del idioma. ¿Cómo nos arreglaríamos sin esa palabra? No hay manera. Y ya lo analizó el genial Roberto Fontanarrosa en aquel III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizó en Rosario, sobre “las malas palabras”. Allí, el dibujante rosarino dijo: “La pregunta es por qué son malas las palabras, ¿quién las define? ¿Le pegan a las otras palabras? Son malas porque son de mala calidad, o sea que cuando uno las pronuncia se deterioran y se dejan de usar?”. Y continuó abordando lo que en verdad importa: “El secreto de la palabra mierda está en la ‘r’, que los cubanos pronuncian mucho más débil. Ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución Cubana, la falta de posibilidad expresiva”. Impecable. Por eso, otro cross en la mandíbula al caretismo imperante —también vía Fontanarrosa— endereza la cuestión: “Lo que pido es una amnistía para las malas palabras. Vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje que las vamos a necesitar”. Prrr. Caca, culo, pedo, pis. Y, sí, se convierte en mierda otra vez.

Fuente: NAN #15 (noviembre-diciembre 2013). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.